img
Etiquetas de los Posts ‘

arte

‘Moonlight’
Eduardo Roldán 02-03-2017 | 7:32 | 0

El error al anunciar el Oscar a mejor película tiene el carácter de esos lapsus freudianos que revelan una verdad mayor que lo voluntariamente expresado. En este caso, del inconsciente colectivo de la Academia, y aun de la sociedad en su conjunto.

En cuanto que cine, anteponer Moonlight a La La Land —y a otra docena de títulos— es como anteponer el retrato escolar que un niño pinta de su mamá con un bidé de Antonio López. El niño ha podido meter mucho cariño, pero ha metido poca pintura. Moonlight es una sucesión infatigable de elecciones rutinarias (plano medio, medio-corto o primer plano para subrayar de menos a más la  <<emoción>> de lo que dice el personaje) junto a  ocasionales efectismos, como el plano-abejorro de la primera escena o el secuencia sobre la nuca del protagonista adolescente. Narrativamente, ¿qué sentido tiene recurrir a las elipsis si lo que en ellas acontece se explicita acto seguido en el diálogo? Y la conversación central en la cafetería entre el abusón y el objeto de deseo del protagonista es un pegote tan forzado como inverosímil, solo para justificar lo que viene después (pegotes hay varios).

Pero es en la intención —que la forma esbozada apuntala— donde más avergüenza. ¿Alguien puede creer que ningún hombre —periodo en la cárcel incluido— haya vuelto a tocar al protagonista en quince años desde que de adolescente le hicieran el trabajillo manual en la playa? Como si la necesidad de afecto estuviera reñida con la expresión sexual. Claro que los gais son más sensibles, y el gay negro se siente especialmente oprimido, pues en su impío mundo no se le permite mostrar debilidad.

De una obra artística se puede desprender una enseñanza moral, por supuesto; lo malo es que la enseñanza condicione la realización de la obra. Moonlight es un síntoma atronador de la tendencia abrumadora de evaluar el arte por sus intenciones aleccionadoras y no por sus valores estéticos —que por cierto son morales también—.

@enfaserem

Ver Post >
Obama, adiós
Eduardo Roldán 13-01-2017 | 12:08 | 0

La dimensión del político, como la del artista, no se puede percibir hasta, al menos, una década después de su retirada, y aun entonces sigue sometida a fluctuaciones. Con la diferencia esencial de que tales fluctuaciones suelen ser más benévolas con el político; al fin y al cabo el político es por definición un hombre anclado en el tiempo en que le ha tocado vivir, obligado a responder a las demandas de la actualidad con urgencia, a improvisar ante los accidentes, y las leyes que firma serán corregidas o anuladas por alguno de los que vengan después. Así, al evaluar su legado se le concede un colchón de comprensión, aun cuando en el momento en que tomase la decisión fuese criticado con quizá deleite. El artista en cambio vive en su propio tiempo, que es inevitablemente tiempo común pero ante todo tiempo íntimo, con sus ritmos y temas propios, y el abono de su labor son obsesiones que nadie más tiene por qué compartir o comprender; cuando concluye su obra, ahí queda, un objeto a la intemperie de ojos u oídos, un producto como una diana que lo único que puede hacer es resistir, estarse. Las modas zarandean la obra de arte, pero al cabo la verdadera permanece.

Lo más destacable de Obama es la suerte de voluntad de artista que ha guiado muchas de sus decisiones. Obama, sin poder —y sin querer— separarse del pulso de la actualidad, no ha dejado nunca de tener presente el futuro en las decisiones que ha tomado, de tener una visión al horizonte, como el artista la tiene, en cierto grado, de la obra que le gustaría llevar a cabo. El sistema de salud universal, la mano tendida a Cuba, la lucha contra la Segunda Enmienda: son empeños que pretenden trascender la caducidad, quedar de alguna manera, y que lo apartan de la inmensa mayoría de integrantes de la casta política, preocupados solo por obtener el mayor y más inmediato rédito y así perpetuarse en el cargo mientras les dejen. Es la diferencia básica entre el estadista y el populista.

(El Norte de Castilla, 13/1/2017)

@enfaserem

Ver Post >
Zarzuela punk
Eduardo Roldán 17-06-2016 | 7:10 | 0

La que se ha montado con el montaje. El responsable, Miguel del Arco, se ha justificado: <<Prefiero provocar que aburrir>>. No son extremos excluyentes. Cualquiera puede citar una docena de propuestas con voluntad transgresora que lo único que provocan es hastío. Aparte de que el <<provocar>> no tiene por qué implicar transgresión. Toda obra de arte provoca una reacción en el receptor, solo faltaba, y aun la obra que no es de arte: recibir por sorpresa un escupitajo en la cara seguro que provoca un sentimiento visceral e inmediato en el alcanzado, y no cabe calificar de arte tal acción bucal.

Pero tenga más o menos mérito la versión de del Arco, lo único que resulta ofensivo en todo el asunto es el empeño de ciertos espectadores por reventar la función sin haberla visto. Presentarse en el teatro silbato en boca es como si un juez se presentase a la vista preliminar con la sentencia ya firmada. Aquí en Seminci se tiene la saludable costumbre de patear la proyección que no gusta, pero se patea después. Primero —aparte de por el respeto que se le debe al elenco, trabajadores haciendo su trabajo—, por una cuestión de urbanidad básica, en la que parece los del silbato no han reparado: que a lo mejor al vecino de butaca si le está gustando la proyección; o no le está gustando, pero no quiere que lo interrumpan, que para eso ha pagado sus buenos euros por la entrada. Ruiz-Gallardón se levantó en mitad de la representación y abandonó la sala en silencio, acaso para depurarse en su salón escuchando exquisitamente a Bach. Bien por él. Y segundo, porque con tanto ruido contra/pro todavía uno no ha conseguido dar con una crítica que se refiera a lo único que debiera importar: la obra. ¿Es un bodrio, una medianía, una genialidad? No se sabe. Una falta de juicio que, cabe sospechar, es lo que más lamentan los participantes en el  montaje.

(El Norte de Castilla, 16/6/2016)

@enfaserem

Ver Post >
Pet Sounds
Eduardo Roldán 19-05-2016 | 3:20 | 0

<<Quise hacer un álbum que aguantase diez años>>. De momento han pasado cincuenta, y como clásico que es —el clásico es el moderno perpetuo—, Pet Sounds suena hoy más vital e inventivo que cualquiera de las novedades que se puedan cazar en la radio o pescar en internet. También por clásico, el disco que Brian Wilson firmara bajo el seudónimo de los Beach Boys se resiste a las etiquetas, desborda las categorías para erigirse en categoría propia, autónoma y separada. Se le puede calificar de acid folk, de pop barroco, de protorrock progresivo… Pero al final solo cabe definirlo tautológicamente: Pet Sounds pertenece a la categoría Pet Sounds. Es ese rarísimo logro artístico: el popurrí con personalidad cohesiva —como es el Ulises de Joyce—; la amalgama de voces, instrumentación, ruidos, ecos y demás efectos sonoros se fusionan de manera plenamente orgánica, casi se diría que inevitable, de tal modo que la supresión de uno de los componentes minora siempre el resultado. Y como en las más grandes sinfonías, cada tema —cada movimiento— es un astro singular y disfrutable por sí mismo, pero que escuchado junto al resto y por orden se ve enriquecido, produciendo un cuerpo a la vez plural y singular, un sistema solar con personalidad propia y de fuerzas varias. Cuerpo que es el perfecto equilibrio entre melancolía y esperanza.

Y es que el formalismo no está reñido con la emoción. En arte al corazón se le alcanza a través de la cabeza, y el obsesivo perfeccionamiento de Wilson no resta ni un ápice de frescura ni de alma a la música. Wilson, como un Flaubert o un Kubrick, entiende la creación como corrección; parte de un impulso, de un rumor, de una cosquilla, y a través de la exploración alcanza —se aproxima: nunca se alcanza del todo— la forma que ese impulso inicial le demandaba. Cierto: llega un momento en que no hay que tocar más la rosa. Pero es que identificar ese momento es otro atributo del estilo.

(El Norte de Castilla, 19/5/2016)

@enfaserem

Ver Post >
Banksy
Eduardo Roldán 11-03-2016 | 7:42 | 0

Un grupo de investigación británico afirma haber desvelado la identidad del rostro invisible más famoso del mundo, el del grafitero Banksy, mediante la aplicación de logaritmos y otras técnicas matemáticoinfalibles propias de la policía científica. Le parece a uno que los recursos del grupo habrían estado mejor empleados en búsquedas más relacionadas con la ciencia, aunque es probable que de confirmarse tan sustancial hallazgo su fama se dispare y les caiga mucho más de lo invertido. Es este el último y más ridículo ejemplo de la obsesión actual por la vida privada de aquellos que lo han logrado, y que en el ámbito artístico/cultural alcanza cotas aun más delirantes que en el deportivo. ¿Qué aporta el saber que Banksy se llame John o Frank, que sostenga el espray con la izquierda o la derecha? Springsteen aconsejaba: <<Fíjate en la obra, no en el artista>>, y Bob Dylan voceó a un grupo de fanáticos que no dejaban de (per)seguirlo de ciudad en ciudad que se construyesen una vida propia. Hoy no hacemos caso ni a uno ni a otro, y prestamos más atención al ruido del envoltorio del estreno que a lo que ese estreno dice, y de este modo van cayendo las hojas del calendario como lágrimas. La excusa que nos damos es que queremos conocer más, conocer mejor, pero uno llega mejor al corazón de Fellini viendo ‘8 y ½’ que leyendo media docena de biografías, suponiendo que llegue a leerlas y no se quede en los epígrafes de la wikipedia, como solemos. Es la diferencia entre conocimiento e información, entre comprensión y superficie.

El reducir al artista al anecdotario biográfico nos permite asentar la creencia de que podemos hacer lo que hace él —¡Hey, Banksy es zurdo, como yo!—, y de paso alcanzar la misma fama; al tiempo, es una vía para despreciar la obra cuando la biografía revela alguna sombra (que todos tenemos): <<Yo no leo libros escritos por machistas>>.

Y Thomas Pynchon que sigue en cuarentena voluntaria. Está pero de la olla, el tío.

(El Norte de Castilla, 10/3/2016)

@enfaserem

Ver Post >
Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.