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historia

A pedradas
Eduardo Roldán 21-04-2017 | 11:41 | 0

Ya Einstein advirtió que en la Tercera Guerra Mundial no se combatiría con sofisticados armamentos tecnológicos, sino a pedradas y lanzazos. Ni a Donald Trump ni a Kim Jong-un se les pide que comprendan las implicaciones de las casi infinitas ramificaciones de la Teoría de la Relatividad, pero sí al menos el subtexto obvio de la frase del físico. Escribió Kafka que a partir de cierto punto no hay retorno, y que ese es el punto que hay que alcanzar. Kafka no llegó a presenciar el hongo atómico, y es muy probable que de haberlo hecho se hubiese desdicho de la frase, o sea de su segunda parte. Hiroshima y Nagasaki supusieron el punto de no retorno en la historia de la guerra, el Rubicón a partir del cual el propio concepto de guerra como combate con vencedores y vencidos dejaba de tener sentido. Hiroshima y Nagasaki abrieron una fase de latencia obligada, pero no por latente menos activa; la única certeza era que <<ellos> no habían renunciado al desarrollo de la bomba, y que por tanto tampoco nosotros podíamos. El que ninguno de los bandos pudiera hacer efectivo el desarrollo no era óbice para no llevarlo a cabo de la manera más urgente y profunda, y así la escalada nuclear, impulsada por la paranoia, subió y subió y subió y siguió subiendo… y ahí seguía, como un monstruo dormido que no deja de crecer y al que nadie se atrevía a despertar.

Al menos hasta ahora. Trump ha encontrado un consolador sustitutivo de la atómica con la bomba lanzada sobre Afganistán. Veremos hasta cuándo le dura el consuelo. Como uno de los dementes cowboys de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, parece haber hallado un placer sexual en la exhibición, primero, de la bomba (forma  fálica), y luego en su lanzamiento (la explosión como orgasmo). Al hilo, Kim Jong-un, que no quiere ser menos, ya ha sacado a pasear toda su solariega potencia, avalado por su vice: <<Estamos preparados para una guerra nuclear>>.

En algún lugar, Einstein mira a Kafka. Ninguno dice nada.

(El Norte de Castilla, 20/4/2017)

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Panorámica mural
Eduardo Roldán 13-11-2014 | 4:22 | 2

Para quienes nacimos con la Constitución, quienes con la caída acabábamos de cumplir la primera década de asombro, el muro era una cosa de película de espías, una línea que separaba buenos y malos, aunque sin tener muy claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos, o por qué (al menos yo no lo tenía claro: el verano anterior había aplaudido rabiosamente la derrota en baloncesto de USA frente a la URSS en la Olimpiada de Seúl). Lleva un tiempo darse cuenta de que buenos y malos, Oeste y Este, son solo falsas, manejables reducciones, que no hay buenos y malos, o más concretamente que los hay en ambos lados, y que la realidad en último término a todos se nos escapa, seamos o no niños de diez años. Y más que a nadie se les escapaba a los berlineses que vivían <<detrás del muro>> (expresión equívoca, pues para ellos detrás del muro vivíamos nosotros). Las imágenes de archivo nos muestran los rostros hechizados, atravesados de fascinación y asombro, de incredulidad y precaución. ¿Todo esto se estaban perdiendo? Helados de colores, panes con forma de ocho, tabaco americano en máquinas plantadas en mitad de la calle… Y lo tenían ahí, tan cerca, tan brillante, tan… disponible. Cómo podían haber esperado tanto. La furia para con los gobernantes que les habían privado de todas esas maravillas durante casi cuarenta años, hecho vivir en una mentira triste y gris, fue inmediata y visceral. Claro que no hizo falta mucho tiempo para darse cuenta de que los helados y el tabaco no eran sino espejismos: una realidad con sus propios, inflexibles parámetros de crueldad, donde los marcos orientales no alcanzaban más que para comprar medio ocho de pan, o sea un cero. Alemania, y con ella media Europa, cambió una dictadura política por una dictadura mercantil, menos visible pero no menos presente. El sueño tenía un precio, y era un precio que no dejaba de inflarse.

La más perfecta metáfora de este cambio, y la mejor muestra de la capacidad adaptativa de los berlineses, la da el propio muro. Tras la apertura y los grafitis ingenuos y emotivos, alguien tuvo la genial idea de recoger del suelo un pedazo de hormigón y ofrecérselo a algún rico occidental, que así se llevaba un ladrillo de Historia para poner en el salón de su casa, encima del hogar, y de paso aplacaba su vago complejo de culpa. Hoy sabemos que si se juntasen todos esos pedazos de muro vendidos, este alcanzaría la longitud de una pequeña muralla china. Lo que desazona pues es que solo haya dos posturas extremas: o el estatalismo férreo o el liberalismo inclemente. Veinticinco años mása tarde, Berlín, faro de la supuesta Europa unida, panestatal, marca el compás del capitalismo cosmopolita, y es uno de los principales agentes que sostienen ese otro muro, Norte/Sur, intangible y global, que es la frontera del hambre.

(El Norte de Castilla, 13/11/2014)

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Palabras como sangre
Eduardo Roldán 27-09-2014 | 11:30 | 0

Por lo vasto, profundo y resonante de la materia resulta muy difícil imaginar un título más atractivo que Los judíos y las palabras, escrito al alimón por Amos Oz y Fania Oz-Salzberger, hija del primero e historiadora, y editado por Siruela <<con el apoyo>> de la Embajada de Israel en España. Lástima que la resolución no colme las expectativas iniciales. Articulado en torno a una tesis muy lúcida, el ensayo se ve sin embargo empañado por la manera en que aquella se expone.

En esencia lo que vienen a defender los autores es que, partiendo de la base de que existe una identidad judía, un algo definitorio/distintivo, esa identidad se encuentra no en el océano de la genética ni en el huerto de la religión sino en el bosque de las letras. <<La nuestra no es una línea de sangre, es una línea de texto>>, afirman al comienzo del libro. Por supuesto, esa línea de texto se ha nutrido y se nutre de religión —para empezar, porque en gran medida la tradición verbal judía, aun la laica, se basa en la Biblia, la Torá y otros textos de sustrato religioso—, pero lo particular no es el contenido —otros muchos pueblos cuentan con textos sagrados— sino la manera en que el contenido es tratado: como punto de partida y no como fin. La cultura judía ha invitado siempre a la discusión de los textos sagrados, a su manejo y su volteo. La sacralidad de los textos no supone una prohibición de acercamiento ni exige un acatamiento sin crítica, sino que es garantía de que podrán soportar casi cualquier crítica que les caiga, de que están abiertos a casi cualquier interpretación. El uso los hace más fuertes, y quienes los usan se hacen más fuertestambién. En las escuelas se impele a los alumnos a discrepar con el rabino, y los rabinos pueden incluso cuestionar a Dios y —más importante— vencerlo en la esgrima dialéctica. (No por nada casi indefectiblemente los abogados en las películas americanas son de origen judío. Un cliché puede resultar aburrido pero no tiene por qué ser necesariamente falso, al contrario.) Esta fe en la palabra no hubiera podido arraigar y expandirse en la manera en que lo ha hecho si desde los comienzos hubiera estado su uso restringido a las clases con medios económicos para dedicarse al estudio. Las palabras abolen las barreras sociales, y ante ellas, del mismo modo que el folio en blanco iguala a todos los escritores, sea cual sea el reconocimiento que hayan conseguido, todos los hombres tienen las mismas dudas, los mismos caminos se les abren. El otro factor que ayuda a arraigar la palabra en el judío es la continuidad que se da entre escuela y familia: no existe escisión entre una y otra sino una suerte de circuito donde la corriente no deja de fluir, y así en los niños va calando poco a poco y sin que se den cuenta el peso que las palabras tienen y, con él, desarrollen su independencia, un pensamiento propio que no se limite a asumir lo que les es masticado. Así, la sola Santísima Trinidad que reconoce la comunidad judía es Recordar, Aprender y Debatir.

La tesis resulta original y, más importante, invita a la discusión. El problema radica en la tendencia de los autores a explicar en lugar de solo exponer. <<Con esto queremos decir que…>>, <<No pretendemos que con esta afirmación alguien piense…>>, <<En otras palabras…>> son fórmulas que se repiten a lo largo del texto, minorándolo. Un texto no ha de explicarse, porque el texto se explica a sí mismo: es una realidad que no necesita de andamiajes extras; en lugar de apuntalar la idea, el andamiaje la deslava. Los autores deberían haber tomado ejemplo de esos rabinos que dan vueltas y vueltas al sentido de una frase y dejado un margen para que el lector pusiera algo de su parte. Un segundo problema es la excesiva enumeración para sostener un punto de vista, práctica que lo único que logra es volver el texto cansino —no es un libro largo pero en ciertos pasajes se siente largo—. Por último, hubiera sido también de agradecer la omisión de la irritante coletilla, omnipresente, de referirse a sí mismos, cuando es uno de ellos el que hace una observación, como <<el novelista de entre nosotros>> o <<la historiadora de entre nosotros>>.

Lo mejor del libro se deja para el final: un Epílogo que cuenta con un delicioso estudio del humor judío, tan autocrítico y sin embargo tan revitalizante —toda crítica y cuestionamiento han de comenzar por uno mismo—, así como con la transcripción de una conferencia que diera Amos Oz en 1982 que es de un equilibrio y una honestidad inauditos entre los intelectuales de hoy, y cuyo colofón —<<Es judío todo ser humano lo bastante loco como para llamarse judío>>— resulta tal vez la afirmación más controvertida de todo el texto en una primera impresión, mas difícilmente rebatible cuando uno cae en la obviedad de que ha sido escrita después de Auschwitz.

Los judíos y las palabras es un libro con notable interés que, sin embargo, deja un regusto amargo: la sensación de que, a poco que se hubieran cortado unos cuantos flecos accesorios, uno se habría encontrado con una obra maestra.

(La sombra del ciprés, 27/9/2014)

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Oswald
Eduardo Roldán 22-11-2013 | 7:59 | 0

Oswald se obligó a ser comunista de aparato como antes se había obligado a ser marine, por una vaga mezcla de rebeldía y de certeza, por intentar asirse a algo material que le procurase un deseo de pertenencia incluso si la organización en cuestión no colmaba, ni mucho menos, todas sus expectativas. Hasta que estalla. Entiende que toda organización jerárquica supone una grisura que no permite destacar a quien lo merece o cree que lo merece, y entonces solo queda salirse y hacer la guerra por cuenta propia.

¿Por qué Kennedy? Kennedy no era, como el ensayo fallido que fue Edwin Walker, alguien que personificase el ala dura de la derecha segregacionista, anticomunista y puritana que se encontraba en las antípodas ideológicas de Oswald pero que, en el fondo, no era tan distinto a los que, como él, se alineaban en el extremo opuesto. Lo que Kennedy personificaba era algo mucho más etéreo pero también más poderoso en un plano psicológico: el brillo del carisma personal, el poder de la seducción, la facilidad de palabra y de sonrisa, la conexión inmediata con el otro. Oswald fue uno de los primeros productos de la televisión, una personalidad deformada por el ansia de notoriedad: un egotista frustrado, desesperado por conseguir el reconocimiento que creía merecer, del tipo que fuera y a cualquier precio. Y Kennedy el negativo de esa frustración, su muerte la cámara con la que dejarse ver y oír.

Si, como las últimas investigaciones apuntan, hubo dos disparos cruzados certeros y no una bala viajera, la pregunta obvia es quién fue el otro. Oswald quizá fuera el invitado a su propia decapitación, el tonto útil de un complot pluricéfalo e internacional. O quizá la explicación que más se acerque a la verdad sea al final la más sencilla, la menos interesante desde el punto de vista dramático. Que un tipo enajenado y tirador mediocre se sube a un almacén y dispara un viejo rifle, acertando.

(El Norte de Castilla, 21/11/2013)

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Lo de Toledo
Eduardo Roldán 17-05-2013 | 5:54 | 2

El anuncio del actor Guillermo Toledo de que permuta España por Cuba como lugar de residencia ha polarizado a la opinión pública de una manera fanática, obviándose con frecuencia el hecho central de que, más allá de los motivos que lo han llevado a largarse, Toledo puede largarse y muchos que quisieran ―destino aparte― no pueden. Lo cual lo convierte ya en un privilegiado. Quizá hubiera sido más elegante largarse sin más y dejar que la opinión pública fantasease con los motivos exactos, pero desde el momento en que es él quien los hace públicos, está encendiendo la mecha de los comentarios, como muy bien era consciente; si no buscaba el ruido y la furia desde luego ruido y furia no le han pillado por sorpresa; más aun: incluso lo justifican ante quienes suscriben los motivos de su marcha: <<¿Cómo no va a marcharse, con lo que le odian?>> Tampoco es accidental el elegir el marco de la televisión chavista para hacer el anuncio: el efecto ha sido exponencial, mucho mayor que si hubiera dado la entrevista en España, donde los tuits como aguijones de los espectadores hubieran sin duda modificado el curso de las preguntas, aun pactadas.

Es evidente que <<nuestro sistema>>, como lo define Toledo, es más que perfectible y demanda mecanismos correctores urgentes, pero desde luego también lo es ese chavismo/castrismo que él importaría tal cual a España. En la España de los suicidios al menos se le permite decir muy alto que su primer representante ―elegido por el pueblo― tiene un sustrato dictatorial, sea o no cierto. Que lo intente en La Habana cuando llegue.

Guillermo Toledo comenzó cubanizándose el nombre artístico y poco a poco se le ha cubanizado el juicio. En el fondo uno lo ve como un soñador. Willy Toledo sueña con una utopía pero de utopías fracasadas está la Historia llena. Por si nadie se lo ha dicho, en Cuba también hay clases.

(El Norte de Castilla, 16/5/2013)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.