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ciencia

La música del cosmos
Eduardo Roldán 18-03-2017 | 5:08 | 0

¿Es posible armonizar a Albert Einstein con John Coltrane? Tal es el reto, tan fascinante como atrevido, que plantea el Dr. Stephon Alexander en El jazz de la física: demostrar el carácter musical de las estructuras cósmicas. Alexander, físico teórico y saxofonista aficionado (pero como todo aficionado que se precie, el tiempo invertido en su afición le ha llevado a alcanzar un nivel que ya quisieran muchos profesionales de carné), sabedor de la extrañeza que tal empresa probablemente cause a quien se acerque al texto, decide imbricar la búsqueda científica con su biografía, sin regatear las dudas vocacionales, los caminos tomados en falso ni las frustraciones académicas; tampoco los logros, las alegrías súbitas por un hallazgo inesperado o por la constatación de una hipótesis remota. El retrato que de él se desprende es el de un hombre muy curioso —requisito obligado en un investigador—, osado —prefiere recibir un pescozón correctivo de una de las vacas sagradas que le dirigen las investigaciones a quedarse callado si se le ocurre una idea que considera sugestiva— y agradecido: los de ‘ídolo’ y ‘héroe’ son términos que se repiten a lo largo de todo el texto, aplicados tanto a las aludidas vacas sagradas de la física como a las de la música —no solo del jazz—. Lo más admirable es su actitud de oídos abiertos: Alexander no se coloca de entrada nunca por encima de su interlocutor, aun cuando este —Brian Eno, Donald Harrison, David Amran— exprese opiniones sobre un campo que él ha estudiado y conoce con mucha mayor profundidad; no solo no las desecha sino que con frecuencia le sirven como trampolín para su búsqueda científica, sugerencias de otras rutas que hasta el momento había pasado por alto.

La herramienta didáctica fundamental que emplea para hacerse comprensible al lector es la de la analogía, el ejemplificar con imágenes conocidas por cualquiera, simples y de fácil visualización, las nociones teóricas expuestas y las ideas que en ellas subyacen, elección acertadísima y que sin duda el lector agradece, pero que Alexander logra estirar solo hasta cierto punto. Y es que el de la física cuántica es un campo especialmente inasible; el lenguaje de las ecuaciones puede visualizarse —o el no erudito puede— solo si la ecuación no presenta demasiados símbolos griegos, una dificultad que afecta también a varios de los más recurrentes términos: ¿qué aspecto tiene la antimateria? ¿Y un espín? ¿A qué se parece un campo cuántico, y un D-brana? Por mucho entusiasmo e imaginación que el no erudito le quiera meter, es muy probable que en más de una ocasión se termine perdiendo y que le toque releer lo recién leído o bien detenerse resignado, encogerse mentalmente de hombros y continuar con el agujero a cuestas.

En un estricto plano lingüístico, el libro está redactado funcionalmente, y da la impresión de que con cierta urgencia; así, las mencionadas insistencias de ‘ídolo’ y ‘héroe’ para definir a una persona son solo un ejemplo de un puñado recurrente, siendo la de ‘interesante’, a la hora de referirse a un proyecto, una idea o una teoría, la más abusada; desde luego el texto no se habría resentido con otra revisión y el empleo de un vocabulario más vario. Pero el con diferencia mayor lastre de El jazz de la física es la traducción, sobre todo la de términos musicales. Las “sheets of sound” que Ira Gitler acuñó para definir el sonido de Coltrane y que cualquier aficionado al jazz conoce como ‘sábanas de sonido’ son vertidas aquí como ‘láminas’ o ‘capas’ (ni siquiera se mantiene el criterio, aun discutible); “perfect fifth” se traduce literalmente por ‘quinta perfecta’ en lugar de ‘quinta justa’ (!), y “bar” por ‘barra’ en lugar de ‘compás’ (!!). Son solo tres ejemplos lamentables de entre muchos, que deberían subsanarse en las, de haberlas, futuras ediciones.

Por otro lado la exposición habría ganado con una dosificación estructural de la teoría: hay un intervalo (caps. 8-12) que amenaza con romper el interés del lego, abrumado por la sucesión estricta de material científico (movimiento ondulatorio, teoría de campos, etc.), pero la amenaza no llega a completarse y el interés, con la nueva relación que el autor establece gracias a una frase cazada al vuelo sobre el enfoque improvisatorio del saxo tenor Mark Turner, se restablece, y no es imposible que al concluir el libro al lector se le haya despertado la cosquilla por ahondar en el conocimiento de la formación del universo y/o de la armonía musical. Lo cual supone que el Dr. Alexander ha completado la empresa con éxito; este no depende de demostrar su tesis por completo, entre otras cosas porque quizá sea imposible. Lo más fascinante del arte, y en concreto de la música, es la sensación de que siempre se te escapa algo, y es ese algo lo que te impulsa a seguir; paralelamente, cada descubrimiento científico abre nuevas vías en las que internarse, en un proceso sin fin. En toda la historia del hombre nadie ha conseguido todavía resolver el misterio de por qué el pequeño salto hacia atrás de un semitono en la tercera de un acorde mayor (digamos de Fa# a Fa natural en Re mayor) cambia tan radicalmente el sentimiento que nos produce la escucha, como tampoco se ha conseguido aislar ese primer germen que dio lugar al universo.

Y uno quisiera que no se lograsen resolver nunca.

(La sombra del ciprés, 18/3/2017)

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Proyecto Leonardo
Eduardo Roldán 26-05-2016 | 4:06 | 0

Una cuadrilla internacional de lumbreras, de campos tan varios como la arqueología, la historia o la medicina, se ha embarcado en una pesquisa febril con el propósito de sintetizar el perfil genético de Leonardo da Vinci antes del 2019, año de la conmemoración del 500 aniversario de su muerte. A la cuadrilla, como buenos fanáticos, no la detienen ni las cruces romanas de los camposantos donde están enterrados los familiares de Leonardo, cuyas tumbas profanan concienzuda y científicamente, ni los soportes en que el florentino dibujaba caballos o diseñaba ingenios voladores, que fatigan con rayos equis y otros inventos para ver si encuentran un resto de pelo, un resto de uña, un resto sin contaminar de lo que sea. ¿Y todo para qué? ¿Realmente la reconstrucción de su aspecto nos permitiría <<comprender mejor al genio>>, como han afirmado los promotores? Mejor harían en invertir todo el tiempo y el dinero en estudiar la obra torrencial de Leonardo, si es que en verdad quieren comprenderlo. No lo lograrían del todo, por supuesto, pero aun el fracaso les reportaría mayores satisfacciones íntimas que esta empresa absurda.

A mayores, lo que se pretende es aislar el gen de la genialidad, la piedra de Rosetta genética que alumbre el misterio de la creación y dé una respuesta a la injusticia de que un hombre fuera el depositario de tantos dones y el resto de nosotros nos tengamos que conformar con tan pocos y tan precarios. Recuerda a los oxfordianos y su empecinamiento por demostrar que Shakespeare no pudo escribir lo que escribió, que jamás alguien solo, y menos alguien que se mezclaba con la plebe, hubiese sido capaz de alumbrar una obra de altura y extensión semejantes. Por suerte el genio es irreductible a la suma de los factores, pero si llega un día en que se puedan reproducir Leonardos como ovejas Dolly, será entonces cuando por fin haya que pararse un momento y preguntarnos dónde, cuándo y por qué comenzamos a perder la perspectiva.

(El Norte de Castilla, 26/5/2016)

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MARIO
Eduardo Roldán 16-04-2015 | 6:59 | 2

<<Si pierdo la memoria, qué pureza>>, escribió el poeta de memoria prodigiosa, y yo mismo tengo unos versos que rezan: <<He ahí la felicidad:/dominar la memoria a voluntad>>. Pero cuando no es voluntario ni funciona como alivio natural y necesario de la marea de datos que cada día recibimos, el olvido ni es feliz ni la sensación resultante de pureza: uno no se siente limpio sino frustrado, como la marioneta de un titiritero caprichoso. Hasta que de a poco los olvidos se van sucediendo y acortándose, y la frustración dejando paso a la resignación y acaso, al cabo, a la indiferencia y al olvido del olvido: no se acuerda ya el enfermo de que se ha olvidado de algo porque tampoco recuerda que tenía algo que hacer o que decir. Es entonces que el hombre pierde en gran medida su condición de tal, y se interna en una suerte de estado consciente-vegetativo, sin respiración asistida ni inmovilidad absoluta pero sin capacidad para abrocharse los botones de la camisa.

Para que este tránsito al reino sepia y uniforme del olvido resulte menos traumático, se ha formado el proyecto MARIO. MARIO es/será un diligente, incansable y sumiso mayordomo hecho de metal y códigos informáticos, una suerte de Funes rodante y atento que irá proporcionando al enfermo puntualmente la palabra que no le viene a la boca o la fecha del cumpleaños de su hijo: una memoria portátil infalible que hará de segundo bastón, mental, a los ancianos, y así, aseguran los programadores, prolongará su <<vida útil>> (como si hubiera otra). Uno da la bienvenida a MARIO, por supuesto, pero se pregunta si con el tiempo el empleo de MARIO y demás parientes no se extenderá hasta edades cada vez más tempranas, si no terminaremos todos relacionándonos a través de nuestro MARIO personal como nos relacionamos ahora a través del móvil, si no iremos cediendo más y más autonomía a este Sancho fiel y diligente, siempre presto a cumplir nuestros deseos, primero, y más tarde nuestros caprichos.

(El Norte de Castilla, 16/4/2015)

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Nanaya
Eduardo Roldán 29-01-2015 | 8:14 | 1

Parece que por fin se ha encontrado la brújula definitiva con la que recorrer el siempre proceloso territorio sentimental sin peligro de extraviarse. No se trata de un best-seller de psicología de aeropuerto ni de la última web de contactos patrocinada por Durex, nada de charlatanería aquí: se trata de un programa de algoritmos creado por un ingeniero de la NASA, y no ha habido revista de ciencia de renombre que no se haya hecho eco del invento. Tras formular una batería de preguntas tan numerosas como rápidas de responder, el programa Nanaya regurgita un gráfico con las probabilidades que tiene el encuestado de encontrar el amor en función del objetivo a alcanzar y el método a seguir. Todo dato influye, desde la nómina mensual —el que la tenga— hasta el color del pelo —también el que lo tenga—, desde el equipo de béisbol de la infancia hasta la marca de calzoncillos de la adultez.

No es de extrañar el éxito exponencial que se le augura a Nanaya. Vivimos en una sociedad que ha elevado la información a la categoría de dios. Tenemos una necesidad obsesiva de información, que corre paralela a la necesidad de seguridad y de abolir tanta incertidumbre como nos sea posible. Es decir: queremos que el programa nos evite el riesgo de tener que elegir, y así, si al final la relación asignada no cuaja, no tendremos que cargar con ninguna responsabilidad, ningún reproche podremos hacernos. Qué importa sacrificar un poco de libertad, que no sintamos la cosquilla de la sorpresa si tenemos la certeza de haber agotado la estadística, aun habiéndonos quedado al final en el sector del error. Porque las probabilidades nunca son completas, que ya dijo Einstein que, en teoría, la teoría y la práctica son lo mismo, pero en la práctica no lo son.

Gracias a internet y las redes sociales hemos dejado de tener personalidad para pasar a tener perfil, que es algo mucho más fácil de conectar y sobre todo mucho más claro, más manejable y limpio. No otra cosa quiere decir realidad virtual: el hacernos una realidad a medida, que nos encaje en el perfil sin dejar saliente ni una arista, mucho menos un rizo. Una realidad carente de sombras, cuando es la sombra la que, por contraste, permite captar la luz en toda su plenitud. Al paso que vamos, el último será el que predijo Huxley en su feliz novela, un mundo donde el determinismo genético elimine toda posibilidad de zozobra y de fricción. Cierto: aún hay tiempo de rectificar. El ingeniero de la NASA puede que sepa valorar lo que ocurre en las misiones espaciales a Marte, pero por fortuna los algoritmos que maneja no alcanzan todavía a descrifrar lo que ocurre dentro de su pecho. Y es que lo que tenemos más a mano es siempre el mayor misterio. Uno sobre todo siente que Freud no haya vivido para ver en qué ha quedado el animal simbólico. Iban a ser unas risas, sus escritos.

(El Norte de Castilla, 29/1/2015)

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Voyager 1
Eduardo Roldán 18-10-2013 | 10:47 | 0

Hace un  mes ya que la NASA confirmó el ingreso del Voyager 1 en el espacio interestelar, siendo así el primer objeto fabricado por el hombre que dice adiós al sufrido, generoso amparo del sol; ahora debe de andar, pulgada arriba pulgada abajo, a unos 1.888×1010 km. del astro rey. Cifras tan estratosféricas suponen siempre una ducha, no diré fría, pero sin duda fresca, de relativismo. Nos creemos algo, pero al final somos poco más que polvo de estrellas. Y estrellas hay tantas. El Voyager lleva 36 años alejándose de la Tierra, recopilando datos, haciendo cálculos, continuando una labor de mar en la arena hasta que alcance un punto en que la señal no llegue o las pilas se le agoten, lo que suceda antes, mártir que se sacrifica en favor de todos, pobre. Qué no habrá visto el Voyager. Uno mismo ronda su edad y lo más insólito que ha presenciado ha sido el cartón-piedra de Las Vegas. No es lo mismo.

Por si se diera el contacto con algún extraterrestre extraviado, en su interior la nave terrícola transporta un disco de oro con piezas de Bach, saludos de bienvenida en 55 idiomas, el sonido del viento, de un beso, fórmulas matemáticas, láminas de anatomía, una foto del Taj Mahal, en fin, una botica cultural/histórica que se quiere representativa de la vida en nuestra bola azul. Pero que solo lo es muy relativamente, no ya por los cambios brutales acaecidos en el último cuarto de siglo sino por el brillo del disco. Es un disco sin cara B. Nada de Auschwitz, nada de hambrunas, nada de rencores: cosas que sin duda también somos. El disco es pues un anzuelo idílico, que si pescase al citado extraterrestre sin duda atraería su atención. Solo que cuando se acercase por aquí a echar un vistazo se toparía, ay, con la realidad. ¿Y para qué se han ido tan lejos estos señores, con lo que les queda todavía por arreglar en su planeta?, acaso se preguntase. Por mi parte lo único que le pido al Voyager es que salude a Sun Ra si se cruza con él.

(El Norte de Castilla, 17/10/2013)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.