El Norte de Castilla
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Cine/Teatro
Eduardo Roldán 28-03-2014 | 4:04 | 0

Con el cine inmerso en un proceso de transformación radical que comienza a afectar al propio concepto de <>, el teatro, que hoy celebra su Día Mundial, se halla, paradójicamente por las mismas circunstancias, inmerso en un proceso de signo contrario. Las nuevas tecnologías, que nacen obsoletas, han hecho que el consumo de cine se traslade de la pantalla de plata a la pantalla del portátil. La economía de la tecnología está polarizando las películas en dos tipos:  producciones de miles de millones y producciones que no llegan al millón, dejando entremedias un espacio enorme donde las películas de presupuesto medio, esas que crean industria, son cada vez más escasas. De seguir por esta senda las megaproducciones serán las únicas en llegar a las salas comerciales (las miniproducciones nutrirán los festivales). Así, para justificar el precio de la entrada se meten cuantos más abracadabrantes efectos especiales, mejor, al punto de que los efectos especiales son la película: no el guion, no la dirección ni las interpretaciones. ¿Cine? Algo así.

Por su parte el teatro —que no se puede bajar de internet—, y que hace no tantos años adolecía de una tendencia al <>, fuegos artificiales, pantallas de vídeo…, debido a la crisis se ha instalado en una esencial desnudez: tres actores máximo, una mesa y dos sillas, y el resto que lo llene la imaginación del espectador, brechtiano a la fuerza. El boom del microteatro y de los monólogos es solo el clímax de las circunstancias, y aunque estas conducen a un tipo de obra limitado en muchos sentidos, exigen también que los elementos que hacen del teatro lo que es —texto, voz, presencia— lleguen al espectador de forma menos adulterada. No es que la necesidad agudice el ingenio (la necesidad solo agudiza el hambre, y hay monólogos insufribles como los hay geniales), pero al menos estamos redescubriendo por esta vía de lo mínimo el pálpito del teatro, eso que tiene de inmortal.

(El Norte de Castilla, 27/3/2014)

@enfaserem

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Excepción cultural
Eduardo Roldán 20-06-2013 | 8:25 | 0

Estamos en el año 2050 después de Jesucristo. Todo el mundo está ocupado por los engendros audiovisuales que llegan de Hollywood. ¿Todo? ¡No! Un país poblado por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor… Hollande se ha plantado cual Astérix ante César y dicho que nones, que el cine no se toca. Los franceses tienen claro que la “marca” Francia consiste en algo más que quesos y vinos, y esto cabrea mucho a Durão Barroso, que los difama como chulos, reaccionarios y cosas peores. Uno aconsejaría al señor Barroso que no se encendiera por tan poco, que luego el azúcar se le pone por las nubes, y que tenga un poco de paciencia: Hollande defiende la identidad cultural francesa porque ese gesto lo mantiene en el poder, es una posición que en Francia va con el cargo, pero se trata más una maniobra de distracción que de una oposición real. Al cabo le tocará claudicar ante el gigante americano, y difícilmente llegarán al 2050 con una cuota nacional como la que hoy mantienen.

La globalización que el señor Barroso tanto pondera puede resumirse en un principio nietzscheanamente simple: el pez más grande se come al chico. Sin una defensa/antídoto el pez chico es imposible que sobreviva, pero esto a Barroso le da igual, pues está canino por rubricar en negro sobre blanco el Acuerdo de Libre Comercio ―¿no hay ya libre comercio?― que nos permita sacar la cabeza del fango y coger un poco de aire. Las películas son caras y son prescindibles, al menos prescindibles desde un punto de vista estrictamente material, y ante la arrasadora contundencia de las cifras no hay pócima que valga. Es posible que Hollande o quien esté al cargo en el momento de la capitulación tenga la idea de ceder el audiovisual manteniendo las subvenciones, pero esa cesión sería una grieta insubsanable en la industria francesa, que acabaría con Astérix sirviéndole a César las uvas de la victoria en bandeja de plata.

(El Norte de Castilla, 20/6/2013)

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El salvador
Eduardo Roldán 13-06-2013 | 7:01 | 2

Jose María Aznar deshoja la margarita del sí y del no y quienes tiemblan ante la posibilidad de que el último pétalo le salga cara no son los opositores de bancada, que casi lo desean, sino los hasta no hace tanto fieles lugartenientes. ¿Qué ocurre? ¿Se ha vuelto de la noche a la mañana el expresidente un indeseable en sus propias filas? ¿Es que hasta hoy ninguno de sus anteriores compañeros de marca —los partidos sí son una marca, no los países— había caído en la  cuenta de los anhelos, las capacidades, la catadura moral, las dudas, en suma las fuerzas y las flaquezas de don Jose María? Uno no cree que a estas alturas vaya el Partido Popular a renegar de Aznar, entre otras cosas porque todavía hoy hay mucha gente que identifica a la gaviota con el bigote —afeitado o no—,  pero tampoco que vaya a acogerlo como al hijo pródigo que un día se fue para no volver. Rajoy, enfangado en menesteres mucho más urgentes y de mayor calado, no tiene ganas de ni tiempo para prestar atención a los devaneos de Aznar con los medios, y dejará la cosa estar hasta que se enfríe por sí sola o (le) estalle.

Nadie se acuerda, pero en su momento Aznar prometió que tras dos legislaturas lo dejaría para siempre. Seguro que él mismo lo creía, solo que no contaba con la marcha fúnebre que fue su adiós ni con que el poder genera más adicción que escalar ochomiles. Quizá piense que una España rota bien merece romper una promesa, y que él es el salvador que España necesita. El poder no solo genera adicción sino delirios de grandeza. Creyéndose salvador de la patria, Aznar se olvidó de que la libertad necesita una reglas para poder ejercitarse, puso el cartel de “En Venta” en el suelo de España y el resultado son las ruinas actuales. Ahora tontea con la idea de ponerse de nuevo el traje de salvador y reconstruir esas ruinas que en parte él ayudó a crear, valga la paradoja, pero en política los salvadores al final solo se salvan a sí mismos.

(El Norte de Castilla, 13/6/2013)

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Cifras y letras
Eduardo Roldán 23-05-2013 | 7:07 | 2

Como un insaciable agujero negro, la crisis no deja de atraer hacia su centro gravitatorio a más y más esferas sociales, alcanzando aquellas que jamás se imaginaron, cuando el agujero negro despertó y comenzó su  minucioso y voraz ejercicio de aniquilación, que se verían afectadas. Ahora le ha tocado el turno a los concursos de televisión, entre ellos el mítico Cifras y Letras. Hay un grupo de hasta 50 ganadores que, dos años después de la obtención de su trabajado premio, siguen a la espera de un cheque que no van a cobrar, pues las productoras han quebrado y están en concurso de acreedores. Los ganadores han pasado de ser los primeros del concurso de televisión a la cola del concurso de acreedores, y mientras las productoras y las autonómicas se van pasando la pelota de la responsabilidad, estos señores siguen huérfanos de premio, que sus buenas horas de estudio les ha costado, aparte el billete a plató.

¿Es que ni siquiera la televisión va a respetarse? Dónde iremos a parar. Esta es una metáfora más ilustrativa y preocupante que la de las inmobiliarias o los bancos, de hecho no es casi ni métafora, por la importancia material insustituible que tienen las cadenas públicas en la forja de la realidad social de su autonomía o provincia o ciudad. Cierto: quizá haya alguna televisión pública más de las estrictamente necesarias para cubrir las demandas del pueblo de información y ocio, pero qué importa un poco de déficit cuando el gasto está tan bien empleado y la labor resulta tan imprescindible. Las autonómicas caen al tiempo que la España de las autonomías, donde hemos pasado del café para todos competencial al déficit a la carta, y ya ha dicho don Juan Vicente Herrera que Castilla y León no va a pagar la TV. de Cataluña. Un poco tarde. En los concursos de la tele, como en otros planos competenciales, las cifras no cuadran y las letras son papel mojado. Al final han ido a pagar ―sin cobrar― los que menos lo merecen.

(El Norte de Castilla, 23/5/2013)

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Europa
Eduardo Roldán 09-05-2013 | 8:00 | 0

Y de momento ahí sigue Europa, embutida entre el cráneo joven, negro y pensativo de África (África es siempre joven), la inmensa indiferencia azul del Atlántico y esa  incógnita aplastante que es Asia; ahí sigue, con un presente de recuerdos ricos y esperanzas rotas, con toda su Historia a cuestas como una sombra que la juzga severa, Europa renqueante, Europa esforzada, Europa quizá arrepentida, víctima de no sabe muy bien qué error, si es que cometió un error, parece que no termina de despertar, creyó haber por fin hallado la paz pero solo soñaba, no hay paz que cien años dure sobre todo si el bolsillo no acompaña, Europa lucha contra una resaca de siglos y un presente que le deshace el futuro. Pero de momento ahí sigue. Con el invento de la Unión pareció que el puzle tenso de las fronteras se deshacía, poco a poco más y más países añadiéndose al puzle, piezas pequeñas y difíciles de encajar, Suiza un oasis de paso en mitad del puzle como el comodín de buena voluntad para todos disponible, hasta que Suiza ha dicho hasta aquí y ni uno más, el que quiera chocolate que exprima la leche de sus vacas.

Caído el Muro, quizá fue el miedo el motor originario de la Unión. El monopolio mundial de Estados Unidos exigía el deber político de un contrapoder, siquiera un contrapoder afín, y Europa se hizo la ilusión de que trataba de tú al amigo americano, pero el tiempo no ha hecho sino confirmar que la atención que EU presta a la UE es muy relativa: vuelca más tiempo y recursos al árido Medio Oriente que a lo que acontece en la vieja Europa, salvo quizá en Reino Unido. La desaparación de las ideologías no se produjo con la caída del Muro sino con la formación de la Unión, y la cultura, el único orgullo que le quedaba a Europa para distinguirse, ha sido igualmente asumida/diluida por el ímpetu del dólar e internet. Había que hacer un marco común y nos hemos quedado en el marco: del himno a la alegría a la marcha fúnebre.

(El Norte de Castilla, 8/5/2013)

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