El Norte de Castilla
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¿Leer?
Eduardo Roldán 05-04-2018 | 11:33 | 0

Borges afirmó que se sentía más justificado por los libros que había leído que por los que había escrito. Paco Umbral escribió que lo creativo era leer, no escribir. Infinitos más han predicado las bondades de la lectura; con toda la buena voluntad, pero quizá escasa puntería. Difícil es despertar un interés —no digamos una pasión— por la vía del utilitarismo, que es la forma amable de la imposición. El hábito de leer puede que engrase las sinapsis cerebrales, que fomente la empatía —al poner al lector en piel ajena ante situaciones desconocidas—, que incentive la imaginación, lo que se quiera, pero todo esto no son sino precipitados secundarios y variables, que además pueden obtenerse por otras vías. Así, ¿por qué dedicar tiempo a una actividad en definitiva prescindible, cuando tiempo es lo que menos tenemos y hay tantas otras que despiertan una excitación mucho más inmediata? Uno se pone un disco y basta una gavilla de compases para sentir si la pieza le llega o no; se pone a mirar un partido y por muy soso que sea, siempre se mantiene cierto nivel de excitación; o se pone un videojuego y al instante es sumergido en la aventura. Todas estas actividades también pueden reportar beneficios, neuronales o de otro tipo, pero nadie se sienta a ver un partido porque pueda mejorar su visión espacial o su capacidad anticipativa.

Este enfoque utilitarista se ha valido a su vez del prestigio tradicional adosado al libro. Pero hoy ese prestigio solo conserva el escasísimo brillo de la inercia histórica.

¿Entonces? Lo único que puede hacerse es recomendar que se pruebe, porque pese a la apariencia de estatismo y falta de emoción, la lectura es divertida. Exige paciencia, desde luego, y es probable que se produzca más de un intento trunco, pero si se da con el libro —y si se busca al final siempre se da—, el iniciado sentirá, aunque no pueda articularlo del todo, que algo dentro de él se ha removido, y de una forma que jamás había experimentado.

(El Norte de Castilla, 5/4/2018)

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Otro día
Eduardo Roldán 04-01-2018 | 11:58 | 0

Todo lo que nos puede ocurrir nos ha ocurrido ya. Y lo contrario también es cierto, solo que en un sentido literal, siempre menos rico. En estas fechas en que los días parece se doblen como planos agudos, en que se distingan como puntos y aparte, tendemos tanto a elaborar una lista de propósitos, siquiera mental, como a hacer recuento de los doce meses precedentes. Descreo de los propósitos como descreo de las fechas <<señaladas>>: la manera más eficaz de no lograr algo es proponérselo con demasiado empeño; no hay que olvidar nunca que un contrato de muchos millones es a fin de cuentas solo un contrato, que un proyecto de investigación en Boston solo un proyecto de investigación, que una sinfonía solo una sinfonía. De igual modo, las fechas señaladas suelen suponer hitos del vacío, compases de tránsito hasta el retorno de las cotidianas, que es cuando ocurren las cosas y puede saltar la sorpresa y la recompensa.

Como el propósito, también en las señaladas asoma el recuento; el recuento es el residuo del propósito anterior y a la vez el germen del presente. Pero hacer recuento suele suponer convocar al desencanto. ¿Cuántas de las promesas que hace un año nos hicimos hemos llegado a cumplir? Y sin embargo insistimos con otra lista —quizá por un mal entendido amor propio—, para más ironía con no pocos elementos pendientes de la lista anterior. ¿Qué nos hace pensar que esta vez sí?

Afirma Salvador Pániker que <<Vivir no es imposible>>. Es decir que a veces sí lo es. Lo cual no significa resignación o abandono; supone en cambio un signo, creo, de lucidez humilde. Vivir es dejarse vivir. Navegar sin soltar el timón pero teniendo siempre presente que ante ciertas tempestades no hay timón que valga. Que pueden acaecer en enero o en julio, y prolongarse por un día o por diez años. Por otro lado, cómo abolir de raíz el deseo (el propósito), cómo silenciar la memoria propia (el recuento). Sería como dejar de ser humanos.

(El Norte de Castilla, 4/1/2018)

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Arrugas
Eduardo Roldán 19-02-2015 | 8:29 | 0

Cada cual tiene derecho a maltratar su cuerpo como quiera. Puede utilizarlo como lienzo de agujas o cuchillas, puede llenarlo de humo y nicotina con una regularidad de media hora, puede secarlo de hambre hasta los huesos o alimentarlo con inyecciones diarias de opio. Puede, incluso, llegar al extremo de dimitir de él, sin vuelta atrás. Es uno de esos tributos que hemos de pagar en aras de una completa, honesta asunción del principio de libertad individual, por mucho que esto la DGT no lo entienda o no lo quiera entender.

Tampoco el personal entiende o quiere entender las cirugías faciales de las estrellas de la pantalla, y la puesta de largo en sociedad de un nuevo rostro se saluda invariablemente con una mezcla de repulsa y desdén, que no pocas veces no es sino la expresión de una envidia que latía, agazapada y rabiosa, desde hace mucho en el interior del emisor. La última diana en recibir los dardos de bilis ha sido Uma Thurman. ¿Se ha vuelto loca, con el rostro tan bello y peculiar que tenía? ¿Se debe al mal consejo de un publicista ciego, a la presión de una industria obsesionada no solo con detener sino con revertir la flecha del tiempo? Este suele ser el argumento de los analistas, que se topa con una evidencia que, de tan rotunda, parece escapar al análisis: la de que el pulirse el rostro no ha proporcionado casi nunca papeles de jovencita a la operada. Con buen criterio, los productores siguen prefiriendo a las jovencitas naturales. Cosa distinta es que no haya papeles interesantes para mujeres maduras o viejas, pero esto no es culpa de las arrugas sino de los papeles. Bergman o Haneke han demostrado que dramáticamente la arruga también puede ser bella, y que las arrugas del alma, esas que el bisturí no puede alisar ni el espejo disfrazar, interesan en pantalla. Es un territorio fílmico que habría que explorar más, que de cuitas urbanas de adolescentes tardíos empezamos a estar un poco hartos.

(El Norte de Castilla, 19/2/2015)

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El cuadro
Eduardo Roldán 11-12-2014 | 7:19 | 0

Y apenas se colgó el cuadro ya las voces de los resentidos y más bien ociosos se alzaron ansiosas como inquisidores, y ello pese a la advertencia irónica previa del pintor: <>. Hay que ser muy tonto o muy mezquino para reprocharle a un artista el tiempo invertido en una obra. ¿Es eso todo lo que se les ocurre al mirar el retrato, toda la lectura de que son capaces? De entrada, cabe oponerles que a quien hay que reprochar en ese sentido no es a Antonio López sino a quienes le hicieron el encargo; si lo que buscaban era celeridad, el pintor de Tomelloso no era desde luego la opción más idónea: cualquiera conoce su manera de proceder, que no va a cambiar porque el encargo venga con pátina real, pues cambiarla le imposibilitaría pintar ni un trazo. Por otro lado, ese tiempo invertido no es solo una carencia, sino que debería verse como el mayor ejemplo de la cualidad moral del autor. El artista solo está comprometido con su obra, con su visión, y al único que ha de rendir cuentas es a sí mismo. Muy pocas veces en la historia del arte ha habido, si es que alguna, nadie con entrega más absoluta que Antonio López. <>, <>, <>, son adjetivos que se le vienen colgando desde que comenzó a tener repercusión pública, y que bajo su apariencia de etiquetas educadas no hacen sino restar valor a su proyecto profesional/vital, a la cualidad moral de una obra incomparable, pues como sin darse cuenta dejan entrever que cualquiera que emplease el tiempo que emplea López podría pintar como él. Más quisieran. La moral del artista se manifiesta, sí, en que es la obra la que domina su voluntad y la que exige que el resultado se aproxime tanto como sea posible a esa visión ideal a que aludíamos. Ocurre que la mayoría abandona antes de alcanzarla, escudándose en que alcanzarla es imposible. Y lo es, pero precisamente por ello el insistir dignifica al autor. Quiere decirse que el cuadro ha sido entregado, pero que, por si alguien todavía no se ha dado cuenta, sigue sin estar terminado.

En una época atravesada de urgencia como en la que vivimos, produce cierto consuelo comprobar que todavía hay personas capaces de pasarse veinte años inclinados sobre un microscopio o erguidos junto a un lienzo. En el caso del artista, no se trata de producir algo con vocación de eternidad, aunque la obra firmada termine pasando a los libros de historia, sino que el acto de ejecución es en sí mismo eterno, pues abole el tiempo. Como un maestro zen o un Einstein en zapatillas de cuadros, a Antonio López el trabajo lo instala en un presente perpetuo, lo saca de la flecha de la angustia en la que los demás viajamos con el anhelo por llegar a… ¿dónde, exactamente?

(El Norte de Castilla, 11/12/2014)

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Voyager 1
Eduardo Roldán 18-10-2013 | 10:47 | 0

Hace un  mes ya que la NASA confirmó el ingreso del Voyager 1 en el espacio interestelar, siendo así el primer objeto fabricado por el hombre que dice adiós al sufrido, generoso amparo del sol; ahora debe de andar, pulgada arriba pulgada abajo, a unos 1.888×1010 km. del astro rey. Cifras tan estratosféricas suponen siempre una ducha, no diré fría, pero sin duda fresca, de relativismo. Nos creemos algo, pero al final somos poco más que polvo de estrellas. Y estrellas hay tantas. El Voyager lleva 36 años alejándose de la Tierra, recopilando datos, haciendo cálculos, continuando una labor de mar en la arena hasta que alcance un punto en que la señal no llegue o las pilas se le agoten, lo que suceda antes, mártir que se sacrifica en favor de todos, pobre. Qué no habrá visto el Voyager. Uno mismo ronda su edad y lo más insólito que ha presenciado ha sido el cartón-piedra de Las Vegas. No es lo mismo.

Por si se diera el contacto con algún extraterrestre extraviado, en su interior la nave terrícola transporta un disco de oro con piezas de Bach, saludos de bienvenida en 55 idiomas, el sonido del viento, de un beso, fórmulas matemáticas, láminas de anatomía, una foto del Taj Mahal, en fin, una botica cultural/histórica que se quiere representativa de la vida en nuestra bola azul. Pero que solo lo es muy relativamente, no ya por los cambios brutales acaecidos en el último cuarto de siglo sino por el brillo del disco. Es un disco sin cara B. Nada de Auschwitz, nada de hambrunas, nada de rencores: cosas que sin duda también somos. El disco es pues un anzuelo idílico, que si pescase al citado extraterrestre sin duda atraería su atención. Solo que cuando se acercase por aquí a echar un vistazo se toparía, ay, con la realidad. ¿Y para qué se han ido tan lejos estos señores, con lo que les queda todavía por arreglar en su planeta?, acaso se preguntase. Por mi parte lo único que le pido al Voyager es que salude a Sun Ra si se cruza con él.

(El Norte de Castilla, 17/10/2013)

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