El Norte de Castilla
img
Autor: Pedro.Carasa_8908
Uso del Quijote por el poder
img
elmiradordeclio | 20-09-2016 | 8:43| 0

Uso del Quijote por el poder

Pedro Carasa

El poder es interactivo, no existe si alguien no lo obedece. Necesita crear instituciones nuevas, elaborar una cultura política, una memoria histórica, un argumento cultural que lo legitimen. Esta justificación primero fue religiosa, los jefes actuaban en nombre de Dios. La revolución francesa secularizó el poder, que no viene de Dios, sino de los ciudadanos.

Para hacerse obedecer el poder busca ahora legitimidades de tejas para abajo. Lo que antes encontraba en la religión ahora lo halla en la historia. Cada nuevo sujeto del poder necesita presentar orígenes, héroes, hazañas, identidades para ser obedecido. La historia nacional, escuela nacional, archivos nacionales, nacieron para educar ciudadanos nacionales. El poder siempre necesita una historia propia, porque, junto con la lengua, gana más batallas que los ejércitos. Los poderes políticos llegan a crear héroes e inventar meta-relatos que desfiguran el pasado para legitimarse. Las conmemoraciones históricas y culturales sirven para divulgar estos mitos.

Los expertos dicen que solo la interpretación literal del Quijote es válida, la de la comicidad y la parodia como elementos esenciales de la novela. Luego se añadieron otras interpretaciones históricas o románticas: el mito más importante fue el socio-político relacionado con la identidad de España. De este mensaje histórico cada presente hace una lectura propia, que los poderes políticos, turísticos o de comunicación usan para conseguir votos y mercados.

Los literatos rechazan estas interpretaciones simbólicas, porque sobrepasan el texto y construyen hipótesis ajenas al libro. El Quijote no es héroe histórico, ni belicista, ni revolucionario, ni paladín de los pobres, ni una alegoría de España. Nunca existió ese propósito inconsciente en la mente de Cervantes. Los poderes al usarlo deterioran el idealismo de don Quijote, eliminan su comicidad esencial y minimizan su significado al aplicarlo a una coyuntura política. Lo malo es que una décima parte de la población ha leído el Quijote, y el 90 % solo conoce estos mitos fabricados por el poder.

Los autores prestigiosos que han construido los mitos históricos del Quijote han sido Valera, Galdós, Pereda, Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Ramón y Cajal, Unamuno, Isidoro Lapuente, José de Armas y Cárdenas, Navarro Ledesma, Alfredo Vicenti, Costa, Almirall, Ganivet, Américo Castro, Maeztu. Intelectuales del poder del conocimiento, periódicos del poder de la comunicación y políticos del gobierno los han transmitido a la sociedad.

La primera interpretación del poder cultural y político comenzó en el s. XVIII, con la biografía de Cervantes de Mayans. Primer reconocedor del siglo de oro español y defensor de la obra cervantina, presentó a los ilustrados como sucesores de humanistas y erasmistas. Los hombres de las luces legitimaban así que los orígenes de su cultura política reformista eran cervantinos y neoclásicos, no afrancesados.

Repasemos cómo se usaron estos mitos en el III y IV centenario de la edición del Quijote en 1905 y 2005. El contexto del III Centenario era el desastre del 98, el caciquismo, una profunda tensión social y el conflicto regionalista. Con los mensajes querían apoyar la cohesión social y la identidad de España. En 2005, Rodríguez Zapatero propuso celebrar el IV Centenario para mostrar que la cultura primaría en su gobierno. No había en su mente mitos históricos, calificó la novela de constitución de la humanidad y dijo que el Quijote era republicano.

En 1905 fue Mariano de Cavia quien propuso a Maura celebrar la efeméride. Los autores de la edad de plata de la cultura española dieron al centenario un alto nivel académico. La meta era exaltar la raza, la lengua y el alma nacional, la bandera era el Quijote, referente social, símbolo del país, orgullo nacional, héroe español y universal. Elitista empeño, dado el 65% de españoles alfabetos. Para la plebe hicieron festejos populares y así evitaron los motines de 1892 contra Cánovas en el IV Centenario de América.

El programa de 2005 era de espectáculos y sin nivel científico. El único lema fue el Quijote como símbolo feminista. Abundaron películas y conciertos propios de la sociedad de mass media; seguro que los juegos florales de 1905 tuvieron menos audiencia que los videojuegos y la música pop de 2005. El Quijote sirvió de percha populista para criticar al político de turno y hacer marketing de diversión. Sólo las universidades y el Centro de Estudios Cervantinos lograron un Banco de Imágenes del Quijote y la Gran Enciclopedia Cervantina.

La polémica catalana estuvo presente en ambas celebraciones. En 1905 Cataluña protestó porque la novela se utilizaba en Madrid como un símbolo nacionalista español. En 2005 Pujol dijo que Cervantes podría serle tan próximo o lejano como Goethe. Alguien escribió que el loco manchego no vino a deshacer entuertos nacionalistas. Felipe VI, hablando de Cervantes, acaba de insistir en que representa lo que nos une.

La conmemoración de 2005 se empaquetó como producto de marketing para el consumo y el espectáculo. Los poderes políticos y culturales trataron de dar gusto al pueblo y satisfacer su afán de pasarlo bien. Esto es exactamente el populismo, contentar a la gente para alcanzar fácilmente el poder.

Ver Post >
El otoño del PSOE histórico
img
elmiradordeclio | 18-09-2016 | 10:46| 0

El otoño del PSOE histórico

Pedro Carasa

Vemos al PSOE como un árbol histórico de cuatro ramas que forman sus iniciales: partido político, ideología socialista, composición obrera y naturaleza española. Su tronco federal fue alimentado por unas raíces de 137 años y pensado para producir frutos de justicia, solidaridad e igualdad. Participó en gobiernos republicanos, ha ganado 17 elecciones, ha gobernado 21 años en la Transición, ha recibido más de un tercio de los votos, ha modernizado los movimientos sociales, la cultura política y el mundo laboral. Ha sido un pilar básico de la democracia en España.

Siguiendo el símil del árbol en las estaciones de la historia, parece que el partido culminó su otoño y comenzó a invernar. Como en la naturaleza, las instituciones deben adecuar sus ramas y hojas a cada etapa histórica, pero no deben perder la fortaleza de su tronco para seguir dando frutos. Al PSOE se le cayeron sus ramas y hojas originales, pero también perdió cohesión en su tronco federal, y dejó de dar sus frutos de justicia, solidaridad e igualdad.

Cuando nació todas sus iniciales eran imprescindibles. La “P” de partido político de masas, el primero de participación popular. La “S” por adherirse al socialismo y marxismo, la teoría social, política y económica más avanzada de entonces, defensora de la igualdad, la solidaridad y la justicia social. Comenzó con un programa ortodoxo y radical de lucha proletaria, de propiedad social y de poder político de clase. La “O” fue la letra más específica y la preferida por Pablo Iglesias, porque pretendió emancipar al movimiento obrero de la tutela de la burguesía demócrata y republicana, y quiso formar un partido político obrero y no burgués. La “E” aseguraba representar a toda la nación española, como otros partidos socialistas europeos que incluían en sus siglas el nombre del país. Se distinguía así de los emergentes partidos nacionalistas vasco y catalán, burgueses, conservadores, no internacionalistas y ajenos a la clase obrera.

Su tronco era federal, estaba internamente articulado de esa forma y proponía organizar España en Estados federales, simétricos y articulados. Pretendía romper con el centralismo españolista y evitar la ruptura estatal de los nacionalismos. Aunque el PSOE no consiguió introducir el federalismo en los debates constitucionales.

El otoño le llegó al árbol histórico del PSOE cuando se hizo socialdemócrata y burgués, apoyó al nacionalismo y amputó sus primeras ramas y hojas. Cayó la “O” de obrero, arrancada por varios vientos: conjunción republicano-socialista, alianza con la burguesía radical-intelectual, fracturas de sus comités y pugnas con comunistas y anarquistas. En la Transición la “O” sobraba en sus siglas y desapareció en los partidos autonómicos. Hoy es un partido de clases medias, aliado débilmente con el proletariado solo por el sindicato UGT.

También voló la hoja socialista. El congreso extraordinario de 1979 abandonó el marxismo, borró las raíces originarias del socialismo científico, olvidó la ascética de Pablo Iglesias, y diluyó su ideología en el sincretismo socialdemócrata. En la democracia el partido antepuso la modernidad a la igualdad, el crecimiento económico a la justicia social, y prefirió la identidad a la solidaridad entre las regiones. Un proceso propio del contexto del fin del socialismo real, del descrédito marxista y la caída del muro, que afectó a otros partidos socialistas europeos.

Perdió significado su letra “E”, eliminada en algunos partidos regionales. Dentro del partido se sugirió recientemente que esta letra significara europeo y no español. Padeció cierta sensación vergonzante de llamarse español, mostró ambigüedad ante el derecho a decidir y propuso un indefinido federalismo asimétrico, opuesto a su legado histórico de igualdad. Abandonó también el republicanismo, predominante en su historia, y apoyó la monarquía en la Transición.

Esta adaptación de ramas y hojas a las condiciones climáticas de la sociedad española le fortaleció y otorgó el poder. En la década de los ochenta modernizó y europeizó España, pero después, al perder el poder, el árbol histórico del PSOE abandonó sus viejos ideales, dejó su tronco resquebrajado y no produjo los viejos valores de igualdad y solidaridad. Su organización federal quebró al segregarse partidos autonómicos.

Se añadieron a este otoño institucional graves circunstancias que empeoraron sus efectos: la crisis de valores en las clases medias, la ruptura de la izquierda y la honda fractura territorial española.

El partido ha perdido una oportunidad de oro en la última crisis social para recuperar sus necesarios valores históricos. En ella ha cedido a la corrupción, se ha limitado a llorar por los recortes, ha debilitado su liderazgo y ha perdido el poder y el electorado. El PSOE no ha podido con la crisis y la crisis ha podido con el PSOE. Ha abjurado de su internacionalismo histórico, ha pactado con los nacionalismos y antepuesto lo particular a lo general y lo identitario a lo solidario. Ha postergado así el papel común del Estado que debía defender y lo ha dejado como un enemigo residual al que las Autonomías debían arrancar recursos.

España necesita hoy un partido socialista con sentido de Estado, descentralizado y federal, que cultive los frutos históricos de justicia, igualdad y solidaridad. Los electores comprometidos socialmente carecen de este instrumento para solucionar la grave deriva del problema territorial y la hondura de las desigualdades sociales.

Ver Post >
¿Hemos cambiado la cultura electoral?
img
elmiradordeclio | 11-07-2016 | 12:31| 0

¿Hemos cambiado la cultura electoral?

Pedro Carasa

           Toda crisis histórica supera viejas prácticas políticas y descubre nuevos valores. Sucedió en España en 1812 al crear el Estado liberal, en 1868 y 1931 al aparecer el Estado republicano, y en 1978 al implantarse la democracia. La crisis actual puede iniciar otra revolución para regenerar la democracia. Con perspectiva histórica, vamos a rastrear los resultados de las elecciones del 26-J y atisbar qué novedades sugieren. Los cambios no serán instantáneos, pero pueden sembrar semillas para regenerar la representación.

Se ha dicho que los electores han votado con miedo. Es un sujeto histórico muy influyente y poco conocido, fruto de las desconfianzas de un sistema político, que se agudiza en las crisis. Nos preguntamos si el miedo de los electores ha delatado más inseguridad en los votados que incultura en los votantes. Desgranemos algunas razones de estos miedos.

El Brexit ha influido al descubrir contradicciones de los radicales y sembrar dudas sobre su ambigua idea europea. Como en todas las crisis, los votantes se han sentido más solidarios de la Europa mediterránea de lo que lo han expresado los políticos.

El populismo no ha conseguido en las elecciones el efecto positivo que buscaba el guiño de la sonrisa. El electorado, ante la ambición de poder disfrazada de amor al pueblo, se pregunta si era igualdad, justicia y solidaridad lo que se promovía bajo la pancarta inocente de gobernar para la gente. En la historia conocemos la demagogia de partidos radicales, aduladores del pueblo, en las crisis sociales del siglo XX.

El 26-J indica un hartazgo de soberanismo. ¿Es compatible su complejo de superioridad con la solidaridad, igualdad y tolerancia propias de la izquierda? ¿Ha perdido el socialismo la cultura internacionalista que calificaba a las naciones como medios de explotación burguesa? ¿Cómo el PSC se degrada hasta proponer el referéndum? ¿Por qué los radicales Podemitas justifican un derecho a decidir unilateral? ¿Acabó ya el papel de bisagra depredadora del presupuesto estatal que jugaron las minorías nacionalistas durante la Transición? ¿El mapa azul con dos lunares morados del 26-J señala que la mayoría rechaza la corrupción tapada del independentismo? Quedan pendientes agravios históricos del nacionalismo que deberán aflorar en la memoria colectiva.

Ha escandalizado el descarado e infantil personalismo de líderes inmaduros. ¿Están saturados los españoles del ruido de sillones que ha dejado la descarnada lucha de poder en el debate de investidura? Tres partidos propusieron el objetivo de derrocar al cuarto y apear a su líder, aunque las urnas lo han contradicho, siguen obstinados sin captar el mensaje. Personalismos y familias dominantes limitaron la eficacia de los partidos españoles, con gamacismos, albismos y cuñadismos que debilitaron el sistema político.

El 15-M discutió la representación, sustituyó el parlamentarismo por el asamblearismo con las pancartas “no nos representan”, “la soberanía está en Sol”, “la legislación es asamblearia”. Despreciaron las elites representativas como castas corruptas de poder para luego reproducirlas. La utopía de la democracia directa ya fue planteada en el pasado, dando el poder a una asamblea popular que aprobaba leyes y elegía funcionarios. Pero el modelo apenas funcionó en ciudades clásicas, se rechazó por inviable y se sustituyó por la democracia representativa. Restos de aquella utopía quedan hoy en la iniciativa legislativa popular y el referéndum vinculante. ¿Será mañana posible la democracia directa con las redes sociales?

Ante la negación de partidos y bipartidismo, los electores se preguntan si es mejor la confluencia de mareas, asambleas y en común. Hay que abandonar la práctica de los partidos políticos como corruptas máquinas de poder, ¿pero ello supone rechazar el legado histórico de estos necesarios instrumentos de participación política? ¿Son suficientes las redes sociales, acampadas en las plazas y teleadictos profesores? ¿La transversalidad vertical del pueblo sobre las elites sustituirá la oposición horizontal ideológica de liberalismo y socialismo? ¿Es éste el problema del partido socialista, en honda deconstrucción al no ubicarse en la crisis? El fascismo mostró que sin los partidos es inviable la democracia.

Rechazaron la ideología política, llamaron anticuada la división entre izquierdas y derechas, se proclamaron socialdemócratas y pactaron con comunistas. ¿Hay que abandonar el legado de los modelos políticos (tradicionalismo, liberalismo, socialismo, fascismo, federalismo, república, monarquía) que ha construido nuestra cultura política? ¿Hubo el 26-J votantes con ideología que se sintieron huérfanos para votar a grupos populistas o al partido socialista? ¿Tiene que ver con esta orfandad ideológica la abstención? ¿Está relacionada la banalidad ideológica con el fiasco de las encuestas? ¿La transversalidad borra la riqueza ideológica de la cultura política? ¿La enseñanza histórica no cuenta?

¿Se ha exculpado la inmoralidad de partidos, sindicatos y ayuntamientos? ¿Se olvida el cinismo independentista tapando sus dramáticas tramas? Las crisis históricas han sido implacables con la corrupción. ¿Lo será ésta también?

Los españoles no confirmaron el 26-J los cambios de cultura electoral propuestos. Preocupa que muchos rompan el legado histórico.

 

(Publicado en la edición impresa el 9 de julio de 2016)

Ver Post >
La crisis como motor en la historia
img
elmiradordeclio | 23-06-2016 | 10:12| 0

La crisis como motor en la historia

Pedro Carasa

El cambio en la historia es más necesario que la permanencia. Las crisis son los escalones de desarrollo y avance que lo permiten, por eso son necesarias. A la sociedad le sucede como a los humanos, padece crisis de crecimiento, de abandono de caducos hábitos y de inquietante exploración de valores. Es el imperativo de la ley inexorable de la evolución. Las crisis históricas y presentes ofrecen enseñanzas imprescindibles. Interesan los sujetos que las protagonizan, el contenido destructor y constructor que comportan, los ritmos y las causas que las provocan, las oportunidades que ofrecen a las elites y colectivos.

Los sujetos plantean una disyuntiva: La modernización es causada por los movimientos sociales, o es promovida por las élites. Para superar el tópico superficial del elitismo, hay que plantear este dilema en términos de poder. No se alcanza poder porque se es elite, sólo se es elite cuando se tiene poder. Lo que caracteriza a la elite no es la raza o la fortuna, sino el poder; quien no participa del poder económico, político, social, cultural, académico, periodístico, artístico, militar, judicial, etc. no es elite. Siempre ha habido elites y seguirán existiendo mientras subsista el poder. Despachar a la élite como casta corrupta obstructora de la modernización sin analizar la causa profunda del poder que les mueve es no entender el problema.

Los sujetos colectivos sindical, pacifista, feminista, ecologista, ONG´s han planteado los problemas de representación política, articulación social, han agitado los conflictos de clericalismo, patriarcado o militarismo. Pero han sido las elites de poder las que han tomado las decisiones, han legislado, han conseguido hacer avanzar la ciencia, el conocimiento, el arte, la técnica, la sanidad, la administración y la gestión económica.

Los escalones de las crisis han creado oportunidades y reproducido nuevas elites. La historia española registra, justamente en los momentos críticos, una larga serie de generaciones que crearon soluciones de gran trascendencia: La gaditana de 1810 levantó el Estado constitucional, la de 1836 implantó el capitalismo, la de 1868 avanzó hacia la democracia, la de 1898 redefinió el ser de España, la regeneracionista de principios del siglo XX y la de 1914 promovieron la edad de plata de la cultura española, la de 1917 generó el boom sindicalista tras la Gran Guerra, y la generación universitaria republicana modernizó la política. Fueron elites artísticas, culturales, pedagógicas, científicas, económicas o políticas que engarzaron lo español con la vanguardia europea más influyente. Después de la guerra civil y la imposición vencedora franquista, en los sesenta y setenta volvieron a aparecer generaciones de sindicatos, estudiantes, curas obreros, grupos políticos de la oposición que enseñaron la democracia, estimularon los cambios sociales, abrieron al exterior la cultura y la sociedad. Así se sentaron las bases de la mitificada generación protagonista de la Transición.

Como las revoluciones con las que pueden asimilarse, las crisis incluyen un apartado negativo, de destrucción de viejos defectos y lastres, y otro lado positivo, creativo y renovador que causa avance. Es habitual que la sociedad se resista a la crítica y se desoriente ante valores diferentes, culturas rompedoras, economías o políticas inéditas, pero son imprescindibles.

Los historiadores y economistas conocen la secuencia y causas de las crisis. Las pautaron en ciclos regulares de crecimiento, crisis y declive; las ritmaron en trend secular, duración mediosecular, frecuencia decenal, quinquenal, estacional, mensual, semanal y diaria. Porque las crisis no son casuales, son causadas por periodos previos de coyuntura positiva y crecimiento. En el siglo XIX, el boom de los años sesenta desembocó en las crisis del 68, el equipamiento agrario e industrial acabó en la crisis del 98; en el XX, la prosperity de los años veinte generó la crisis del 29, el desarrollismo de los sesenta engendró la crisis del petróleo de los setenta, la “España va bien” de la burbuja inmobiliaria y el descontrol financiero originaron la crisis de 2008. Toda crisis comporta una penitencia contra los excesos de la opulencia.

La crisis actual originó un movimiento social (15M), pero sólo se articuló en una solución operativa cuando la lideró una elite de poder (Podemos y sus confluencias). Esta nueva elite se legitimó con el discurso radical de la casta corrupta, del populismo, de las redes sociales, de los platós, del uso de las plazas públicas, de la regeneración democrática, del “no nos representan”, de los desahucios. A veces este mensaje les ha hecho creerse mesías salvadores con excluyentes pretensiones. Con ellos se da la paradoja de que los detractores del elitismo se convierten en elites tan pronto como buscan el poder.

Hoy las elites radicales tienen el mérito de haber sido las únicas que han actuado en la crisis, porque las demás han estado ausentes. Los científicos sociales (particularmente los historiadores), los filósofos, los literatos, los artistas, los economistas, los eclesiásticos, los militares, los periodistas han vivido esta crisis en un silencio culpable. Los políticos utilizan la crisis como arma arrojadiza, pero no hacen pedagogía social con sus enseñanzas.

(Editado en la edición impresa del 11/06/2016)

Ver Post >
La fractura de la izquierda en las crisis
img
elmiradordeclio | 15-06-2016 | 10:12| 0

Las crisis han sido peldaños de ascenso político, económico y cultural en la historia de España, y ocasiones propicias para la cohesión de los partidos de izquierda y los sindicatos. Pero en las crisis contemporáneas, la respuesta de las formaciones de izquierda y la reacción de los sindicatos han causado rupturas. Se fracturaron los grupos radicales y se frustraron sus oportunidades para consolidar los proyectos de izquierda en los momentos críticos. Paradójicamente, las crisis no debilitaron tanto a la derecha.

Se escindieron los liberales, la izquierda del XIX, en dos familias irreconciliables, en las crisis de 1810, de 1820, 1836 y 1856. Al aparecer el socialismo, se quebró entre utópicos y marxistas en los años cuarenta del siglo XIX. Otra ruptura, nunca soldada, afectó a los republicanos, escindidos en la crisis de 1868 en unitarios, federales y luego populistas. También los movimientos sociales de izquierda se rompieron en el debate internacionalista del sexenio revolucionario entre socialistas y anarquistas. En las crisis de finales del XIX surgieron hondas fracturas sindicalistas, y se consumó la incomunicación entre socialistas y anarquistas.

La evolución discordante de ugetistas y anarcos se ahondó en la Semana Trágica de 1909. La crisis del trienio bolchevique de 1918-20 fracturó los movimientos sociales de izquierda. En 1921, se escindieron de la socialdemocracia del PSOE los adictos a la Internacional Comunista de Lenin, creadores del PCE. La crisis política siguiente a 1929, en la II República española, enfrentó de nuevo a las izquierdas. Tras la efímera soldadura del Frente Popular, la crisis de la Guerra Civil provocó una grave desconexión de las izquierdas nacionales e internacionales, causante de la derrota.

La oposición al franquismo fue otra crisis que quebró a las izquierdas, tanto sindicales entre UGT y CCOO, como políticas entre socialistas, comunistas y grupos trotskistas. Fracciones de la IV Internacional fundaron la Liga Comunista Revolucionaria en 1971 y el Partido Obrero Socialista Internacionalista de 1980. El PCE se escindió, con Carrillo, entre leninistas ortodoxos (prosoviéticos) y carrillistas; en 1986 se unió el PCE e Izquierda Republicana en Izquierda Unida. También el PSOE debilitó su reconciliación en el XXVI Congreso de Suresnes (1974), donde cayeron los viejos dirigentes marxistas, y emergió la generación socialdemócrata de González, Guerra y Chaves.

La crisis del petróleo desde 1973 no produjo efectos integradores en la izquierda española. La Transición Democrática y la profunda crisis socio-económica que la envolvió no superó sus desencuentros. Aunque los pactos de la Moncloa en 1977 lograron el consenso de las izquierdas con el centro, conservadores y tradicionalistas, aquello no fue fruto de alianzas ideológicas, ni de pactos fraternales en pro del sentido de Estado, fueron más bien reacciones de resiliencia de cada grupo para ceder lo imprescindible, subsistir y participar en el reparto del poder de la Transición. Estos acuerdos no sellaron la unidad de la izquierda en España. Las izquierdas en las elecciones democráticas presentaron numerosos aspirantes, en un proceso de tensión creciente que nunca produjo un encuentro final. Ni el momento de mayoría absoluta del PSOE en 1982 logró unir a toda la izquierda. UGT y CCOO actuaron coordinadas desde las huelgas generales de1988 y 1992, pero debilitaron progresivamente su representación laboral.

La actuación de la izquierda en esta crisis ha sido discutible. En la primera parte, Rodríguez Zapatero no supo reconocerla ni gestionarla. La izquierda radical volvió a tendencias leninistas y actitudes populistas, aparentó ubicar la acción política, no en el plano ideológico horizontal de izquierda/derecha, sino en la posición vertical de abajo/arriba. La vieja izquierda internacionalista cayó en la profunda contradicción de apoyar los nacionalismos, los soberanismos y el derecho a decidir, por encima de la igualdad y solidaridad de todos los españoles. Ningún grupo fue sensible a los valores sociales que exigía la crisis, no concedieron prioridad a la solidaridad, justicia e igualdad. Las crisis castigaron a las izquierdas, mientras el centro y la derecha se desgastaron menos electoralmente.

La unidad estuvo en el subconsciente de la izquierda española y afloró en sus nombres. Comenzó con Izquierda Unida, siguió con Unidad Popular, continuó con la familia semántica de confluencias y en común, y finaliza ahora en el pacto con IU llamado Unidos Podemos. Pero las fracturas se incrementan y la unidad es una utopía.

Es desolador el panorama de rupturas, insidias y desconexiones de la izquierda española en esta crisis. Su cultura política ha perdido sensibilidad y valores sociales para responder a los problemas de la población. Se enredó en resolver problemas de unidad y se obsesionó por la conquista del poder. Fue afectada por la corrupción, contempló de lado el drama de los refugiados, sólo defendió derechos y no deberes ante los recortes, quedó inerte ante el paro generalizado, y reaccionó mal ante las insolidaridades territoriales de España.

¿Ha sido la connivencia culpable con los nacionalismos, egoístas e insolidarios, la que ha vaciado de sensibilidad social y ha quebrado a la izquierda española?

(Publicado en la edición impresa el 14/05/2016)

Ver Post >
Sobre el autor elmiradordeclio
El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.