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sociedad

Elige todo
Eduardo Roldán 17-03-2017 | 3:55 | 0

El operador dominante de telefonía fija, móvil y tele por suscripción en España ha adoptado como anzuelo publicitario el eslogan que intitula esta columna, más un mandato que una sugerencia: <<Elige todo>>. Nada menos. El fútbol y la liga Endesa y la NBA y el tenis y el golf, y no hemos salido del abanico deportivo; añádase el abanico de series, el de cine, el de programas de cocina y de cotilleo y de viajes y de noticias y de vocación infantil. Parece un eco del monólogo de apertura de Trainspotting: elige una tele grande que te cagas, elige lavadoras, equipos de música, elige una hipoteca y un piso piloto, elige… Y ante la negativa a elegir todo eso —<<la vida>>— porque con la heroína basta y no hay razones, cabría darle la vuelta a la réplica y decir: <<¿Quién necesita heroína teniendo Movistar?>>.

Incluso aunque uno logre acotar su interés a un solo abanico, la oferta resulta tan abrumadora que paraliza. Disponemos de todo y por tanto lo queremos todo —la propia oferta genera el deseo—, y al quererlo todo, y todo ya, no nos decidimos por nada. Como en el soneto Vida —otra vez la vida— de José Hierro, <<… después de todo / supe que todo no era más que nada>>. Doscientos canales de emisión continua no suponen una conquista de la  autonomía sino una hoguera de ansiedad. El espectador no se sacude la sensación de que en otro canal, en ese mismo momento, están pasando un programa imprescindible, y en efecto, no solo uno: diez, doce, y los pone a grabar todos, y su lista de deseos crece y crece, y ya supera las tres páginas, y entonces decide ver algo de lo más antiguo pero… ¿Por qué grabó eso? Al final, entre el par de vueltas a la rueda de canales y las grabaciones no le queda tiempo para ver algo completo, así que deja que el pulgar decida por él y se pose donde le venga en gana y ahí se queda, sea la enésima revisión del Holocausto o el último caso de periodismo <<de investigación>>, que si no es la nada se le parece mucho.

(El Norte de Castilla, 17/3/2017)

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Trump, censor
Eduardo Roldán 23-02-2017 | 4:05 | 0

La (pen)última de Trump se ha repetido que pone en peligro a la libertad de expresión y la democracia: <<Han de mantener la boca cerrada>>, ha dicho de los periodistas, <<es la gente más deshonesta que existe>>. Este eructo no pone en peligro la democracia más que una invasión de marcianos verdes. Trump puede que no tenga las maneras de un lord inglés ni el verbo sosegado de un consejero matrimonial, pero no carece de inteligencia política en un sentido maquiavélico pueril, meramente rentable. No es que Trump crea de verdad que tiene derecho de mordaza sobre los periodistas; con su condena, lo que consigue es apuntalar su imagen de hombre de acción, de privilegiar los hechos a las palabras, y así confirmarse ante sus fieles y rebañar un puñado del otro lado, pues que el de hombre de acción es un perfil muy valorado, casi se diría congénito, en el imaginario americano, sea el votante del color que sea. Y más hoy.

Hoy en Estados Unidos el término <<intelectual>> ha adquirido en el léxico popular un estatus similar al que en los años de la Guerra Fría tenía el de <<comunista>>: un término al que no hace falta dotar de contenido, acotar sus límites, cuya sola atribución hace que recaiga la sombra de la sospecha sobre el señalado. Que la conexión periodista-intelectual parezca de entrada cuando menos nebulosa no importa: en la supuesta patria de la libertad —insistimos: no solo en el reino de Trumplandia— cualquier eco que pueda evocar cierta densidad teórica, reflexiva, siquiera lejanamente, es visto como esnobismo, como alarde de superioridad. Y al fin y al cabo los periodistas tienen todavía en la palabra, con todo lo castigada y malbaratada que esta está, su herramienta principal, lo que no deja de ser indicio de subversión. Hay pues en el eructo un propósito, pero no una amenaza. Aunque el que haya conseguido plantar la duda debería despertar, en otro plano, las alarmas: ¿tan achacosa está la democracia como para tomarlo en serio?

(El Norte de Castilla, 23/2/2017)

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Eurovisión
Eduardo Roldán 16-02-2017 | 4:14 | 0

Es casi seguro que desde el del chiki chiki no haya habido otro certamen más polémico. Lo que es seguro sin casi es que no ha habido otro más triste. La polémica que aromó al chiki bis fue una polémica infantil, una polémica donde los exquisitos que no entendieron la broma se encendieron como si el candidato hubiera sido elegido por interpretar un preludio de Bach a base de ventosidades, y solo por ver flamear las voces de esos exquisitos mereció la pena el toma y daca. La polémica de ahora ha llegado hasta el Congreso: el PSOE demanda saber cómo y quién eligió al jurado, y si el elegido será finalmente el elegido, insultos y agresiones mediante. Porque esa es otra. Entre varias lindezas, en el certamen del sábado el ganador saludó con una peineta a la barra brava que lo insultaba tras la elección. Y uno de los jurados —untado o no, resulta irrelevante— recibió, aparte un <<tortazo>>, amenazas de muerte por haber votado al de la peineta.

Que el ganador presente una tonadilla con título en inglés no importa, o importa menos. Que la tonadilla sea un reguetón ratonero con rimas de parvulario y que además no encajan, tampoco. Quien quiera música que la busque en otra parte, no en un concurso penoso que se mantiene por pura inercia, no en un chabacanismo anual cuyo único propósito es elegir al maniquí que, se supone, más puntos rebañará en la competición oficial (luego vemos que no es así, y que el chabacanismo tampoco renta). Los rebuznos hasta podrían tolerarse en parte si al menos fuesen rebuznos de oídos abiertos, tras haber escuchado, por así decir, cada una de las actuaciones; traídos de casa, resultan intolerables.

Al menos Rodolfo Chikilicuatre lo tomó desde el principio de la única manera en que se puede: como broma, y su anarquismo blanco no pretendía engañar a nadie. El que ahora este asunto haya terminado en el Congreso da una idea de la salud democrática que padecemos. A esto hemos abocado con la democracia/Twitter.

(El Norte de Castilla, 16/2/2017)

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Tyson
Eduardo Roldán 30-06-2016 | 4:02 | 0

Cuando con veinte años te has convertido en el campeón de los pesos pesados más joven de la historia, entonces es más que probable que la realidad se convierta en algo difuso —más difuso—, algo que te sucede a ti pero que al tiempo le sucede a otro, ante cuyo devenir asistes como observador a la vez maravillado y confundido. La peripecia biográfica de Tyson parece trazada por el más rutinario guionista de Hollywood: nacimiento en la pobreza, padre ausente, arrestos y reformatorio, figura paternal sustituta que muere justo antes del gran éxito, matrimonio con actriz famosa, divorcio, juicio y encarcelamiento por violación, regreso al cuadrilátero en un tornado de billetes y hasta el detalle gore/simbólico al final del primer acto de arrancar de un mordisco una oreja en el combate por el título. Después el tránsito cansado del segundo: más condenas, la adicción cíclica, la deuda de 20 millones cuando a lo largo de su carrera había ganado más de 300.

Hacer recaer la responsabilidad de la caída en el sistema resulta tan torpe como hacerla recaer en el campeón, pero sin duda Tyson fue un producto del sistema y de los medios, y en una magnitud inconcebible para quienes no experimentan la vorágine, empezando por el juez. Hay circunstancias que escapan a los agravantes/atenuantes tasados por la ley, y es en ellas donde muchas veces radica el núcleo del caso —y su mayor interés—.

Hoy, con medio siglo en los puños, Tyson, en el tercer acto de su vida —el tiempo en el ring corre mucho más lento, y tres minutos allí cuentan como una semana o un mes fuera—, ha pasado de ser solo producto a ser también agente de los medios. Como Jake LaMotta, se ha convertido en monologuista, pero a diferencia de él, con un show de comedia autocorrosiva, con su vida, cuya mayor tragedia fue el no saber decir que no, como diana. Buscar la redención en el humor y no solo en el Islam es quizá el movimiento más inteligente que haya hecho Tyson nunca.

(El Norte de Castilla, 30/6/2016)

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Equidad/excelencia
Eduardo Roldán 05-05-2016 | 7:22 | 0

José Antonio Marina ha dicho que la equidad y la excelencia no son incompatibles en el ámbito educativo. Ni en ningún otro, aunque el educativo sea sin duda el que más trascendencia presenta, por germinal: lo que en él se cocina repercute radicalmente en los demás. Marina, como buen pensador, se desmarca pues de la abrumadora corriente general que considera el igualitarismo un credo incuestionable. Debido en no poca medida a la expansión de las tecnologías internáuticas, nos hayamos hoy inmersos en una horizontalidad de pensamiento cuya mayor, casi única obsesión radica en eliminar las diferencias, sean del tipo que sean, al punto de que cualquier manifestación, siquiera con una sombra lejana, de distinción, es tachada al momento de elitista o injusta. El pensamiento políticamente correcto (que ni es político ni es correcto), el Tribunal del Jurado y la discriminación positiva por razones genitales son algunas de las manifestaciones más celebradas —y más peligrosas— de este credo. Y todo comienza en la escuela. Entregar el mismo trofeo a todos los niños que participan en una carrera de sacos con independencia del lugar en que han franqueado la meta ni promueve la igualdad ni promueve la justicia. La igualdad se cumple en el momento en que a todos los niños se les da un saco y se les alinea en la salida; las barreras que han de eliminarse son las que obstaculizan que se forme la línea, las que contribuyen a que unos niños tengan saco y otros no. Pero una vez superadas, el empeñarse en mantener artificialmente la disposición de la salida no tiene otro nombre que fascismo. ¿Qué pasa con el niño que ha llegado el primero, no tiene derecho a que se le reconozca su mérito? Eso sería lo justo. Ayudar a quienes padecen de una deficencia es tan loable y necesario como contraproducente el limitar o no reconocer a quien destaca. Sin excelencia y sin confrontación no habría avances, ni científicos ni tampoco sociales. Democracia incluida.

(El Norte de Castilla, 5/5/2016)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.