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Categoría: Museos
Otra oportunidad perdida

He soñado que vivía en un país cuyos poderes públicos creían en la cultura con mayúsculas. He soñado que se tomaban en serio su labor como garantes de que esa Cultura –la que crea espacios de reflexión y conocimiento, la que profundiza en los valores democráticos y abre vías para la expansión del espíritu– llegara a toda la ciudadanía con independencia de su situación socioeconómica. Pero me he despertado a la pesadilla del desmantelamiento del Museo Esteban Vicente, no por temido menos doloroso. El Museo permanecerá abierto, sí, gracias a las aportaciones de las instituciones, sí, –por cierto que una parte de esas aportaciones irá a parar irónicamente a costear los finiquitos de los despedidos– pero en unas condiciones sobre las que no podemos llamarnos a engaño. No se puede llevar a cabo un proyecto cultural de altura y ambicioso (ambicioso no en repercusión populista) con una plantilla diezmada, y lo que es peor, descabezada, sin dirección. La salida de Ana Martínez de Aguilar de la dirección del museo es otro episodio más en una tendencia generalizada que pasa por prescindir de los profesionales más cualificados, los que pueden aportar criterio y un trabajo especializado en los valores que se les confían (en este caso el legado de un artista con el que el nombre de Segovia y Castilla y León ha salido al exterior con el prestigio de su obra) pero que resultan incómodos cuando, en base a esos criterios, se niegan a injerencias que consideran ajenas al proyecto o que lo desfiguran en aras de una rentabilidad mal entendida. Los casos de Teresa Velázquez en el Patio Herreriano de Valladolid o, mucho más recientemente, el de Eva González Sancho y su fugaz paso por la dirección del Musac de León son emblemáticos en este sentido. Otras veces el prescindir de un profesional de prestigio al frente de un proyecto cultural es menos ruidoso pero esconde el mismo objetivo: ‘rentabilizar’ la inversión. Y eso suele significar abaratar el contenido, llenar aforos aunque sea a base de esos populismos de los que luego se quejan con la boca pequeña nuestros políticos. Estoy pensando en la salida de Calixto Bieito de la dirección del FÀCYL de Salamanca. El Festival sigue adelante sin él, por supuesto, y probablemente hace más ruido, pero nada tiene que ver hoy en día con el espíritu que alumbró esta propuesta, incluso antes de que Bieito llegara. Por cierto, la OSCyL sigue sin director artístico, es decir, sin rumbo, sin el profesional que ahorme esa personalidad y fomente su prestigio en el exterior.
Con el Esteban Vicente en horas mortecinas se pierde una gran oportunidad que no han sabido ver ni la Diputación Provincial de Segovia, ni el resto de las instituciones implicadas (Ayuntamiento de la ciudad, Junta, Ministerio…) Todas a una por encima de colores políticos y miras estrechas y cortoplacistas deberían haber luchado por el potencial de una institución que hubiera sido una gran embajadora de la cultura de Segovia y de Castilla y León, uniendo un nombre de primera fila en el arte contemporáneo –que ya exportó la luz de su origen desde su exilio en Nueva York– al peso cultural de su historia y su pasado. Pero para eso hubiera sido necesaria en nuestras instituciones mucha cultura y mucha cultura democrática. Aquí preferimos exportar pinchos y tapas. Es más cómodo y cada cual puede hacer la guerra por su cuenta.
El futuro del Museo Esteban Vicente abre muchas incógnitas. ¿Qué va a pasar cuando termine este año electoral? Y la más importante: ¿cómo se va a gestionar el legado del artista y qué papel va a jugar la fundación americana presente en el Patronato en esta labor? No olvidemos que si su voluntad se hubiera cumplido parte de ese legado ya estaría en venta y el consorcio público que gestiona el museo sería una entidad privada. Atrás queda la labor no solo de la actual directora, sino, justo es reconocerlo, la que hizo en su ausencia temporal el que fuera también subdirector de la institución, José María Parreño. Mirar atrás conduce a la melancolía, pero mirar hacia adelante produce vértigo.

(Publicado en mi columna ‘Días nublados’ el 12 de junio de 2015)

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André Kertész, fiel a sus emociones

La Sala San Benito de Valladolid acoge un recorrido por la obra del fotógrafo húngaro, pionero, autodidacta y radicalmente original

 

“He descubierto que para mí lasmejores fotografías son las que me dejan con más preguntas que respuestas». La frase es de André Kertész, uno de los fotógrafos más importantes que dio el siglo XX y un artista cuya intuición le hizo ser pionero en el nacimiento de la fotografía moderna. Aplicada la sentencia a su propia obra, podemos empezar a vislumbrar alguna de sus claves. Las fotografías de André Kertész no son solo aquello que el ojo atento, el ojo entrenado, puede ver.Van más allá, también plantean muchas preguntas en el espectador. Kertész protagoniza la primera exposición del año en la sala San Benito deValladolid. 

La muestra, titulada ‘André Kertész. El doble de una vida’ viene con el aval del prestigioso centro parisino Jeu de Paume y supone un completo recorrido por la obra del fotógrafo nacido en Budapest en 1894 y fallecido en Nueva York en 1985. La obra de este artista autodidacta que participó de la eclosión de losmovimientos de vanguardia del siglo XX, como el surrealismo o el constructivismo, no cabe sin embargo en los cánones de ninguno de ellos aunque pueda relacionarse con la mayoría.Mantuvo siempre su exquisita individualidad, su radical modo de mirar ligado a sus propias emociones, algo que jamás negó. Quizá la única manera de acercarse a su obra con afán de establecer etapas sea biográfica, atendiendo a los lugares a los que le llevó la vida. En este sentido la muestra que ofrece San Benito no puede ser más completa ya que abarca desde las primeras fotografías realizadas en su Hungría natal hasta imágenes tomadas en el mismo año de su muerte en Nueva York. Incluye, por ejemplo, ‘Joven adormecido’, fechada en Budapest en 1912, su primera fotografía conocida. Una imagen que ya apunta el estilo que será la firma Kertész en el futuro. Como las que hizo en el frente una vezmovilizado en las filas del Imperio Austro Húngaro durante la Primera Guerra Mundial. Son estas fotografías las que apuntan al fotógrafo que será, el que nunca pretendió documentar sino interpretar. Para él, la fotografía era eso: una manera de interpretar lo que sentía en un momento dado. «Mi fotografía es realmente un diario visual –dijo– es lo más parecido a un instrumento que sirve para expresar y describir mi vida, de la misma manera que los poetas o los escritores describen sus experiencias vitales. Es una manera de proyectarlas cosas que vivo».

Terminada la guerra, la vida le lleva a París. En 1925 se instala en Montparnasse y entra en los círculos de los principales artistas del momento como Mondrian (alguna de las famosas fotos que hizo en su estudio también están presentes en la muestra), Chagall, Foujita o Colette. Llegan sus primeras exposiciones y sus primeros éxitos. Publica junto a fotógrafos tan destacados como Germaine Krull, Man Ray, Frnçois Kollar o Brassaï (a quien Kertész había introducido en el mundo de la fotografía).

En París realiza alguna de sus obras maestras como la serie ‘Distorsiones’ en la que dos de sus modelos posan ante espejos deformantes cuyo reflejo fotografía, con un resultadoque le vale comparaciones con la obra de Picasso o Jean Arp. Quizá el germen de esta serie esté en ‘Nadador bajo el agua’, de 1917, que tambiénha viajado a Valladolid para la exposición.

Más difícil es su relación con los EstadosUnidos, adonde llega en 1936, cuando ya era un fotógrafo reconocido y un hombre pegado a una Leica (su relación comenzó en 1928 y también fue pionero en el uso de la mítica cámara). Kertész se instala en Nueva York con un contrato para la mayor agencia fotográfica del momento: Keystone. Pero la relación apenas dura un año. Sus fotografías se publican en las principales revistas y en 1945 elArt Institute of Chicago le dedica una exposición. Con todo, se considera incomprendido por lo que en 1962 pone fina su carrera profesional. Curiosamente, un año después y tras el hallazgo de sus negativos del periodo húngaro y francés que se consideraban perdidos y tras la presentación de su obra en la Biblioteca Nacional Francesa, comienza su reconocimiento internacional.

En 1964 su obra se expone en el MoMA de Nueva York y a partir de este momento se suceden los homenajes y las exposiciones de Tokio a Helsinki. En los cincuenta abandona progresivamente la calle para fotografiar desde la ventana de su apartamento con vistas a Washington Square. También empieza a fotografíar en color, aunque desde planteamientos formales muy sencillos. Y aún tuvo tiempo de familiarizarse con la Polaroid. Fue en 1977 y a raíz del vacío que le produjo la muerte de Elizabeth, su segunda esposa. El resultado fue un libro de homenaje a ella titulado ‘From my window’.

Hablaban demasiado

Sí. Sus obras también provocan más preguntas que respuestas. Puede que ahí residiera parte del desencuentro con algunas editoriales americanas en un momento en que el fotoperiodismo (aunque también se le cita como pionero del género, sus planteamientos eran diferentes) primaba por encima de otras vías. La editorial Life, por ejemplo, llegó a decir que sus fotos «hablaban demasiado».

Hablan sí. Sus ‘Distorsiones’, por ejemplo, nos hablan del artista que fue. De hecho, el resultado no tiene nada que ver con otros experimentos de espejos deformantes. Como toda obra de arte produce un suspenso temporal en el que mira. Kertész no abandonó jamás la profundidad e intensidad con que abordaba su trabajo, que acercaba los resultados más a la poesía que al reportaje. Si acaso, el género periodístico que más podría acercársele sería la crónica.

Su trabajo fue una crónica vital regida por la emoción. Y esta se caracteriza por la libertad. Unida a la calidad, rompe todas las barreras.

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Niños frente al objetivo

 A propósito de la exposición de Vanessa Winship en la sala San Benito de Valladolid

 

Hay algo común en la mirada de los niños que posan ante la cámara de un fotógrafo. Da igual que sean urbanos o se hayan criado en el medio rural, que sean ricos o de familias modestas, del Norte o del Sur del planeta. Es algo franco, generoso, expectante. Mientras miran el objetivo, abiertos, sonrientes o tímidos, son puro presente. Lo pensaba mientras contemplaba las imágenes de Vanessa Winship que expone la sala municipal de San Benito de Valladolid en la primera retrospectiva de esta fotógrafa británica nacida en Barton-upon-Humber en 1940. No es una exposición de retratos, sino una reflexión sobre las cambiantes fronteras que afectan a la vida de las personas, a menudo obligadas a dejar sus hogares cuando las guerras –siempre de alguna manera fronterizas– les ponen al borde del abismo. Georgia, los Balcanes, Anatolia, son algunos de los escenarios de esta exposición en la que no falta una interpretación del sueño americano realizada durante un viaje por los Estados Unidos. Pero de todas, los retratos de los niños tienen una fuerza especial, la de sus miradas. Ese momento único en sus vidas que refleja la fotografía (como las de esas niñas turcas escolarizadas por primera vez que cruzaron nerviosas el umbral de su primer colegio) se convierte en un momento único para el espectador. No se la pierdan.

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Castilla y León resiste en Arco

Un año más la galería salmantina Adora Calvo será la única representante de Castilla y León en Arco. La Feria Internacional de Arte de Madrid abrirá sus puertas el próximo miércoles con la mirada puesta en el incremento del IVA que pondrá las cosas más que difíciles a las galerías españolas. De los 201 galeristas presentes en esta edición,  apenas un tercio son nacionales y solo una radica en Castilla y León.
«Arco sigue siendo un buen escaparate. Ser seleccionado es un reconocimiento y una cuestión de prestigio, y hace visible el proyecto de la galería. También es muy importante para los artistas», afirma Adora Calvo que este año lleva como artista destacado a Mitsuo Miura.
La presencia del artista japonés, afincado en España, en este escaparate internacional se puede considerar el prólogo de la muestra retrospectiva que el Reina Sofía le dedicará el próximo mes de marzo en su sede del Palacio de Cristal del Retiro.
Para la directora de la galería salmantina, Miura encaja a la perfección con la línea conceptual de su proyecto por su papel clave en el desarrollo de los minimalismos conceptuales. En este sentido destacan también la presencia del escultor y profesor de Bellas Artes de Salamanca Fernando Sinaga y de Juan Hidalgo, ambos pioneros en el desarrollo de esta tendencia en nuestro país.
Entre los seleccionados por la galería, el vallisoletano Diego del Pozo, interesante en este contexto por su reformulación de lo conceptual trasladándolo a cuestiones relacionadas con las estrategias políticas o las cuestiones identitarias. También presenta su stand la obra de Ignacio Llamas, artista bien conocido en Valladolid por sus exposiciones en la antigua Caracol y que actualmente protagoniza una de las exposiciones del Patio Herreriano.
Por último, la galería presenta las obras de la brasileña Anaisa Franco y la taiwanesa Liao Chi-yu con las que se pretende «hacer visible el trabajo de artistas emergentes internacionales en su diálogo con el contexto español».
En cuanto a las perspectivas de cara a la feria, Adora Calvo no quiere ser muy pesimista a pesar de ser consciente del momento tan complicado que atraviesa el mercado.
«En las últimas décadas habían surgido colecciones muy interesantes en el ámbito de las empresas y este ha sido precisamente un sector muy castigado por la crisis, hasta el punto de que en algunos casos han tenido que echar mano de sus colecciones para sobrellevar la situación. Pero esperemos que los museos sigan necesitando ampliar y completar sus colecciones. Por otra parte, está surgiendo un coleccionismo joven muy interesante. Hay jóvenes que están comenzando a coleccionar quizá con pocos recursos pero con mucho entusiasmo y pasión por el arte y ahí se abre una vía muy interesante».
Como lo es, a su juicio, el hecho de que surjan ferias paralelas a Arco, aunque su origen sea el malestar por una feria que para muchos es coto cerrado. «Creo que las cosas se van normalizando. En torno a las grandes ferias internacionales, léase Basilea, Miami, surgen ferias paralelas donde exponen artistas emergentes. Y eso es buen porque todos no podemos estar en la misma feria. A veces pasan más cosas en las periféricas».
Fuera del stand de Adora Calvo (Pabellón 8, stand D11) el rastro de los artistas de Castilla y León estará disperso. En la Galería Nuble de Santander (Pabellón 10, stand C08) encontramos a un habitual de la feria: el segoviano Alberto Reguera presenta una instalación pictórica que ahonda en su línea de investigación sobre la interacción de la pintura y el espacio. Compuesta por varias pinturas objeto, trabajadas por todas sus caras, está dispuesta sobre un soporte transparente para dar idea de pintura en suspensión y efecto tridimensional. Su título ‘Campos de visión’ alude a las diferentes visiones que el espectador tendrá de la pieza según el ángulo que elija para su contemplación.
Gestos y procesos
También en esta galería encontraremos la obra de Eduardo Hurtado (Valladolid, 1986).  ‘Here are diamonds (Haitz eta Ur) es el título de una instalación en la que ha venido trabajando en los dos últimos años tanto en Bilbao, donde tiene su taller, como en Islandia y Portugal. Hurtado reflexiona sobre los procesos educativos, los espacios de instrucción y la asimilación de los gestos corporales.
El aura de las cosas
A otro habitual de Arco, Ángel Marcos (Medina del Campo, 1955), hay que buscarlo en la galería vienesa Hilger Modern Contemporary donde presenta tres cajas de luz y dos fotografías realizadas en el Cañón del Colorado y en el Valle de la Muerte, durante su reciente estancia en Estados Unidos. Marcos ha seguido las enseñanzas de Walter Benjamin en torno al aura de las cosas y ‘Aura’ se llama este trabajo en el que el artista medinense ha procurado «seguir con calma el perfil de una cordillera en el horizonte o una rama que arroja su sombra sobre el que reposa» para capturar su aura tal como preconizaba el filósofo alemán. Y aunque en ellas no aparezca la figura humana, consiguen transmitir esa sensación de poder de la Naturaleza que era el leit motiv de tantos paisajes románticos.
La abulense afincada en Londres Saelia Aparicio (1982) hará doblete esta semana en la capital de España, ya que además de en Arco, su obra estará presente en Just Madrid. A Arco la lleva la galería murciana Art Nueve (Pabellón 8, stand A08) con la que trabaja desde 2009 donde presentará cinco dibujos realizados en tinta y acuarela sobre papel. En ellos aparece de nuevo el personaje de Johnny, presente en trabajos anteriores de esta artista, y que solo es un pretexto para reflexionar sobre «la veracidad del contenido de la memoria». ‘No puedo acordarme de tu cara’, ‘Johnny triste, Johnny, contento’, son algunos de los títulos de sus dibujos con los cuales se pregunta sobre la construcción de los recuerdos distorsionando un rostro al tiempo anónimo y cercano a su propia biografía.
Aparicio ha realizado ya varias exposiciones individuales combinando la escultura y el dibujo, los lenguajes en los que desarrolla su creatividad. Dos proyectos la llevarán este año a Valladolid. En la galería Javier Silva colgará una exposición individual y también tendrá una intervención en el Patio Herreriano.
En la galería José Robles (Pabellón 8 stand B07) encontraremos la obra del segoviano Javier Fresneda. Este artista, que vive entre México y Madrid, define su trabajo como «una respuesta comunicativa a mi entorno, un modo de proponer y compartir actitudes». Sus obras comienzan a menudo como un dibujo y terminan como una instalación que interviene en el espacio urbano con materiales de oficina, naturales o industriales, relacionados entre sí.
En Arco presenta la instalación ‘Future Studies’, compuesta por una serie de C-prints y una escultura en bronce y la escultura ‘Halcyon’.
Pero no todo son artistas emergentes. La Galería Oriol de Barcelona (Pabellón 8, stand F04) presenta una selección de óleos de Esteban Vicente (Segovia 1903, Nueva York, 2001). Una oportunidad para ver obra de uno de los grandes, algo que siempre se puede hacer en su museo segoviano.

 

En las imagánes obra de Ángel Marcos y Diego del Pozo

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Las genealogías del arte feminista español, en el Musac

Un total de 80 artistas de distintas generaciones, tendencias y lenguajes artísticos, con el denominador común de que sus obras abordan, también desde puntos de vista diferentes, el papel de la mujer en la sociedad actual y los discursos de género. Este es el contenido de la muestra ‘Genealogías feministas en el arte español’ que hasta el 6 de enero del año próximo estará abierta en el Museo de Arte Contemporáneo de León (Musac). La exposición, comisariada por Juan Vicente Aliaga y Patricia Mayayo tiene como objetivo la relectura de la historia del arte reciente de nuestro país desde otros puntos de vista.
Se parte de una carencia. Los comisarios consideran que «el legado de los feminismos ha sido infravalorado no solo en la historiografía más tradicional, sino también en muchos de los relatos sobre la creación artística en España que se dicen más rupturistas o renovadores». La exposición trata por tanto de restaurar la memoria borrada de los saberes, prácticas y genealogías feministas en España y por otro lado hacer visible la obra de artistas, sobre todo mujeres, injustamente desdeñadas u olvidadas.

El origen último del proyecto podría situarse en un artículo escrito por uno de los comisarios, Juan Vicente Aliaga, en la ‘Revista de Occidente’ en febrero de 2004. En él subrayaba la escasísima atención que han recibido las prácticas artísticas feministas en la historiografía del arte español. Desde entonces se han sucedido algunos intentos de fijar el tema desde el punto de vista teórico y han surgido, aunque escasos, algunos estudios. Uno de ellos, el firmado por Carmen Navarrete, María Ruido y Fefa Vila, fechado un año después del artículo de Aliaga, situaba el inicio de la década de los 90 del siglo pasado como el momento en el que surge en España la primera hornada numéricamente significativa de artistas con un programa feminista explícito y consciente: «[Podría decirse que] las mujeres nacidas entre mediados de los sesenta y principios de los setenta conformamos el primer grupo de artistas y teóricas feministas dentro del Estado Español, debido a una serie de factores (económicos, sociales, políticos, educativos…), que confluyen en [la eclosión] de esa generación de los noventa».

 

En esas fechas se suceden las primeras exposiciones de artistas con claros planteamientos feministas, como Marina Núñez, Eulalia Valldosera, Begoña Montalbán o Carmen Navarrete. Por otra parte, en 1993 tiene lugar la primera exposición feminista en España, titulada ‘100%’, como alusión provocadora a la cuota de representación femenina del 25% aprobada por el PSOE en su XXI Congreso de 1988. La muestra,  comisariada por Mar Villaespesa, reunió en Sevilla a artistas como Victorial Gil, Pilar Albarracín, Carmen Sigler y María José Belbel, algunas de las cuales están presentes también en la exposición del Musac.
Una exposición que se hace una pregunta clave:  ¿cuáles son los antecedentes de esta generación cuyo trabajo parece surgir de la nada? ¿Cuáles son los referentes para estas artistas? ¿Más allá de los referentes citados sistemáticamente en las encuestas sobre arte y estudios de género como Marina Abramovic, Barbara Kruger o  Martha Rosler, hay algún nombre español? «¿Resulta verosímil creer, por ejemplo, que en una década tan politizada como la de los setenta el mundo del arte español pudiera permanecer ajeno a esa revolución que supuso en Occidente el surgimiento del llamado Movimiento de Liberación de la Mujer?», se preguntan Aliaga y Mayayo.
El resultado es esta muestra que no solo rescata nombres del olvido sino que rinde homenaje a las pioneras de las décadas de los sesenta y setenta, cuya labor quedó oscurecida tras la llegada de la democracia y la necesidad, durante la década de los ochenta por parte de la institución-arte de homologarse al contexto europeo e internacional, que favoreció el desarrollo de un arte adaptado a las demandas del mercado en detrimento de un arte más crítico «en el que la mirada feminista podría haber encontrado su sitio».
La exposición que no tiene una ordenación cronológica se articula a lo largo de las salas 3,4, 5 y 6 del museo, en capítulos temáticos que abordan cuestiones clave para el movimiento feminista como el cuerpo, la división sexual del trabajo, la lucha colectiva o la tiranía de la belleza. Uno de los capítulos lleva por título ‘La mujer rota: violencia y patriarcado’ y aborda el tema de la violencia machista, que aunque estaba en la agenda política desde finales de los sesenta y también en los discursos artísticos no es hasta el asesinato de Ana Orantes, quemada viva por su marido en 1997, cuando el problema sale del ‘ámbito privado’ en el que se había mantenido hasta el momento. En este capítulo se muestran obras de Carmen Calvo, Esther Ferrer o Amèlia Riera, cuyo maniquí ‘Dona silenciosa’ preside la sala.
En el capítulo dedicado a la división del trabajo y el ‘precariado femenino’ se rescata la obra de Castorina, artista nacida en Astorga en 1928 y formada en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que se exponen cuatro apuntes de pescadoras gallegas, realizados a principios de la década de los sesenta. También la de María Antonia Dans (1922-1988), representada por dos óleos, ‘El Encuentro o Vendedoras’ y ‘Mujer en el umbral’.
Un apartado no menos importante es el dedicado a la lucha por los derechos de las mujeres que también saca a la luz obras de las pioneras del movimiento feminista. Aquí destacan las fotografías de Pilar Aymerich (1943) que en revistas como ‘Destino’, ‘Triunfo’ o ‘Fotogramas’ fue una de las más destacadas cronistas de la lucha feminista y las reivindicaciones sociales de los setenta.
También aquí la obra de veteranas como Esther Boix, nacida en Gerona en 1927 y de la que se expone el óleo sobre arpillera ‘La desesperada lucha por salir de la carcasa’, de 1974 convive con la de artistas más jóvenes como Cecilia Barriga (1957) autora de uno de los primeros trabajos de contenido lésbico vistos en España.
Entre las más veteranas de la exposición como –además de las ya citadas– Montse Clavé, Mari Chordá, Eugenia Balcells, Isabel Villar o Fina Miralles y las más jóvenes como Virginia Villaplana, Mónica Cabo, Lucia Egaña o Diana J. Torres, se exhiben trabajos de nombres de artistas  consagradas como Eva Lootz, Elena del Rivero, Eulalia Valldosera y Marina Núñez.

 

(En las fotografías, ‘La anarquista’ de Cristina de Lucas y ‘Manifestación pidiendo la despenalización del adulterio’, de Pilar Aymerich)

 

Artículo publicado en ‘La sombra del ciprés’, suplemento literario de El Norte de Castilla, el 14 de julio de 2012

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Cómo mirar unas piernas de mujer

A PROPÓSITO DE LA EXPOSICIÓN DE MIROSLAV TICHÝ EN VALLADOLID


Contemplen la fotografía que preside esta página. ¿Qué ven en ella? Aparentemente es un fragmento de una figura femenina. Incluso alguien podría pensar que es un trozo de una fotografía ‘completa’, un fragmento viejo recuperado entre los papeles de algún baúl olvidado en un desván cuyos dueños abandonaron la casa o simplemente murieron y alguien aficionado a los papeles viejos ha rescatado del olvido. Pero sabemos que no es nada de eso.


También podría parecer la imagen intencionada de un fetichista, de un ‘voyeur’. Pero nada que ver. Más bien es una foto ‘objetiva’ de la belleza, de la belleza femenina. Pero yo diría más: es una imagen de felicidad, de gusto por la vida. Parece imposible que la dueña de esas piernas casi perfectas, jóvenes, que se extienden desde unos favorecedores zapatos abrochados al tobillo y una falda corta, veraniega, atrevida e inocente a la vez, no esté sonriendo en el momento de ser fotografiada, probablemente sin que ella se dé cuenta.
El autor de la fotografía es Miroslav Tichý, el caballero que aparece en la otra imagen, ya anciano, con su descuidado aspecto habitual, explicando (caso insólito en su vida) algo a un interlocutor acerca de otra de sus características fotos de mujeres de espaldas. La obra irrepetible, única, obsesiva y misteriosa de este fotógrafo, nacido en una pequeña localidad de la antigua república de Checoslovaquia en 1926 y fallecido el pasado mes de abril, será expuesta a partir del 14 de julio en San Benito, y esta muestra será un acontecimiento. Sin exageración. La fatalidad ha querido que se convierta en una de las primeras exposiciones que se realizan después de su muerte. Pero esto es sin duda lo de menos.
La biografía de Tichý tiene todos los ingredientes de una de esas historias que acompañan a los grandes hombres, a los artistas excéntricos, a los genios. Y es penoso resumirla en unas líneas. Baste decir que este artista que se inició en la pintura y el dibujo en la Academia de Bellas Artes de Praga, que pagó con estancias en la cárcel y en sanatorios psiquiátricos su desafección por el régimen comunista, que esta circunstancia, unida a su carácter retraído y a la ansiedad que le provocaban las exposiciones, contribuyó a su apartamiento del mundo, a su aislamiento en el pueblo moravo de Kyjov donde vivió toda su vida, y de donde no se movió ni siquiera cuando su obra entró en los grandes centros artísticos como el Pompidou de París. De la misma manera que no abandonó su humilde por fuera y cochambrosa y sucia por dentro casa de toda la vida, ni su aspecto de mendigo cuando el dinero le empezaba a llegar en abundancia.
No estaba interesado en el éxito ni la fama, no le importaba el dinero, ni la forma de vida considerada ‘normal’ por la sociedad, solo quería –y consiguió– ser él mismo, seguir haciendo su obra lo más autosuficientemente posible, ser, en definitiva, un ‘Tarzán jubilado’, como él mismo se definía. Cuando la censura le prohibió pintar se refugió en la fotografía pero nunca dejó de ser pintor y dibujante. Ahí están sus fotos para demostrarlo, en los enfoques –en el doble y exacto sentido del término en sus ‘trazos’, en sus veladuras, en sus composiciones desvaídas se ve al dibujante que nunca dejó de ser.


Cada una de esas fotografías es el resultado de su voluntad de hierro. La que le hizo pasar de fotografiar con una vieja cámara de segunda mano heredada de su padre a construirse sus propias ‘máquinas’ con material de desecho que encontraba en las basuras: trozos de plástico, de cartones, de gomas, de botellas, de cajas de zapatos o rollos de papel higiénico se convertían en el instrumental con el que construir sus instantáneas. Exactamente lo mismo cabe decir de su laboratorio. Con la cámara escondida bajo su raído jersey salía a capturarlas. Su tema favorito: las mujeres, sobre todo las piernas y la espalda, mejor dicho los ‘traseros’ femeninos, que eran un objetivo casi obsesivo. Pero no son imágenes ofensivas. Creo que ninguna mujer fotografiada por Tichý tendría que sentirse indignada por una de estas imágenes. Y no porque provengan de una mirada ‘femenina’, sino porque provienen de una mirada cómplice, no hablan de deseos ocultos o inconfesables, sino de ‘objetiva’ admiración, si acaso. A veces de una especie de ingenua admiración. Mujeres en la calle, de paseo, de compras, en la piscina, en el campo, en el parque, relajadas, ajenas casi siempre al hecho de estar siendo ‘capturadas’ para la posteridad.
La exposición que la sala de San Benito de la Fundación Municipal de Cultura propone hasta el 28 de agosto contiene un centenar de obras pertenecientes a todas sus etapas y será una excelente oportunidad de entrar en contacto con un artista en toda la extensión de la palabra e invitará sin duda a conocer su peripecia.
Tichý alcanzó la fama cuando pasaba de los setenta años. Como anécdota cabe recordar que en los Encuentros de Arlés del 2005 recibió el premio ‘Descubrimiento’. Un año antes su obra se había expuesto en la Bienal de Sevilla y el mismo 2005 se exhibió en la Kunsthaus de Zúrich (Suiza). En 2007 llegaría al centro Pompidou de París y a otros puntos destacados del arte contemporáneo.
¿Cómo un personaje así llegó a ser conocido y apreciado, ‘descubierto’ por un comisario tan prestigioso como Harald Szeeman? Porque Tichý, como tantos personajes parecidos, tuvo un protector, una mano amiga que salvó su obra de la destrucción o el abandono, que se preocupó de que tuviera lo mínimo para subsistir, que cuidó de que cuando tuvo recursos los empleara en algo como comer aunque fuera mínimamente. Ese personaje fue Roman Buxbaum, sobrino del que había sido psiquiatra y amigo de Tichý desde la juventud y responsable de que hoy le conozcamos.

(Publicado en La sombra del ciprés del sábado 9 de julio del 2011) (Fotografías por cortesía de la Foundation Tichý Océan)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Soy jefa de Cultura en El Norte de Castilla. En mis ratos libres (pocos) solía escribir y hasta encontraba editor. Ahora he cambiado los versos (libres o no) por alumnos de Periodismo. Mi verdadera vocación es la lectura.