El salvador

Jose María Aznar deshoja la margarita del sí y del no y quienes tiemblan ante la posibilidad de que el último pétalo le salga cara no son los opositores de bancada, que casi lo desean, sino los hasta no hace tanto fieles lugartenientes. ¿Qué ocurre? ¿Se ha vuelto de la noche a la mañana el expresidente un indeseable en sus propias filas? ¿Es que hasta hoy ninguno de sus anteriores compañeros de marca —los partidos sí son una marca, no los países— había caído en la  cuenta de los anhelos, las capacidades, la catadura moral, las dudas, en suma las fuerzas y las flaquezas de don Jose María? Uno no cree que a estas alturas vaya el Partido Popular a renegar de Aznar, entre otras cosas porque todavía hoy hay mucha gente que identifica a la gaviota con el bigote —afeitado o no—,  pero tampoco que vaya a acogerlo como al hijo pródigo que un día se fue para no volver. Rajoy, enfangado en menesteres mucho más urgentes y de mayor calado, no tiene ganas de ni tiempo para prestar atención a los devaneos de Aznar con los medios, y dejará la cosa estar hasta que se enfríe por sí sola o (le) estalle.

Nadie se acuerda, pero en su momento Aznar prometió que tras dos legislaturas lo dejaría para siempre. Seguro que él mismo lo creía, solo que no contaba con la marcha fúnebre que fue su adiós ni con que el poder genera más adicción que escalar ochomiles. Quizá piense que una España rota bien merece romper una promesa, y que él es el salvador que España necesita. El poder no solo genera adicción sino delirios de grandeza. Creyéndose salvador de la patria, Aznar se olvidó de que la libertad necesita una reglas para poder ejercitarse, puso el cartel de “En Venta” en el suelo de España y el resultado son las ruinas actuales. Ahora tontea con la idea de ponerse de nuevo el traje de salvador y reconstruir esas ruinas que en parte él ayudó a crear, valga la paradoja, pero en política los salvadores al final solo se salvan a sí mismos.

(El Norte de Castilla, 13/6/2013)

El blues feliz de Michael Chabon

De la excepcional generación que a principios de los 90 cogió la antorcha novelística de los Paul Auster, Don DeLillo y demás monstruos precedentes, Michael Chabon ha sido con diferencia quien con mayor entusiasmo ha transitado las carreteras secundarias del género. Novela gótica, novela negroapocalíptica, novela-pastiche (sobre Sherlock Holmes), progresivamente Chabon se ha ido separando del enfoque más naturalista de sus primeras narraciones ―los relatos de Un mundo modelo y parte de Algunos hombres lobo, que cuentan con algunas piezas perfectas por mucho que ahora Chabon hasta cierto punto las desdeñe; y Los misterios de Pittsburgh y Chicos prodigiosos, cuyas tramas respectivas de mafia y escuela universitaria son solo delgados soportes para justificar dos novelas clásicas de iniciación— para adentrarse por una ruta arbolada de fantasía. Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay supuso el punto de inflexión de ese enfoque inicial y la aventura por la ruta fantástica, que llegaría a su apogeo con la aludida El sindicato de policía yiddish. Con Telegraph Avenue, Chabon cierra el círculo y regresa al naturalismo poético de sus comienzos sin por ello sacudirse el polvo que se le ha ido adhiriendo en el camino. Así, insiste en el uso del narrador omnisciente y vuelve a realizar a la vez un homenaje y una defensa de algunos de los hitos de la cultura popular, en este caso la música —sobre todo el soul-jazz de los 70— y el cine —sobre todo el cine de Quentin Tarantino.

La prosa de Chabon es ante todo generosa, y el abandono, quizá para siempre, de la primera persona —a la que en sus comienzos fue tan fiel— por el narrador omnisciente no hace sino potenciar esa generosidad. Que tiene en su propia exuberancia el quizá único defecto achacable a Chabon; en ocasiones da la sensación de que, maravillado por la brillantez de su propio caudal expresivo, incide en detalles que muy poco tienen de reveladores, que parecen meras llamadas de atención para que el lector repare en la inagotable agudeza de su ingenio o en la profundidad de la documentación llevada a cabo, pero que erosionan la cohesión orgánica de la escena que está describiendo, la desinflan. Narrativamente, algún corte puntual no le hubiera venido mal al texto, incluso aunque eso supusiera privarnos de hallazgos tan deliciosos como: “… era hetero a las doce en punto” (en inglés <<hetero>> y <<recto>> utilizan el mismo vocablo); o: <<… ofreciendo las narices a cualquier puerta que se quisiera cerrar en ellas>>; o: <<… el tren que iba a Sacramento lamentaba su propio paso>>; y así miles.

Quizá haya alguien que conozca un poco algunas de las notas de este reseñador y piense: <<¿Soul-jazz de los 70 y películas de Tarantino? Claro, cómo no va a gustarle, esta opinión no me vale.>> Esta opinión puede no valer por otros motivos, pero no por ese. Se equivoca quien crea que la novela solo se puede disfrutar si se captan las referencias musicales y cinematográficas. Con solo referencias una novela no se sostiene, con solo referencias no hay novela sino wikipedia entre dos tapas duras. La novela ha de percibirse como objeto artístico autónomo, y las referencias como una parte integral de ella: que nazcan naturalmente de los personajes, que se imbriquen con el clima de la narración. De las muchas referencias culturales que pueblan la novela uno ha captado un puñado; lo cual puede que complete, dé el brillo final a la sentencia o párrafo del que la referencia forma parte, pero no lo fundamenta. Y por otro lado, el lector curioso que desconozca la referencia puede disfrutar del placer añadido, que se le niega a quien sí la conoce, de investigarla y experimentar el asombro agradecido y gozoso del descubrimiento, que es uno de los mejores regalos que proporciona la vida. Puede incluso que a la larga se haga fanático de la Blue Note.

Valga esto también para aclarar que el tema de Telegraph Avenue no es ni el jazz ni el cine, como se ha dicho, ni tampoco la paternidad, ni la amistad ni la nostalgia por un mundo que muere —qué son los discos sino redondas cápsulas de tiempo—; estos son temas menores, temas satélites de un gran tema/sol que se constata en el imborrable diálogo de la página 171 entre las dos comadronas: no otro que el respeto por uno mismo, y el compromiso en acto que ese respeto conlleva.

Michael Chabon ha vuelto a escribir una de las novelas del año, y se me ocurre ahora otro reproche: que con casi quinientas cincuenta páginas se haga tan corta.

(La sombra del ciprés, 8/6/2013)

Troyanos

Gallardón ha tenido la ocurrencia de que los jueces españoles habiliten a la Policía para instalar troyanos en los distintos aparatos, desde el computador al móvil, que tenga el sospechoso de un delito, y así registrar la vida informática ―que es la vida toda― del sujeto en cuestión. Parece que el ministro de Justicia se ha olvidado de que en Derecho un fin deseable ―en teoría― nunca puede justificar un medio ilegal. Que se pueda espiar a distancia las intimidades de un señor sin su conocimiento es una forma de actuar más propia de la Stasi que de una democracia occidental del siglo XXI. No hemos avanzado pues gran cosa respecto del juego de tensiones, rumores y citas a medianoche en Viena o Washington en la Guerra Fría, si acaso se ha perdido el halo romántico que rodeaba al espía internacional.

¿Dónde queda el derecho a la intimidad en el proyecto del ministro? ¿Es que no está el ciudadano ya lo bastante expuesto e inerme para que también quienes se supone han de preocuparse por él puedan violarlo digitalmente cuando les venga en gana? Cuando la impunidad ampara, la tentación del exceso es muy grande. Si se permite espíar a un sospechoso, ¿por qué no también a la(s) persona(s) con que el sospechoso ha entablado contacto? Igual tienen otros datos. Y si estos los tienen, ¿por qué no espiar a los contactos de este? El mar de aceite digital se expandería exponencialmente y terminaríamos todos manchados como marionetas orwellianas. Violaciones al margen, en el plano de la valoración de la prueba se produciría un nudo gordiano imposible de deshacer: ¿cómo sabría el hipotético imputado ―y el propio juez― que uno de los datos que la acusación le atribuye a él no ha sido introducido en su ordenador por la propia acusación? Y a la inversa, ¿cómo se defendería el Ministerio Fiscal ante la defensa del acusado de que ese dato/prueba no es suyo y que se lo han colado de rondón en su disco duro? España puede ser mañana Troya.

(El Norte de Castilla, 6/6/2013)

Sun Ra

Hace 20 años que Sun Ra abandonó este planeta, quién sabe a dónde, para regresar quizá a Saturno, del que se predicaba oriundo, o a Egipto, del que se predicaba enamorado. Quizá la muerte no es un viaje en el espacio sino en el tiempo. No es una efeméride que vaya a recibir el eco que merece, como se le negó durante casi toda su vida en esta tierra; pese a la probidad y vastedad y variedad de su obra, el eco que Ra recibió se debió más a los aspectos epidérmicos adosados a su persona que a los frutos musicales que produjo. La imagen de Sun Ra se interpuso como un insecticida repelente entre el público y su trabajo, que fue tachado de hermético y controvertido, incluso entre la crítica del ramo. A veces la crítica se queda en cutícula. Lo cierto es que si uno se olvida del rollo cósmico y se atiene a las notas, se dará cuenta de que la obra de Ra, un uróboros que no deja de hacerse a sí mismo, es accesible, invitadora, un par de brazos abiertos dispuestos a acoger a quien dé el paso. Porque el paso hay que darlo en todo caso: si uno no pone un poco de su parte la conexión artística resulta imposible. La discografía de Sun Ra bebe del y explora el abanico clásico de estilos asociados al jazz ―blues, stride, be-bop, hard-bop―, y aunque también navega por los mares sin faros del free-jazz, rara vez lo hace sin brújula tonal. Ra, como Coltrane, tuvo la humildad de reconocer que el artista no es las más de las veces otra cosa que un médium de algo o alguien superior al que hay que dar gracias. Lo cual no contradice el trabajo diario: lo repunta: porque el dar las gracias supone un compromiso, y la mejor manera de honrar un don es ejerciéndolo.

Hoy es más probable que Ra hubiera recibido el rédito que merece, aunque, irónicamente, por razones extramusicales. Enfermos como estamos de iconos de portada, su estrafalaria imagen le habría generado quizá fama y esta, por reflejo, una audiencia y un dinero justos.

(El Norte de Castilla, 30/5/2013)

Cifras y letras

Como un insaciable agujero negro, la crisis no deja de atraer hacia su centro gravitatorio a más y más esferas sociales, alcanzando aquellas que jamás se imaginaron, cuando el agujero negro despertó y comenzó su  minucioso y voraz ejercicio de aniquilación, que se verían afectadas. Ahora le ha tocado el turno a los concursos de televisión, entre ellos el mítico Cifras y Letras. Hay un grupo de hasta 50 ganadores que, dos años después de la obtención de su trabajado premio, siguen a la espera de un cheque que no van a cobrar, pues las productoras han quebrado y están en concurso de acreedores. Los ganadores han pasado de ser los primeros del concurso de televisión a la cola del concurso de acreedores, y mientras las productoras y las autonómicas se van pasando la pelota de la responsabilidad, estos señores siguen huérfanos de premio, que sus buenas horas de estudio les ha costado, aparte el billete a plató.

¿Es que ni siquiera la televisión va a respetarse? Dónde iremos a parar. Esta es una metáfora más ilustrativa y preocupante que la de las inmobiliarias o los bancos, de hecho no es casi ni métafora, por la importancia material insustituible que tienen las cadenas públicas en la forja de la realidad social de su autonomía o provincia o ciudad. Cierto: quizá haya alguna televisión pública más de las estrictamente necesarias para cubrir las demandas del pueblo de información y ocio, pero qué importa un poco de déficit cuando el gasto está tan bien empleado y la labor resulta tan imprescindible. Las autonómicas caen al tiempo que la España de las autonomías, donde hemos pasado del café para todos competencial al déficit a la carta, y ya ha dicho don Juan Vicente Herrera que Castilla y León no va a pagar la TV. de Cataluña. Un poco tarde. En los concursos de la tele, como en otros planos competenciales, las cifras no cuadran y las letras son papel mojado. Al final han ido a pagar ―sin cobrar― los que menos lo merecen.

(El Norte de Castilla, 23/5/2013)

El Norte de Castilla

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