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Autor: Pedro.Carasa_8908
La crisis como motor en la historia
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elmiradordeclio | 23-06-2016 | 10:12| 0

La crisis como motor en la historia

Pedro Carasa

El cambio en la historia es más necesario que la permanencia. Las crisis son los escalones de desarrollo y avance que lo permiten, por eso son necesarias. A la sociedad le sucede como a los humanos, padece crisis de crecimiento, de abandono de caducos hábitos y de inquietante exploración de valores. Es el imperativo de la ley inexorable de la evolución. Las crisis históricas y presentes ofrecen enseñanzas imprescindibles. Interesan los sujetos que las protagonizan, el contenido destructor y constructor que comportan, los ritmos y las causas que las provocan, las oportunidades que ofrecen a las elites y colectivos.

Los sujetos plantean una disyuntiva: La modernización es causada por los movimientos sociales, o es promovida por las élites. Para superar el tópico superficial del elitismo, hay que plantear este dilema en términos de poder. No se alcanza poder porque se es elite, sólo se es elite cuando se tiene poder. Lo que caracteriza a la elite no es la raza o la fortuna, sino el poder; quien no participa del poder económico, político, social, cultural, académico, periodístico, artístico, militar, judicial, etc. no es elite. Siempre ha habido elites y seguirán existiendo mientras subsista el poder. Despachar a la élite como casta corrupta obstructora de la modernización sin analizar la causa profunda del poder que les mueve es no entender el problema.

Los sujetos colectivos sindical, pacifista, feminista, ecologista, ONG´s han planteado los problemas de representación política, articulación social, han agitado los conflictos de clericalismo, patriarcado o militarismo. Pero han sido las elites de poder las que han tomado las decisiones, han legislado, han conseguido hacer avanzar la ciencia, el conocimiento, el arte, la técnica, la sanidad, la administración y la gestión económica.

Los escalones de las crisis han creado oportunidades y reproducido nuevas elites. La historia española registra, justamente en los momentos críticos, una larga serie de generaciones que crearon soluciones de gran trascendencia: La gaditana de 1810 levantó el Estado constitucional, la de 1836 implantó el capitalismo, la de 1868 avanzó hacia la democracia, la de 1898 redefinió el ser de España, la regeneracionista de principios del siglo XX y la de 1914 promovieron la edad de plata de la cultura española, la de 1917 generó el boom sindicalista tras la Gran Guerra, y la generación universitaria republicana modernizó la política. Fueron elites artísticas, culturales, pedagógicas, científicas, económicas o políticas que engarzaron lo español con la vanguardia europea más influyente. Después de la guerra civil y la imposición vencedora franquista, en los sesenta y setenta volvieron a aparecer generaciones de sindicatos, estudiantes, curas obreros, grupos políticos de la oposición que enseñaron la democracia, estimularon los cambios sociales, abrieron al exterior la cultura y la sociedad. Así se sentaron las bases de la mitificada generación protagonista de la Transición.

Como las revoluciones con las que pueden asimilarse, las crisis incluyen un apartado negativo, de destrucción de viejos defectos y lastres, y otro lado positivo, creativo y renovador que causa avance. Es habitual que la sociedad se resista a la crítica y se desoriente ante valores diferentes, culturas rompedoras, economías o políticas inéditas, pero son imprescindibles.

Los historiadores y economistas conocen la secuencia y causas de las crisis. Las pautaron en ciclos regulares de crecimiento, crisis y declive; las ritmaron en trend secular, duración mediosecular, frecuencia decenal, quinquenal, estacional, mensual, semanal y diaria. Porque las crisis no son casuales, son causadas por periodos previos de coyuntura positiva y crecimiento. En el siglo XIX, el boom de los años sesenta desembocó en las crisis del 68, el equipamiento agrario e industrial acabó en la crisis del 98; en el XX, la prosperity de los años veinte generó la crisis del 29, el desarrollismo de los sesenta engendró la crisis del petróleo de los setenta, la “España va bien” de la burbuja inmobiliaria y el descontrol financiero originaron la crisis de 2008. Toda crisis comporta una penitencia contra los excesos de la opulencia.

La crisis actual originó un movimiento social (15M), pero sólo se articuló en una solución operativa cuando la lideró una elite de poder (Podemos y sus confluencias). Esta nueva elite se legitimó con el discurso radical de la casta corrupta, del populismo, de las redes sociales, de los platós, del uso de las plazas públicas, de la regeneración democrática, del “no nos representan”, de los desahucios. A veces este mensaje les ha hecho creerse mesías salvadores con excluyentes pretensiones. Con ellos se da la paradoja de que los detractores del elitismo se convierten en elites tan pronto como buscan el poder.

Hoy las elites radicales tienen el mérito de haber sido las únicas que han actuado en la crisis, porque las demás han estado ausentes. Los científicos sociales (particularmente los historiadores), los filósofos, los literatos, los artistas, los economistas, los eclesiásticos, los militares, los periodistas han vivido esta crisis en un silencio culpable. Los políticos utilizan la crisis como arma arrojadiza, pero no hacen pedagogía social con sus enseñanzas.

(Editado en la edición impresa del 11/06/2016)

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La fractura de la izquierda en las crisis
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elmiradordeclio | 15-06-2016 | 10:12| 0

Las crisis han sido peldaños de ascenso político, económico y cultural en la historia de España, y ocasiones propicias para la cohesión de los partidos de izquierda y los sindicatos. Pero en las crisis contemporáneas, la respuesta de las formaciones de izquierda y la reacción de los sindicatos han causado rupturas. Se fracturaron los grupos radicales y se frustraron sus oportunidades para consolidar los proyectos de izquierda en los momentos críticos. Paradójicamente, las crisis no debilitaron tanto a la derecha.

Se escindieron los liberales, la izquierda del XIX, en dos familias irreconciliables, en las crisis de 1810, de 1820, 1836 y 1856. Al aparecer el socialismo, se quebró entre utópicos y marxistas en los años cuarenta del siglo XIX. Otra ruptura, nunca soldada, afectó a los republicanos, escindidos en la crisis de 1868 en unitarios, federales y luego populistas. También los movimientos sociales de izquierda se rompieron en el debate internacionalista del sexenio revolucionario entre socialistas y anarquistas. En las crisis de finales del XIX surgieron hondas fracturas sindicalistas, y se consumó la incomunicación entre socialistas y anarquistas.

La evolución discordante de ugetistas y anarcos se ahondó en la Semana Trágica de 1909. La crisis del trienio bolchevique de 1918-20 fracturó los movimientos sociales de izquierda. En 1921, se escindieron de la socialdemocracia del PSOE los adictos a la Internacional Comunista de Lenin, creadores del PCE. La crisis política siguiente a 1929, en la II República española, enfrentó de nuevo a las izquierdas. Tras la efímera soldadura del Frente Popular, la crisis de la Guerra Civil provocó una grave desconexión de las izquierdas nacionales e internacionales, causante de la derrota.

La oposición al franquismo fue otra crisis que quebró a las izquierdas, tanto sindicales entre UGT y CCOO, como políticas entre socialistas, comunistas y grupos trotskistas. Fracciones de la IV Internacional fundaron la Liga Comunista Revolucionaria en 1971 y el Partido Obrero Socialista Internacionalista de 1980. El PCE se escindió, con Carrillo, entre leninistas ortodoxos (prosoviéticos) y carrillistas; en 1986 se unió el PCE e Izquierda Republicana en Izquierda Unida. También el PSOE debilitó su reconciliación en el XXVI Congreso de Suresnes (1974), donde cayeron los viejos dirigentes marxistas, y emergió la generación socialdemócrata de González, Guerra y Chaves.

La crisis del petróleo desde 1973 no produjo efectos integradores en la izquierda española. La Transición Democrática y la profunda crisis socio-económica que la envolvió no superó sus desencuentros. Aunque los pactos de la Moncloa en 1977 lograron el consenso de las izquierdas con el centro, conservadores y tradicionalistas, aquello no fue fruto de alianzas ideológicas, ni de pactos fraternales en pro del sentido de Estado, fueron más bien reacciones de resiliencia de cada grupo para ceder lo imprescindible, subsistir y participar en el reparto del poder de la Transición. Estos acuerdos no sellaron la unidad de la izquierda en España. Las izquierdas en las elecciones democráticas presentaron numerosos aspirantes, en un proceso de tensión creciente que nunca produjo un encuentro final. Ni el momento de mayoría absoluta del PSOE en 1982 logró unir a toda la izquierda. UGT y CCOO actuaron coordinadas desde las huelgas generales de1988 y 1992, pero debilitaron progresivamente su representación laboral.

La actuación de la izquierda en esta crisis ha sido discutible. En la primera parte, Rodríguez Zapatero no supo reconocerla ni gestionarla. La izquierda radical volvió a tendencias leninistas y actitudes populistas, aparentó ubicar la acción política, no en el plano ideológico horizontal de izquierda/derecha, sino en la posición vertical de abajo/arriba. La vieja izquierda internacionalista cayó en la profunda contradicción de apoyar los nacionalismos, los soberanismos y el derecho a decidir, por encima de la igualdad y solidaridad de todos los españoles. Ningún grupo fue sensible a los valores sociales que exigía la crisis, no concedieron prioridad a la solidaridad, justicia e igualdad. Las crisis castigaron a las izquierdas, mientras el centro y la derecha se desgastaron menos electoralmente.

La unidad estuvo en el subconsciente de la izquierda española y afloró en sus nombres. Comenzó con Izquierda Unida, siguió con Unidad Popular, continuó con la familia semántica de confluencias y en común, y finaliza ahora en el pacto con IU llamado Unidos Podemos. Pero las fracturas se incrementan y la unidad es una utopía.

Es desolador el panorama de rupturas, insidias y desconexiones de la izquierda española en esta crisis. Su cultura política ha perdido sensibilidad y valores sociales para responder a los problemas de la población. Se enredó en resolver problemas de unidad y se obsesionó por la conquista del poder. Fue afectada por la corrupción, contempló de lado el drama de los refugiados, sólo defendió derechos y no deberes ante los recortes, quedó inerte ante el paro generalizado, y reaccionó mal ante las insolidaridades territoriales de España.

¿Ha sido la connivencia culpable con los nacionalismos, egoístas e insolidarios, la que ha vaciado de sensibilidad social y ha quebrado a la izquierda española?

(Publicado en la edición impresa el 14/05/2016)

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elmiradordeclio | 10-06-2016 | 11:50| 0

El mirador de Clío

Pedro Carasa

 La historia es una reflexión sobre el pasado desde el presente

El Mirador de Clío se llama así porque está escrito por un historiador, Pedro Carasa, para observar el presente desde la historia. Evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus  y Mnemósine, personificación de la memoria. Se ubica en un mirador para sugerir que el historiador reflexiona desde una atalaya como un busto de Jano de doble mirada, que contempla el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.

Señalamos así al menos cuatro filtros importantes con los que necesariamente se hace la historia y otros tantos cristales que habitualmente tiene la lente del historiador cuando la construye. Tales son los óculos vidriados de colores a través de los que miramos el pasado, más subjetivos que objetivos: La reflexión histórica la hace siempre un sujeto con unos intereses y una ideología determinados, se realiza constantemente desde un lugar que trata de identificarse y legitimarse a sí mismo, y es una interpretación que se edifica desde un tiempo presente que plantea unas determinadas preguntas y tiene unos concretos valores. Todos estos tamices del sujeto, del tiempo y del lugar desde los que se redacta la historia, tiñen obligadamente la interpretación de la misma. Sobre un hecho, no hay una sola historia, se produce una sucesión de reflexiones históricas realizadas por sujetos diferentes, con ideologías distintas, desde territorios diversos con pretensiones de identidades propias, y en momentos y presentes sucesivos que lanzan sobre el pasado preguntas y reflexiones nuevas. Cada individuo, cada espacio y cada momento reconstruyen la historia a su medida y con su mentalidad.

Los hechos de la historia ya pasaron y no tenemos otro acceso a ellos que el discurso, el texto, la memoria o la imagen de los testigos y protagonistas que los vivieron. También los documentos, memorias o reproducciones de los archivos, las hemerotecas y las videotecas son realizados por sujetos dotados de una ideología, movidos por unos intereses propios, insertos en una cultura dominante en su presente, distinta al momento histórico que está narrando. Hay que ser conscientes de que nosotros no podemos llegar a los hechos históricos tal como acontecieron. Estos hechos ya no existen, cuando nosotros conocemos los sucesos pasados, lo hacemos a través de versiones, de interpretaciones que nos han transmitido la perspectiva subjetiva e interesada de los sujetos que los han vivido, disfrutado, soportado, sufrido, provocado, aguantado, rechazado o promovido. Dicho de otra manera, los documentos, las imágenes, los recuerdos tamizan los hechos que sucedieron, por eso nos llegan a nosotros a través de un discurso que los interpreta, reconstruye, reprueba, ensalza, critica o justifica según los intereses de los sujetos o las instituciones que intervinieron en ellos, e incluso después han vuelto a ser reinterpretados por los que los recordaron después. No debemos extrañarnos, lo comprobamos todas las mañanas cuando leemos cuatro periódicos que transmiten otros tantos significados diferentes de un mismo hecho.

Expresado de otra forma, los hechos para que lleguen a ser históricos no sólo necesitan haber sucedido, requieren además haber sido interpretados con algún valor o símbolo, es preciso que hayan sido dotados de algún sentido, revestidos de una significación. Un hecho no es histórico porque haya sucedido, sino que se convierte en histórico cuando se le da una interpretación y significado; es más, lo histórico no es el hecho en sí, sino el mensaje que se le atribuye. Para que este valor histórico suceda, los hechos deben contener coincidencias y apoyar intereses del poder, han de valorar la existencia y razón de ser de algún lugar o territorio, es preciso que exalten alguna persona, legitimen a alguna clase social, dignifiquen alguna institución, construyan alguna nación, o valoren políticamente a algún Estado. Si esto no sucede, los hechos no pasan a la historia.

Por estas razones, el historiador no relata hechos objetivos, no narra acontecimientos verdaderos del pasado, sólo selecciona aquellos que más le interesan para apoyar su conclusión entre los hechos históricos que fueron dotados de significado, e incluso puede inventar él mismo otro significado que le permita argumentar su discurso. Añade subjetividad al hecho histórico haber sido elegido por el historiador, entre otros muchos posibles, para demostrar sus hipótesis de trabajo y reforzar los intereses que el poder de cada momento dicta instrucciones a las instituciones que dependen de él.  Subraya el subjetivismo de la reflexión histórica la circunstancia de que el historiador la realiza desde una determinada ideología, desde un poder y una institución académica que también introducen contextos y valoraciones en la investigación y docencia. Suma subjetividad a la reflexión histórica otro hecho que en nuestros días comprobamos atónitos, la ubicación del historiador en un territorio cambia la forma de interpretar la historia, cada región o nación plantea cuestiones diferentes a los demás y tiende a reinterpretar los hechos en beneficio de su identidad y provecho. Rematamos este carácter subjetivo porque todo historiador reflexiona en un tiempo que siempre es nuevo y mira el pasado con los ojos del presente que continuamente realiza preguntas diferentes a otros presentes sucesivos.

Hay historiadores que no comparten esta visión subjetiva de la historia y creen que todo historiador ha de conseguir una neutralidad científica, ideológica, temporal y local; sostienen que los historiadores han de ser imparciales, objetivos y meros expositores de hechos verdaderos y sucedidos realmente. Como los positivistas decimonónicos, creen que la historia la hacen igual todos los historiadores, que se construye de la misma forma en todos los lugares y que se redacta de igual manera durante todos los momentos sucesivos. Estos autores tildarán de presentista este Mirador de Clío, dirán que la historia no puede relacionarse con el presente, ni someterse a sus poderes y jerarquías de valores. Estimarán que un historiador no debe interpretar el presente a la luz de la historia, ni debe proyectar sobre el pasado las preguntas del presente. Argumentarán que es defectuosa la aplicación a la historia de las técnicas literarias de la anacronía y la analepsis. Pero nosotros creemos que el tiempo, factor histórico fundamental, es siempre subjetivo, ideológico, territorial, interesado; porque el tiempo histórico es humano y no físico, ni meramente cronológico.

Por las razones expuestas, podemos intuir que el historiador es un científico social con buena capacidad para interpretar el presente, es un analista social, equipado con la memoria de la sociedad en su mente, bien dotado para descubrir el significado de la realidad que le rodea. El bagaje de la experiencia a lo largo de la historia le permite analizar situaciones ya experimentadas atrás, problemas planteados antes, soluciones contrastadas en otros tiempos. Cabría aplicar aquí el símil antropomorfo de que el historiador es un adulto social que posee experiencia y memoria, frente a la diferente capacidad de entender la realidad que tiene un niño o adolescente, que carecen de ella. La mirada del historiador ha de tener mayor sensibilidad, debe añadir riqueza de circunstancias y aportar más garantía para comprender la realidad que le rodea. Un historiador puede comparar cómo han reaccionado antes semejantes problemas otras mentalidades, cómo los solucionan diversas jerarquías de valores, o cómo los plantean distintos sujetos sociales, diferentes sistemas económicos del pasado, u otros modelos sociales menos evolucionados.

El Mirador de Clío pretende mirar el presente de nuestra sociedad desde la experiencia histórica. Dada la fuerte componente subjetiva del intento, por ideología, territorio y presente, los lectores sabrán tolerar que muchas reflexiones no coincidan con las suyas. Ya hemos dicho que aquí no buscamos objetividad ni neutralidad, porque la creemos prácticamente imposible.

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Sobre el autor elmiradordeclio
El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.