El Norte de Castilla
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Demiurgo velado
Eduardo Roldán 29-03-2018 | 1:37 | 0

La fuga de la saga/fuga de Puigdemont parece haber llegado a su fin. Y como si de la primera ficha de una serpiente de dominó se tratase, la caída y el final de la fuga del líder ha desencadenado el final de las otras. La saga, sin embargo, se prolongará todavía algún mes más. Cuántos, es probable que solo lo intuya con cierta seguridad el propio líder; el resto podemos especular —dos y medio, tres—, pero tiene uno la sospecha de que andamos todos —observadores, participantes en pro y en contra, fieles de bandera ciega— a su rebufo: que ha diseñado un plan anexo al Gran Plan, un itinerario íntimo dentro del itinerario colectivo que no ha confiado ni a sus más cercanos allegados, y que si bien él tampoco conoce con exactitud los tiempos del mismo, los acontecimientos no dejan antes o después de corroborarlo, y así este plan terminará por arribar a la meta que Puigdemont ya ha previsto, lo que sin duda supondrá una poderosa inyección de adrenalina en el Gran Plan —cuál, esa es la otra incógnita central—.

El que el plan lo obligue a encarnar transitoriamente papeles que parecen distar de los épicos que atribuiríamos a un líder de tal altura no ha de llevar a error; con la consumación del plan, a esos papeles —de perseguido, de incomprendido, de abnegado mártir— se les otorgará un brillo retroactivo, y a Puigdemont mayor grandeza. Quizá esta condición velada de demiurgo la entrevió Boadella y fue la que lo decidió a personarse en los aposentos de Puigdemont; lástima la resolución trunca del intento de cumbre, pues si hay alguien con el bagaje suficiente para captar las sutilezas de personaje tan poliédrico, capaz de saber escuchar y prestar atención a lo que el otro expone, leer entre líneas, entregarse al momento, es el presidente de Tabarnia. De haber cuajado la cumbre, a todos nos habría ganado un sosiego que buena falta nos hace. Aparte de que pocas cosas menos gratas que un viaje en balde, y sobre todo con lluvia.

(El Norte de Castilla, 29/3/2018)

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La pela
Eduardo Roldán 19-10-2017 | 11:21 | 0

Mientras Puigdemont deshoja la margarita del sí y del no, los tenedores de la pastizara ya han decidido que, por si acaso sí, mejor comenzaban a moverse ya. Los tenedores de la pastizara saben bien que tiempo es dinero, y que arriesgar capital es necesario si se quiere crecer pero que tampoco es cuestión de apostar contra uno mismo: en definitiva, como siempre se ha dicho en Cataluña, o como siempre se ha dicho que se ha dicho en Cataluña, la pela es la pela, y ante la pela no hay margarita que valga. Algo que parece se les ha olvidado a los promotores intelectuales del desafío, quizá por lo básico del principio —lo básico es con frecuencia lo que pasamos por alto—, quizá porque daban por supuesto que la estructura ideológica arrastraría la estructura económica, cuando la historia ha demostrado que es al revés, o quizá porque <<la pela es la pela>> les parecía un cliché indigno de tan alto empeño. Pero pese a los ideológos del futuro y a los estetas exquisitos, si una sentencia o pensamiento ha pasado del plano de la anécdota u ocurrencia al del cliché, suele deberse a que se ha demostrado verdad recurrente. Cliché archisobado en el cine de acción/FBI es que el malo fume; si un tipo enciende un cigarrillo durante un interrogatorio al sospechoso, sabemos al punto que se trata de un infiltrado, por mucha identificación del FBI que le cuelgue de la solapa. Con la pela igual. <<Denme un punto de apoyo y moveré el mundo>>, dijo el griego. Ese punto de apoyo es la pela. Y lo ha sido desde el griego y lo será hasta siempre, y si no, que Puigdemont le pregunte a su chófer. Puigdemont y Cía. pensaron que bastaba con hacer de la legalidad una herramienta a voluntad (este artículo me gusta, este no y me lo salto) y sacar pecho. Ahora duda, recapitula, se pregunta si no habrán comenzado la independencia por el tejado, y si el tejado no tendrá goteras. ¿Dejará Cataluña el euro y volverá a la pela? Esta es la cuestión que late en cada pétalo.

(El Norte de Castilla, 19/10/2017)

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Realidad informativa
Eduardo Roldán 05-10-2017 | 1:22 | 0

La realidad no es una moneda de dos caras: es un poliedro de muchas, la mayoría ocultas. La realidad, o esa convención que llamamos la realidad y que identificamos en exclusiva con el mundo sensible, está además llena de fisuras, recodos, espirales. No es una disyunción binaria (A o B, cara o cruz, blanco o negro), sino la fusión y destilación de ambos términos, y otra cosa más que se escapa, que es donde se suele encontrar la verdad, o lo más cercano a la verdad. La realidad no es que se dé en el canto de la moneda, en el subtexto/contexto de lo escrito; es que sin canto y sin subtexto/contexto ni la cara y cruz ni las letras podrán nunca aproximarse a la realidad, realizarse.

Sin embargo, vivimos en un mundo en el que la urgencia y la facilidad de conexión —no confundir conexión y comunicación, aunque esta sea, como la de realidad, otra sinécdoque que damos por supuesta— impelen al binarismo más excluyente: las películas o son obras maestras o ponzoñas insoportables, Isco es Cristo redivivo en futbolista o un cisco con suerte, el cambio climático la mayor amenaza para el planeta o un cuento para soplagaitas.

Con todo, uno supondría que en la narrativa de eventos de especial trascendencia, el reporte fuese algo más sopesado/sosegado, sobre todo entre quienes el reporte constituye la vía por la que se ganan las lentejas. El simple cotejo de la cobertura ofrecida por TV3 y TVE del 1-0 bastaría para desazonar al espectador menos parcial. ¿Están refiriendo los mismos hechos? Daba la impresión de que había dos realidades, cada una el negativo de la otra. Desde luego que informar implica opinar; la mera ordenación de eventos determina el contenido de estos, la mera elección de las palabras escogidas. Pero dentro de la flexibilidad hay ciertos nudos que no se pueden obviar: un herido es un herido, y un muerto un muerto. Responsabilidad política, desde luego. ¿Y la responsabilidad de los profesionales de la información?

(El Norte de Castilla, 5/10/2017)

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El elegido
Eduardo Roldán 28-09-2017 | 1:37 | 0

¿Qué es la realidad? ¿Cómo conocer la esencia, el noúmeno de la cosa? Kantianamente no habita el hombre el mundo, el hombre habita el mundo entre sospechas, entre tinieblas. Solo unos pocos elegidos son capaces de ver, con el desgarro que acarrea —incomprensión ajena— el que se les haya concedido ese don. Pero también la voluntad del elegido es muy superior a la de la media, como lo es su capacidad de sacrificio. El elegido ha de cumplir la misión que se le ha encomendado pese a quien pese —empezando por él mismo y las posibles, ocasionales dudas que le puedan surgir—, ya que de la misión depende su vida —es su vida— y con el cumplimiento se redime. Y nos redime a los demás, pobres ciegos incapaces de percibir la realidad.

Y algunos no solo ciegos sino beligerantes activos: se oponen, persiguen al elegido con la saña del inquisidor y tratan por todos los medios de que no lleve a cabo su misión —señal irrefutable de la verdad y necesidad de la misma—. Por si no fueran bastantes obstáculos, existe un tercer sector que comprende y apoya la misión, pero que no se quiere implicar de facto en ella. Bueno, también hay que abrir los ojos a quien uno más quiere, por quien uno se sacrifica, aunque duela; tal es el escalón último del heroísmo, y la prueba que disipa la cuestión de si uno ha sido en verdad elegido o se trata de un facsímil.

Así pues, el elegido completará su misión, y si los frutos no son aceptados de inmediato —la ceguera puede ser tan tenaz como la ley de la gravedad—, tampoco se rendirá entonces; magnánimo, se ofrecerá para encontrarse con cuantos ciegos sean necesarios, y se rebajará a su altura, y dialogará con ellos; es decir: les hará darse cuenta de cuál es la verdad y quién la posee; tras un ejercicio de paciencia infinito, caerá sobre los ciegos una epifanía que los arrasará y conseguirán ver. ¡Sí, por fin conseguirán ver! Y el elegido, realizado, obtener su merecido descanso.

(El Norte de Castilla, 28/9/2017)

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Gobierno central
Eduardo Roldán 21-09-2017 | 2:05 | 0

Uno de los grandes atractivos de las palabras es su condición de recipientes polisémicos; otro, la exigencia que plantea ese abanico de naipes significativos para elegir el más adecuado —no necesariamente el más preciso, si tal no es el efecto deseado— o para no elegir ninguno; como bien saben los músicos y los poetas, a veces la omisión de alguna(s) nota(s) o palabra(s) otorga más fuerza a la frase musical o lingüística, que se habría visto lastrada de haberse incluido.

El plan de actuación promovido por quienes sueñan con una Cataluña autista no ganará la guerra de la independencia, aun por medios ilegales, pero ha ganado la batalla del lenguaje, o una importante batalla. No hay ya información oral, titular de periódico o comentario en mesa redonda en donde no se añada, cuando el emisor se refiere al Gobierno, el adjetivo ‘central’. Dentro de poco hablaremos de Mariano Rajoy como <<el Presidente del Gobierno Central>>. Con la difusión masiva de esta adición innecesaria los soñadores han conseguido, al menos, tres cosas: quebrar una antigua costumbre (la costumbre también es fuente del derecho); agregar otro elemento con el que apuntalar el hecho diferencial; y, sobre todo, dar la vuelta a la jerarquía entre ambos gobiernos, el del Estado y el Catalán, obligarse al del Estado a arrodillarse. Pues si se diera una posible confusión informativa porque se esté hablando de ambos gobiernos en una noticia, al que habría que distinguir, como ocurre en cualquier rama de la ciencia (ciencias naturales, sociales, políticas), sería al catalán, que es el accidente del todo, la rama del árbol, y no al revés. El Gobierno de España (también de Cataluña) es el Gobierno, y adosarle el adjetivo lo minora.

Se trata de una victoria psicológica, tanto más efectiva cuanto que inadvertida o aparentemente banal. Pero no podemos olvidar que el uso reiterado del lenguaje crea realidad, y eso es justamente lo que los soñadores quieren: una realidad distinta.

(El Norte de Castilla, 21/9/2017)

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