El Norte de Castilla
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lenguaje

El enemigo
Eduardo Roldán 14-12-2017 | 12:25 | 0

Pocas cosas hay que unan más que un enemigo común. Basta observar a las gradas fanáticas durante un derbi futbolístico. Lo cual puede llegar a entenderse dentro de la coyuntura deportiva, volátil como las pasiones que desata, pero menos en el escenario político internacional, supuestamente regido por la planificación racional de un futuro más allá que el domingo próximo. Supuestamente. Porque el concepto de enemigo ha venido ganando una presencia sostenida y creciente en el discurso entre estados y, lo que es más grave, materializándose —no porque las palabras los empujen a la acción; la acción estaba ya tomada y ellos para justificarla prostituyen las palabras—.

<<El enemigo>> como herramienta operativa empezó a asentarse con la tríada de las Azores, cumbre que entre otras desgracias trajo, mediante el (ab)uso del término, una dialéctica polarizada de buenos y malos que no tendría cabida ni en el más simplista cómic de la Marvel. Tal país es amigo, tal es enemigo: esta ha venido siendo la explicación/justificación de las acciones —o abstenciones— más graves y peligrosas en la última década larga. Con el agravante añadido de que las que la han utilizado han sido, en abrumadora mayoría, las potencias con mayor poder fáctico (léase destructivo). La alusión al enemigo se ha demostrado un recurso muy útil, tanto que si no existe enemigo lo más práctico es inventarse uno. (Va a ser cierto que Trump ha leído 1984.) <<Enemigo>> es un significante vacío que sin embargo engullimos a ciegas. Pero ¿por qué es nuestro enemigo? ¿Qué ha hecho para que respondamos así? No importa. Maleable por vacío, <<enemigo>> puede aplicarse por igual al mejicano que no tiene intención ninguna de cruzar la frontera como al palestino que solo quiere que unos y otros lo dejen dormir tranquilo, y puede llenarse del contenido que se quiera, que no lo vomita.

¿Es el enemigo? Pues que no se ponga, que le va a dar igual.

 

(El Norte de Castilla, 14/12/2017)

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Egipto ejecutado
Eduardo Roldán 30-11-2017 | 2:13 | 0

Ciertas sentencias se nos quedan tatuadas para los restos; agazapadas, aguardan el estímulo adecuado para saltarnos de nuevo, por mucho tiempo transcurrido desde la última vez que retornaron. La reciente masacre en Egipto me ha despertado una de ellas, creo ya aparecida aquí: <<Una muerte es una tragedia. Un millón, una estadística>>. Brillante y vergonzante afirmación de Iósif Stalin. Para el EI, los 305 muertos y más de cien heridos —cuando esto escribo— del atentado en Bir al Abed no son más de trescientas tragedias multiplicadas (pues cada muerte implica, además de la tragedia en sí que es una vida cercenada, otras tragedias en quienes quedaron vivos que tenían relación con ella) sino estadística vacía, una muesca más en la misión a ejecutar, un medio para alcanzar un fin que por otro lado nadie alcanza a ver, si es que el delirio fundamentalista puede quedar satisfecho alguna vez.

Pero aparte del oprobio cuantitativo, el atentado presenta un aspecto que, si no inédito, a esta escala supone un preocupante punto de inflexión: el de que las víctimas no fueran infieles sino no lo bastante fieles. Las dianas se hallaban en una mezquita honrando el día sagrado bajo los principios por los que, en teoría, los asesinos han iniciado la cruzada, no en un despacho de Wall Street jugando al veintiuno con masas de capital ajenas y un whisky en la mano. ¿Dónde establecer la frontera de la fidelidad? Se combate contra alguien que es parte, juez y verdugo, y así la estrategia se embrolla.

Embrollo que no obstante no justifica la promesa de Abdelfatá al Sisi de replicar el ataque con una <<fuerza brutal>>. Esto, en un estadista, es inadmisible, por mucha ira —justificada— que en ese momento bulla en su interior. Abdelfatá al Sisi está donde está porque el pueblo espera que respete ciertas formas, recipientes de valores. Entre la frase de sicario del presidente egipcio y el <<sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor>> de Churchill media un abismo moral.

(El Norte de Castilla, 30/11/2017)

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Gobierno central
Eduardo Roldán 21-09-2017 | 2:05 | 0

Uno de los grandes atractivos de las palabras es su condición de recipientes polisémicos; otro, la exigencia que plantea ese abanico de naipes significativos para elegir el más adecuado —no necesariamente el más preciso, si tal no es el efecto deseado— o para no elegir ninguno; como bien saben los músicos y los poetas, a veces la omisión de alguna(s) nota(s) o palabra(s) otorga más fuerza a la frase musical o lingüística, que se habría visto lastrada de haberse incluido.

El plan de actuación promovido por quienes sueñan con una Cataluña autista no ganará la guerra de la independencia, aun por medios ilegales, pero ha ganado la batalla del lenguaje, o una importante batalla. No hay ya información oral, titular de periódico o comentario en mesa redonda en donde no se añada, cuando el emisor se refiere al Gobierno, el adjetivo ‘central’. Dentro de poco hablaremos de Mariano Rajoy como <<el Presidente del Gobierno Central>>. Con la difusión masiva de esta adición innecesaria los soñadores han conseguido, al menos, tres cosas: quebrar una antigua costumbre (la costumbre también es fuente del derecho); agregar otro elemento con el que apuntalar el hecho diferencial; y, sobre todo, dar la vuelta a la jerarquía entre ambos gobiernos, el del Estado y el Catalán, obligarse al del Estado a arrodillarse. Pues si se diera una posible confusión informativa porque se esté hablando de ambos gobiernos en una noticia, al que habría que distinguir, como ocurre en cualquier rama de la ciencia (ciencias naturales, sociales, políticas), sería al catalán, que es el accidente del todo, la rama del árbol, y no al revés. El Gobierno de España (también de Cataluña) es el Gobierno, y adosarle el adjetivo lo minora.

Se trata de una victoria psicológica, tanto más efectiva cuanto que inadvertida o aparentemente banal. Pero no podemos olvidar que el uso reiterado del lenguaje crea realidad, y eso es justamente lo que los soñadores quieren: una realidad distinta.

(El Norte de Castilla, 21/9/2017)

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Palabras violadas
Eduardo Roldán 08-06-2017 | 1:41 | 0

Al margen de las formas puramente físicas —esos índices acusadores al señor sentado en la bancada de enfrente; esos ademanes como golpes de kárate para puntuar su parlamento; esas sonrisas de desdén, tan falsas que acuden a sus rostros antes de que hayan terminado de escuchar aquello de lo que han comenzado a mofarse—, muchas veces tan ilustrativas, si no más, que lo que dicen, si hay algo que descorazona y enerva de la gran mayoría de las intervenciones orales de la clase política es la facilidad con que prostituyen el sentido más básico de las palabras.

La palabra es punto de encuentro entre quien habla y quien escucha, mano tendida y apretada, sinapsis de voluntad y aceptación. Y para que la conexión se produzca, ha de haber un pacto previo, implícito, que constate el contenido de lo que se transmite, la carga semántica, su valor comunicativo. Por supuesto, las palabras tienen sentidos plurales —esa es su gran riqueza y misterio—, y se les puede dar otro distinto al literal o más común, incluso el opuesto. Pero no hablamos aquí de ironía (de la que los políticos carecen) ni de los otros muchos recursos expresivos que la lengua ofrece; cuando el político habla, lo hace justamente en esos sentidos mencionados, el literal, el directo, el más común: tanto él como quien le escucha tienen una idea similar de a qué se está refiriendo. La violación del pacto es pues más obscena, por evidente, y más grave, por referirse con frecuencia a conceptos medulares para articular la convivencia.

La violación de este pacto implícito ha alcanzado su epítome más triste con las embestidas separatistas del señor Puigdemont. Para Puigdemont las palabras <<respeto democrático>> significan algo que a muchos nos resulta su opuesto. Así con <<independencia judicial>>. O con <<autonomía>>. Acaso lo que haga falta para deshacer el entuerto sea poner a Lázaro Carreter de árbitro parlamentario, con sus dardos preparados. Solo que —ay— eso ya no es posible.

(El Norte de Castilla, 8/7/2017)

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Neolengua
Eduardo Roldán 13-04-2017 | 7:52 | 0

Uno de los más insospechados efectos colaterales que el aterrizaje de Mr. Trump en la Casa Blanca ha tenido ha sido el de disparar las ventas del clásico de George Orwell 1984 como si no hubiera mañana, que quizá no lo haya.

De inmediato se ha procedido a identificar la distopía atemporal —no futurista, ojo— orwelliana con Trumplandia, pero de los varios paralelismos que pueden establecerse no se ha reparado con la suficiente atención, si es que con alguna, en uno de los pilares esenciales de la construcción/destrucción del mundo que tiene lugar en la novela, la depuración del lenguaje del pueblo mediante la ‘neolengua’. Con ella el aparato estatal pretende <>, eliminar el léxico superfluo y quedarse solo con el imprescindible para el intercambio de información.

Solo que el léxico nunca es superfluo, no hay mayor formador del pensamiento que el lenguaje; no solo el lenguaje verbal, también el algebraico o el musical, pero es el verbal el que más nos ensancha la mente, el que nos hace pensar más y mejor, en primer lugar porque es el que antes aprendemos y más utilizamos. Quien controla el lenguaje controla el pensamiento, y por ello el poder trata de controlarlo: en Orwell por la vía fulminante de podarlo, en la política real por la indirecta de prostituirlo. El lenguaje es pues un reducto de libertad frente al poder, y si con el auge comercial de 1984 no se ha reparado en la neolengua, se debe acaso a que ya nos hallamos inmersos en un proceso de poda de muy difícil reversión, sobre todo por su aparente inocuidad y continuo uso. Hemos sustituido la palabra por el emoji, es decir el caleidoscopio de palabras disponibles para expresar un sentir por una carita sonriente o enfadada, pasando del razonamiento con matices al pensamiento binario. Y lo más triste es que no nos hemos dado cuenta, casi agradecidos, como en una lenta borrachera de sofá que al levantarte te desploma en la alfombra.

(El Norte de Castilla, 13/4/2017)

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