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política

Obama, adiós
Eduardo Roldán 13-01-2017 | 12:08 | 0

La dimensión del político, como la del artista, no se puede percibir hasta, al menos, una década después de su retirada, y aun entonces sigue sometida a fluctuaciones. Con la diferencia esencial de que tales fluctuaciones suelen ser más benévolas con el político; al fin y al cabo el político es por definición un hombre anclado en el tiempo en que le ha tocado vivir, obligado a responder a las demandas de la actualidad con urgencia, a improvisar ante los accidentes, y las leyes que firma serán corregidas o anuladas por alguno de los que vengan después. Así, al evaluar su legado se le concede un colchón de comprensión, aun cuando en el momento en que tomase la decisión fuese criticado con quizá deleite. El artista en cambio vive en su propio tiempo, que es inevitablemente tiempo común pero ante todo tiempo íntimo, con sus ritmos y temas propios, y el abono de su labor son obsesiones que nadie más tiene por qué compartir o comprender; cuando concluye su obra, ahí queda, un objeto a la intemperie de ojos u oídos, un producto como una diana que lo único que puede hacer es resistir, estarse. Las modas zarandean la obra de arte, pero al cabo la verdadera permanece.

Lo más destacable de Obama es la suerte de voluntad de artista que ha guiado muchas de sus decisiones. Obama, sin poder —y sin querer— separarse del pulso de la actualidad, no ha dejado nunca de tener presente el futuro en las decisiones que ha tomado, de tener una visión al horizonte, como el artista la tiene, en cierto grado, de la obra que le gustaría llevar a cabo. El sistema de salud universal, la mano tendida a Cuba, la lucha contra la Segunda Enmienda: son empeños que pretenden trascender la caducidad, quedar de alguna manera, y que lo apartan de la inmensa mayoría de integrantes de la casta política, preocupados solo por obtener el mayor y más inmediato rédito y así perpetuarse en el cargo mientras les dejen. Es la diferencia básica entre el estadista y el populista.

(El Norte de Castilla, 13/1/2017)

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Pacto educativo
Eduardo Roldán 24-11-2016 | 9:53 | 0

No ha pasado ni un mes y ya los estudiantes le han montado otra huelga general a Méndez de Vigo. Y las que vendrán. El motor de esta es la intención del gobierno de recuperar la reválida de ESO y Bachillerato, aunque al paso, al paso, se terminará cantando contra el autobús escolar que favorece el efecto invernadero. Claro que Rajoy no invita precisamente a la concreción: se suspenderán los efectos académicos de la reválida, asegura, hasta la materialización del Pacto Educativo. Podemos esperar sentados. Alcanzar un pacto educativo en España resulta más difícil que alcanzar la paz en Oriente Próximo, y los pocos acuerdos que se han concluido han tenido más o menos la misma estabilidad que los concluidos allí. La educación es y sigue siendo la gran piñata del juego político, apaleada en cada nueva legislatura con leyes hueras que lo único que consiguen es alejar la atención de lo que realmente debería importar y que más urge, ese puñado de pilares sin los cuales lo que se pretende conseguir más adelante, y que se concede, presenta carencias que relativizan, cuando no cuestionan de plano, lo conseguido/concedido. Se habla mucho del contenido de grados y títulos pero es casi imposible encontrar una tesis doctoral publicada sin faltas de ortografía. Y no por la ortografía en sí habría que cuidarla, es que ese cuidado —como el estudio de las leyes matemáticas, de la gramática, la filosofía o el ajedrez— incide en otras áreas que van más allá de la mera adquisición de conocimientos (aunque además ayuden a adquirirlos de manera más rápida y sobre todo más honda): el gusto por el detalle, el comprender los patrones de un sistema y aprender a revelar sus deficiencias, el no repudiar lo difícil. ¿Cuántas horas semanales se dedican en ESO y Bachillerato a leer? ¿Se dedica alguna? Raymond Carver se preguntaba de qué hablamos cuando hablamos de amor. ¿A qué pacto educativo va a llegarse si ni siquiera el concepto está acotado y se comparte?

(El Norte de Castilla, 24/11/2016)

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Primer acto
Eduardo Roldán 18-11-2016 | 7:38 | 0

Y terminó el recuento y con el desenlace comprobamos desolados y atónitos que la farsa había devenido en tragedia, que el nuevo emperador no estaba desnudo y que, ¡oh, Señor!, el pueblo lo quería. ¿Pero cómo podía quererlo? El pueblo no se equivoca nunca, y sin embargo… En fin, tal vez el recuento no sea el desenlace de la tragedia sino solo el telón del primer acto, y luego el emperador nos vuelva a sorprender a todos y se revele como el héroe que el papel asignado dice que es. Qué demonios, a fin de cuentas ha sido elegido, y si uno se sacude de entrada todos los prejuicios elitistas y repasa los puntos de su discurso, en el fondo tampoco es tan malo: ¿es que puede un país carecer de fronteras? ¿Es que no es lógico tratar de proteger la riqueza propia, y de fomentarla? Eso no es orgullo ni aislacionismo, es mero sentido común. Sí, desde luego, durante el primer acto se le fue la lengua aquí y allá, pero es que estaba interpretando, jugando un rol dicen ellos, un rol tosco pero calculado —ahora nos damos cuenta— hasta en sus últimos matices, dirigido a un objetivo muy claro; y qué difícil de interpretar ese tipo de roles y tener éxito, pero el pueblo, siempre más alerta, supo ver antes que los analistas y que los intelectuales resentidos e incluso que los en teoría compañeros de travesía del héroe, que no dejaron de ponerle zancadillas, y pese a ello al final el objetivo, el éxito. América es un gran país en el que cualquiera puede demandar a cualquiera —y ganar—, como dijo el gran Leslie Nielsen, y en el que cualquiera puede llegar a presidente, esa es su mayor grandeza, cómo no rendirse entonces y celebrar la victoria de un hombre que encarna tal ideal, que ha demostrado que con voluntad, confianza, trabajo duro y fe en Dios se puede llegar, cómo no celebrar esa victoria de la democracia. El elitismo se niega a entender: el pueblo sabe. ¿Qué va a hacer usted, llevarle la contraria a la multitud? Pero quién se cree que es.

(El Norte de Castilla, 17/11/2016)

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Ajedrez político
Eduardo Roldán 10-11-2016 | 9:51 | 0

Con recién elegido inquilino en la Casa Blanca, arranca mañana en Nueva York el Campeonato del Mundo de Ajedrez. Toda la hedionda ristra de acusaciones y demás gratuidades para la galería que los dos candidatos han ido tejiendo durante la campaña electoral no tienen cabida en las sesenta y cuatro casillas, el territorio más implacable que existe para dirimir un combate. En la hipótesis de que Kariakin y Carlsen las hubieran tejido, en el momento de sentarse se disolverían como si jamás. Y no es que los medios se hayan resignado a informar con objetividad aséptica, desde pintar a Kariakin como el alfil deportivo de Putin hasta sostener que el match es una suerte de reactualización del de Fischer y Spassky en el 72 —¡!—, ruido del que los candidatos han tratado en lo posible de blindarse, a diferencia de los candidatos electorales, que tratan no solo de rebozarse en él cuanto más mejor sino de avivarlo.

No ha vuelto pues el ajedrez político, y no ha vuelto entre otras cosas porque nunca ha existido. Hablar de ajedrez político es una contradicción en términos, como hacerlo de memoria histórica. El ajedrez, como la memoria, es un ámbito privativo, estanco al exterior; ocurre solo que los dos jugadores se ven obligados a ir forjando el ámbito en función del otro. Pero la decisión última es siempre personal, y por mucha carga política que se le quiera meter al encuentro (Fischer/Spassky como capitalismo/comunismo, Kaspárov/Kárpov como perestroika/viejo régimen), el rey solo se tumba cuando la mano abandona. Kásparov ha sido el más consciente de su papel político, pero precisamente su caso demuestra la separación de ambas esferas: solo cuando dejó el ajedrez para ejercer la política activa fue perseguido y encarcelado, no antes, por mucho que antes dijera lo mismo que después.

Ajedrecista y político sí se parecen en importarles ante todo la victoria; la diferencia es que unos respetan las reglas del juego y otros juegan con las reglas.

(El Norte de Castilla, 10/11/2016)

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DEPOrte
Eduardo Roldán 23-06-2016 | 7:18 | 0

¿Llegará un momento en que hablemos de dEPOrte? Según la antorcha se aproxima a Río, las redadas policiales intensifican la labor de husmeo y detección y detención, o, si no la labor, el porcentaje de presas obtenidas. A la luz de la difusión mediática da la sensación de que los atletas comienzan a doparse como última etapa de su entrenamiento programado; o, quizá ante los nervios del estreno, por un impulso súbito, igual que el estudiante que le echa codos cada día pero que decide hacer chuletas en la víspera, no sea que los nervios lo traicionen. ¿Es el deporte profesional esa cosa noble, helénica, esa escuela moral que los discursos alaban y la competición el virus, el agente perverso que intoxica la nobleza? Así lo transmiten también las crónicas/EPO: una narrativa donde el atleta es presentado casi siempre como la primera víctima de un complot que lo excede, el abnegado espartano que toma sin preguntar lo que le ponen delante porque esa es su obligación, y en quién si no en su entrenador va a confiar. Por ello las memorias del ciclista italiano Danilo di Luca resultan tan refrescantes: << No me arrepiento de nada. He hecho lo que tenía que hacer para llegar el primero>>. ¿Escandaloso, un despreciable intento por vender libros —y entrevistas en televisión?

Lo escandaloso está en tolerarlo, y en seguir aireando la idea de la competición como un pulso entre pares en un espacio aséptico, incontaminado por intereses externos. Porque la persecución estacional, las fiebres justicieras de limpieza son la máscara hipócrita de la tolerancia. Si no se persigue de continuo se debe a que tal supondría el colapso de la competición —contratos de eventos, anuncios, venta de camisetas, el tinglado completo—. La otra opción es no perseguirlo en absoluto, pero aquí ya entraríamos en el otro, gran elefante que late bajo el ruido y que nadie quiere afrontar, la despenalización de la droga. Es más confortable la hipocresía, y mucho más lucrativa.

(El Norte de Castilla, 23/6/2016)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.