El Norte de Castilla
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muerte

Egipto ejecutado
Eduardo Roldán 30-11-2017 | 2:13 | 0

Ciertas sentencias se nos quedan tatuadas para los restos; agazapadas, aguardan el estímulo adecuado para saltarnos de nuevo, por mucho tiempo transcurrido desde la última vez que retornaron. La reciente masacre en Egipto me ha despertado una de ellas, creo ya aparecida aquí: <<Una muerte es una tragedia. Un millón, una estadística>>. Brillante y vergonzante afirmación de Iósif Stalin. Para el EI, los 305 muertos y más de cien heridos —cuando esto escribo— del atentado en Bir al Abed no son más de trescientas tragedias multiplicadas (pues cada muerte implica, además de la tragedia en sí que es una vida cercenada, otras tragedias en quienes quedaron vivos que tenían relación con ella) sino estadística vacía, una muesca más en la misión a ejecutar, un medio para alcanzar un fin que por otro lado nadie alcanza a ver, si es que el delirio fundamentalista puede quedar satisfecho alguna vez.

Pero aparte del oprobio cuantitativo, el atentado presenta un aspecto que, si no inédito, a esta escala supone un preocupante punto de inflexión: el de que las víctimas no fueran infieles sino no lo bastante fieles. Las dianas se hallaban en una mezquita honrando el día sagrado bajo los principios por los que, en teoría, los asesinos han iniciado la cruzada, no en un despacho de Wall Street jugando al veintiuno con masas de capital ajenas y un whisky en la mano. ¿Dónde establecer la frontera de la fidelidad? Se combate contra alguien que es parte, juez y verdugo, y así la estrategia se embrolla.

Embrollo que no obstante no justifica la promesa de Abdelfatá al Sisi de replicar el ataque con una <<fuerza brutal>>. Esto, en un estadista, es inadmisible, por mucha ira —justificada— que en ese momento bulla en su interior. Abdelfatá al Sisi está donde está porque el pueblo espera que respete ciertas formas, recipientes de valores. Entre la frase de sicario del presidente egipcio y el <<sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor>> de Churchill media un abismo moral.

(El Norte de Castilla, 30/11/2017)

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Cáncer
Eduardo Roldán 04-02-2016 | 7:06 | 0

<>. Me topé con la frase en un titular a varias columnas, y es de esas que en el mismo momento de leerlas sabes que te acompañarán por el resto de tu vida (vida con cáncer latente). Pese al formato elegido por el redactor de la noticia, no es una afirmación escandalosa ni polémica, sino objetiva y honesta; quien la profirió —un investigador de prestigio sin fronteras— se limitó sencillamente a constatar una evidencia que por otro lado cualquiera sabía, como el niño que señaló al rey y dijo que iba desnudo. Han pasado tres años largos y la sociedad prefiere seguir creyendo que al rey lo arropan las más exquisitas telas.

Es otra muestra, acaso la más palpable, del velo opaco que, sin descanso, se extiende cada vez más sobre el tema de la muerte en la esfera cotidiana. La muerte en la esfera cotidiana se ha convertido en una suerte de tabú, de superstición inversa, como si el hablar de ella fuera a convocarla o a acelerar su venida, o como si evitándola se pudiera mantener apartada. Se da así la esquizofrenia brutal de que por un lado se niega la muerte y por otro, en la esfera mediática —desde las noticias de los informativos hasta el cine más banal—, se consume insaciablemente, no ya con normalidad sino con indiferencia. La muerte mediática se percibe como algo despersonalizado, abstracto en gran medida, o algo que <> en general, o sea que les ocurre a los otros, incluso aunque la muerte de esos otros se deba a una causa tan aplicable a nosotros mismos como los accidentes de tráfico. O como el cáncer. ¿Por qué entonces la ley del silencio en la esfera cotidiana? ¿No sería más sano admitir —primer paso para asumir— que somos vulnerables? Fernando Savater inició Las preguntas de la vida con el capítulo sobre la muerte, un síntoma envidiable de salud mental. El cáncer es muchas veces una ruleta de la tragedia, pero la táctica del avestruz solo hace el golpe, si llega, más doloroso.

(El Norte de Castilla, 4/02/2016)

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Paradoja cruel
Eduardo Roldán 08-05-2015 | 3:51 | 0

Iósif Stalin, cuya descomunal impiedad era solo comparable con su inteligencia, dijo una de las mayores y más agudas atrocidades de la historia: <>. Cuando llega la catástrofe imprevista y cada día, cada hora, no supone sino otro camión que descargar en la montaña de cadáveres, otra muesca en el cinturón de la muerte, mil, mil doscientos, dos mil quinientos, cuatro mil… tendemos a perder la perspectiva de la magnitud del desastre y, paradoja cruel, comienza a pesar en nuestro ánimo más la estadística que la tragedia. Deberíamos hacer un esfuerzo contra esta tendencia y no olvidar jamás que siete mil cadáveres son siete mil tragedias. Y eso en sentido estricto, pues cada una de ellas seguro que acarrea alguna tragedia más, en aquellos relacionados con el cadáver que se quedaron de este lado: la tragedia económica, la tragedia de la soledad, la tragedia del recuerdo.

Es probable que esta tendencia sea un mecanismo psicológico natural para hacernos soportable el peso de un dolor que de otro modo resultaría paralizante, devastador. La estadística es anestésica, uniformadora y anónima; las cifras no pertenecen a nadie porque todos las manejamos en las más diversas situaciones, y en sí mismas no significan nada: 1, 17, 23, 505: símbolos puros, recipientes por llenar, ceros con otros vestidos. <> no es ni mejor ni peor que <> si no determinamos si hablamos de manzanas o de Comunidades Autónomas, y aun determinándolo cabría discutirlo. Pero la muerte es la única realidad irreversible, y por ello indiscutible; cuando es, es, y los veinte millones de Stalin fueron veinte millones de particulares historias cercenadas. Más allá de las ayudas directas, los muertos de Nepal y similares merecen al menos que de vez en cuando nos demos cuenta de esta cualidad de intransferible que tiene la muerte, por otro lado evidente. Halla o no entre ellos algún español.

(El Norte de Castilla, 7/05/2015)

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Ciudadano ejemplar
Eduardo Roldán 26-06-2014 | 7:23 | 4

Lo de La Pilarica es uno de esos sucesos cuya lectura te desarma por la ilación de los acontecimientos que lo alumbraron. Todos y cada uno de los pasos —el divorcio, el abandono del hogar, el enclaustramiento voluntario, la discapacidad, los pagos puntuales— no pasan de ser vulgares vicisitudes tomadas por separado; en conjunto, conforman un relato tenebroso, atravesado por esa lógica a la vez cotidiana e increíble que tienen las pesadillas. El asombro —el terror— no está tanto en el contenido de las partes como en la infalibilidad de los nexos. Al final queda una sensación de fatalidad abrumadora e invencible, cuando la única fatalidad del relato, mirado con el sosiego que da la distancia —el tiempo también es una distancia—, es la de formar parte de un sistema que permite que un muerto se pudra durante cuatro años en una vivienda urbana sin que nadie se percate. Y han podido ser más. Porque el hallazgo del cadáver se ha debido a la acción de unos señores que pretendían ocupar ilegalmente la vivienda, lo cual podría tener su gracia en una película de Marco Ferreri, pero que como noticia en un diario produce una impotencia triste muy grande. Aquí huele a muerto, y no ha sido el pobre fallecido. Si los okupas no hubieran irrumpido, quién sabe hasta dónde se hubiera prolongado la vida administrativa del muerto biológico. Por un lado le ingresaban la pensión y por el otro le cobraban el recibo de la luz. No daba una gota de guerra y cuando le metieron la tasa de basuras tampoco protestó. Un contribuyente ejemplar. La Administración nos querría a todos como este señor: nominales en derechos y puntuales en las obligaciones. Pero en realidad el muerto no es la víctima del relato —murió solo, sí,  pero fue una soledad buscada, que es siempre menos soledad—: la víctima es el hermano que, gastos mediante, no había dejado de buscarlo. ¿Alguien le va a compensar? Mejor que aprenda de su hermano muerto y se quede sentado y calladito.

(El Norte de Castilla, 26/6/2014)

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Apunte
Eduardo Roldán 18-04-2014 | 11:11 | 2

Si en un sueño nos hubieran dicho que habría un solo hombre que alcanzaría la inmortalidad, muchos hubiéramos soñado/pensado en él, como si esa condición que algunos de sus personajes rozaron no fuera imposible para quien los creó. No ha sido así, por supuesto, lo malo de los sueños es que tarde o temprano uno tiene que abrir los ojos, como tarde o temprano llega un día en que uno los cierra para siempre. Se ha repetido casi con exceso en las horas siguientes a su muerte que García Márquez ha alcanzado la inmortalidad gracias a su obra, y aunque no es ni mucho menos el primer creador —no solo escritor— de quien se ha dicho esto, el poder de seducción que tiene aquella, capaz de aglutinar tantas y tan dispares sensibilidades, de generar una adhesión casi universal y sin matices, hace que en su caso el tópico parezca menos tópico, casi una apreciación novedosa. No obstante cabe preguntarse: ¿inmortalidad? En un mundo ávido de información, en el que hemos permutado la memoria por unos y ceros, donde lo que es al instante siguiente es menos o ya no es, hasta una obra de la frondosidad de la de García Márquez corre el peligro de perderse por el desagüe del olvido. Y eso que ni siquiera Francisco Umbral dejó un vacío comparable.

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