El Norte de Castilla
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suicidio

Holanda suicida
Eduardo Roldán 08-12-2016 | 10:09 | 0

La ola de cólera —por otro lado previsible— que los justicieros sociales de internet y la radio han levantado tras el anuncio del Gobierno holandés de la posible ampliación de la ley reguladora de la eutanasia, para que abrace a las personas cuyo motor vital ha dejado de bombear aun sin padecer ningún sufrimiento insoportable e irreversible, no hace sino demostrar la necesidad de una regulación así. Que sin embargo se queda corta. En caso de aprobarse, solo podrían solicitar asistencia para poner fin a su vida —repárese en el pronombre: SU vida— quienes hayan alcanzado cierta edad, todavía por determinar pero con intención de que se aplique solo si en la tercera. ¿Y qué pasa con el que tiene cuarenta, o treinta, o veinticinco? ¿Cómo determinar cuánta vida se ha vivido? ¿Es que solo a partir de los 70 se puede considerar una vida completa, o que el vaso del sufrimiento se ha llenado? Los filtros para la concesión —ha de transcurrir un tiempo desde la solicitud, y el dictamen de dos especialistas— son ya suficientes para garantizar que el deseo de poner fin no es producto de un transitorio brote de depresión o angustia y efectivamente se desea morir.

Esta normativa no contribuye al suicidio, como se ha dicho, ni malbarata la vida; al contrario, es garantista con la vida, al menos la vida entendida como ejercicio de la libertad y por tanto de la responsabilidad, la única manera de entenderla. Pues ¿qué otra elección es más libre que la de elegir el momento de la propia muerte? ¿Y en dónde queda la dignidad de una persona a la que se obliga a seguir ejerciendo de continuo algo que no desea y no tendría por qué? Nadie tiene derecho a desenchufar a quien no lo quiere, y por el mismo motivo tampoco a mantenerlo enchufado si no lo desea y carece de los medios para desenchufarse él, se encuentre en una cama de hospital o caminando por la calle.

No es imposible que la cerrazón al debate sobre la muerte se deba al miedo a examinarnos.

(El Norte de Castilla, 8/12/2016)

@enfaserem

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Attawapiskat
Eduardo Roldán 23-04-2016 | 1:12 | 0

El suicidio es el problema filosófico fundamental. Lo era antes de que Camus lo hiciera notar y lo ha seguido siendo desde entonces. El hecho de arrebatarse la vida voluntariamente supone una relativización brutal de la importancia que tienen esos asuntos que en el día a día consideramos esenciales: vida/muerte, ser/no ser. Al final, todo se reduce a esto. Y aunque desde esta perspectiva de absolutos excluyentes habría que considerar que toda vida tiene el mismo valor —y lo tiene: hay un núcleo irreductible, irrenunciable, que todos compartimos, y la razón por la que la pena de muerte resulta imperdonable aun para el mayor criminal—, existen ciertos casos en los que la incomprensión, impotencia y rabia que genera un suicidio “común” se abisman hasta profundidades inconcebibles. En Attawapiskat, pueblo de la boyante Canáda, no distante más de una hora en coche de una de las minas de diamantes más productivas del mundo, se ha decretado el estado de emergencia por la epidemia de suicidios allí desatada; solo el sábado pasado lo intentaron once personas —de una población de 1.800—. Pero lo más aterrador es que la epidemia no ha respetado a los niños. ¿Qué actitud se puede tomar ante niños de nueve, diez, doce años que deciden quitarse la vida? Lorrie Moore, en uno de sus geniales cuentos, dice que cuando te informan de que un niño tiene cáncer dan ganas de que todos nos pongamos a encender cigarrillos como descosidos. Pero ante el suicidio ni siquiera queda el autocastigo rebelde del cigarrillo. El suicidio de un niño carece de la base que concede la experiencia, esa base que es el problema al que se refería Camus; lo sentimos como un capricho del destino aun más sádico que el de los accidentes mortales, pues en el niño la experiencia está por formarse, la voluntad —el único requisito esencial— es maleable como un líquido: el niño es su propio verdugo sin saberlo, la víctima inocente de sí mismo. ¿Estado de emergencia? Suena tan inútil.

(El Norte de Castilla, 21/4/2016)

@enfaserem

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Acosadores
Eduardo Roldán 28-05-2015 | 8:13 | 0

¿Quién es el culpable? ¿El acosador? El acosador, se nos dice, presenta un entorno familiar <>. ¿El director del centro, que se tomó los indicios a relajo? Pero el director lo niega. ¿La inspectora, que se leyó el informe a vuelahoja? Pero ella asegura que se hizo una idea cabal. ¿El resto de compañeros, que no se plantaron lopedeveguianamente e hicieron frente al acosador? Pero el derecho penal no puede exigir nunca un comportamiento heroico, y menos a menores. ¿El hacinamiento escolar, que no favorece la convivencia sino la confrontación? Pero mejor escolarizados que en la calle, ¿no? Casi seguro la culpa esté repartida y culpables sean o seamos todos. Lo único en claro es que siempre va a haber amenazas y agresiones, acosadores y acosados. Si el hombre es un lobo para el hombre, el niño tardío, el (pre)adolescente, es un lobo aún más feroz; porque el preadolescente es esencialmente un ignorante, y la ignorancia suele acarrear crueldad. La adolescencia es una enfermedad en la que nos apuntalamos para siempre, en la que vamos forjando a trompicones/tropezones el cuerpo del ego que nos sostendrá/acompañará por unos años —luego madurar consistirá en parte en la disolución minuciosa de ese ego—; en los primeros brotes de la adolescencia el posniño/preadolescente corre el mayor peligro, porque aún el ego no ha comenzado a apuntalarse (la cabeza va después que el cuerpo) y así los estímulos se reciben sin filtro, y la presión del qué dirán, el rechazo o la indiferencia del grupo es un castigo que desde fuera puede parecer ridículo pero que desde dentro aprieta la angustia. El acosador tiene también miedo al rechazo, y por ello se embosca entre afines y busca el objetivo más débil. Y así el acosado, que teme no solo la amenaza directa, se rompe hacia dentro o rompe como un géiser hacia fuera. Esta niña se ha roto hacia dentro. El patrón ha vuelto a repetirse. ¿Alguien tiene alguna idea, aparte del lamento inútil?

(El Norte de Castilla, 28/5/2015)

@enfaserem

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Stop suicidios
Eduardo Roldán 06-12-2012 | 12:25 | 4

Solíamos pensar que el suicidio era un asunto de nórdicos ociosos porque la falta de sol los condenaba a quedarse encerrados entre las cuatro paredes y el techo de sus casas. Ahora nos damos cuenta de que por lo menos los nórdicos tienen o tenían casas en las que suicidarse, y que el no tenerla, el verse privado de pronto de ella, es causa más acuciante y expeditiva que la ociosidad. ¿Nos damos cuenta? El aterrador crecimiento exponencial de los suicios derivados de deshaucios ha sido hasta el momento tratado casi siempre ―abrumado quizá por las mil y una historias de dolor y sufrimiento diarias de los que todavía siguen vivos― más como un daño colateral, casi anecdótico, de la crisis, que como lo que realmente es: el síntoma de una enfermedad social que, debido a su presencia continua, amenaza con asumirse de manera rutinaria, como otro dato negro de los muchos datos negros con que nos topamos cada día. La rutina supone la ruina siempre, y entonces no habría vuelta atrás.

Tampoco ayuda el tratamiento informativo oscurantista que se le concede aún al suicidio. Si la muerte se muestra hoy sin pudor alguno ―en alta definición y a la hora del postre―, el suicidio sigue proscrito como el hijo bastardo de un Papa en la historia oficial del catolicismo. Para Camus el suicidio constituía el problema filosófico por excelencia. Camus tenía razón; más aun: si el objetivo de la filosofía es enseñar a vivir bien, el que un hombre se prive voluntariamente de la potencia de bienestar ha de ser considerado un fracaso de la filosofía más que un fracaso del hombre. Fracaso, desahucio, suicidio. Las tres palabras tienen un eco similar, más allá de su carga semántica estricta. Y una vinculación indudable. La raíz de la plaga, hoy, no tiene un vago origen psicológico sino algo tangible, físico, ante lo que no caben filofías abstractas ni velos discretos. Alcanzar cierto estado de equilibrio feliz no es fácil. Hacerlo sin techo y suelo es imposible.

(El Norte de Castilla, 6/12/2012)

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Amanda Todd
Eduardo Roldán 27-10-2012 | 5:59 | 0

Ahora viene el gobierno de la Columbia Británica y anuncia medidas coercitivas, fulminantes, inminentes contra el acoso cibernético, se planta indignado en el primer lugar de la fila de dolientes y promete más vigilancia, más debate, más control, todo porque no vuelva a repetirse el caso, para que no haya una segunda Amanda, hay que atajar y atacar a los acosadores que se embozan en el anonimato de internet con toda la contundencia de la ley penal, hay que hacerlo y vamos hacerlo, sí, ya lo va a ver el mundo entero. Lo que no reconocen es la inutilidad de su empresa si la acción no es justamente global, mundial. Lo que no reconocen es que ya es demasiado tarde. Lo que no reconocen es que si Amanda no se hubiera suicidado, no les habrían entrado las prisas de la indignación: lo que no reconocen es su parte de culpa.

De momento, quizá la detección del acosador sea imposible, por mucha ayuda que Anonymous y otros ciberadalides de la justicia se ofrezcan prestar. Pero no nos engañemos: lo más trágico del caso de Amanda Todd no es la existencia de este cobarde solitario, motor primero de la muerte. La verdadera tragedia radica en la actitud de desprecio, repudio y ataques verbales y físicos que Amanda sufrió por quienes la rodeaban ―y la aislaban― día a día. Cobardes también pero al abrigo del grupo, de la masa, la masa genera odio, cuán fácil es el insulto coreado, el empujón por la espalda que sabe va a ser recibido con risas y aplausos. Y estos sí están identificados o son identificables. ¿A qué espera el gobierno de la CB para proceder contra ellos y abrir una investigación? La de Amanda Todd ha sido la crónica de una muerte anunciada que solo anunció ella, en cartulinas infantiles como gritos de angustia en blanco y negro. Las tres últimas cartulinas de su petición de ayuda dicen: No tengo a nadie. Necesito a alguien. Me llamo Amanda Todd. Amanda Todd es hoy una entrada de la wikipedia.

(El Norte de Castilla, 25/10/2012)

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