El Norte de Castilla
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amor

Nanaya
Eduardo Roldán 29-01-2015 | 8:14 | 0

Parece que por fin se ha encontrado la brújula definitiva con la que recorrer el siempre proceloso territorio sentimental sin peligro de extraviarse. No se trata de un best-seller de psicología de aeropuerto ni de la última web de contactos patrocinada por Durex, nada de charlatanería aquí: se trata de un programa de algoritmos creado por un ingeniero de la NASA, y no ha habido revista de ciencia de renombre que no se haya hecho eco del invento. Tras formular una batería de preguntas tan numerosas como rápidas de responder, el programa Nanaya regurgita un gráfico con las probabilidades que tiene el encuestado de encontrar el amor en función del objetivo a alcanzar y el método a seguir. Todo dato influye, desde la nómina mensual —el que la tenga— hasta el color del pelo —también el que lo tenga—, desde el equipo de béisbol de la infancia hasta la marca de calzoncillos de la adultez.

No es de extrañar el éxito exponencial que se le augura a Nanaya. Vivimos en una sociedad que ha elevado la información a la categoría de dios. Tenemos una necesidad obsesiva de información, que corre paralela a la necesidad de seguridad y de abolir tanta incertidumbre como nos sea posible. Es decir: queremos que el programa nos evite el riesgo de tener que elegir, y así, si al final la relación asignada no cuaja, no tendremos que cargar con ninguna responsabilidad, ningún reproche podremos hacernos. Qué importa sacrificar un poco de libertad, que no sintamos la cosquilla de la sorpresa si tenemos la certeza de haber agotado la estadística, aun habiéndonos quedado al final en el sector del error. Porque las probabilidades nunca son completas, que ya dijo Einstein que, en teoría, la teoría y la práctica son lo mismo, pero en la práctica no lo son.

Gracias a internet y las redes sociales hemos dejado de tener personalidad para pasar a tener perfil, que es algo mucho más fácil de conectar y sobre todo mucho más claro, más manejable y limpio. No otra cosa quiere decir realidad virtual: el hacernos una realidad a medida, que nos encaje en el perfil sin dejar saliente ni una arista, mucho menos un rizo. Una realidad carente de sombras, cuando es la sombra la que, por contraste, permite captar la luz en toda su plenitud. Al paso que vamos, el último será el que predijo Huxley en su feliz novela, un mundo donde el determinismo genético elimine toda posibilidad de zozobra y de fricción. Cierto: aún hay tiempo de rectificar. El ingeniero de la NASA puede que sepa valorar lo que ocurre en las misiones espaciales a Marte, pero por fortuna los algoritmos que maneja no alcanzan todavía a descrifrar lo que ocurre dentro de su pecho. Y es que lo que tenemos más a mano es siempre el mayor misterio. Uno sobre todo siente que Freud no haya vivido para ver en qué ha quedado el animal simbólico. Iban a ser unas risas, sus escritos.

(El Norte de Castilla, 29/1/2015)

@enfaserem

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Banderas/Griffith
Eduardo Roldán 12-06-2014 | 8:42 | 6

El cadáver caliente de la ruptura aún no se ha enfriado y las hienas de la prensa rosa ya han saltado eufóricas de sangre, extáticas de alegría sin disimular, ¡ya lo dije yo!, ¡ya lo dije yo!, con ese brillo miserable que produce el tomar un fracaso ajeno como victoria propia. Desde el comienzo fueron acelerando la minuciosa erosión del tiempo con bulos, rumores, declaraciones fuera de contexto, ruido sobre ruido sobre ruido, y sin embargo llegamos a creer que la resistencia era posible y el sueño realizable. La chispa había saltado por azar, tras un comienzo torcido de rodaje y una pataleta de la diva rubia que tuvo que solventar el actor moreno en una noche. Comenzó así un idilio que parecía salido de otra época. Todo romance se da fuera del tiempo porque late a su propio tiempo, pero el de Banderas/Griffith parecía además surgido de alguna vaga edad de oro pasada, felices años veinte, felices treinta, o de alguna ficción ideada por esos geniales dramaturgos de enredos que los estudios contrataban por seis meses, un romance salido desde la pantalla y materializado a este lado, algo entre La rosa púrpura del Cairo y El gran Gatsby, con eso de Zelda, turbadora y turbulenta, tierna y autodestructiva, que tiene Melanie Griffith, con ese voluntarismo optimista de Antonio Banderas, el último escalón del sueño americano conquistado por un hombre humilde de Málaga, por un Gatsby malagueño y sencillo que a diferencia del otro nunca ha escondido sus orígenes. Pero de todos los sueños se despierta uno, incluso del sueño americano, y cuanto más alto el sueño mayor la resaca de realidad. La ruptura ha sido el despertar abrupto del sueño, del suyo y del de quienes los veíamos como la última realización del mito romántico. Muchos la consideran otra carambola más de Hollywood, esa fábrica de emparejamientos vacíos y abogados turbios. Por qué nadie quiere verla como lo que en realidad ha sido, el fin triste de una hermosa historia de amor.

(El Norte de Castilla, 12/6/2014)

@enfaserem

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Cirugía de la descomposición
Eduardo Roldán 09-02-2014 | 7:18 | 0

Amor narra el proceso de descomposición de una pareja de viejos. Descomposición sentimental pero ante todo física: es esta la condición para aquella, y la que mediatiza por completo la relación, que rompe. El ataque que ella sufre refuerza acaso inicialmente los sentimientos de él, le hace descubrir en sí mismo fortalezas que, pasados los ochenta, desconocía poseyara;  pero los sentimientos se nutren de pura voluntad, que progresivamente va recibiendo menos y menos respuesta hasta que el hombre se resigna, o se resigna en parte. Amor es pues una historia de amor unidireccional, de abnegación y de cansancio, donde el cuerpo, la presencia física, funciona como pilar maestro de todo el edificio del amor —los recuerdos compartidos, los todavía proyectos, las afinidades— de la pareja. Y no solo el cuerpo de la madre. Paralelamente, descubrimos que la ausencia de cuerpo en la hija, que vive en el extranjero, imposibilita el renacer de un amor, el del padre por ella, que hace mucho tiempo se apagó. La falta de contacto, de cercanía, convierte al padre y a la hija en dos extraños —en la visita tras el ataque de la madre, ella le cuenta todas las cuitas domésticas antes de preguntar por cómo se encuentra mamá.

Más que filmar, Haneke radiografía, y en este sentido Amor es quizá la cinta, debido tanto al estatismo o casi estatismo de los personajes principales como al acotado, opresivo entorno del apartamento parisino que ocupan, en donde la mirada quirúrgica de Haneke puede percibirse de manera más directa. Es cine de cámara en el mejor sentido, una sucesión de planos secuencia fijos que a la vez adensan y estiran el tiempo y que van creando en el espectador la creciente sensación de estar internándose en un territorio —el alma del personaje, que puede aparecer o no dentro del encuadre— que lo desasosiega y en el que duda tenga derecho a estar. Dos planos resultan especialmente turbadores: el de la captura de la paloma y el del aplauso en el concierto. La paloma es el orden roto por momentos: la línea curva del vuelo que irrumpe en la cuadrícula del encuadre y el apartamento, que desquicia al hombre hasta que la atrapa y alcanza por fin la paz, tras la otra paz que acaba de alcanzar su mujer. El plano del aplauso es una suerte de síntesis del cine de Haneke. La pareja mira directamente a la cámara, rompiendo la cuarta pared, y parece así estar aplaudiendo a los espectadores que a su vez los miran. Es un plano de una desnudez desarmante, muy simple en apariencia pero con un misterio que hasta ahora ninguno de los imitadores del director austriaco (el más reciente y célebre, Steve McQueen) ha logrado alcanzar.

Amor obtuvo los premios más destacados del mundo, incluido el Oscar a Mejor Película extranjera, en los años 2012 y 2013. Si no obtiene el Goya —y compite con otras tres excelentes cintas— no será porque no lo merezca sino por esta impresión de que es una película lejana en el tiempo. Si sí lo obtiene, la cabeza del sordo llegaría en cualquier caso tarde.

(El Norte de Castilla, 8/2/2014)

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Amor, etcétera (y IV)
Eduardo Roldán 28-03-2012 | 8:02 | 0

<ella estuviese contrayendo una depresión. No sé si es una pauta conocida. Sé que les ocurre a los alcohólicos: una persona se alcoholiza y después su compañero o compañera, aunque no quieran, aunque detesten la idea, se alcoholiza a su vez. Quizá no inmediatamente, pero el peligro es real. Dicen que el alcoholismo es una enfermedad, así que supongo que puedes contraerlo, de una forma u otra. ¿Y por qué no va a pasar lo mismo con la depresión? En definitiva, debe de ser terriblemente depresivo tratar con alguien que está deprimido, ¿no?>>

<control: nada tan lejos de la verdad. Sabes ese sueño de que estás conduciendo un coche, pero el volante no funciona —o, mejor dicho, funciona lo suficiente para que confíes en él, lo cual es un gran error—, y lo mismo ocurre con el freno y las marchas, y la carretera es una cuesta abajo y tú vas cada vez más rápido, y a veces el techo empieza a presionarte y la puerta del conductor a empujarte, con lo que no puedes girar el volante ni llegar a los pedales… Todos hemos tenido ese mal sueño, ¿verdad? (…) Todo esto puede inducir a error. Probablemente piensas —si te molestas en hacerlo— que, a fin de cuentas, si yo fuese tú no me molestaría en pensar en mí mismo; pero si lo hicieses, quizá llegaras a la conclusión de que mientras pueda describir mi estado con relativa lucidez, “las cosas no van tan mal”. ¡Qué va, qué va! “Su estado es desesperado, pero grave”: ¿quién dijo esto? Añade a mi lista de síntomas la pérdida de la memoria. No te puedes fiar de que yo me acuerde de hacerlo. No, ahí está la trampa de todo esto. Sólo puedo describir lo descriptible. Lo que no puedo describir es indescriptible. Lo indescriptible es insoportable. Y tanto más insoportable por ser indescriptible. ¿No hago dibujos bonitos con palabras? Muerte del alma, de eso estamos hablando. Muerte del alma, muerte del cuerpo: ¿qué prefieres? Ésta es fácil, por lo menos.>>

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Amor, etcétera (III)
Eduardo Roldán 26-03-2012 | 9:44 | 0

<<¿Conoces ese juego llamado Qué prefieres? (…) ¿Prefieres que tu depresión sea endógena o reactiva? ¿Preferirías que tu sensibilidad paralizadora y zafia al dolor y la pesadumbre de la existencia fuese culpa de tu herencia genética, de todos esos antepasados abatidos y cascarrabias que ves alineados en el rétroviseur, o que la provocase el propio mundo, lo que irrisoriamente los “cabalistas” denominan “los sucesos de la vida”, como si hubiese una categoría opuesta y equiparable de “sucesos de la muerte”? (…) Confieso que la adivinanza entre dos opciones era un poco falaz. Porque los “cabalistas” renegaron hace poco de la famosa distinción que ellos mismos hicieron. Hoy en día sugieren que quizá estés dotado de una propensión genética a estar decaído a causa de esos malos “sucesos”. Conque endógena o reactiva: ¡puedes tener ambas! (…) No se trata de una u otra, sino que sólo hay las dos y una. Lo cual hasta el observador más bizco de lo que los filósofos llaman la vida podría, para empezar, haberte dicho. La vida, en definitiva, consiste en efecto en caminar en pelota picada por Oxford Street con una piña encima de la cabeza y además verte obligado a casarte con un miembro de la familia real; o en estar enterrado hasta el cuello en barro mojado mientras escuchas todas las grabaciones que existen de la Sinfonía del Nuevo Mundo. Lo inteligente de la depresión, para que veas, es que hace compatible lo que es exteriormente incompatible. Como decir, por ejemplo, que nada de esto es culpa mía y toda la culpa es mía. Como decir que los fundamentalistas islámicos están soltando gas nervioso en el metro de Londres para matar a toda la población de la ciudad, pero que solamente lo hacen para matarme a mí. Como que si puedo bromear sobre esto, no puedo estar deprimido. ¡Falso, falso! Es más inteligente que tú, e incluso más que yo.>>

<<¿Qué es la tragedia humana para la actual especie menguada? Actuar como si tuviéramos libre albedrío sabiendo que no lo tenemos.>>

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