El Norte de Castilla
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Autor: rocamadour78
El enemigo
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Eduardo Roldán | 14-12-2017 | 12:25| 0

Pocas cosas hay que unan más que un enemigo común. Basta observar a las gradas fanáticas durante un derbi futbolístico. Lo cual puede llegar a entenderse dentro de la coyuntura deportiva, volátil como las pasiones que desata, pero menos en el escenario político internacional, supuestamente regido por la planificación racional de un futuro más allá que el domingo próximo. Supuestamente. Porque el concepto de enemigo ha venido ganando una presencia sostenida y creciente en el discurso entre estados y, lo que es más grave, materializándose —no porque las palabras los empujen a la acción; la acción estaba ya tomada y ellos para justificarla prostituyen las palabras—.

<<El enemigo>> como herramienta operativa empezó a asentarse con la tríada de las Azores, cumbre que entre otras desgracias trajo, mediante el (ab)uso del término, una dialéctica polarizada de buenos y malos que no tendría cabida ni en el más simplista cómic de la Marvel. Tal país es amigo, tal es enemigo: esta ha venido siendo la explicación/justificación de las acciones —o abstenciones— más graves y peligrosas en la última década larga. Con el agravante añadido de que las que la han utilizado han sido, en abrumadora mayoría, las potencias con mayor poder fáctico (léase destructivo). La alusión al enemigo se ha demostrado un recurso muy útil, tanto que si no existe enemigo lo más práctico es inventarse uno. (Va a ser cierto que Trump ha leído 1984.) <<Enemigo>> es un significante vacío que sin embargo engullimos a ciegas. Pero ¿por qué es nuestro enemigo? ¿Qué ha hecho para que respondamos así? No importa. Maleable por vacío, <<enemigo>> puede aplicarse por igual al mejicano que no tiene intención ninguna de cruzar la frontera como al palestino que solo quiere que unos y otros lo dejen dormir tranquilo, y puede llenarse del contenido que se quiera, que no lo vomita.

¿Es el enemigo? Pues que no se ponga, que le va a dar igual.

 

(El Norte de Castilla, 14/12/2017)

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Fantasmas
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Eduardo Roldán | 07-12-2017 | 7:00| 0

Parafraseando a Marx y a Engels, Pablo Iglesias ha advertido en reciente mitin de que los independentistas han despertado <<el fantasma del fascismo>>. El nacionalismo es siempre un fascismo en potencia, un fascismo más o menos al borde de coagularse, y si el procés ha catalizado este estado, que lo ha hecho, es porque había ya un colchón más que mullido que daba cobijo al fantasma. Un colchón que era fantasma a su vez.

En Cataluña los nacionalistas llevan desde hace mucho construyendo una realidad fantasmática que se ha ido filtrando sigilosa, como acostumbran los fantasmas, a través del discurso (en los medios de comunicación, en el rifirrafe parlamentario, en los textos legales cuando han tenido oportunidad), para instalarse al cabo en la mente de una gran parte del pueblo y convertirlo a la causa. Realidad fantasmática que difiere de la mentira por la mayor complejidad estructural y por el horizonte de su ambición; y también, aunque pueda resultar inconcebible, porque no pocos de los promotores creen en verdad en ese fantasma inmenso; no solo es que lleguen a creerse su propia mentira: es que medularmente creen que el fantasma es real. Habitan pues un mundo imaginario cuyo funcionamiento tiene solo una lectura inamovible: la que ellos, como creadores de la realidad fantasmática (crean la realidad y creen en ella), ofrecen. El Estado español es el demonio, no solo se niega a reconocer todo aquello que hacemos por él sino que nos arrebata la dignidad, económica y cultural, a la que tenemos derecho: además de darle nos quita a nosotros; y aun más: si no nos liberamos de este yugo cuanto antes, la posibilidad de que nos destruya para siempre es más que probable. Y no es ilógica tal lectura exclusivista: pocos ámbitos más íntimos e inaccesibles que el de los propios sueños, que es la realidad de los fantasmas (benignos, indiferentes o amenazantes). Ocurre que más tarde o más temprano uno despierta, y entonces la caída.

(El Norte de Castilla, 7/12/2017)

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Egipto ejecutado
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Eduardo Roldán | 30-11-2017 | 2:13| 0

Ciertas sentencias se nos quedan tatuadas para los restos; agazapadas, aguardan el estímulo adecuado para saltarnos de nuevo, por mucho tiempo transcurrido desde la última vez que retornaron. La reciente masacre en Egipto me ha despertado una de ellas, creo ya aparecida aquí: <<Una muerte es una tragedia. Un millón, una estadística>>. Brillante y vergonzante afirmación de Iósif Stalin. Para el EI, los 305 muertos y más de cien heridos —cuando esto escribo— del atentado en Bir al Abed no son más de trescientas tragedias multiplicadas (pues cada muerte implica, además de la tragedia en sí que es una vida cercenada, otras tragedias en quienes quedaron vivos que tenían relación con ella) sino estadística vacía, una muesca más en la misión a ejecutar, un medio para alcanzar un fin que por otro lado nadie alcanza a ver, si es que el delirio fundamentalista puede quedar satisfecho alguna vez.

Pero aparte del oprobio cuantitativo, el atentado presenta un aspecto que, si no inédito, a esta escala supone un preocupante punto de inflexión: el de que las víctimas no fueran infieles sino no lo bastante fieles. Las dianas se hallaban en una mezquita honrando el día sagrado bajo los principios por los que, en teoría, los asesinos han iniciado la cruzada, no en un despacho de Wall Street jugando al veintiuno con masas de capital ajenas y un whisky en la mano. ¿Dónde establecer la frontera de la fidelidad? Se combate contra alguien que es parte, juez y verdugo, y así la estrategia se embrolla.

Embrollo que no obstante no justifica la promesa de Abdelfatá al Sisi de replicar el ataque con una <<fuerza brutal>>. Esto, en un estadista, es inadmisible, por mucha ira —justificada— que en ese momento bulla en su interior. Abdelfatá al Sisi está donde está porque el pueblo espera que respete ciertas formas, recipientes de valores. Entre la frase de sicario del presidente egipcio y el <<sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor>> de Churchill media un abismo moral.

(El Norte de Castilla, 30/11/2017)

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El sentido de un remake
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Eduardo Roldán | 26-11-2017 | 1:49| 0

 

¿Qué sentido tiene el hacer una nueva versión [remake: rehacer] de una obra de mérito? ¿Explica la sola ambición por superar el original el impulso del adaptador? ¿Lo explica la haraganería, el que el camino de la creación ya esté abierto y señalizado? ¿O acaso la codicia, el deseo de sacar rédito —si no artístico, al menos monetario— de un producto que se ha probado rentable? Sea cual sea la razón, el ejercicio del remake, en cine, genera de entrada un rechazo casi de naturaleza visceral que no se da en el ámbito que con diferencia más lo practica, el musical pop (en sentido amplio: pop, rock, rap, reggae), donde, si es que con alguno, se admite la enésima versión de ‘Knockin’ on Heaven’s Door’ con escasos reparos, casi alegría, por muy ratonera o rutinaria que suene. El cine en cambio, por su propia naturaleza híbrida y sintética, por manejar unos códigos expresivos más numerosos —y por incluirse entre ellos el narrativo—, presenta un campo mucho más fecundo para el ejercicio y el análisis del remake; el mero cotejo con el original permite una exploración más honda de esos códigos, de esos elementos que constituyen un film, y de cuál es la plasticidad funcional que tienen. Incluso un remake tan polémico, tan a priori condenable como el que realizó Gus Van Sant de ‘Psicosis’ ofrece considerable material para la reflexión y el debate. Pero estos rara vez se dan, y aun sin ver el remake, es tachado de mierda o similar.

chan-wook parkEs lo que le ocurrió a Spike Lee cuando en 2013 tuvo la osadía de versionar el film surcoreano ‘Oldboy’, título de culto acérrimo que dirigiera Chan-wook Park y gracias al cual Occidente se enteró de la existencia de este cineasta impar. Lee llevaba más de diez años en que solo había firmado un largo a su altura —‘Plan oculto’—, y el anuncio se recibió en ciertas familias de la comunidad cinéfila con una furia que solo algunas declaraciones raciales del director de Atlanta habían alcanzado antes. Injusto. Como prueba, sugiero ver antes la versión de Lee, lo que permitiría juzgarla con mucha mayor autonomía (por cierto que la original surcoreana tampoco lo es tanto, pues que es la adaptación de un manga).

spike-leeAmbas cintas mantienen, en lo esencial, la peripecia narrativa. Baste decir que en ella se conjugan el misterio, el engaño, sobre todo la venganza. A riesgo de cometer herejía —erejía— diré que la estructura narrativa —disposición de los hechos de la trama— del remake es preferible, sobre todo en lo que respecta al cierre, más orgánico e inevitable con lo acontecido que el de ‘Oldboy (2003)’. Que presenta además un truco de guion irritante, el de recurrir a la hipnosis como señuelo motor del protagonista. Y sin embargo, no puede negarse que se trata de un film superior. Más allá de la yuxtaposición de los pares en el mismo rol (Choi Min-sik/Josh Brolin como protagonista; Kang Hye-jung/Elizabeth Olsen como la chica ayudante; Yoo Ji-tae/Sharlto Copley como el villano), que no obstante entraña un elemento radical del cine, y uno de sus grandes atractivos, la observación fenomenológica del cuerpo —cómo mira un actor, cómo entona y escucha, cómo se mueve—, lo que cualifica al film de Chan-wook Park por sobre el de Lee es el tono y el ritmo, es decir los dos pilares fundamentales que constituyen la puesta en escena; o, lo que es lo mismo, el trabajo de dirección.

oldboy-2003Puesta en escena que en el film surcoreano raya lo milagroso. Maneja un saco inagotable de recursos estilísticos: el flashback —a veces en tono sepia, con el que acontece en el puente entre los dos hermanos como epítome—; el encuadre subjetivo —especialmente oportuno en los momentos de resistencia agónica de algún personaje—; la panorámica; el inserto como signo de exclamación; el plano-secuencia —así el con toda justicia célebre de la huida uno-contra-todos, con una coreografía de la violencia no indigna del Tarantino de ‘Kill Bill’—… Pero el milagro no se da tanto por la profundidad y variedad de elementos como por su finísima imbricación, de un equilibrio que la (c)rudeza de algunas imágenes podría hacer pasar por alto; no se trata de un popurrí deslavazado, de una sucesión de recursos sin más fin que el recurso mismo, como una serie de carteles pegados en una tapia al azar, sino que Park, alquimista de sombras, consigue armar un todo que congenia los extremos más distantes en una nueva fuerza expresiva común y más potente que, sin embargo, no ha descompuesto las fuerzas originales de los extremos en el proceso, perceptibles asimismo en el producto final. Es operística en el sentido más wagneriano, omnicomprensivo del término, mientras que la de Lee lo es en un sentido mucho más hollywoodiense, efectista. Contemporánea y oriental, y orgullosa de su pertenencia al gueto de un subgénero de la serie B (el de venganza), destila sin embargo unas resonancias míticas que la emparentan con la tragedia griega, el género occidental por excelencia, y el en teoría más alto (lo que por otro lado demuestra la falsedad de las alturas en los géneros, así como la de las fronteras en cuanto a arte se refiere). Sin renegar de su origen de cómic japonés, cuya estética expresionista y excesiva en gran medida adopta, muestra no obstante hechuras de clasicismo. Privilegia la narración no lineal pero esto no disminuye el deseo del espectador de seguir adelante, con una ordenación ejemplar del montaje.

oldboy-2013Pero la gran diferencia entre una y otra es la fuerza simbólica que chorrea la cinta surcoreana, como el pulpo palpitante que engulle en un restaurante el protagonista al ser puesto en libertad, escena que la americana omite: tras década y media sin contacto alguno con un ser vivo más allá de una rata o un insecto ocasional, el hombre necesita llenarse de vida, no le basta un muerto, por muy exquisitamente cocinado que esté. Quiere decirse que, siendo menos verosímil, la original resulta más verdadera.

E insisto en que la versión de Lee (o la versión que los productores de Lee, pirañas del metraje, nos han hecho llegar) no es en absoluto desdeñable. Ante la pregunta que planteábamos al principio solo cabe una respuesta: el remake tiene sentido cuando aporta algo original al original, sin menoscabar el resto. Y este requisito ‘Oldboy (2013)’ lo cumple con holgura.

(La sombra del ciprés, 25/11/2017)

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Fichas de los filmes

Tít: Oldboy

Año: 2003; 2013

Dir: Chan-wook Park; Spike Lee

Int: Choi Min-sik, Kang Hye-jung, Yoo Ji-tae; Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Sharlto Copley

120 mins., color; 104 mins., color

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Charles Manson
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Eduardo Roldán | 23-11-2017 | 6:57| 0

Varias cabeceras han definido, en el anuncio de su muerte, a Charles Manson como <<asesino en serie>>. No lo fue. A Manson se le colgaron siete asesinatos <<por proximidad>>, pero la ejecución material la llevaron a cabo los adláteres que componían su familia, que el jurado consideró <<una extensión>> del propio Manson. Manson, pues, fue condenado por una suerte de ósmosis. No es un matiz baladí, ni jurídica ni informativamente. Claro que, ¿qué tiene más gancho, el estudio etiológico/psicológico de los participantes o las pintadas sangrientas en la pared que escupen de <<cerdos>> a los asesinados?

Y es probable que la etiológica/psicológica sea la más fascinante arista de un caso que no carece de ellas. Si uno repasa los acontecimientos previos a las noches Tate/LaBianca, no puede dejar de asombrarse del magnetismo que debía de irradiar Manson, un Hamelín pequeño, enclenque y sucio capaz de convencer de los actos más atroces o banales a cuantos le salieran al paso, personas inteligentes que como por ensalmo se veían transmutados en autómatas obedientes. Más que un psicópata sádico fue un psicótico delirante que sublimó vilmente su frustración artística con la eliminación de quienes consideraba indignos de estar donde estaban; quiso reparar una injusticia cósmica, pues no soportaba que su descomunal talento no recibiera el crédito que merecía, la mansión con piscina y la legión planetaria de fans. Lo otro —la inminente guerra racial, los mensajes satánicos cifrados en los surcos del ‘Álbum Blanco’ de Los Beatles, el predicarse el diablo redivivo…— no son sino atrezo de humo que enmascara una esencial impotencia y frustración, y si no pudo tenerla planetaria, recolectó y programó a una legión de soldados letales. No un logro menor. Como no lo es el que hoy lo ubiquemos en esa categoría de huéspedes variopintos conocida como ‘icono pop’, junto al Ché Guevara o Marilyn Monroe. Pero esta es otra arista que requeriría más espacio.

(El Norte de Castilla, 23/11/2017)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
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