El Norte de Castilla
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sociedad

Desagüe vocacional
Eduardo Roldán 19-04-2018 | 12:06 | 0

En el reciente discurso inaugural de la 111ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, su presidente, el cardenal (y arzobispo de Valladolid) Ricardo Blázquez se ha lamentado, con alguna dosis de perplejidad y también de autocrítica, del creciente desagüe vocacional que viene experimentando la Iglesia Católica en España, paralelo a su envejecimiento. ¿Por qué los jóvenes no acuden a la llamada eclesial? No se muestran beligerantemente activos —al menos no la mayoría—, tampoco repudian a Dios como Cioranes en ciernes; se trata de un orillarse sin ruido, un mutis sin mayor tragedia que la de renunciar a un grupo de rock que ha dejado de gustarles. Que la idea de Dios sea mucho más abrumadora que la que pueda tener una docena de canciones no hace que no puedan compararse: de hecho esos jóvenes que renuncian a una banda antes adorada comenzaron a adorarla porque se identificaban con los miembros, con su llamada, y en cambio nunca se han identificado con la Iglesia (de ahí la naturalidad del abandono, que en realidad no es tal).

Con la venia de su eminencia, uno se aventuraría a ensayar una respuesta: los jóvenes, más que cosas determinadas, las quieren ya. Cualquier vocación exige un ejercicio de fe, y la fe o se renueva o muere. El artista es un Sísifo de sí mismo que no deja de preguntarse, pese a saber la respuesta (que no puede hacer otra cosa), qué sentido tiene lo que hace; al religioso también le llueven dudas, y el que las genere algo de lo que en último término no se tiene certeza de que exista no contribuye precisamente a querer transitar ese camino. La salvación eterna queda muy lejos, y llegar a ella supone monotonía e incertidumbre. Justo lo que los jóvenes evitan, en gran parte porque con lo que se les abruma es con inmediatez y novedad.

Claro que si la existencia de Dios estuviera certificada, los seminarios se desbordarían. Pero no cabría ya hablar de vocación. Es la duda lo que da valor a la elección.

(El Norte de Castilla, 19/4/2018)

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Japón
Eduardo Roldán 08-03-2018 | 3:16 | 0

Exposiciones, conciertos, talleres de manualidades, conferencias… Las actividades difusoras programadas para conmemorar el siglo y medio desde que España y Japón establecieran trato diplomático oficial caen sobre Valladolid como una lluvia lenta y constante de farolillos de papel en la noche. ¿Dejaremos que los farolillos nos alumbren el interior, sacudan siquiera un poco los pilares de nuestra cultura/conciencia, muchos de los cuales hemos asumido sin cuestionar? Breton clamó por Persia, pero igual podría haber clamado por Japón y la sinécdoque no habría perdido fuerza; de hecho, hoy Japón simboliza como ningún otro país asiático la fascinación y extrañeza que tiene Oriente a los ojos occidentales.

Esta fascinación es similar a la que producen muchos grandes pensadores: la capacidad para contradecirse, para sostener dos puntos de vista distantes e incluso opuestos con la misma, seductora convicción y sin que necesariamente esté presente la paradoja. Como el pensador, Japón fascina porque abraza esas contradicciones como algo natural: la soledad más acusada con las aglomeraciones más irrespirables; el silencio casi sólido con el ruido casi sólido también; la serenidad desnuda de la geometría botánica con el caos urbano de bocinas y neón; el zen con el yen.

Lo cual demuestra que no es imposible, que existen otras vías de organización mental y espiritual que la de casillas estancas y excluyentes a que tan dados somos por aquí. Derecha o izquierda. Creyente o ateo. Conmigo o contra mí. Bueno, no tiene por qué. Se puede disfrutar de Bach con la misma pasión que de Sonic Youth. Escribir poemas y pintar acuarelas. Beber tinto y blanco. Las casillas mentales no son muchas veces sino construcciones artificiales producto de la rutina, el miedo o el ventajismo. Puigdemont debería darse un paseo por el monte Fuji más que por Bruselas. Todo el que pudiera debería.

 (El Norte de Castilla, 8/3/2018)

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‘Me Too’
Eduardo Roldán 01-03-2018 | 7:15 | 0

Al menos una cabecera que enarbola la objetividad como seña de identidad del tratamiento que da a la información consideró al movimiento ‘Me Too’ (Yo también) la noticia internacional del pasado 2017; el lustroso, referencialmente ineludible diccionario MerriamWebster, la palabra <<feminismo>> la definitoria del año. Y la onda no deja de expandirse. Pronto el mundo entero, salvo quizá Corea del Norte y la mitad de Francia, habrá abrazado el movimiento.

Que la onda tenga su fuente en una etiqueta de Twitter no le resta legitimidad; se trata solo del signo de los tiempos, y en este caso la crítica no debería, como ha ocurrido en algunas, centrarse en el medio sino en el mensaje, con perdón de McLuhan. ¿Y cuál es el mensaje, cuáles los principios que defienden? Explícitamente no queda claro, pues el ‘modus operandi’ básico del movimiento es la denuncia, y la denuncia no siempre acompañada de nombres, ni de las circunstancias concretas de tiempo y espacio. Cabe inferir que buscan el cese de tales comportamientos, el poder moverse sin arrastrar la sombra del posible abuso. Empeños loables, sin duda, pero pese a loables no cartas blancas. Si para alcanzarlos se recurre a formas más propias de la policía del pensamiento que de un movimiento en pro de la igualdad y la libertad, terminaremos donde ya estamos ahora: en lienzos que se retiran del Metropolitan por contener desnudos femeninos, en piquetes a la entrada de un cine que ha decidido hacer una retrospectiva de Polanski, en cubos de sangre de cerdo estallados contra grafitis de metro. En suma, en censura.

Anclarse en una concepción blanquinegra de la realidad donde todo hombre —salvo el homosexual declarado y el abusado confirmado, que por cierto también hay— es un violador potencial, supondrá alejarse más y más del problema real y quedarse en un runrún sostenido al que se dejará de prestar atención. Y es que por mucho que se expanda, una onda al final se disuelve.

(El Norte de Castilla, 1/3/2018)

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Solitarios
Eduardo Roldán 08-02-2018 | 2:29 | 0

La soledad del corredor de fondo es, además de un buen título, una imagen que concentra y revela la condición esencial/existencial del hombre: nos miramos, nos oímos, nos hablamos, nos tocamos incluso, interactuamos unos con otros de manera virtual o no virtual (ambas son reales: la expresión <<realidad virtual>> es pleonástica), pero en el fondo no dejamos de ser islas huxleyanas, solitarios que en última instancia no tienen otro lugar al que asirse que sí mismos. Sí, nos miramos; pero nos vemos menos; sí, nos oímos, pero mucho menos nos escuchamos; y con frecuencia el tacto nos hace sentir solo presión, solo mano pero nada más allá o detrás de la mano.

Lo que no quiere decir debamos fomentar el aislamiento, hacer la isla particular de cada uno más lejana, más perdida. La compañía, o la compañía adecuada, hace bien, siquiera porque nos sacude por un rato, o a ratos de un rato, del solipsismo, consciente o no, que arrastramos. Y porque se puede aprender algo, y hasta recibir la brisa de la sorpresa si uno se abandona de verdad. La epidemia de soledad de la que hablan, epidémicamente, los medios estos días ha de recordarse pues que se produce cuando una isla quiere comunicar con otra y la conexión no se produce. Y que no se ciñe solo a los viejos, como el discurso buenista —buenista y a veces ventajista— quiere hacer creer. De hecho los viejos, por haber vivido más y tener más cansada el alma, suelen aceptar la soledad con mayor entereza o naturalidad, como la última etapa de un camino que en buena medida ya han recorrido: por lo menos todavía siguen aquí, no como otros tantos conocidos, tampoco va a ser entonces cuestión de quejarse. Y por cierto que el cultivar la soledad, sea o no corriendo maratones, no debería considerarse, salvo llevado al extremo, preocupante. Si se cultivase más a lo mejor empezábamos a escucharnos.

Ahora el Reino Unido instaura una Secretaría de Estado Contra la Soledad. Suena a ministerio orwelliano.

(El Norte de Castilla, 8/2/2018)

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Woody, pederasta
Eduardo Roldán 01-02-2018 | 2:54 | 0

<<El pasado no ha muerto. Ni siquiera ha pasado>>, escribió William Faulkner. Que se lo digan a Woody Allen. ¿Hasta dónde va a llegar la bola de nieve flamígera de ese grupo informe, transfronterizo y airado de los llamados justicieros sociales? ¿Habrá algún día en que se detenga, o hemos cruzado un Rubicón de no retorno? La sombra de la duda lleva acechando al cineasta de Brooklyn desde hace un cuarto de siglo, y ahora, alimentada por una plaga insomne de cazadores de brujas, se ha hecho cuerpo y amenaza con poner fin a su carrera, algo que solo la muerte parecía iba a ser capaz. Y si nos referimos a la carrera es porque el trabajo de un hombre, cuando tiene la verdadera condición de tal, es su vida: tanto como el amor o sus creencias religiosas. Mucho más en el caso de Allen. No se trata siquiera de la disyuntiva entre quedarse con el artista o quedarse con la obra, pues es evidente que todos guardamos cadáveres en el armario y los artistas no tienen por qué ser una excepción; si solo pudiera apreciarse el arte de los santos, no habría arte que apreciar. Se trata de algo más esencial, que atenta contra el que es quizá el principio donde derecho y moral se anudan más naturalmente, la presunción de inocencia. Hubo una investigación (hubo dos) y se desestimó la denuncia; hubo pues una decisión judicial, y desdeñarla de esta forma es una osada muestra no solo de desdeñar al juez —y por tanto a quienes testimoniaron sobre la fragilidad de la denuncia, entre ellos el hermano de la ¿abusada?—, sino de desdeñarse a uno mismo. ¿Se le ha ocurrido a alguno de los justicieros sociales ponerse en la piel del cineasta? ¿No querrían entonces que se respetase su inocencia a falta de pruebas? Porque tampoco se trata de <<creer>> o no creer en Allen, se trata de defender unos principios sin los cuales los justicieros no podrían, entre otras cosas, vomitar su furia.

(El Norte de Castilla, 1/2/2018)

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