El Norte de Castilla
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igualdad

‘Me Too’
Eduardo Roldán 01-03-2018 | 7:15 | 0

Al menos una cabecera que enarbola la objetividad como seña de identidad del tratamiento que da a la información consideró al movimiento ‘Me Too’ (Yo también) la noticia internacional del pasado 2017; el lustroso, referencialmente ineludible diccionario MerriamWebster, la palabra <<feminismo>> la definitoria del año. Y la onda no deja de expandirse. Pronto el mundo entero, salvo quizá Corea del Norte y la mitad de Francia, habrá abrazado el movimiento.

Que la onda tenga su fuente en una etiqueta de Twitter no le resta legitimidad; se trata solo del signo de los tiempos, y en este caso la crítica no debería, como ha ocurrido en algunas, centrarse en el medio sino en el mensaje, con perdón de McLuhan. ¿Y cuál es el mensaje, cuáles los principios que defienden? Explícitamente no queda claro, pues el ‘modus operandi’ básico del movimiento es la denuncia, y la denuncia no siempre acompañada de nombres, ni de las circunstancias concretas de tiempo y espacio. Cabe inferir que buscan el cese de tales comportamientos, el poder moverse sin arrastrar la sombra del posible abuso. Empeños loables, sin duda, pero pese a loables no cartas blancas. Si para alcanzarlos se recurre a formas más propias de la policía del pensamiento que de un movimiento en pro de la igualdad y la libertad, terminaremos donde ya estamos ahora: en lienzos que se retiran del Metropolitan por contener desnudos femeninos, en piquetes a la entrada de un cine que ha decidido hacer una retrospectiva de Polanski, en cubos de sangre de cerdo estallados contra grafitis de metro. En suma, en censura.

Anclarse en una concepción blanquinegra de la realidad donde todo hombre —salvo el homosexual declarado y el abusado confirmado, que por cierto también hay— es un violador potencial, supondrá alejarse más y más del problema real y quedarse en un runrún sostenido al que se dejará de prestar atención. Y es que por mucho que se expanda, una onda al final se disuelve.

(El Norte de Castilla, 1/3/2018)

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¿Sapere aude?
Eduardo Roldán 19-01-2017 | 6:49 | 0

Ser blanco, europeo, y además haber tenido éxito, aun el éxito siempre poroso, siempre discutible que se puede alcanzar en el campo del pensamiento, es un pecado que los estudiantes —¿estudiantes? Digamos que estudiantes— del sindicato de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres no perdonan. Aun cuando el blanco y europeo se llame Descartes. Aun cuando se llame Kant. Sobre todo si se llama Descartes o se llama Kant. La magnitud de la obra es la prueba de su posición imperialista, de absoluta dominación sobre otros filósofos africanos y orientales a los que condenaron injustamente  al ostracismo intelectual, y es por ello que una obra así forjada resulta ofensiva y hay que eliminarla, hoy que podemos.

No hay que caer en el primer impulso y concluir que lo que resulta ofensivo es la desfachatez con que estos estudiantes —sin duda una minoría oprimida, aunque matriculada en uno de los centros con más recursos del mundo— airean su ignorancia. Es cierto que se puede tener un expediente rebosante de matrículas de honor y ser un ignorante, igual que se puede ser tonto en cinco idiomas, como dicen que dijo Ortega de Salvador de Madariaga, pero entre estos estudiantes no creo abunden ni los ignorantes ni los tontos. Genialmente, han formado un <>, cuyas posturas, aun la ridiculez aparente, tienen una increíble capacidad para irritar, primero, y para obligar, después, a que intenten hacerles entrar en razón —precisamente en razón—, a que los aludidos comiencen a resignar algunas de las posiciones que hasta no hace tanto nadie se habría planteado se pudieran poner en cuestión ni por la más delirante paranoia y tiendan puentes hacia ellos. Es decir, que han conseguido una primera victoria. No es pues que no expriman la invitación horaciana/kantiana de atreverse a pensar, es que la exprimen de la manera que más réditos, a la larga, les puede proporcionar. De momento ya han hecho ruido.

(El Norte de Castilla, 19/1/2017)

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El Scattergories
Eduardo Roldán 12-11-2015 | 4:05 | 0

Lo que aconteció en lo que es ya un lunes para la historia no fue solo, como se ha repetido, un <> a la democracia, sino algo de una envergadura mucho mayor, un atentado a los principios más elementales de la convivencia: un golpe de Estado; menos abrupto y estentóreo que la tejerada, menos pintoresco, pero por todo ello más peligroso; el que las etapas hayan sido otras y se hayan permutado las balas en el techo por las luces verdes en el panel no garantiza que el resultado final vaya a ser también el mismo. La postura golpista, con Mas como busto visible, puede resumirse en un clásico eslogan publicitario: <>. Solo hay una pequeña diferencia: que el Scattergories no es suyo. El Estado español no puede aceptar barco como animal acuático ni pulpo como animal de compañía por mucho que los golpistas hagan oídos sordos y amenacen, pues aceptarlo equivaldría a que se llevaran el juego. Y puesto que el juego no puede tampoco suspenderse —eso sería una victoria parcial de los golpistas—, hay que actuar en consecuencia de inmediato, aun cuando no respeten ni a la autoridad actuante ni a las actuaciones que se tomen.

Se da la paradoja de que el mismo sistema que no respetan es el que garantiza sus derechos y libertades, y el que eventualmente, en los procesos que se deriven, seguirá garantizándoselos. Sin embargo Mas, en la declaración que siguió a la comunal de independencia, no dejó de cargar contra <>. Es una pieza de literatura política que debería ingresar desde ya en el canon de la literatura psiquiátrica como ejemplo máximo de esquizofrenia paranoide. Mas vive en una realidad alternativa: se cree Astérix y al Estado español el yugo romano, de modo que sin este cualquier ámbito, desde el transporte hasta la Sanidad, se vería mejorado.

Aunque el interrogante más grave sigue siendo cómo se les ha permitido llegar en el juego hasta aquí.

(El Norte de Castilla, 12/11/2015)

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El selfie
Eduardo Roldán 19-06-2014 | 6:51 | 0

El selfie se ha instalado en el léxico y la vida —no solo de España— con el ímpetu de la novedad y el júbilo vigoroso de los juegos gratis. El selfie no es exactamente un autorretrato digital. La raíz ‘self-‘ alude no tanto al yo, que puede aparecer acompañado en la foto, como al hacerlo uno mismo. En cualquier caso el binomio autoría/ego es lo que le da tirón al selfie. Por un lado tenemos la casi excesiva facilidad del selfie. Para tomar un selfie no se necesita más que un telefóno móvil: cualquier entorno es válido y no se requiere edad mínima, y la recompensa del gesto es inmediata. Por otro, supone una afirmación instantánea del propio yo. Indudablemente se toman miles de selfies cada hora, pero ninguno es este en concreto, ninguno mi selfie (valga la redundancia). Con la perspectiva de la distancia podemos conceder que se trata de una afirmación casi ridícula del yo, pero en cualquier caso innegable; si no, dejarían de tomarse selfies. Una afirmación que se incrementa exponencialmente y que plantea el dilema del huevo y la gallina con una fuerza sintética que debe de maravillar a los psiquiatras: ¿uno se toma cada vez más selfies porque supone una afirmación del yo o el yo se afirma al tomarse cada vez más selfies? Probablemente ambas cosas. Esta afirmación del yo puede llevar a la creencia de que uno es igual que James Franco, Obama o cualquier otra celebridad propensa al selfie y, por extensión, cualquier celebridad. Pero el selfie tiene de igualitario lo que tiene de profundo. Se trata de una igualdad virtual, epidérmica, pixelada: igualdad de marco, no de fondo. Cada selfie no es sino una gota de agua en el infinito océano digital, instantes robados a la flecha del tiempo que se deshacen tan pronto como son tomados, indistintos una vez que vertidos en el océano, igual que las lágrimas del replicante de Blade Runner se confundían y marchaban para siempre con la lluvia. El selfie es un espejo sin reflejo.

(El Norte de Castilla, 19/6/2014)

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Cine sexista
Eduardo Roldán 28-12-2013 | 12:13 | 0

Tres requisitos. Que haya dos mujeres <>. Que hablen entre ellas. Que no hablen de hombres. Y ya está: la película que los cumpla supera el llamado Test de Bechdel y obtiene la certificación de Película No Sexista. En apenas un mes salas y festivales de todo el mundo se han puesto en contacto con la promotora de la ocurrencia —propietaria de un cine en Estocolmo— para apoyarla e importarla. Cierto festival americano ya solo programa películas que hayan superado el test. La promotora, desbordada, se ha confesado sorprendida por la celeridad con que se ha extendido su ocurrencia. No es para menos. Es como si alguien comienza a fabricar ruedas cuadradas y de pronto recibe una petición de compra de la patente por las industrias automovilísticas japonesa y alemana. Porque el test lo pasaría… Veamos. Dos mujeres psicópatas (que también las hay), María y Magdalena, que hablen de violar a un bebé niña con un destornillador y lo lleven a cabo. Aprobado: Película No Sexista. O un filme pornográfico con el siguiente diálogo: <Tricia?>>; <Karen>>. Y CORTE A Tricia y Karen montándoselo con un caballo. ¡Aprobado! No pasan el test, sin embargo, ni El padrino, ni Vértigo, ni Ciudadano Kane, ni… Yo propongo adaptar el test a otros ámbitos. ¿La Última Cena de Leonardo? Que pinten apóstolas encima de los apóstoles, al fifty/fifty, con el pelo suelto y las formas muy marcadas, que no haya duda de su femineidad. Claro que La Gioconda tampoco pasaría el test. Que le pinten detrás una compañera. No, perdón, detrás no: al lado y con la misma superficie de lienzo ocupado, en igualdad rigurosa. Y mejor si es negra…

<>. Ni siquiera saben lo que significa. O lo saben y lo deforman. Confunden la igualdad con un cromosoma, o bien dicen defender la oportunidad general cuando solo defienden el oportunismo propio. Son del género idiota o del género ruin. Y nosotros más idiotas, por hacerles caso.

(El Norte de Castilla, 26/12/2013)

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