El Norte de Castilla
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justicia

Woody, pederasta
Eduardo Roldán 01-02-2018 | 2:54 | 0

<<El pasado no ha muerto. Ni siquiera ha pasado>>, escribió William Faulkner. Que se lo digan a Woody Allen. ¿Hasta dónde va a llegar la bola de nieve flamígera de ese grupo informe, transfronterizo y airado de los llamados justicieros sociales? ¿Habrá algún día en que se detenga, o hemos cruzado un Rubicón de no retorno? La sombra de la duda lleva acechando al cineasta de Brooklyn desde hace un cuarto de siglo, y ahora, alimentada por una plaga insomne de cazadores de brujas, se ha hecho cuerpo y amenaza con poner fin a su carrera, algo que solo la muerte parecía iba a ser capaz. Y si nos referimos a la carrera es porque el trabajo de un hombre, cuando tiene la verdadera condición de tal, es su vida: tanto como el amor o sus creencias religiosas. Mucho más en el caso de Allen. No se trata siquiera de la disyuntiva entre quedarse con el artista o quedarse con la obra, pues es evidente que todos guardamos cadáveres en el armario y los artistas no tienen por qué ser una excepción; si solo pudiera apreciarse el arte de los santos, no habría arte que apreciar. Se trata de algo más esencial, que atenta contra el que es quizá el principio donde derecho y moral se anudan más naturalmente, la presunción de inocencia. Hubo una investigación (hubo dos) y se desestimó la denuncia; hubo pues una decisión judicial, y desdeñarla de esta forma es una osada muestra no solo de desdeñar al juez —y por tanto a quienes testimoniaron sobre la fragilidad de la denuncia, entre ellos el hermano de la ¿abusada?—, sino de desdeñarse a uno mismo. ¿Se le ha ocurrido a alguno de los justicieros sociales ponerse en la piel del cineasta? ¿No querrían entonces que se respetase su inocencia a falta de pruebas? Porque tampoco se trata de <<creer>> o no creer en Allen, se trata de defender unos principios sin los cuales los justicieros no podrían, entre otras cosas, vomitar su furia.

(El Norte de Castilla, 1/2/2018)

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Justicia comunitaria
Eduardo Roldán 10-03-2017 | 3:59 | 0

Ni la intercesión canónica llamando a la serenidad del pueblo y a la acción gubernamental —con la ayuda de Dios— ha obtenido otro resultado, ante los linchamientos y demás atrocidades sufridas en Bolivia al calor de la llamada justicia comunitaria, que la perpetuación de la justicia. El último caso ha sido la muerte adolescente de un chico de 16 años, por el juanadearconiano y efectivo método de pegarle fuego, sospechoso de violar y asesinar a una de siete, en pleno remolino de la celebración del Carnaval. Otro carnavalesco método empleado por los justicieros es el de atar a un árbol al supuesto culpable y rociarlo con hambrientas hormigas venenosas, sin dejar de lado el no por ordinario menos fiable balazo en la nuca. ¿Y qué hace el Ministerio de Justicia? El Ministerio de Justicia investiga. Investiga y condena. Investiga <> y condena <>. Y los linchamientos populares continúan. Porque la propia Constitución ampara, si no los métodos sí el concepto, y qué otro sentido puede tener el concepto de justicia comunitaria que el de que la comunidad haga justicia, o sea la que le parezca, y esto lo saben tanto el ministro como el obispo, se pongan como se pongan.

Qué barbaridad. Desde luego la falta de educación es una lacra social que urge erradicar cuanto antes. Alguien debería instruir a estos labriegos indígenas en las bondades —y no solo bondades: necesidades— de una democracia bien construida, la importancia que tiene el disponer de instituciones fuertes, articuladas. Por ejemplo el Tribunal del Jurado, con el que el pueblo puede hacer justicia como corresponde, ya sea el caso de homicidio o de malversación de caudales públicos, y si uno no termina de comprender los matices del todo no ha de preocuparse, con prestar atención y un poco de sentido común la opinión se forma sola, cristalina, y puede emitir su veredicto con toda la seguridad de haber honrado a la democracia. Educación, eso hace falta.

(El Norte de Castilla, 9/3/2017)

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Justicieros digitales
Eduardo Roldán 06-10-2016 | 6:41 | 0

Vienen desde hace un par de años formando la más consistente y creciente de las tribus urbanas, ahora que ya no hay tribus urbanas y vamos todos en camiseta y zapatillas; comenzaron emboscándose en el anonimato que permite internet, pero algunos han abandonado el alias, convencidos de que la fuerza de su voz no necesita de máscaras, sea lo que sea que esa voz eructe; la inmensa mayoría orbita dentro de los estándares establecidos por el pensamiento políticamente correcto, y no admiten la discusión, ni siquiera la sugerencia de otro posible camino: que se muevan una pulgada de su postura inicial es tan probable como que lo haga un miembro de la Asociación Nacional del Rifle en un debate sobre la Segunda Enmienda.

Hay sin duda un componente central de narcisismo en los justicieros digitales, quizá el factor más determinante de su comportamiento, que se ve reforzado por la sensación de invulnerabilidad que la distancia proporciona. Es un narcisismo peculiar, no tanto la expresión de la visión cónica mediante la que el narcisista de manual percibe el mundo como la de una visión infantilizada: cual niño que ve una pelota en el parque y la quiere al instante, el justiciero digital recibe los estímulos —opiniones u hechos— como si hubieran sido emitidos con él en mente, y si no está de acuerdo, por muy lejano que el hecho o la opinión se halle en realidad de su esfera, lo siente como una afrenta íntima, contra la que arremete con una virulencia tan desproporcionada como, vista desde la distancia, muchas veces ridícula.

Pero pese a la posible ridiculez, inútil es negar que a veces hacen daño, y que algún mecanismo jurídico —con perdón— habría que articular para dar respuesta a la respuesta, con inmediatez similar y sobre todo eficacia y unanimidad transfronterizas. Claro que de plantearse tal mecanismo, la furia de los justicieros por el atentado que supondría a su libertad iba a dejar a la de Fernán Gómez a nivel de corderito.

(El Norte de Castilla, 6/10/2016)

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Equidad/excelencia
Eduardo Roldán 05-05-2016 | 7:22 | 0

José Antonio Marina ha dicho que la equidad y la excelencia no son incompatibles en el ámbito educativo. Ni en ningún otro, aunque el educativo sea sin duda el que más trascendencia presenta, por germinal: lo que en él se cocina repercute radicalmente en los demás. Marina, como buen pensador, se desmarca pues de la abrumadora corriente general que considera el igualitarismo un credo incuestionable. Debido en no poca medida a la expansión de las tecnologías internáuticas, nos hayamos hoy inmersos en una horizontalidad de pensamiento cuya mayor, casi única obsesión radica en eliminar las diferencias, sean del tipo que sean, al punto de que cualquier manifestación, siquiera con una sombra lejana, de distinción, es tachada al momento de elitista o injusta. El pensamiento políticamente correcto (que ni es político ni es correcto), el Tribunal del Jurado y la discriminación positiva por razones genitales son algunas de las manifestaciones más celebradas —y más peligrosas— de este credo. Y todo comienza en la escuela. Entregar el mismo trofeo a todos los niños que participan en una carrera de sacos con independencia del lugar en que han franqueado la meta ni promueve la igualdad ni promueve la justicia. La igualdad se cumple en el momento en que a todos los niños se les da un saco y se les alinea en la salida; las barreras que han de eliminarse son las que obstaculizan que se forme la línea, las que contribuyen a que unos niños tengan saco y otros no. Pero una vez superadas, el empeñarse en mantener artificialmente la disposición de la salida no tiene otro nombre que fascismo. ¿Qué pasa con el niño que ha llegado el primero, no tiene derecho a que se le reconozca su mérito? Eso sería lo justo. Ayudar a quienes padecen de una deficencia es tan loable y necesario como contraproducente el limitar o no reconocer a quien destaca. Sin excelencia y sin confrontación no habría avances, ni científicos ni tampoco sociales. Democracia incluida.

(El Norte de Castilla, 5/5/2016)

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Oscars blancos
Eduardo Roldán 28-01-2016 | 4:09 | 0

¿Merece Samuel L. Jackson la candidatura a Mejor Actor Secundario por su rol en ‘Los odiosos ocho’? Probablemente. Pero todo premio, incluso el que parece más evidente (Messi), es discutible por definición, pues implica a una disparidad de sensibilidades, de subjetividades (el jurado que lo concede). Lo que no es subjetivo es el color de la piel o la lateralidad, y por ello mismo no pueden considerarse como criterios condicionantes en la valoración. Establecer por norma una cuota de negros entre los actores candidatos a los Oscars sería como establecer una de zurdos entre los jugadores al Balón de Oro.

Lo más deprimente y grave del asunto es que la presidenta de la Academia ya ha anunciado que adoptarán las medidas oportunas para que en próximas ediciones haya <>, y así garantizar la presencia de actores negros en la gavilla de candidatos. Y uno se pregunta: ¿qué pasa con los de raza india? ¿Qué con los albinos? ¿Y con los que tienen síndrome de Down, o con los pelirrojos? ¿No habría también que reservarles una cuota? El razonamiento, por así llamarlo, puede estirarse hasta el infinito. Es por ello que hay que poner un límite, y este no puede ser otro, con toda su discutible porosidad, que el mérito artístico; falible, desde luego, pero el único justo, y el único que respeta a las minorías. Solo que el criterio del mérito no encaja en la actual cultura de la inclusión, esa que al llegar el final de curso concede trofeos escolares a todos los niños de la clase, esa que condena la discrepancia como si se tratase de una agresión personal, y que es tan hipócrita como peligrosa: pensamiento único, fascismo disfrazado de buenas intenciones.

Por otro lado, a partir de ahora cuando un intérprete negro reciba la estatuílla se cernirá sobre él la sombra hitchcockiana de la duda, en el público y —ay— hasta en el propio intérprete: ¿Me lo han dado por mi arte o por el pigmento de mi piel? Bien por Will.

(El Norte de Castilla, 28/1/2016)

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