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ética

Realidad elástica
Eduardo Roldán 16-01-2016 | 2:27 | 0

Antes que la disponibilidad inmediata de una cantidad insostenible de datos, antes que la abolición de fronteras físicas y horarias, antes incluso que la indefensión del consumidor ante el asedio publicitario, acaso la transformación más brutal que ha traído internet haya sido la expansión del concepto de realidad en la conciencia social, al punto de que ahora aceptamos cosas que hace un par de décadas nos habrían parecido delirios esquizofrénicos o puestas en escena surrealistas. El Rey de un territorio firma el nombramiento de un presidente de una parte de ese territorio que previamente había advertido que hará todo lo posible por escindirse del territorio/madre. El capo de la droga más buscado se fuga de una prisión de máxima seguridad por un túnel (sí, un túnel) abierto hasta el plato de la ducha de su celda, concierta a través de una actriz de culebrón una entrevista con un actor de Hollywood metido a —mal— periodista y a este se le reprocha luego no haber dado parte a las autoridades de la cita. El más que probable candidato a la presidencia del país más poderoso del mundo ofrece nada menos que diez millones de dólares a quien le traiga la cabeza del aludido capo en una bandeja.

Estos casos —en nada rebuscados— los recibimos con naturalidad, casi con hastío. La sorpresa dura lo que tardamos en volver a hacer clic. La mecha de la indignación está mojada, quizá para siempre. Al expandirse, el concepto de realidad ha uniformado la percepción general, borrado en gran medida las diferencias entre lo grotesco, lo grave, lo banal: también lo ficticio. El 11-S supuso un primer punto de inflexión: cualquier imagen, por inverosímil que pareciera, podía ser realidad. Ahora nos acercamos a otro punto, acaso irreversible: el momento en que a la expresión realidad virtual se le caiga definitivamente el adjetivo, y por tanto devenga efectiva, material, y se termine confundiendo con aquella en la que —¿por cuánto?— todavía nos seguimos moviendo.

(El Norte de Castilla, 14/1/2016)

@enfaserm

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Honesto Guantánamo
Eduardo Roldán 09-04-2015 | 4:02 | 0

Al político, como al crítico literario o al médico, la honestidad se le supone. Y precisamente porque se le supone, el que enarbole como un escudo contra los posibles reproches a su gestión el haber actuado con honestidad da bastane grima. O debería darla; si no la da, es porque la general y diariamente aireada corrupción que se estila entre el gremio hace que la honestidad sea tomada como excepción y no como norma. Imaginen que no se le pudiera reprochar a un delantero centro el haber errado un gol a puerta vacía porque puso todo su empeño en meter la pelota entre los tres palos. Pues esta es la vara de medir con la que cada día más políticos piden que se les juzgue.

Barack Obama dijo a finales del pasado año que <<haría todo lo posible>> por cerrar Guantánamo. Desde que manifestase el mismo propósito por primera vez han pasado más de siete años, pero Estados Unidos sigue considerando que estos señores de color butano pueden permanecer indefinidamente encerrados e incomunicados sin que medie acusación formal contra ellos, y haciendo el avestruz ante las denuncias periódicas de torturas y abusos que —supuestamente— algunos padecen. Obama pues le seguirá metiendo mucha y muy buena voluntad al asunto, dando entrevistas en horas de máxima audiencia y apretando la mandíbula en el Congreso cuando se dirija al elefante republicano, y que ningún analista político se atreva a señalar este o aquel movimiento dudoso porque el presidente hace todo lo que puede, y a conciencia. <<A conciencia>> es la bula lingüística que utiliza la administración americana para blindarse preventivamente al reproche, como <<limbo legal>> es la bula jurídica para seguir con la prisión operativa. Si al final Guantánamo se termina cerrando —que se terminará— será debido antes al chorreo de dólares que supone para las arcas americanas el mantenerla abierta que por la violación continuada de los derechos humanos. Y es que la voluntad del dólar sí que es incontestable.

(El Norte de Castilla, 9/4/2015)

@enfaserem

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El cuadro
Eduardo Roldán 11-12-2014 | 7:19 | 0

Y apenas se colgó el cuadro ya las voces de los resentidos y más bien ociosos se alzaron ansiosas como inquisidores, y ello pese a la advertencia irónica previa del pintor: <<No vayan a pensar que soy un vago>>. Hay que ser muy tonto o muy mezquino para reprocharle a un artista el tiempo invertido en una obra. ¿Es eso todo lo que se les ocurre al mirar el retrato, toda la lectura de que son capaces? De entrada, cabe oponerles que a quien hay que reprochar en ese sentido no es a Antonio López sino a quienes le hicieron el encargo; si lo que buscaban era celeridad, el pintor de Tomelloso no era desde luego la opción más idónea: cualquiera conoce su manera de proceder, que no va a cambiar porque el encargo venga con pátina real, pues cambiarla le imposibilitaría pintar ni un trazo. Por otro lado, ese tiempo invertido no es solo una carencia, sino que debería verse como el mayor ejemplo de la cualidad moral del autor. El artista solo está comprometido con su obra, con su visión, y al único que ha de rendir cuentas es a sí mismo. Muy pocas veces en la historia del arte ha habido, si es que alguna, nadie con entrega más absoluta que Antonio López. <<Minucioso>>, <<detallista>>, <<obsesivo>>, son adjetivos que se le vienen colgando desde que comenzó a tener repercusión pública, y que bajo su apariencia de etiquetas educadas no hacen sino restar valor a su proyecto profesional/vital, a la cualidad moral de una obra incomparable, pues como sin darse cuenta dejan entrever que cualquiera que emplease el tiempo que emplea López podría pintar como él. Más quisieran. La moral del artista se manifiesta, sí, en que es la obra la que domina su voluntad y la que exige que el resultado se aproxime tanto como sea posible a esa visión ideal a que aludíamos. Ocurre que la mayoría abandona antes de alcanzarla, escudándose en que alcanzarla es imposible. Y lo es, pero precisamente por ello el insistir dignifica al autor. Quiere decirse que el cuadro ha sido entregado, pero que, por si alguien todavía no se ha dado cuenta, sigue sin estar terminado.

En una época atravesada de urgencia como en la que vivimos, produce cierto consuelo comprobar que todavía hay personas capaces de pasarse veinte años inclinados sobre un microscopio o erguidos junto a un lienzo. En el caso del artista, no se trata de producir algo con vocación de eternidad, aunque la obra firmada termine pasando a los libros de historia, sino que el acto de ejecución es en sí mismo eterno, pues abole el tiempo. Como un maestro zen o un Einstein en zapatillas de cuadros, a Antonio López el trabajo lo instala en un presente perpetuo, lo saca de la flecha de la angustia en la que los demás viajamos con el anhelo por llegar a… ¿dónde, exactamente?

(El Norte de Castilla, 11/12/2014)

@enfaserem

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El impulsor
Eduardo Roldán 02-10-2014 | 7:41 | 0

Como un Julio César a la inversa, Artur Mas decidió desde el principio adoptar una táctica de desgaste, deshojar la margarita de la independencia paso a paso, recurso a recurso, provocación a provocación, con una precisión minuciosa y estudiada cuyo fin no es el anunciado originariamente y sostenido desde entonces —la convocatoria de un referéndum que conduzca a la independencia— sino la ratificación personal como nacionalista de bandera, o sea de pro. Mas prefiere quedar como una negrita de la enciclopedia que como una nota al pie de página, ahora que ya nadie utiliza enciclopedias. Porque él es el primero que sabe, que sabía, que todo el proceso no es más que ruido sostenido que cuanto más se prolongue, mejor; y así, cuando al final el ruido se silencie, Mas habrá quedado como el libertador frustrado, el hombre que más hizo pero —lástima— no pudo en última instancia astillar el yugo opresor, las fuerzas eran demasiado desiguales. La derrota como victoria, y el impulsor justificado.

Lo que hay entonces que preguntarse es si el impulsor va a quedar solo como negrita de enciclopedia o si debería también como negrita imputada. Porque toda esta táctica de desgaste ha supuesto un gran gasto de tiempo y por tanto de recursos —monetarios, humanos y hasta psicológicos—, y aunque cada una de las acciones individualmente consideradas no sean constitutivas de delito, ¿qué hay de la concepción, de la voluntad de mantener el ruido a toda costa aun sabiendo que al final no se va a conseguir nada? ¿No es esto una suerte de prevaricación? El propio Govern cifra la cuantía del ruido en casi nueve millones de euros, cantidad que bien pudiera haberse destinado a algo útil, tangible, que mejorase las condiciones de todos los catalanes (incluso de quienes no le votaron, para quienes también gobierna). Mas, con gran astucia, ha llevado a cabo una especie de delito legal, ubicándose en un limbo penal que solo puede imputársele en un plano ético.

(El Norte de Castilla, 2/10/2014)

@enfaserem

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Un raro
Eduardo Roldán 06-12-2013 | 7:34 | 0

Ahora que la posteridad no existe y las más grandes obras se diluyen y olvidan en el magma confuso y creciente, creciente, siempre creciente de la red, y con las obras el nombre y la vida de quienes las crearon, lancemos otra botella para el inmediato olvido y recordemos a una de las figuras que más se separó de las corrientes dominantes por el sencillo y difícil método de adscribirse a todas y a ninguna, o sea de crear y seguir la suya. Y es que la inclasificable, poliédrica obra de Frank Zappa no hace sino ganar con el paso de los años y el aumento del olvido.

Es muy cómodo desestimar esta obra como una manta de retales. Debería más bien verse como un fresco renacentista, en el sentido de que la pluralidad de fuentes, enfoques y resoluciones lo que consiguen, a poco que uno se sumerja, es revelar una absoluta coherencia de fondo y, a mayores, cómo cada una de las partes se enriquecen con la existencia de las restantes. ¿Pero qué tienen en común el duduá sureño de los 50 y el serialismo electrónico de Stockhausen? Lo que hay que preguntarse más bien es qué no tienen. ¿Dónde está escrito que no se pueda aprender de —y disfrutar con— ambos? ¿Qué si no el arte es capaz de conciliar extremos y destilar con ellos una nueva, más iluminadora verdad?

Un poco a la manera de Albert Boadella se definía Zappa como <<conservador>>. Un conservador que denunció ante el Senado la censura encubierta que suponían las etiquetas —siempre las etiquetas— que advertían —y advierten— en las carátulas de los discos del contenido de las letras. Que no había probado las drogas duras pero criticaba la política internacional en el tema como otra hipócrita Ley Seca. Conservador pues en el sentido más nuclear: alguien que intentaba conservar las cosas que de verdad importan: la dignidad de la persona, la libertad de elección. Como en el musical, también en el plano político fue muchas veces malentendido. Coherencia no es sinónimo de previsibilidad.

(El Norte de Castilla, 5/12/2013)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.