El Norte de Castilla
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El posibilista
Eduardo Roldán 15-03-2018 | 1:46 | 0

Se presenta como independiente, y por una vez la etiqueta no suena vacía, el recurso de un candidato que no tiene las ideas claras y cuenta con escaso apoyo: más del 70 % del pueblo ha manifestado su intención de (volver a) respaldar a Putin, pero esto tampoco le ha trastocado el programa de acción: ha seguido a lo suyo, que es a lo que seguirá mientras siga en el cargo. No hay otro político que encarne con mayor precisión la noción de poder: en Putin el poder es alimento de la acción, herramienta antes que estado (lo que lo distancia del dictaduro o dictablando de turno, que no actúa sino que reacciona, y casi siempre mal), cafeína antes que miel. Putin es un soldado con traje a medida para el que cuestiones como la ideología o la ética son activos maleables; no es que no importen, pero no importan más que la acción a realizar. Solo existe una meta y esta es maximizar el bienestar de Rusia, reimplantar la Gran Rusia en el siglo XXI, tarea tan ingente que detenerse en nomenclaturas conceptuales —neoliberalismo, neoproteccionismo, neoautoritarismo…— para definir la gestión es estúpido, una pérdida de tiempo que bien podría emplearse en operaciones reales.

No ha de confundirse esta actitud con egotismo o arrogancia. Acaso Putin se vea como un elegido, pero sabe que en cualquier decisión, por mucho esfuerzo que uno le meta, hay factores que escapan al control; a diferencia de Trump, entiende que es ridículo creer que porque él piense una cosa esta haya de ser cierta, y así escucha a sus asesores; luego podrá o no hacerles caso, pero no le importa rectificar una postura personal si las circunstancias lo demandan. Si Putin no desdeña la democracia (o el tipo de democracia rusa) en favor de la dictadura estricta es porque la democracia le permite —paradoja solo aparente— llevar a cabo más empresas y en más planos. Mientras el pueblo, si acaso con dudas en las formas, prefiere hacer el avestruz y disfrutar de lo que esas formas le han traído.

 (El Norte de Castilla, 15/03/2018)

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Macron, centrista
Eduardo Roldán 12-05-2017 | 3:59 | 0

Uno de cada cuatro franceses se abstuvieron el domingo, ratio que no se alcanzaba desde la inmediata resaca postsesentayochista. Las estadísticas insisten en que el llamado centro político es el más abstencionista, pero Macron, apóstol del centro, ha apalizado a Le Pen en un 66/33. ¿Cómo se conjuga esto? ¿Y hay que considerar el cuarto abstencionista como votos macronianos, siquiera in spirito? Más bien al contrario: los votos macronianos son votos abstencionistas. El centro político es el cajón de sastre donde se acumulan los desencantados que sienten el voto como un deber y no como un derecho, una suerte de obligación autoimpuesta en cuya eficacia sin embargo no creen. Votar centro es como lavarse las manos a la manera de Pilatos, una ablución de la conciencia cívica que se agota en sí misma. El centro es la política sin ideología, y con ideas transitorias; es un hueco, una ilusión que, como casi todas las ilusiones, resulta inasible. Pero la política trata ante todo de cosas, de materia, de pilares, que es lo contrario del hueco. ¿Qué predica el centro? Libertad, igualdad, fraternidad. Mejorar las oportunidades de los ciudadanos. Muy bien, pero esto son vaguedades que también suscriben Le Pen o Trump, la diferencia es en el cómo: levantando muros de hormigón o saliéndose de la UE son dos propuestas. Seguramente rechazables, pero concretas. Aparte de posicionarse a favor de Europa, novena de Beethoven incluida, Macron no ha ofrecido nada, y de hecho este ha sido un posicionamiento a la contra, una reacción inevitable al planteamiento suicida de Le Pen. Así, Francia ha votado indefinición, ha votado verlas venir, ha votado paréntesis porque no podía votar otra cosa. ¿Es bueno Macron, es malo, es regular? Nadie lo sabe. Lo único que se sabe es que Le Pen buena no, y que mejor malo por conocer que malo conocido: al menos el que está por conocer concede un tiempo, un respiro, y acaso en ese tiempo aprenda algo y no salga del todo rana.

(El Norte de Castilla, 11/5/2017)

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Primer acto
Eduardo Roldán 18-11-2016 | 7:38 | 0

Y terminó el recuento y con el desenlace comprobamos desolados y atónitos que la farsa había devenido en tragedia, que el nuevo emperador no estaba desnudo y que, ¡oh, Señor!, el pueblo lo quería. ¿Pero cómo podía quererlo? El pueblo no se equivoca nunca, y sin embargo… En fin, tal vez el recuento no sea el desenlace de la tragedia sino solo el telón del primer acto, y luego el emperador nos vuelva a sorprender a todos y se revele como el héroe que el papel asignado dice que es. Qué demonios, a fin de cuentas ha sido elegido, y si uno se sacude de entrada todos los prejuicios elitistas y repasa los puntos de su discurso, en el fondo tampoco es tan malo: ¿es que puede un país carecer de fronteras? ¿Es que no es lógico tratar de proteger la riqueza propia, y de fomentarla? Eso no es orgullo ni aislacionismo, es mero sentido común. Sí, desde luego, durante el primer acto se le fue la lengua aquí y allá, pero es que estaba interpretando, jugando un rol dicen ellos, un rol tosco pero calculado —ahora nos damos cuenta— hasta en sus últimos matices, dirigido a un objetivo muy claro; y qué difícil de interpretar ese tipo de roles y tener éxito, pero el pueblo, siempre más alerta, supo ver antes que los analistas y que los intelectuales resentidos e incluso que los en teoría compañeros de travesía del héroe, que no dejaron de ponerle zancadillas, y pese a ello al final el objetivo, el éxito. América es un gran país en el que cualquiera puede demandar a cualquiera —y ganar—, como dijo el gran Leslie Nielsen, y en el que cualquiera puede llegar a presidente, esa es su mayor grandeza, cómo no rendirse entonces y celebrar la victoria de un hombre que encarna tal ideal, que ha demostrado que con voluntad, confianza, trabajo duro y fe en Dios se puede llegar, cómo no celebrar esa victoria de la democracia. El elitismo se niega a entender: el pueblo sabe. ¿Qué va a hacer usted, llevarle la contraria a la multitud? Pero quién se cree que es.

(El Norte de Castilla, 17/11/2016)

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Podemos-IU
Eduardo Roldán 12-05-2016 | 4:07 | 0

Ciudadanos denuncia que con el abrazo/puño lo viejo ocupa el lugar de lo nuevo que predica Iglesias, solo que ni una propuesta es tan vieja ni la otra tan nueva. En política, como en arte, el de progreso es un término a tomar con cierta distancia; igual que no puede afirmarse que una sonata de un compositor contemporáneo sea más <> que una de Beethoven, tampoco que los principios en que las marcas se basan —al menos en teoría— hayan experimentado una evolución sustancial desde su génesis: se han adaptado cosméticamente, casi siempre tarde, a las exigencias de la realidad, y de hecho cuando estas adaptaciones han supuesto la renuncia de las bases los resultados han, por lo general, sido catastróficos. Con esa apelación a lo viejo, Rivera quiere hacer valer la gratuidad que supondría votar al abrazo, y, como recíproco, que el de su marca es el único voto útil (y nuevo). Ahí ha acertado justo en la diana de la causa del abrazo, acaso a ciegas. Como cualquier formación política, el primer —el único— objetivo de IU es amontonar tanto poder como le sea posible, y, como el jugador harto de que sus muchos goles no tengan reflejo en su contrato y se pasa al mayor rival que sí le ofrece uno justo, aun cuando él hubiera deseado quedarse en su equipo de toda la vida, ha sacrificado el espíritu de las siglas, de los principios fundadores, en aras de obtener la cuota de poder que estima merece. Y la merece. Más que de oportunismo habría pues que hablar de agotamiento, y darse cuenta de que la causa esencial del abrazo no ha sido una voluntad política afín sino una ley electoral de distintos raseros que en las últimas elecciones —la gota que colmó la urna— concedió a IU, con el cuádruple de votos, los mismos asientos que a EH-Bildu.

La pregunta a hacerse ahora es qué contestará Sánchez cuando Iglesias y Garzón le tiendan la mano tras la convocatoria electoral. Y si Rajoy se volverá al Registro de la Propiedad de Santa Pola.

(El Norte de Castilla, 12/5/2016)

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Y tú más
Eduardo Roldán 28-04-2016 | 8:42 | 0

El final de las conversaciones/pos ha constatado que, pese a las diferencias insalvables entre los candidatos, hay algo que todos comparten sin fisura alguna: el discurso del <>. Sánchez culpa a Rajoy e Iglesias; Iglesias culpa a Sánchez, a Rivera y a Rajoy; Rivera culpa a Sánchez y a Iglesias y a Rajoy a ratos, y Rajoy culpa a todos por la vía romana de lavarse las manos y a mí que me registren. Todos para uno pero tú más, y como éramos pocos etcétera. Mientras, el Rey compone un rictus de conyuntural circunstancia, valga el pleonasmo, y Patxi López se encoge de hombros, risueño como el inocente del pueblo que gasta la tarde viendo cómo los coches pasan de largo el desvío pero no le importa, porque con el airecillo que dejan le basta.

Y tú más: así se escribe —torcida— la historia. ¿Y qué ocurrirá cuando haya que iniciar las conversaciones/pos/pos? ¿Quién será el abnegado candidato, el fusible democrático que renuncie a un pellizco de su posición para posibilitar el nudo del gobierno? Todos deberían ser ese fusible, ese mártir laico y público para que las pos/pos coagulen y se ponga punto final al prólogo y comience el capítulo uno. Sin ánimo de sombra, uno no ve esta disposición. Y no la ve porque el <> ya les renta requetedesobra. Con el <> el candidato ofrece —o eso cree él— un perfil firme y flexible a la vez, preocupado por los pilares propios y con apertura de miras bastante como para posibilitar el nudo. Claro, se puede ser flexible solo hasta cierto punto, y aceptar pulpo como animal de compañía resulta intolerable, o solo si también se acepta piraña. De modo que todos quedan muy dignos y afectados y con la conciencia más que blanca, pero todavía en la casilla de salida.

¿Es imaginable un escenario repetido tras las pos/pos, otras tablas congeladas en este pobre ajedrez a cuatro? Lo es. Y lo peor es que la partida no sale gratis: ni en tiempo, ni en dinero, ni mucho menos en ánimo.

(El Norte de Castilla, 28/4/2016)

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