El Norte de Castilla
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ética

‘Fake news’
Eduardo Roldán 12-04-2018 | 7:16 | 0

<<El rumor no es noticia>> fue en tiempos un, si no el, principio rector del credo periodístico. Y principio en acto. Incluso la prensa amarilla no llegaba a quebrarlo; podía doblarlo, sugerir entre líneas, pero cuando lo hacía no permitía que al lector le quedaran dudas de que la veracidad de la noticia resultaba neblinosa. Hoy el principio, como escribir cartas a mano y en papel, es el vestigio de una era remota. De hecho, hemos alcanzado un nuevo estadio; el rumor, para que funcionase, debía poseer un aroma de verdad, una textura de posibilidad fundada en un hecho conocido o posible.

Este mínimo requisito resulta ya ocioso. El más delirante y menos argumentado libelo puede hacer fortuna planetaria si el azar y la voracidad general por conocer de las miserias ajenas se confabulan. Con un barniz añadido, más descorazonador: el libelo no se ciñe a asuntos particulares, afecta a las más serias materias comunes y se viste con la dignidad de la noticia contrastada, de la ética informativa —columna vertebradora del periodismo, siquiera del periodismo teórico— para meter de rondón una acusación o denuncia que, aparte de herir al disparado, acarreará al tirador un beneficio directo o indirecto.

No hay pues inconsciencia en las ‘fake news’: hay una intención goebbelsiana por causar un daño muy concreto, y si se propagan como langostas es porque resultan efectivas. El aburrimiento monocorde y la falta de discriminación a que contribuye la saturación informativa facilita el fenómeno, y uno ya no sabe a qué o a quién dar crédito, si al tirador o al disparado. Más aun: el posible disparado puede acusar, como defensa preventiva, de tirador de ‘fake news’ a quien sospeche que tiene algo veraz, un hecho tangible que puede salir a la luz y ponerle en un aprieto. Así, para el ciudadano la confusión se ha vuelto casi sólida, y por pura salud mental muchos prefieren no tratar de discernir dónde se halla la verdad. Si es que se halla en algún sitio.

(El Norte de Castilla, 12/4/2018)

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Morbo natural
Eduardo Roldán 11-01-2018 | 11:59 | 0

Ha salido un estudio que afirma la inclinación natural del hombre por el morbo, sucesos violentos, cruentos, miserables, con frecuencia con resultado de muerte, una o varias, o de lesiones graves. Esta conclusión se relaciona al parecer con el desarrollo evolutivo: el hombre tiende al morbo para eventualmente detectarlo y evitarlo y así mantenerse seguro y poder perpetuarse. El pobre Darwin es el profiláctico científico más (ab)usado frente a posibles críticas. En cualquier caso, lo incuestionable es que consumimos morbo hasta un punto rayano en la adicción. Si es que no lo hemos rebasado ya. El caso de Diana Quer ha sido quizá el más notorio en unas semanas en que día sí y día también nos hemos desayunado con violaciones adolescentes en grupo, asesinatos domésticos, mascotas torturadas… Morbo llama a morbo como cigarrillo a cigarrillo, y como decía Oscar Wilde de estos, uno nunca se queda por completo satisfecho y tiene que enceder otro.

¿Cabe pues estar con el estudio o culpar a los medios? ¿Qué fue antes, el huevo de la audiencia o la gallina de la curiosidad? Como las grandes novelas y filmes de género demuestran, con un tratamiento adecuado el suceso vulgar y violento se puede elevar a la categoría de arte y extraerse de él alguna enseñanza sobre la naturaleza humana, cuestionarnos si la moral es un absoluto inamovible (¿está justificada la venganza en ciertos casos?)… Pero lo que nos pone es el rumor por el rumor, la sangre por la sangre, sin querer ver más allá. ¿Que algún familiar o amigo de la víctima desea que lo dejen en paz? Se siente: derecho a la información, y oponerse a él o siquiera sugerir una restricción es pasaporte seguro para que te tilden de censor fascista.

Tampoco hace falta dar pie a ello. Basta con no prestar atención al morbo para reducir e incluso, al cabo, borrar su presencia. El hombre quizá tenga la inclinación natural, pero posee también la libertad de decir que no.

   (El Norte de Castilla, 11/1/2018)

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El enemigo
Eduardo Roldán 14-12-2017 | 12:25 | 0

Pocas cosas hay que unan más que un enemigo común. Basta observar a las gradas fanáticas durante un derbi futbolístico. Lo cual puede llegar a entenderse dentro de la coyuntura deportiva, volátil como las pasiones que desata, pero menos en el escenario político internacional, supuestamente regido por la planificación racional de un futuro más allá que el domingo próximo. Supuestamente. Porque el concepto de enemigo ha venido ganando una presencia sostenida y creciente en el discurso entre estados y, lo que es más grave, materializándose —no porque las palabras los empujen a la acción; la acción estaba ya tomada y ellos para justificarla prostituyen las palabras—.

<<El enemigo>> como herramienta operativa empezó a asentarse con la tríada de las Azores, cumbre que entre otras desgracias trajo, mediante el (ab)uso del término, una dialéctica polarizada de buenos y malos que no tendría cabida ni en el más simplista cómic de la Marvel. Tal país es amigo, tal es enemigo: esta ha venido siendo la explicación/justificación de las acciones —o abstenciones— más graves y peligrosas en la última década larga. Con el agravante añadido de que las que la han utilizado han sido, en abrumadora mayoría, las potencias con mayor poder fáctico (léase destructivo). La alusión al enemigo se ha demostrado un recurso muy útil, tanto que si no existe enemigo lo más práctico es inventarse uno. (Va a ser cierto que Trump ha leído 1984.) <<Enemigo>> es un significante vacío que sin embargo engullimos a ciegas. Pero ¿por qué es nuestro enemigo? ¿Qué ha hecho para que respondamos así? No importa. Maleable por vacío, <<enemigo>> puede aplicarse por igual al mejicano que no tiene intención ninguna de cruzar la frontera como al palestino que solo quiere que unos y otros lo dejen dormir tranquilo, y puede llenarse del contenido que se quiera, que no lo vomita.

¿Es el enemigo? Pues que no se ponga, que le va a dar igual.

 

(El Norte de Castilla, 14/12/2017)

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Palabras violadas
Eduardo Roldán 08-06-2017 | 1:41 | 0

Al margen de las formas puramente físicas —esos índices acusadores al señor sentado en la bancada de enfrente; esos ademanes como golpes de kárate para puntuar su parlamento; esas sonrisas de desdén, tan falsas que acuden a sus rostros antes de que hayan terminado de escuchar aquello de lo que han comenzado a mofarse—, muchas veces tan ilustrativas, si no más, que lo que dicen, si hay algo que descorazona y enerva de la gran mayoría de las intervenciones orales de la clase política es la facilidad con que prostituyen el sentido más básico de las palabras.

La palabra es punto de encuentro entre quien habla y quien escucha, mano tendida y apretada, sinapsis de voluntad y aceptación. Y para que la conexión se produzca, ha de haber un pacto previo, implícito, que constate el contenido de lo que se transmite, la carga semántica, su valor comunicativo. Por supuesto, las palabras tienen sentidos plurales —esa es su gran riqueza y misterio—, y se les puede dar otro distinto al literal o más común, incluso el opuesto. Pero no hablamos aquí de ironía (de la que los políticos carecen) ni de los otros muchos recursos expresivos que la lengua ofrece; cuando el político habla, lo hace justamente en esos sentidos mencionados, el literal, el directo, el más común: tanto él como quien le escucha tienen una idea similar de a qué se está refiriendo. La violación del pacto es pues más obscena, por evidente, y más grave, por referirse con frecuencia a conceptos medulares para articular la convivencia.

La violación de este pacto implícito ha alcanzado su epítome más triste con las embestidas separatistas del señor Puigdemont. Para Puigdemont las palabras <<respeto democrático>> significan algo que a muchos nos resulta su opuesto. Así con <<independencia judicial>>. O con <<autonomía>>. Acaso lo que haga falta para deshacer el entuerto sea poner a Lázaro Carreter de árbitro parlamentario, con sus dardos preparados. Solo que —ay— eso ya no es posible.

(El Norte de Castilla, 8/7/2017)

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Hipócrates biónico
Eduardo Roldán 19-05-2017 | 4:00 | 0

Hace veinte años las Spice Girls saturaban las ondas y la paciencia y desde Escocia llegaba el anuncio de la primera clonación de un mamífero a partir de una célula adulta, y con el anuncio la elevación inmediata de la oveja Dolly a una celebridad animal que hasta entonces solo habían alcanzado, quizá, la perra Laika, la mona Chita y Copito de Nieve, y con la elevación el contagio de una paranoia difusa y distópica: ¿acabaríamos todos como réplicas a tamaño natural del Ken de la Barbie —o como la misma Barbie? ¿Y qué Ken —y qué Barbie— serían los modelos elegidos? ¿Qué pensaría Darwin del asunto? ¿Y Hitler? Al final, la clonación no ha dado más que para unas cuantas películas malas y un manto de silencio científico, por lo menos en cuanto a hipótesis catastrofistas se refiere, que al fin y al cabo lo que preferimos consumir las masas ignorantes es especulación y no ciencia.

Ahora le toca a la cabeza. Tener las proporciones áureas del Ken estaría muy requetebién, pero estaría aun mejor tener la memoria de Borges y la capacidad de cálculo de Kaspárov. Ramón y Cajal dijo que el cerebro es maleable, y no le falta razón, pero malearlo exige tiempo y sobre todo esfuerzo, y quién necesita tal gasto pudiéndose implantar un chip.

El tiempo tecnológico late a un ritmo vertiginoso, y antes de que nos demos cuenta habremos pasado del uso sanador, regenerativo de los implantes biónicos en personas con casi sordera o ceguera a la posibilidad de incrementar nuestras capacidades cognitivas a un nivel suprahumano. ¿Borges? Con un clic nos podríamos descargar la Biblioteca de Alejandría entera en lo que fumamos un cigarrillo (también electrónico, por supuesto). Al menos quien pueda pagarse el chip. Pero el nudo ético permanece, porque la ética es eterna. El derecho en cambio es maleable, como el cerebro de Ramón y Cajal, solo que mucho más lento. Por ello hay que detenerse un momento y comenzar sin demora a darle a Hipócrates forma articulada.

(El Norte de Castilla, 18/5/2017)

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