El Norte de Castilla
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(Efi)ciencia
Eduardo Roldán 15-02-2018 | 1:55 | 0

Primero fue Homero; luego, Cicerón, pues el latín era un fósil casi tan carcomido como el griego, y al cabo cayeron el resto de las humanidades, minuciosa, metódicamente, como quien arranca de la margarita inocente los pétalos uno a uno. Lo que en ellas se enseñaba era (es) prescindible, quien quiera saber quién fue Homero que lo busque, quien conocer la pintura que vaya a un museo. Al fin y al cabo, a todos los niños se les enseña a leer y a escribir, o no. (Bueno, digamos que sí.) Y llegados a este punto, uno podría pensar que al menos las ciencias fuera de las humanidades saldrían reforzadas, siquiera por ocupar el hueco dejado.

Solo al principio. Si el latín era un fósil, las ciencias puras y exactas tampoco perros de caza; el propio adjetivo lo dice: puro, sin aplicación práctica. Y también a todos los niños se les enseña a sumar y a restar, ¿no? (Bueno, sí, digamos que sí, sí.)

Toda la cuestión educativa se reduce pues a una medición de la practicidad, de la utilidad <<real>>. Hay que enseñar las cosas que le van a pedir al alumno cuando termine, ni una más; hasta las materias más útiles pecan de conceptos y teorías suprimibles. No es solo lógico sino moral el suprimirlas.

Más bien mortal, pero ningún preboste educativo parece querer verlo. Luego subimos otro peldaño, quizá el peldaño irreversible, y este pensamiento <<práctico>> ha alcanzado hasta a la investigación científica. La fuga de cerebros puede tener mucha gracia en cine (o no), pero fuera de él desde luego que ninguna. Ni inversión privada ni presupuestos públicos se ocupan de dotar de las condiciones mínimas para investigar con ciertas garantías, y España es así un avispero que crea genios y les da la patada. Que investiguen otros. Es la borricada de don Miguel de Unamuno en versión 2.0. Confunden eficacia y utilidad —y sí, también riqueza— con inmediatez tangible: no es ya una visión cortoplacista sino sencillamente ceguera. Una distinta de la de Homero.

(El Norte de Castilla, 15/2/2018)

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Hipócrates biónico
Eduardo Roldán 19-05-2017 | 4:00 | 0

Hace veinte años las Spice Girls saturaban las ondas y la paciencia y desde Escocia llegaba el anuncio de la primera clonación de un mamífero a partir de una célula adulta, y con el anuncio la elevación inmediata de la oveja Dolly a una celebridad animal que hasta entonces solo habían alcanzado, quizá, la perra Laika, la mona Chita y Copito de Nieve, y con la elevación el contagio de una paranoia difusa y distópica: ¿acabaríamos todos como réplicas a tamaño natural del Ken de la Barbie —o como la misma Barbie? ¿Y qué Ken —y qué Barbie— serían los modelos elegidos? ¿Qué pensaría Darwin del asunto? ¿Y Hitler? Al final, la clonación no ha dado más que para unas cuantas películas malas y un manto de silencio científico, por lo menos en cuanto a hipótesis catastrofistas se refiere, que al fin y al cabo lo que preferimos consumir las masas ignorantes es especulación y no ciencia.

Ahora le toca a la cabeza. Tener las proporciones áureas del Ken estaría muy requetebién, pero estaría aun mejor tener la memoria de Borges y la capacidad de cálculo de Kaspárov. Ramón y Cajal dijo que el cerebro es maleable, y no le falta razón, pero malearlo exige tiempo y sobre todo esfuerzo, y quién necesita tal gasto pudiéndose implantar un chip.

El tiempo tecnológico late a un ritmo vertiginoso, y antes de que nos demos cuenta habremos pasado del uso sanador, regenerativo de los implantes biónicos en personas con casi sordera o ceguera a la posibilidad de incrementar nuestras capacidades cognitivas a un nivel suprahumano. ¿Borges? Con un clic nos podríamos descargar la Biblioteca de Alejandría entera en lo que fumamos un cigarrillo (también electrónico, por supuesto). Al menos quien pueda pagarse el chip. Pero el nudo ético permanece, porque la ética es eterna. El derecho en cambio es maleable, como el cerebro de Ramón y Cajal, solo que mucho más lento. Por ello hay que detenerse un momento y comenzar sin demora a darle a Hipócrates forma articulada.

(El Norte de Castilla, 18/5/2017)

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A pedradas
Eduardo Roldán 21-04-2017 | 11:41 | 0

Ya Einstein advirtió que en la Tercera Guerra Mundial no se combatiría con sofisticados armamentos tecnológicos, sino a pedradas y lanzazos. Ni a Donald Trump ni a Kim Jong-un se les pide que comprendan las implicaciones de las casi infinitas ramificaciones de la Teoría de la Relatividad, pero sí al menos el subtexto obvio de la frase del físico. Escribió Kafka que a partir de cierto punto no hay retorno, y que ese es el punto que hay que alcanzar. Kafka no llegó a presenciar el hongo atómico, y es muy probable que de haberlo hecho se hubiese desdicho de la frase, o sea de su segunda parte. Hiroshima y Nagasaki supusieron el punto de no retorno en la historia de la guerra, el Rubicón a partir del cual el propio concepto de guerra como combate con vencedores y vencidos dejaba de tener sentido. Hiroshima y Nagasaki abrieron una fase de latencia obligada, pero no por latente menos activa; la única certeza era que < no habían renunciado al desarrollo de la bomba, y que por tanto tampoco nosotros podíamos. El que ninguno de los bandos pudiera hacer efectivo el desarrollo no era óbice para no llevarlo a cabo de la manera más urgente y profunda, y así la escalada nuclear, impulsada por la paranoia, subió y subió y subió y siguió subiendo… y ahí seguía, como un monstruo dormido que no deja de crecer y al que nadie se atrevía a despertar.

Al menos hasta ahora. Trump ha encontrado un consolador sustitutivo de la atómica con la bomba lanzada sobre Afganistán. Veremos hasta cuándo le dura el consuelo. Como uno de los dementes cowboys de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, parece haber hallado un placer sexual en la exhibición, primero, de la bomba (forma  fálica), y luego en su lanzamiento (la explosión como orgasmo). Al hilo, Kim Jong-un, que no quiere ser menos, ya ha sacado a pasear toda su solariega potencia, avalado por su vice: <>.

En algún lugar, Einstein mira a Kafka. Ninguno dice nada.

(El Norte de Castilla, 20/4/2017)

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Libro antiguo
Eduardo Roldán 06-04-2017 | 3:58 | 0

Un cuarto de siglo cumple en Valladolid La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, y uno no puede acallar la impresión de que la música con que se celebra la efeméride suena más a canto fúnebre que a marcha nupcial. Pasearse por entre las casetas de los libreros es como hacerlo por entre las tumbas de un cementerio, las portadas de los volúmenes como lápidas de fecha abierta pero de cierre inminente. Y es que pronto todos los libros serán libros antiguos, un pleonasmo, y adquirirlos más un gesto de rebeldía gratuito, romántico y un poco masoquista que un paso necesario para leerlos. En menos de lo que pensamos, el ratón de biblioteca habrá mutado, si no desaparecido, en ratón digital, y estos cubos con hojas que son los libros, como los denominó irónicamente Borges, habrán perdido el grosor del cubo y el olor y el tacto del papel, y con ello, en buena medida, su propia esencia.

Salvo que la ciencia los salve y nos salve. Un estudio conjunto de la Universidad Carnegie Mellon y el Dartmouth College venía a corroborar el verano pasado análisis previos que confirmaban que con la lectura en papel el lector se sumerge más en el texto, y por tanto se incrementan la atención y la capacidad de abstracción y se facilita la memoria. Por no hablar del placer. Un placer que tiene relación directa con la morosidad —que no supone lentitud lectora—, con la paciencia y el aislamiento. Un placer sensual/intelectual, derivado de la intimidad de la relación que se establece con un libro, con el libro como objeto, y que el Kindle no da. Por supuesto, esto es también una cuestión de costumbre. Acaso con el tiempo las condiciones exteriores terminen por modificar la genética del hombre, y este sea solo capaz de leer en hologramas, y las palabras en papel le resulten como a nosotros los grabados en piedra. No serán pues ni los nazis ni la Inquisición, ni los bomberos de Fahrenheit 451, los que acaben con el libro de papel, sino la inercia del <>.

(El Norte de Castilla, 6/4/2017)

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La música del cosmos
Eduardo Roldán 18-03-2017 | 5:08 | 0

¿Es posible armonizar a Albert Einstein con John Coltrane? Tal es el reto, tan fascinante como atrevido, que plantea el Dr. Stephon Alexander en El jazz de la física: demostrar el carácter musical de las estructuras cósmicas. Alexander, físico teórico y saxofonista aficionado (pero como todo aficionado que se precie, el tiempo invertido en su afición le ha llevado a alcanzar un nivel que ya quisieran muchos profesionales de carné), sabedor de la extrañeza que tal empresa probablemente cause a quien se acerque al texto, decide imbricar la búsqueda científica con su biografía, sin regatear las dudas vocacionales, los caminos tomados en falso ni las frustraciones académicas; tampoco los logros, las alegrías súbitas por un hallazgo inesperado o por la constatación de una hipótesis remota. El retrato que de él se desprende es el de un hombre muy curioso —requisito obligado en un investigador—, osado —prefiere recibir un pescozón correctivo de una de las vacas sagradas que le dirigen las investigaciones a quedarse callado si se le ocurre una idea que considera sugestiva— y agradecido: los de ‘ídolo’ y ‘héroe’ son términos que se repiten a lo largo de todo el texto, aplicados tanto a las aludidas vacas sagradas de la física como a las de la música —no solo del jazz—. Lo más admirable es su actitud de oídos abiertos: Alexander no se coloca de entrada nunca por encima de su interlocutor, aun cuando este —Brian Eno, Donald Harrison, David Amran— exprese opiniones sobre un campo que él ha estudiado y conoce con mucha mayor profundidad; no solo no las desecha sino que con frecuencia le sirven como trampolín para su búsqueda científica, sugerencias de otras rutas que hasta el momento había pasado por alto.

La herramienta didáctica fundamental que emplea para hacerse comprensible al lector es la de la analogía, el ejemplificar con imágenes conocidas por cualquiera, simples y de fácil visualización, las nociones teóricas expuestas y las ideas que en ellas subyacen, elección acertadísima y que sin duda el lector agradece, pero que Alexander logra estirar solo hasta cierto punto. Y es que el de la física cuántica es un campo especialmente inasible; el lenguaje de las ecuaciones puede visualizarse —o el no erudito puede— solo si la ecuación no presenta demasiados símbolos griegos, una dificultad que afecta también a varios de los más recurrentes términos: ¿qué aspecto tiene la antimateria? ¿Y un espín? ¿A qué se parece un campo cuántico, y un D-brana? Por mucho entusiasmo e imaginación que el no erudito le quiera meter, es muy probable que en más de una ocasión se termine perdiendo y que le toque releer lo recién leído o bien detenerse resignado, encogerse mentalmente de hombros y continuar con el agujero a cuestas.

En un estricto plano lingüístico, el libro está redactado funcionalmente, y da la impresión de que con cierta urgencia; así, las mencionadas insistencias de ‘ídolo’ y ‘héroe’ para definir a una persona son solo un ejemplo de un puñado recurrente, siendo la de ‘interesante’, a la hora de referirse a un proyecto, una idea o una teoría, la más abusada; desde luego el texto no se habría resentido con otra revisión y el empleo de un vocabulario más vario. Pero el con diferencia mayor lastre de El jazz de la física es la traducción, sobre todo la de términos musicales. Las “sheets of sound” que Ira Gitler acuñó para definir el sonido de Coltrane y que cualquier aficionado al jazz conoce como ‘sábanas de sonido’ son vertidas aquí como ‘láminas’ o ‘capas’ (ni siquiera se mantiene el criterio, aun discutible); “perfect fifth” se traduce literalmente por ‘quinta perfecta’ en lugar de ‘quinta justa’ (!), y “bar” por ‘barra’ en lugar de ‘compás’ (!!). Son solo tres ejemplos lamentables de entre muchos, que deberían subsanarse en las, de haberlas, futuras ediciones.

Por otro lado la exposición habría ganado con una dosificación estructural de la teoría: hay un intervalo (caps. 8-12) que amenaza con romper el interés del lego, abrumado por la sucesión estricta de material científico (movimiento ondulatorio, teoría de campos, etc.), pero la amenaza no llega a completarse y el interés, con la nueva relación que el autor establece gracias a una frase cazada al vuelo sobre el enfoque improvisatorio del saxo tenor Mark Turner, se restablece, y no es imposible que al concluir el libro al lector se le haya despertado la cosquilla por ahondar en el conocimiento de la formación del universo y/o de la armonía musical. Lo cual supone que el Dr. Alexander ha completado la empresa con éxito; este no depende de demostrar su tesis por completo, entre otras cosas porque quizá sea imposible. Lo más fascinante del arte, y en concreto de la música, es la sensación de que siempre se te escapa algo, y es ese algo lo que te impulsa a seguir; paralelamente, cada descubrimiento científico abre nuevas vías en las que internarse, en un proceso sin fin. En toda la historia del hombre nadie ha conseguido todavía resolver el misterio de por qué el pequeño salto hacia atrás de un semitono en la tercera de un acorde mayor (digamos de Fa# a Fa natural en Re mayor) cambia tan radicalmente el sentimiento que nos produce la escucha, como tampoco se ha conseguido aislar ese primer germen que dio lugar al universo.

Y uno quisiera que no se lograsen resolver nunca.

(La sombra del ciprés, 18/3/2017)

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