El Norte de Castilla
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Fantasmas
Eduardo Roldán 07-12-2017 | 7:00 | 0

Parafraseando a Marx y a Engels, Pablo Iglesias ha advertido en reciente mitin de que los independentistas han despertado <<el fantasma del fascismo>>. El nacionalismo es siempre un fascismo en potencia, un fascismo más o menos al borde de coagularse, y si el procés ha catalizado este estado, que lo ha hecho, es porque había ya un colchón más que mullido que daba cobijo al fantasma. Un colchón que era fantasma a su vez.

En Cataluña los nacionalistas llevan desde hace mucho construyendo una realidad fantasmática que se ha ido filtrando sigilosa, como acostumbran los fantasmas, a través del discurso (en los medios de comunicación, en el rifirrafe parlamentario, en los textos legales cuando han tenido oportunidad), para instalarse al cabo en la mente de una gran parte del pueblo y convertirlo a la causa. Realidad fantasmática que difiere de la mentira por la mayor complejidad estructural y por el horizonte de su ambición; y también, aunque pueda resultar inconcebible, porque no pocos de los promotores creen en verdad en ese fantasma inmenso; no solo es que lleguen a creerse su propia mentira: es que medularmente creen que el fantasma es real. Habitan pues un mundo imaginario cuyo funcionamiento tiene solo una lectura inamovible: la que ellos, como creadores de la realidad fantasmática (crean la realidad y creen en ella), ofrecen. El Estado español es el demonio, no solo se niega a reconocer todo aquello que hacemos por él sino que nos arrebata la dignidad, económica y cultural, a la que tenemos derecho: además de darle nos quita a nosotros; y aun más: si no nos liberamos de este yugo cuanto antes, la posibilidad de que nos destruya para siempre es más que probable. Y no es ilógica tal lectura exclusivista: pocos ámbitos más íntimos e inaccesibles que el de los propios sueños, que es la realidad de los fantasmas (benignos, indiferentes o amenazantes). Ocurre que más tarde o más temprano uno despierta, y entonces la caída.

(El Norte de Castilla, 7/12/2017)

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Hispanidad
Eduardo Roldán 12-10-2017 | 11:23 | 0

Ha pasado un cuarto de siglo desde la jarana sevillana de despedida de la EXPO, y la España universal y cosmopolita, que también los Juegos de Barcelona de aquel año simbolizaron, ha quedado convertida en un territorio anímicamente roto, confuso, enfrentado y harto. ¿Qué se celebra hoy, entonces? Acaso el canto del cisne de una idea bella e imposible, como tantas ideas bellas. (Aunque en Latinoamérica llaman a la efeméride <<Día de la Raza>>, lo cual resulta bastante incongruente con el espíritu de abolición de fronteras y fraternidad entre iguales que se supone se celebra.)

Habrá quien aproveche el día para afirmar el orgullo de sentirse español; habrá quien lo aproveche para afirmar que no se siente español en absoluto. Uno y otro confunden los postres de mamá con el sello del pasaporte. Sentirse o no sentirse español es tan relevante como sentirse o no sentirse marciano. Uno es o no es español, se sienta como se sienta, no hay aquí margen para los afectos del corazón, ni grados ni distingos: <<Yo soy español para la selección de fútbol y Rafa Nadal, para lo demás soy asturiano>>; <<Yo me siento español un poquito, no mucho>>; <<Yo me siento lo normal>>. Parece el comienzo de una farsa de Jardiel. Que es lo que el abanico del nacionalismo, desde el Romanticismo hasta Hitler hasta hoy, ha hecho siempre en el fondo: apelar a la víscera para intentar sacar la mayor tajada de poder fáctico, enmascarar el árido toma y daca de la política en la retórica del sentimentalismo más facilón.

También un doce de octubre nació Dionisio Ridruejo, que si no por otra cosa merece al menos la gratitud de quienes no tenemos la dicha de hablar catalán, pero hemos podido zambullirnos en ‘El cuaderno gris’ gracias a él. A Pla se le llamó <<catalán universal>>, pero Pla poseía una ironía, que es siempre una distancia, de la que el nacionalismo carece, y que le permitía remacharse la boina sin encarcelarse el pensamiento. ¿Es tan imposible una armonía así?

(El Norte de Castilla, 12/10/2017)

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Realidad informativa
Eduardo Roldán 05-10-2017 | 1:22 | 0

La realidad no es una moneda de dos caras: es un poliedro de muchas, la mayoría ocultas. La realidad, o esa convención que llamamos la realidad y que identificamos en exclusiva con el mundo sensible, está además llena de fisuras, recodos, espirales. No es una disyunción binaria (A o B, cara o cruz, blanco o negro), sino la fusión y destilación de ambos términos, y otra cosa más que se escapa, que es donde se suele encontrar la verdad, o lo más cercano a la verdad. La realidad no es que se dé en el canto de la moneda, en el subtexto/contexto de lo escrito; es que sin canto y sin subtexto/contexto ni la cara y cruz ni las letras podrán nunca aproximarse a la realidad, realizarse.

Sin embargo, vivimos en un mundo en el que la urgencia y la facilidad de conexión —no confundir conexión y comunicación, aunque esta sea, como la de realidad, otra sinécdoque que damos por supuesta— impelen al binarismo más excluyente: las películas o son obras maestras o ponzoñas insoportables, Isco es Cristo redivivo en futbolista o un cisco con suerte, el cambio climático la mayor amenaza para el planeta o un cuento para soplagaitas.

Con todo, uno supondría que en la narrativa de eventos de especial trascendencia, el reporte fuese algo más sopesado/sosegado, sobre todo entre quienes el reporte constituye la vía por la que se ganan las lentejas. El simple cotejo de la cobertura ofrecida por TV3 y TVE del 1-0 bastaría para desazonar al espectador menos parcial. ¿Están refiriendo los mismos hechos? Daba la impresión de que había dos realidades, cada una el negativo de la otra. Desde luego que informar implica opinar; la mera ordenación de eventos determina el contenido de estos, la mera elección de las palabras escogidas. Pero dentro de la flexibilidad hay ciertos nudos que no se pueden obviar: un herido es un herido, y un muerto un muerto. Responsabilidad política, desde luego. ¿Y la responsabilidad de los profesionales de la información?

(El Norte de Castilla, 5/10/2017)

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El elegido
Eduardo Roldán 28-09-2017 | 1:37 | 0

¿Qué es la realidad? ¿Cómo conocer la esencia, el noúmeno de la cosa? Kantianamente no habita el hombre el mundo, el hombre habita el mundo entre sospechas, entre tinieblas. Solo unos pocos elegidos son capaces de ver, con el desgarro que acarrea —incomprensión ajena— el que se les haya concedido ese don. Pero también la voluntad del elegido es muy superior a la de la media, como lo es su capacidad de sacrificio. El elegido ha de cumplir la misión que se le ha encomendado pese a quien pese —empezando por él mismo y las posibles, ocasionales dudas que le puedan surgir—, ya que de la misión depende su vida —es su vida— y con el cumplimiento se redime. Y nos redime a los demás, pobres ciegos incapaces de percibir la realidad.

Y algunos no solo ciegos sino beligerantes activos: se oponen, persiguen al elegido con la saña del inquisidor y tratan por todos los medios de que no lleve a cabo su misión —señal irrefutable de la verdad y necesidad de la misma—. Por si no fueran bastantes obstáculos, existe un tercer sector que comprende y apoya la misión, pero que no se quiere implicar de facto en ella. Bueno, también hay que abrir los ojos a quien uno más quiere, por quien uno se sacrifica, aunque duela; tal es el escalón último del heroísmo, y la prueba que disipa la cuestión de si uno ha sido en verdad elegido o se trata de un facsímil.

Así pues, el elegido completará su misión, y si los frutos no son aceptados de inmediato —la ceguera puede ser tan tenaz como la ley de la gravedad—, tampoco se rendirá entonces; magnánimo, se ofrecerá para encontrarse con cuantos ciegos sean necesarios, y se rebajará a su altura, y dialogará con ellos; es decir: les hará darse cuenta de cuál es la verdad y quién la posee; tras un ejercicio de paciencia infinito, caerá sobre los ciegos una epifanía que los arrasará y conseguirán ver. ¡Sí, por fin conseguirán ver! Y el elegido, realizado, obtener su merecido descanso.

(El Norte de Castilla, 28/9/2017)

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Gobierno central
Eduardo Roldán 21-09-2017 | 2:05 | 0

Uno de los grandes atractivos de las palabras es su condición de recipientes polisémicos; otro, la exigencia que plantea ese abanico de naipes significativos para elegir el más adecuado —no necesariamente el más preciso, si tal no es el efecto deseado— o para no elegir ninguno; como bien saben los músicos y los poetas, a veces la omisión de alguna(s) nota(s) o palabra(s) otorga más fuerza a la frase musical o lingüística, que se habría visto lastrada de haberse incluido.

El plan de actuación promovido por quienes sueñan con una Cataluña autista no ganará la guerra de la independencia, aun por medios ilegales, pero ha ganado la batalla del lenguaje, o una importante batalla. No hay ya información oral, titular de periódico o comentario en mesa redonda en donde no se añada, cuando el emisor se refiere al Gobierno, el adjetivo ‘central’. Dentro de poco hablaremos de Mariano Rajoy como <<el Presidente del Gobierno Central>>. Con la difusión masiva de esta adición innecesaria los soñadores han conseguido, al menos, tres cosas: quebrar una antigua costumbre (la costumbre también es fuente del derecho); agregar otro elemento con el que apuntalar el hecho diferencial; y, sobre todo, dar la vuelta a la jerarquía entre ambos gobiernos, el del Estado y el Catalán, obligarse al del Estado a arrodillarse. Pues si se diera una posible confusión informativa porque se esté hablando de ambos gobiernos en una noticia, al que habría que distinguir, como ocurre en cualquier rama de la ciencia (ciencias naturales, sociales, políticas), sería al catalán, que es el accidente del todo, la rama del árbol, y no al revés. El Gobierno de España (también de Cataluña) es el Gobierno, y adosarle el adjetivo lo minora.

Se trata de una victoria psicológica, tanto más efectiva cuanto que inadvertida o aparentemente banal. Pero no podemos olvidar que el uso reiterado del lenguaje crea realidad, y eso es justamente lo que los soñadores quieren: una realidad distinta.

(El Norte de Castilla, 21/9/2017)

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