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Tuits penales
Eduardo Roldán 28-04-2017 | 4:15 | 0

Freud escribió que uno es dueño de lo que calla pero esclavo de lo que dice, y ahora el Tribunal Supremo ha ratificado al padre del psicoanálisis con una serie de condenas de prisión por enaltecimiento del terrorismo en la red social del pájaro azul. Solo que no lo ha ratificado en absoluto, sino llevado hasta el extremo deformante.

Establecer el límite de la libertad de expresión es acaso el más delicado ejercicio a la hora de aplicar el derecho penal. Y mucho más cuando la evaluación ha de ceñirse a la camisa de fuerza que suponen los 140 caracteres que caben en un tuit. Tomemos el siguiente eructo: <<A Ortega Lara habría que secuestrarle ahora [27 de enero de 2014, con Lara como candidato de VOX]>>. Resulta gramaticalmente cristalino, literalmente unívoco. Claro que el autor siempre puede recurrir a la ironía como defensa: no hay que tomarlo en el sentido literal, falta el contexto. Admitir por rutina tal argumento supondría habilitar la impunidad a que cada cual emitiera el eructo que le viniese en gana, por muy burro que fuese. Así, al tribunal no le queda otra que asirse a los 140 caracteres de cada tuit.

Pero tal no ha de suponer una lectura miope. ¿Cómo creer en conciencia que el autor del eructo quería en verdad ver otra vez a Ortega Lara enterrado en un zulo? Si por algo se caracteriza Twitter es precisamente por la falta de contexto, y por ello los tribunales han de hacer un esfuerzo extra de cintura interpretativa. Que en caso de alumbrar una mínima duda habría de concluir en favor del eructante. Resultado al que por otro lado el propio medio conducirá casi siempre. La tecnología ha desbordado al derecho, y penalmente solo cabe, salvo flagrantes, puntualísimas excepciones, encomendarse a la responsabilidad personal de los tuiteros. Lo único que se le puede condenar al del eructo es su falta de gusto.

(El Norte de Castilla, 27/4/2017)

@enfaserem

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Solo un tuit
Eduardo Roldán 02-05-2013 | 9:49 | 2

Con 12 palabras y menos de 120 caracteres puede pararse el mundo, siquiera por diez minutos. Wall Street sufrió la pasada semana la más súbita y abisal caída desde el jueves negro del 29 no por la explosión de un artefacto colocado en el servicio de caballeros del edificio sino por un tuit enviado a una lejana agencia de prensa. Para que luego digan que las palabras no importan. Es verdad que no ha sido más que un parpadeo, el espejismo de una fisura en el mamut del Sistema y que al cabo el dinero ha vuelto a las manos de los de siempre, ¿pero cuántos corazones se pararon, cuántos niveles de azúcar se dispararon en el breve lapso? El ataque fue de una ingenuidad casi romántica, muy de celebrar en estos tiempos ultratecnificados, y aunque el resultado ―sin duda previsto de entrada por los mensajeros― nulo, la acción en sí ya merece celebrarse: no porque haya desvelado fallos en el Sistema, que no lo ha hecho, sino como muestra de picardía.

Lo que ha desvelado el modesto y envenenado tuit ha sido la constatación de que al final de la cadena es el elemento humano, para bien o para mal, el que decide si la cosa va para arriba o para abajo o se queda donde está. Kaspárov dijo que los ordenadores eran tontos porque solo tenían silicio. Y es que no basta con tener una CPU capaz de calcular millones de algoritmos por segundo si no hay alguien detrás que sepa leer entre las líneas de código, percibir la ironía o el engaño del texto literal, elegir la defensa francesa y no la siliciana ante el peón de rey. La diferencia entre el bróker y el autómata que compra y vende acciones es que el bróker, por muy obsesionado con hacer dinero que esté, sabe todavía que esas acciones son algo más que títulos contables. Cierto: el bróker es falible al rumor y al soborno, puede padecer de insomnio o ansiedad, quizá decida acabar con todo y tirarse por la ventana, pero entiende que no siempre la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta.

(El Norte de Castilla, 2/5/2013)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.