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El nacionalismo en los conflictos de 1917
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elmiradordeclio | 12-11-2017 | 10:24| 0

El nacionalismo en los conflictos de 1917

Pedro Carasa

El colonialismo, el nacionalismo, el imperialismo y el fascismo causaron en el siglo XX abundantes guerras calientes (dos mundiales, numerosas civiles y varias coloniales) y la Guerra Fría. Tras desaparecer los viejos imperios coloniales español y portugués, un terremoto político con epicentro en 1917 arrumbó los imperios alemán, austrohúngaro, ruso y otomano y alumbró la URSS. Con motivo de su centenario, recordamos cómo los conflictos nacionalistas ese año mundializan la gran guerra, revolucionan Rusia, desequilibran el Estado español, rebelan a Cataluña y agitan a Valladolid.

El contexto fue la Gran Guerra, mundial desde la entrada de EEUU en 1917, que produjo 10 millones de muertos, una sociedad empobrecida que perdió 50 millones más por la gripe mundial, y una dramática deriva hacia revoluciones y nacionalismos.

La Revolución de 1917 trastocó el capitalismo liberal y el orden social occidental. En febrero derrocó la autocracia zarista de Nicolás II y en octubre dio el poder a los bolcheviques de Lenin y gestó la URSS. Para unos fue una liberación de la sociedad, una utopía comunista de igualdad social. Abolió el feudalismo agrario y el capitalismo industrial y financiero. Buscó la unión internacional para erradicar los nacionalismos belicosos e impulsar la descolonización. Su revolución social sembró un incipiente Estado de Bienestar, alentó la igualdad de hombre y mujer y produjo notables creaciones de arte y ciencia. Para otros el bolchevismo estalinista fue un aborto sangriento que fundió fascismo y comunismo, se convirtió en un Estado burócrata, totalitario y represor, causó un millón de víctimas y no cumplió la promesa socialista de la igualdad.

En España la neutralidad bélica desabasteció y encareció los alimentos, enriqueció a los especuladores y empobreció al pueblo. La gripe de 1918 contagió a 8 millones y mató a 300.000 españoles. Así brotó la profunda crisis del verano de 1917 y luego una intensa conflictividad social en el trienio bolchevique de 1918-20. En 1917 tres conflictos doblegaron al Estado y derrocaron gobiernos: Uno militar, las Juntas de Defensa, otro nacionalista catalán, la Asamblea de Parlamentarios y el tercero social, una huelga general revolucionaria.

Las Juntas de Defensa fueron una especie de sindicato militar de africanistas, inquietos por ascender e irritados por el nacionalismo catalán. Lograron imponerse al poder civil, forzar la dimisión de García Prieto, exigir a Dato su legalización, suspender las garantías constitucionales y reforzar la censura de prensa.

Ese mismo verano el nacionalismo catalán, en la Asamblea de Parlamentarios, planteó un grave reto al Estado. Hubo vanos intentos en 1906, pero fue en 1917 cuando se planteó explícitamente crear la región autónoma de Cataluña. Tras morir Prat de la Riba, líder de la Lliga Regionalista, Cambó reunió a 48 diputados en Barcelona para exigir elecciones constituyentes y la autonomía catalana. Dato desprestigió la Asamblea como separatista, la disolvió como sediciosa, detuvo a sus participantes, suspendió periódicos y envió el ejército a Barcelona. Cambó respondió que Cataluña tenía la alta misión de salvar a España y de ser un modelo regional en este momento épico y trágico de su historia. Alfonso XIII creyó que los catalanes buscaban la independencia y gobernarse desde Barcelona, pero propuso a Cambó formar un gobierno y celebrar elecciones. En Madrid se eligió a los ministros catalanes Ventosa y Rodés, con los que se formó el gobierno de concentración de García Prieto, excluyendo a los conservadores de Dato y a los liberales de Alba.

 

En agosto de 1917, UGT y CNT convocan en Valencia una huelga general revolucionaria para cambiar la estructura política y económica del país, crear un gobierno provisional y acabar en elecciones constituyentes. Enseguida se extendió a Asturias, Vizcaya, Barcelona, Zaragoza, La Coruña y Valladolid. El rey, para atajarla, sustituyó a Dato y formó el citado gobierno de concentración de García Prieto. La represión costó 71 muertos, 156 heridos y 2000 detenidos. Largo Caballero, Saborit, Besteiro y Anguiano fueron condenados a cadena perpetua en un consejo de guerra. Luego los socialistas fueron amnistiados al ser elegidos en 1918 junto a Pablo Iglesias e Indalecio Prieto.

Esta huelga revolucionaria de 1917 conmocionó a Valladolid, donde los jornaleros ferroviarios, los de Prado, Gabilondo, Electra Popular y Silió padecían desabastecimiento, carestía y bajos salarios. Los sindicatos de la Compañía del Norte habían convocado en marzo una huelga de tres días, pero en agosto la Unión Ferroviaria y el Sindicato del Norte proclamaron la huelga general en solidaridad con los despedidos en Valencia. Pararon 1338 de los 1627 ferroviarios vallisoletanos y acabaron despedidos el 15%. Se declaró el estado de guerra en la ciudad hasta octubre. Fueron detenidos el concejal socialista Óscar Pérez Solís y el republicano José Garrote (fusilado en 1936), a quien luego 545 compañeros ferroviarios firmaron un sentido homenaje. El periódico ‘Adelante’ se suspendió y se cerró la Casa del Pueblo.

Recordando el centenario de 1917 y pensando en nuestra grave situación actual, la historia nos advierte de que los nacionalismos siempre han levantado fronteras y muros, causado fracturas y desigualdades sociales y originado guerras.

 

Editado en El Norte de Castilla del 11 de noviembre de 2017

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Debilidad del Estado y fracaso de las Autonomías
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elmiradordeclio | 17-10-2017 | 09:47| 0

Debilidad del Estado y fracaso de las Autonomías

Pedro Carasa

Ante el reto independentista catalán se ha descartado, con razón, la solución militar. La respuesta política ha llegado tarde y ha sido incapaz, ni el ejecutivo ha llevado la iniciativa, ni el legislativo fragmentado ha articulado una contestación de consenso político. Ha sido la actuación judicial la que ha controlado, no solucionado, el problema. In extremis y tarde ha aparecido el poder económico fugando empresas, lo que ha desorientado al independentismo rompiendo su cántaro de leche. Concluimos que el Estado ha sido débil y las Autonomías han fracasado y generan problemas.

Los políticos no ven las raíces de la enfermedad y no descubren su etiología, diagnóstico y tratamiento. Falta perspectiva histórica. Estamos ante un problema cultural de hondo calado contemporáneo que no se resuelve con medidas instantáneas, ni con violencia, ni con diálogos o negociaciones, ni con movilizaciones y mítines, ni con banderas españolas, esteladas o blancas.

El Estado de las Autonomías de 1978 muestra limitaciones y contradicciones. Los regionalismos y los nacionalismos nacieron históricamente de la debilidad del Estado español que hoy está siendo socavado por una de sus hijas rebeldes.

El Estado liberal fue débil por no ordenar eficazmente su territorio nacional en el XIX. Tras perder sus territorios coloniales, los liberales sólo centralizaron los niveles municipal, provincial y estatal. Una oportunidad de reforzar el Estado se perdió con los rexurdimentos y renaixenças que avivaron la cultura local y germinaron un buen modelo federal durante la I República. Desgraciadamente lo abolió la monarquía centralista de la Restauración que desarmó más al Estado y siguió deteriorando el nacionalismo español.

Desde fines del XIX, el Estado enflaqueció exteriormente en América y Europa y se rompió interiormente por la pugna de sus regiones, aquejado de foralidades y desigualdades. Al no estar cohesionado su territorio y carecer de una cultura nacional, el nacionalismo español fue descalificado por los nacionalistas y regionalistas. Eran fuerzas conservadoras, vinculadas a monasterios y sacristías, que contribuyeron a evitar el sentido de Estado. Sin una cultura democrática madura, el Estado español enfermó en una profunda crisis encadenada por la dictadura, la guerra y otra dictadura.

La II República no recogió la cultura estatal del viejo federalismo simétrico de 1873 y toleró una carrera de estatutos de autonomía, sin un plan previo que los articulara en un Estado superior. Desde 1934, los partidos nacionalistas conservadores pactaron estratégicamente con la izquierda, los vascos con los socialistas y la Lliga con los republicanos. Se produjeron así los primeros brotes secesionistas.

Reforzó esta falsa pátina progresista del nacionalismo la represión de la dictadura de Franco contra sus lenguas y líderes. La oposición al franquismo creó una izquierda aliada a los nacionalismos foralistas que perdió en su compañía los básicos valores de igualdad y solidaridad. Esta izquierda, más nacionalista que estatalista, fue capaz de justificar el terrorismo etarra que causó mil muertos y no reforzó al Estado, como era su obligación.

Desde 1977 el pacto constitucional puso a este débil Estado español bajo la presión de los nacionalismos apoyados por la izquierda. La Transición no resolvió el problema, camufló las naciones bajo las equívocas nacionalidades, diseñó un sistema de autonomías desiguales, marcó diversas vías de acceso, creó excepciones históricas, no puso techos competenciales, dejó el modelo abierto a la competencia y no impuso un senado territorial. Con ello, ablandó más al Estado; quedó reducido a un tercio de competencias e ingresos y eliminó su presencia en las Comunidades. Varios Estatutos ahondaron las desigualdades, pelearon por más competencias, los nacionalistas aspiraron a la independencia y evitaron el “café para todos”. De aquellos polvos vienen estos lodos.

La práctica electoral y parlamentaria ahondó la debilidad del Estado, dio más representación a los pequeños PNV y CiU, convertidos así en fieles de la balanza para esquilmar los presupuestos y acaparar más recursos y poderes. Equivocadamente se les dio la gestión de la educación, de forma que la manipularon para construir relatos históricos favorables a sus identidades y opuestos a la España enemiga. Obtuvieron también el pacto de inclusión lingüística, que acabó marginando el español. Colegios y universidades han inoculado la cultura altanera de odio a lo español como opresor, explotador e inferior. Al tiempo, se ha devaluado lo catalán en España. Esta herida en la sociedad española y catalana pervivirá varias generaciones.

La sociedad española, mal informada por una prensa populista o adicta a su poder, ha mirado a otro lado mientras se cernía la ruptura. Sólo el rey ha estado en su sitio. El ejecutivo y el legislativo perdieron la Diada, el 1-O, la imagen internacional y la confianza de los españoles. El caos catalán pretende ahora concesiones bajo el chantaje de la negociación o la mediación.

La España de la Autonomías ha fracasado por no conseguir la autoestima del país, ni generar referencias de igualdad y solidaridad, ni lograr un sentimiento de unidad nacional. Un pacto parlamentario de tres quintos, con los socialistas, debería reformar la Constitución, para que un Estado fuerte, federal y simétrico gestione la educación e iguale el territorio.

Editado en El Norte de Castilla, del día 17 de octubre de 2017

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¡No vale!
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elmiradordeclio | 10-09-2017 | 09:22| 0

¡No vale!

Pedro Carasa

El maestro de escuela de mi pueblo tuvo que responder a un niño de primaria que le preguntó por qué había reyes, policías, jueces, ministros, diputados, políticos o alcaldes. Se esforzó en transmitir a su curioso aprendiz que todos esos personajes y las instituciones que representan, la monarquía, las fuerzas de seguridad, los tribunales, el gobierno, el parlamento y los ayuntamientos, sirven para redactar la ley, necesaria para ordenar nuestra convivencia humana, sin necesidad de solucionar los problemas con la violencia o el uso de las armas.

Es como cuando vosotros jugáis al escondite o a la rayuela –decía-, sabéis que los juegos tienen unas reglas y que para jugar hay que aplicarlas; si algún niño se las salta, los otros le dirán ¡No vale!  Es lo que hay que hacer para poder jugar, porque, si no, protestamos, nos pegamos o dejamos de jugar. Cuando te regalan un juego de mesa como el parchís o la oca, además de las fichas, los paneles y los dados necesarios, siempre trae unas instrucciones que hay que leer antes y aplicarlas para que el juego funcione, sólo así nos entendemos todos y nos divertimos.

El maestro siguió explicando que, debajo de todos esos ilustres personajes y de tan pomposas instituciones en las que vivían los políticos, había sólo un principio muy simple que todos tenían que defender: una ley o regla que todos deben aceptar y cumplir para entenderse. Si no existe esa ley común, cada uno pretendería imponer sus intereses particulares por encima de los demás. La ley debe ser acordada por los representantes y todos los ciudadanos tienen la obligación de conocerla y de cumplirla para vivir juntos en una vecindad, en un pueblo o en una nación. Si alguien no quiere obedecerla se le apartará de la sociedad. Hay personas o tribunales que se encargan de castigar o retirar de la convivencia a los ciudadanos que no acepten las reglas acordadas por todos.

La ley está escrita para defender los valores que el conjunto de esa vecindad, esa región o ese país consideran que son comunes e importantes para convivir. Por ejemplo, que todos seamos iguales, que a todos se les den medios suficientes, que haya justicia en el reparto de bienes, que no se falte al respeto a los demás, que los intereses comunes valgan más que los privados. Esa ley común general (por ejemplo, una constitución) puede cambiarse siempre que todos acuerden hacerlo, según unas condiciones pactadas, pero no puede reformarla cada uno por su cuenta sin contar con los demás.

El maestro volvió a explicar a su querido e inquieto escolar la función de la persona del rey, del juez, del ministro, del diputado y del alcalde. A esa vecindad o comunidad política en que vivimos la hemos llamado ayuntamiento, comunidad autónoma, juzgado o nación, y están dirigidas por personas como Colau, Puigdemont, Pablo Iglesias, Garzón o Felipe de Borbón. Estas personas deben ser respetadas como las instituciones mismas. El conjunto de esas organizaciones juntas forma lo que llamamos Estado. Se ha construido a lo largo de la historia en numerosas culturas y épocas, desde los moradores de la cueva de Altamira, pasando por las civilizaciones de Grecia y Roma, siguiendo por los Imperios de Carlomagno y Carlos V, continuando por los Reinos de Borbones y Saboyas. Lo llamamos Estado de derecho, y ha sido definido por todas las constituciones, desde la liberal de Cádiz en 1812 hasta la democrática de 1978.

Al principio ejercían el poder individualmente lo chamanes o sacerdotes en nombre de Dios. Luego se impusieron las familias dinásticas que gobernaban como reyes. Las revoluciones de fines del XVIII establecieron que había que ordenar la convivencia política en una organización civil regida por unas leyes comunes para que todos convivan libre y democráticamente.

Se acordó que el Estado debía organizarse en tres tareas dedicadas a elaborar, aplicar y exigir la ley. Montesquieu los definió como los tres poderes del Estado: El primero era el poder legislativo compuesto por unos representantes del pueblo para redactar las constituciones, las leyes y los códigos; el segundo es el poder judicial encargado de hacer cumplir esas leyes y de castigar y separar a los que nos las cumplan; y el tercero es el poder ejecutivo que tiene que gobernar el país y administrar los intereses de todos los ciudadanos según dicen esas leyes. Pero fíjate bien, insistió el maestro, debajo del parlamentario, del juez y del ministro, que representan esos poderes del Estado, sólo hay un fin: que haya una ley, que se haga cumplir y que se gobierne de acuerdo con ella. Todos esos personajes solo existen para que la ley haga posible nuestra vida en común y sea la base de nuestra convivencia política. Es la única forma de evitar que se imponga la violencia en nuestra vida.

Continuó el maestro explicando a su atento niño, que la ley y el Estado solo buscan asegurar la vida de los ciudadanos. Todos los habitantes del país son los que tienen la capacidad de elegir a los diputados, son ellos los que poseen lo que se llama soberanía, la única que puede redactar las leyes y obligar a obedecerlas. A eso se llama democracia, el gobierno del pueblo, encargado de proteger y asegurar los derechos fundamentales de la justicia y la igualdad y los deberes básicos de todo ciudadano miembro de un Estado.

Este recuerdo infantil tan sencillo enseña un mensaje democrático muy hondo: hay que cumplir la ley, es más, hay que quererla como a un escudo que nos da seguridad. Me la enseñó el maestro de mi pueblo. Recordar hoy esta sencilla enseñanza es importante; cuando algunos políticos no cumplen la ley y quieren cambiarla por su cuenta, hay que gritar fuerte: ¡No vale!

 

Editado en El Norte de Castilla el 9 de setiembre de 2017.

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La familia en la crisis
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elmiradordeclio | 21-08-2017 | 18:52| 0

 

La familia en la crisis

Pedro Carasa

Familias y crisis tuvieron una relación interactiva en la historia, aquéllas mitigaron siempre los golpes sociales de las crisis históricas y éstas renovaron los modelos familiares obsoletos. Conocemos mejor el papel amortiguador de la familia que las hondas renovaciones generadas por las crisis. Ahora es fácil ver cómo el colchón familiar ha superado el conflicto de 5 millones de parados mejor que ONG, sindicatos o partidos. Es más difícil analizar cómo la crisis actual ha renovado la familia tradicional y la ha adaptado a la nueva sociedad. Decir que la crisis ha roto la familia es una visión histórica superficial, una mirada más honda percibe que la ha cambiado echando semillas revolucionarias que alumbrarán un renovado modelo familiar.

Los historiadores no hemos ahondado en la relación de la familia con los sistemas sociales y económicos, ni en su interactividad con las crisis. Los materialistas abandonaron la familia en el desván ineficaz de las mentalidades, la izquierda española la despreció como tradicionalista, retardataria y conservadora, como un instrumento moral de la Iglesia o de clase burguesa. La economía clásica tampoco ha analizado la familia como un factor necesario para la sostenibilidad de la economía y la sociedad. La cultura católica ha cultivado la familia como un reducto seguro, lastrada con maniqueísmos sexuales, con parentescos pasivos de maternidad tradicional y jerarquía patriarcal, con una convivencia resignada y tradicional. Los sociólogos y teólogos protestantes en cambio han valorado la familia como importante motor renovador de la sociedad. Los historiadores hoy descubrimos esa oculta función de sostenibilidad social de la familia gracias a la economía informal de la supervivencia y del cuidado, que, sin computar en la contabilidad, aseguró la básica labor de formar, alimentar y socializar a los miembros de la sociedad.

Varias crisis históricas adecuaron la familia a los cambios sociales y los hábitos culturales. Fue importante el paso de la antigua familia extensa a la nuclear, impulsado por la burguesía liberal del XIX. Su economía de subsistencia permitió sobrevivir al depredador capitalismo industrial, lo hizo productivo al sustentar al trabajador. La socialización de la familia sostuvo el mercado laboral y permitió la acumulación de capital. Sus valores callados de convivencia, supervivencia y unidad educaron a los trabajadores más que los sindicatos o las políticas sociales del débil Estado. En ella, la mujer sobrevivió sometida a la desigualdad del patriarcado.

La colaboración de las familias de los trabajadores fue necesaria a fines del XIX para formar los movimientos sindicales. No entramos en la dramática retaguardia familiar que aguantó la guerra civil, ni en la famélica postguerra heroicamente resistida por las familias españolas supervivientes del racionamiento. Porque también el franquismo forjó una familia nacionalcatólica que le fuera fiel. La profunda crisis del desarrollismo de los años sesenta fue fructífera gracias a la actitud valiente de cambio social y flexibilidad con que la familia española se renovó haciendo posible la posterior transición democrática.

Desde fines del siglo XX unas nuevas situaciones sociales, culturales, demográficas y económicas vienen replanteando varias funciones arcaicas de la familia tradicional: La atrofia de la educación familiar por la masificación de la pública, el encargo formativo al preescolar, la socialización de los hijos en manos de amigos, medios de comunicación y redes sociales, la secularización mayoritaria de la familia, la ambigüedad sexual del matrimonio, la extensión del divorcio, la práctica del aborto, la frecuente violencia intrafamiliar, la aparición de múltiples tipos de hogar, la reducción de miembros,  los aprietos de la vivienda, la caída de la natalidad,  el envejecimiento, la salida de jóvenes al exterior, el desempleo de recién titulados, la débil autonomía de un tercio de hijos mayores de 25 años viviendo con sus padres, la incorporación de la mujer al trabajo, la exigencia de igualdad y conciliación, la intensa movilidad profesional, la reducción salarial, la precariedad laboral, el gasto en protección a la familia mitad del europeo, la supervivencia con la pensión del abuelo, la repercusión de la crisis del Estado de Bienestar, los servicios mercantiles que vacían la cultura del cuidado en el hogar, la avanzada demanda de sanidad que excede el domicilio, la pérdida de comunicación familiar por la invasión del trabajo y las comunicaciones. Éstas y otras semillas están gestando otra versión de la familia, más ajustada a los cambios sociales, que no desaparecerá, sino que se adecuará a las nuevas generaciones.

La crisis ha evidenciado algunos déficits actuales de la familia nuclear tradicional. Hoy aparece como estrecha, rígida, jerárquica, patriarcal, desigual en género y derechos, intolerante en sexos, con procreación única, y no exenta de violencia callada. La praxis familiar de los jóvenes reclama abrirla política, jurídica y socialmente. Por eso están formando ya una familia nueva, flexible, abierta, igualitaria, no jerárquica, poco nuclear, intersexual, no localizada, sin fijeza domiciliar, menos duradera, secularizada y conciliada con el trabajo.

Ha sucedido lo habitual en la historia, no sólo que la familia ha aliviado la crisis, sino sobre todo que la crisis ha renovado la familia.

El artículo fue editado en El Norte de Castilla del 12 de agosto de 2017.

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Matamoros
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elmiradordeclio | 24-07-2017 | 09:04| 0

Matamoros

Pedro Carasa

Santiago patrón de España y la fiesta nacional del Pilar vinculan la identidad de España a leyendas paleocristianas, a mitos bélicos de la Reconquista medieval contra el Islam y a la exaltación religiosa de la monarquía absolutista. Con Santiago celebramos la herencia histórica de una vieja teocracia de cruz y espada, la memoria de una sociedad cristiana vencedora de la guerra santa contra los moros, y los símbolos de una monarquía elegida por la gracia de Dios para convertir infieles.

Siguiendo mitos celtas del Finisterre y tradiciones cristianas, se dice que Santiago el Mayor, el Hijo del Trueno, predicó en Hispania, se le apareció la Virgen del Pilar en el año 40 para alentarlo, y fueron trasladados sus restos en una barca de mármol a Compostela. Muchos símbolos medievales convirtieron al apóstol en líder de la Reconquista, como las estrellas y los cánticos aparecidos al mítico eremita Pelayo en Compostela en el 813, la proclamación del apóstol Santiago Patrono del Reino por Alfonso II, y la construcción de un santuario en el cementerio jacobeo. Nació el mito del Matamoros cuando Santiago se apareció en la batalla de Clavijo (844) como soldado de Cristo, sobre caballo blanco, con espada y cruz bermeja de sangre sarracena. Merced a él, Ramiro I venció a los musulmanes de Abderramán II. Surgió también la leyenda del caballo blanco y la cruz de San Jorge, Patrono de Aragón, con 4 cabezas cortadas de reyes sarracenos, que ayudó a Pedro I a vencer en 1096 a los musulmanes en Alcoraz.

España se llenó de imágenes del Matamoros y mil pueblos lo declararon patrono. Se veneraron reliquias (hasta la herradura del caballo blanco), los campesinos pagaron el tributo del Voto de Santiago, se creó la Orden de Santiago para apoyar la cruzada, se consagró Compostela como Santo Lugar, y se repartieron indulgencias de peregrinación. El Codex Calixtinus de 1140 sirvió de guía de la ruta.

El tránsito del Camino sacro consolidó los burgos reconquistados desde Roncesvalles a Santiago. Los cristianos repoblaron el itinerario con puentes, hospitales, monasterios, iglesias y catedrales, y se organizaron con presuras, señoríos y pueblas. También se perdió parte del excelente patrimonio de la cultura musulmana, si bien por fortuna perviven 4000 palabras árabes en el diccionario.

Entró así en España la idea de la Cruzada, una guerra santa en la que Dios luchaba con los cristianos contra los moros. La Reconquista y las expulsiones de moros y judíos interiorizaron en los españoles la convicción de ser una nación elegida para erradicar los errores religiosos de Occidente e impregnaron la sociedad de cierta fobia musulmana y de un militarismo salvador.  Los Reyes Católicos construyeron su hospital en Santiago, Fernando el Católico el de San Marcos en León y Alfonso VIII el del Rey en Burgos.

Santiago también animó la conquista de América, como un ‘trueno’ transfigurado en guerrero sobre corcel blanco, para ayudar a los cristianos, donde dio patronazgo y nombre a numerosas ciudades. La literatura de la edad de oro reflejó este patronazgo, don Quijote alegó “simplicísimo eres, Sancho, mira que este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo”; Quevedo escribió que “Dios hizo a Santiago patrón de España, que no existía entonces, para que cuando llegue el día pudiera interceder por ella y volverla otra vez a la vida con su doctrina y con su espada”. En 1630, la monarquía absoluta nombró a Santiago Patrón de España.

Bajo la dramática imagen de los moros a los pies del caballo y con el grito ¡Santiago y cierra, España!, la Corona se sintió protegida por Dios y España se creyó elegida para una misión mesiánica. Varias armas del ejército se cobijaron bajo el patronazgo jacobeo y utilizaron sus consignas.  El carlismo y el integrismo católicos del XIX (hasta la leyenda del caballo blanco de Pavía contra la I República) reforzaron la tradición jacobea y la guerra santa. La II República dejó de lado esta creencia, pero las dictaduras volvieron a legitimarse con la cruzada de Santiago. En el siglo XX, los historiadores liberales Sánchez Albornoz y Vázquez de Parga declararon la tradición jacobea falta de argumentación histórica y legendaria en origen.  En la guerra civil se exaltaron estas ideas míticas y se veneró a Franco como un nuevo Cruzado. Confesó que en la batalla de Brunete vio a Santiago en su caballo blanco (con boina roja y camisa azul bajo el casco) matando a masones y comunistas, enemigos de la España católica. El Pilar y Santiago aparecerán desde entonces en las Enciclopedias escolares como referencias religiosas de la reconstrucción de la Nueva España.

Santiago nos ha dejado así dos legados. Un patronazgo de espíritu bélico, expresado en la imagen del Matamoros, que nos retorna a la herencia medieval de una España cerrada y arcaica. Pero contamos con otro patrimonio jacobeo, abierto y nuevo, que es el Camino de Santiago, germen de una fecunda circulación cultural que potencia nuestro origen europeo.

La Transición ha potenciado con acierto el firme legado de la ruta jacobea (se prevén 300000 peregrinos en 2017). Sin embargo, ha pervivido el viejo patronazgo de Santiago, memoria inquietante de una violenta cruzada contra los musulmanes. Las guerras santas no son recuerdos apropiados para una España aconfesional que hoy lucha contra el yihadismo.

Original publicado en El Norte de Castilla del 22 de julio de 2017

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La Noche de San Juan
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elmiradordeclio | 21-06-2017 | 10:46| 0

La Noche de San Juan

Pedro Carasa

La fiesta del solsticio de verano invita al historiador a bucear en sus cimientos, en el instinto colectivo, los sueños quiméricos, la costumbre prohibida, los rituales descarados de una sociedad. Los vemos aflorar reiteradamente en nuestra sociedad. Esta noche de San Juan destapa raíces de la cultura popular, aunque parezca un decorado pintoresco y anecdótico, apunta latentes tensiones y conflictos de la calle. También enmascara dominaciones propias de la cultura del poder. Repasemos algunos escenarios contradictorios de esta fiesta.

Celtas y romanos expresaron sus esperanzas populares en la noche de la puerta del verano. Celebraron el culto al sol, los ciclos de la naturaleza, el día más largo y la noche más corta, la puerta de la cosecha, la vuelta a la calle o el final de los estudios. El ritual era lavarse la cara, saltar hogueras, bañarse en el mar para purificarse, recordar mitos de identidad, rememorar antepasados, cerrar el presente y soñar el porvenir, espantar los malos espíritus, o danzar para alcanzar el amor y la fertilidad. La Noche de San Juan lo ha cristianizado recordando a su padre Zacarías, que saltó por encima de las llamas recitando cánticos para anunciar el nacimiento de su hijo.

Aún subsisten sus leyendas, como la de Anjana, hada buena del bosque que ofrece un trébol de cuatro hojas para ahuyentar a los tres caballucos alados del diablo. En la montaña de León se celebra la Xana, en el Bierzo la Noche Mágica en Balboa, en San Pedro Manrique el sendero de ascuas y la fiesta de las Móndidas, en Navasfrias y Robleda los encierros y capeas, en Velilla del Río Carrión los ritos celtas del fuego y el mercado Tamárico. Desde entonces, la vigilia del 21 al 22 de junio sigue siendo una fiesta simbólica de fuego, baños, hierbas, canciones, danzas, utopías y protestas.

Toda fiesta tradicional, sea oficial o popular, está trenzada de tramas tirantes individuales y colectivas, enfrenta aspiraciones de la persona y la comunidad. El fuego, la música, el vino y la danza refuerzan lo colectivo, pero al tiempo incitan al individuo a situarse fuera de la horma social.

Late en la fiesta también la tensión de la autoridad y el pueblo, que no coinciden en sus objetivos y ritos. Al poder le interesa usarla como válvula de escape de las tensiones entre el que manda y el que obedece, mientras el pueblo prefiere romper el orden y exhibir la crítica.

Batallan también en la fiesta la utopía y la realidad. La tradición, la autoridad y la religión alientan a festejar valores ideales e identidades, pero la diversión pide al ciudadano olvidar teorías y desahogarse de la brega diaria. La fiesta debe hacer catarsis de la vida social, desordenar jerarquías, destruir reglas y romper la rutina de espacios y tiempos; el individuo busca el placer del exceso verbal y del comportamiento licencioso.

En la fiesta chocan el relato pasado oficial y la identidad presente. Mientras los promotores evocan símbolos naturales, patrióticos o religiosos, al individuo le apetece el jolgorio sin comeduras de coco. Y si nacen ideas en la fiesta no es para repetir ceremonias, sino para afear al poder y reivindicar lo que te apetece y no tienes.

En la fiesta pugnan el orden y la rebeldía, el adoctrinamiento y la protesta. La fiesta necesita espacios burlescos y satíricos que pueden llegar a la ofensa, por eso siempre hay provocaciones antisistema. Para el poder religioso es una ocasión de pecado. El poder político programa fiestas para legitimar su proyecto y socializar sus consignas, pero las prohíbe cuando el pueblo contesta su hegemonía política, cultural o religiosa.

El poder y el pueblo han modificado la fiesta española desde la Transición. Desde arriba se ha municipalizado, nacionalizado y politizado el contenido de la fiesta al mitificar relatos patrióticos torciendo o inventando datos históricos. Desde abajo los nuevos movimientos sociales han vaciado las fiestas tradicionales, las redes sociales las han banalizado y el fútbol las ha acaparado. Al borrar los ritos de la vieja fiesta con lemas ecológicos, gais o de regeneración democrática, la fiesta se reduce a mitin y reivindicación. Los populismos utilizan las fiestas radicales para dar protagonismo a la gente en la calle fuera de las instituciones. Las prohibiciones provocan boomerang y convierten la rebelión en fiesta.

La noche de San Juan vallisoletana del año 2000 fue buen ejemplo de esta pelea entre el poder y el pueblo. Las hogueras se venían celebrando en la ribera de la Esgueva del Prado de la Magdalena y su casa de las chirimías, luego en el Nuevo Espolón del Pisuerga, finalmente en las Moreras. El alcalde prohibió las hogueras de las Moreras, por creerla poco más que un macrobotellón en la playa, y las expulsó al cemento del real de la feria. Izquierda Castellana organizó la desobediencia en el Pisuerga y la noche se saldó con 41 heridos y 4 detenidos. Una Asamblea contra el Fascismo y la Represión mantuvo vivo el fuego tradicional en las Moreras para bailar, comer y quemar sus deseos escritos en papel. El ácido debate de prensa, tele y calle le hizo perder el pulso al alcalde. Las Moreras han resultado icónicas, aun el acalde socialista las ha ocupado con una performance por los refugiados.

Tal vez los alcaldes deban aprender que ni las fiestas ni las Moreras son suyas, pues pertenecen al pueblo y hay que respetarlas.

Publicado en El Norte de Castilla del 19 de junio de 2017

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El Brasero de Herejes
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elmiradordeclio | 14-05-2017 | 11:22| 0

El Brasero de Herejes

Pedro Carasa

 

En el V centenario de la reforma de Lutero reflexionamos sobre algunos tópicos de su leyenda negra. Media Europa condenó el luteranismo y sólo el ecuménico Vaticano II trató en vano de reconciliarlo. Pero hoy el papa Francisco propone pasar de la excomunión a la intercomunión. También Delibes, novelando el drama del brasero de herejes, defiende la tolerancia y la dignidad de su memoria. La reflexión histórica puede valorar mejor las causas y significados del luteranismo.

Lutero tuvo sus sombras, fue maltratado de niño, tuvo crisis como fraile y padre, casó con una exmonja y abusó del vino. Sintió fobias religiosas contra Roma, judíos y turcos. Fue crítico y mordaz consigo, con la regla monástica, con el papa, obispos, emperador, príncipes y campesinos rebeldes.

No fue un fraile enviado por el diablo para romper la cristiandad, como dice el tópico católico, sino un agustino de intensa vida religiosa, experto conocedor de la Biblia, escritor agudo y agitado reformador escandalizado por la corrupción del poder de la Iglesia. Su objetivo fue interiorizar la religión por la fe y confiar en la salvación por la gracia de Dios, así lo divulgó con sus eslóganes Sola Fide, Sola Gratia, Sola Scriptura, Solus Christus.

La Contrarreforma condenó su obra mediante la inquisición y el índice de libros prohibidos, hizo reformascon los jesuitas y el concilio de Trento y practicó una religiosidad y una estética barrocas en la Europa mediterránea.

El Hereje de Delibes relata esta condena en Valladolid, puerta abierta para influencias luteranas y teatro inquisitorial de autos de fe. La escuela escultórica vallisoletana replicará luego a Lutero y las procesiones de sus imágenes contrarreformistas exaltarán actitudes y valores opuestos a su liturgia.

Entremos ya en los hondos significados históricos de Lutero en política, cultura, comunicación, economía, civismo y arte.

Lutero produjo dos efectos políticos negativos, dio el poder eclesiástico a los príncipes en las iglesias territoriales y estimuló una larga espiral bélica religiosa en Europa. Rechazó la opresión del papado sobre Alemania y su control sobre el emperador haciendo a los príncipes cabezas de sus iglesias. Las primeras comunidades campesinas rebeldes que elegían a sus pastores acabaron en iglesias luteranas principescas.

La reforma y contrarreforma extendieron la guerra santa en Europa: Cruzada entre turcos y sacro imperio germánico, conflicto de la Liga de la Esmalcalda en Alemania, ocho guerras de religión (1562-98) de católicos y hugonotes en Francia, guerra de los Ochenta años entre protestantes y católicos en los Países Bajos, guerra de los Treinta años (1618-48) entre bandos religiosos del imperio germánico, y guerras de los Tres Reinos (1639-51) en las Islas Británicas.

Lutero nació en el Renacimiento, pero su cultura no fue renacentista al no asumir el principal valor del humanismo de Erasmo. El maniqueo agustiniano no valoró al hombre como protagonista del mundo y lo creyó incapaz de salvarse por sus méritos.

Lutero fue pionero editor y divulgador en alemán, publicista con eslóganes y procaces grabados de Cranach. Pasó del sermón oral a la información de masas con la imprenta. Publicó más de 100 libros y folletos, en 4 años vendió 300000 ejemplares, así logró que la reforma invadiera Europa.

Weber dijo que la ética protestante de trabajo y profesión originó el espíritu capitalista. Valoró el trabajo como misión divina, mientras los católicos lo despreciaron como castigo de Dios. El éxito profesional era un signo de predestinación divina y había que vivirlo con honradez. Los luteranos rechazan la vida contemplativa católica, no desprecian el mundo como pecaminoso, lo aman como fruto de Dios.

La cultura protestante estimuló el civismo comprometido y propició el bienestar social.Profundizó en la ciudadanía responsable civil y enfatizó la educación. Su austera moral fue enemiga de lujos y despilfarros, pero no reprimió el sexo y rechazó el celibato. Propició una relación más familiar de domicilio y menos pública de calle.

Al romper el control ideológico papista abrió el camino de libertad de conciencia, de creación de pensamiento y de sensibilidad estética. Lutero fue músico de tradición germana y revolucionó este medio litúrgico de participación. La hizo coral, popular, simple, alegre, comunitaria y la orientó a la poesía del salterio en contra del gregoriano inclinado a llantos y penas. Sólo su iconoclastia eliminó imágenes, perdió patrimonio y frenó la escultura. En cambio, originó una literatura de inspiración protestante y tradición reformada que puede rastrearse en Milton, Melville, Allan Poe o Dickinson.

Si no se hubiera obstruido la inicial reforma luterana podría haberse regenerado la Iglesia europea, pero su fundada crítica a los escándalos papales derivó, por el choque de poderes políticos, en una fractura eclesiástica que partió en dos a Europa. Los conflictos monástico, teológico, germánico, romano, imperial, musulmán, suizo, flamenco, francés y español fueron complicaciones de poder político externas a Lutero. Pero corrompieron su proyecto inicial, abortaron los acuerdos y enconaron las relaciones hacia un cisma institucional no deseado. La unión europea actual debería desandar ese camino y eliminar los obstáculos del poder político que impiden la tolerancia y la conciliación.

Original editado en la edición de papel de El Norte de Castilla del día 13 de mayo de 2017

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El camino contemporáneo de Castilla
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elmiradordeclio | 09-04-2017 | 08:58| 0

El camino contemporáneo de Castilla

Pedro Carasa

Castilla ha andado un rico camino histórico de más de mil años. Su primer trecho medieval y moderno fue ascendente, señalado por tres jalones brillantes: Condado en el siglo IX, Reino en el XI, Imperio en el XVI. El segundo tramo contemporáneo fue descendente y guiado por pasos más modestos: Nación en el XIX, Región en el XX y Comunidad Autónoma desde 1983.

Superó el primitivo Condado con esfuerzo repoblador y de reconquista, que le condujo a convertirse en Reino líder y unificador. Este Reino produjo unas fuerzas políticas y económicas que saltaron los límites peninsulares y encabezaron la conquista americana. Alcanzó su cénit de poder dentro del Imperio de los Austrias en el que impulsó una brillante edad de oro. Sus ciudades comerciales ejercieron un notable liderazgo cultural y económico, que no estuvo exento de sombras de persecución racial y religiosa. A partir del siglo XVII la Corona de Castilla declinó su protagonismo exterior y necesitó las reformas de los ilustrados.

Repasamos hoy el trecho contemporáneo del camino histórico de Castilla la Vieja, subrayando el declive que experimentó y el menor dinamismo que acusó. Desde 1812 sus provincias se incorporaron a la Nación española, pero vivieron con pasividad e incluso con rechazo el liberalismo. Las fuerzas de la sociedad castellana del siglo XIX apenas militaron con radicales, republicanos, federales ni socialistas, conectaron mejor con los carlistas y siguieron a la Iglesia ultramontana. Salvo el breve Reinado de Ceres en Valladolid, basado en tren, trigo y talleres, Castilla la Vieja en el XIX fue agraria, proteccionista y caciquil, a pesar de creerse depositaria del alma y ser de España.

Desde 1900, la Región apenas asimiló la modernización en sus ciudades y tuvo mínimos ejemplos vanguardistas de la edad de plata de la cultura española. Lentamente generó un regionalismo remiso y anticatalán, que perdió la visión romántica de los comuneros, no asumió el mito de Villalar, ni alcanzó una identidad castellana.

En Castilla fracasó el proyecto republicano que no consiguió aprobar su Estatuto en 1936. La izquierda no ganó (salvo en Valladolid) ni una elección entre 1931-36, pero la Iglesia y los agrarios sí que allanaron el camino al rebelde levantamiento franquista. Fue beligerante en el bando nacional, Burgos y Salamanca sirvieron de sedes al vencedor, Valladolid acunó la falange, y la región practicó masivamente el nacionalcatolicismo. La dictadura ahondó en Castilla un falso complejo de superioridad, vació su mundo rural y arruinó sus valores tradicionales en los años 60. Acabó anestesiada y sin capacidad de generar más que una tímida oposición desde movimientos cristianos.

La condición de Comunidad Autónoma colocó a Castilla en 1983 ante un importante reto de progreso, que se malogró por el lastre de unos escasos recursos humanos y culturales, una población emigrada o envejecida, pueriles rivalidades provinciales, una pobre identidad regional y una economía agraria abocada a diluirse en el mercado europeo. La recuperación de Castilla durante la Transición ha sido leve, empujada más por las exportaciones y subvenciones europeas que por su gestión autonómica. La Autonomía estancó a Castilla en la media española, y no ha logrado devolverle el protagonismo económico, social y cultural de antaño.

Este bajo dinamismo regional ha dejado pendientes en su sociedad graves problemas. Los trabajadores del campo están abandonados por el sindicalismo, el mundo rural orientado sólo a la segunda residencia, la cultura tradicional derrumbada, la natalidad bajo mínimos y el envejecimiento galopante, los pueblos dispersos con pocos servicios básicos, las juventudes campesinas y urbanas sin salida, la familia sin protección oficial. La ordenación del territorio no ha solucionado la dispersión, las provincias siguen insolidarias, los políticos castellanos olvidan el imprescindible municipalismo, el patrimonio es explotado sin investigación, los graves problemas del carbón y la reindustrialización siguen en vía muerta.

Unos imputan esta apatía al conservadurismo de la sociedad castellana, alimentado por el poso eclesiástico y agrario. Otros creen que ha sido la insensibilidad de los políticos ante los problemas reales, particularmente la dejación de la izquierda. En la democracia el 90% del poder lo ha gestionado la derecha, en las nueve legislaturas ésta obtuvo el 58,4% y la izquierda el 41,6% de los procuradores. La deserción del socialismo en la Comunidad Autónoma es grave, desde 1983 sólo ganó el PSOE la primera elección autonómica, todas las siguientes fueron derrotas, y la de 2011 bajó del 30%. Izquierda Unida ha desaparecido entre 2003-11.

Han perdido ocho de nueve elecciones porque la oposición política del partido socialista y los sindicatos no han perseguido sus objetivos de igualdad y solidaridad, han tenido líderes débiles y se han acomodado a una oposición inactiva. Han desconectado de los problemas reales, se han fracturado y desorientado ante los populismos emergentes. La desaparición de la izquierda ha formado en Castilla una bolsa de carencias sociales cuyo hueco no puede llenar el populismo radical. La historia del camino contemporáneo de Castilla que hemos recorrido descubre que su sociedad necesita que los valores sociales de la izquierda se estimulen desde el poder.

Original publicado en El Norte de Castilla del 8 de abril de 2017

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El pequeño mundo independentista
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elmiradordeclio | 12-03-2017 | 10:05| 0

El pequeño mundo independentista

Pedro Carasa

La cultura política independentista sufre una doble enfermedad, aguda en la élite y crónica en la sociedad. La hinchazón morbosa de los soberanistas catalanes, embriagados por una religión política irracional, tapa hondas corrupciones, fragmenta su coalición, divide a la sociedad, y no encuentra eco en Europa. Las encuestas señalan una fatiga crónica del apoyo social a las esteladas y cierto sonrojo por la infantil democracia de cajas de cartón. Cataluña así se empequeñece.

Para un historiador, más que la euforia política y la debilidad social del independentismo, es alarmante el deterioro causado en los significados contemporáneos de soberanía y nación. Echemos una mirada histórica sobre el soberanismo desde 1789 a hoy (que pasará al blog El mirador de Clío). Aceptamos los conceptos de derecho constitucional, no debatimos la naturaleza jurídica de sus fundamentos, sólo comparamos las prácticas de su cultura política histórica y actual.

Soberanía y nación son dos referencias occidentales, acuñadas por la Revolución francesa y las Cortes de Cádiz, cuyo significado revolucionario fue borrado por la práctica política posterior. Los moderados del XIX las reducen a compartida y católica, los procesos de descolonización las conculcan, la revolución de 1917 las desecha, las dos guerras mundiales las enfrentan, y los fascismos las fulminan. Por todo ello, la cultura nacional ha sido triturada por secesiones, autodeterminaciones, fronteras, aduanas, proteccionismos, nacionalismos excluyentes, explotaciones coloniales, guerras de independencia y referéndums autoritarios. Superado el colonialismo y admitida la eliminación de la guerra como solución de conflictos, la Sociedad de Naciones de 1919 y la ONU de 1945 apenas ordenaron estos desastres descolonizadores, bélicos y fascistas. Hoy su planteamiento internacional ha fracasado y urge un nuevo gestor de armonía trasnacional.

Los nacionalismos español, vasco y catalán se basaron en fueros históricos, destinos religiosos, creencias racistas y dominios lingüísticos; ideas individualistas que anteponían identidad a igualdad y diferencia a solidaridad. Las vírgenes patrias y la Iglesia los bendijeron como pueblos elegidos. El debate político actual entre conservadores, socialistas y populistas vacía el concepto de nación y lo maneja como piedra arrojadiza en la pelea partidista. Los independentistas, en contra del valor de la originaria soberanía nacida para universalizar el poder, la reducen a una elite y territorio particulares. Hacen renacer las peores raíces nacionalistas de atávicos complejos de superioridad, pueriles victimismos y privilegios medievales (llamados conciertos). La izquierda española entró en crisis por su pacto antinatural y su silencio cómplice con los abusos nacionalistas, nidos de insolidaridad y desigualdad. El marxismo fue antinacionalista y hoy la sociedad española contempla atónita que la izquierda radical propone la autodeterminación y en el PSOE se abandera un Estado multinacional. Todo populismo acaba debilitando la soberanía, el radical con la democracia asamblearia y el conservador con el proteccionismo y las vallas.

Pero el soberanismo nacionalista tiene más pasado que futuro, en la geopolítica mundial es una raquítica manera de desviarse de la solución global, y en el diseño de una convivencia española en lugar de regenerar la democracia la debilita gravemente. Vivió su plenitud histórica entre 1789 y 1945, en 1978 se prolongó a destiempo, y en el siglo XXI su bandera es tan anacrónica como las viruelas a la vejez. Podría decirse que los secesionistas han caído rendidos inoportunamente ante la moza menos atractiva, más desposeída y envejecida de la actualidad.

El mayor límite de la soberanía es la economía, porque mercado, interés, trabajo, oferta/demanda y finanzas globales saltan las fronteras nacionales. La telecomunicación del 5G, el internet de las cosas y la nueva Industria 4.0 globalizan el espacio económico más allá de las multinacionales o la deslocalización. Los expertos económicos creen ya obsoleto el concepto de internacional y manejan el de trasnacional para rebasar el marco de la nación y abrir un espacio universal. Europa ya creó un poder supranacional en economía y sociedad y hoy lo pretende en política. Apostemos por que no sea sólo la economía la que globalice la soberanía, sino el pacto social, el reconocimiento cultural, la religión tolerante y la inclusión social.

Hay que superar los límites territoriales nacionales y orientar la universalización del espacio hacia la comunicación y el conocimiento en beneficio del hombre. Las aduanas nacionalistas se adueñaron del territorio como escenario arancelario y militar, lo que significó poner puertas al campo. La globalización no admite hoy más cierres separatistas del espacio.

También el movimiento multicultural y multirracial rompe nuestros cotos territoriales. La identidad cultural enriquece a una región, pero su soberanía política empobrece al conjunto. Las migraciones intercontinentales y los refugiados por guerra y pobreza no sólo ablandarán, sino que borrarán las barreras políticas nacionales. Superamos la vieja división este/oeste, hoy queremos acabar la actual fractura norte/sur. ¿Los independentistas pretenden frenar la movilidad humana con líneas nacionales y concertinas? Históricamente es un mundo pequeño y descaminado.

Publicado en la edición de papel de “El Norte de Castilla” del 11 de marzo de 2017

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El espectáculo de un Carnaval vacío
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elmiradordeclio | 26-02-2017 | 19:18| 0

El espectáculo de un Carnaval vacío

Pedro Carasa

Carnaval, carnal, carnestolendas significan que la carne debe ser eliminada (símbolo del pecado), mientras el entierro de la sardina propone acabar con el pecado y volver al pescado (símbolo de la abstinencia). Es el ritual más viejo, hondo y universal de occidente que trasciende religiones, espacios, poderes y culturas, porque visualiza los impulsos humanos más hondos. Hoy está reducido a un rentable espectáculo.

Nace en ritos celtas agrarios, de fertilidad y primavera. Entran aquí hacia el 900 a.C. para purificar a los muertos de espíritus malignos con calabazas anteriores al Halloween. Celebran el fin del invierno (muerte) y el inicio de la primavera (vida), etapa básica del tiempo vegetal, animal, humano y religioso. Contienen leyendas del guía sagrado en caballo blanco (cristianizado en Santiago), la luz que alumbra y purifica (las Candelas), la quema de víctimas expiatorias (Judas,Peropalo, Colacho, Fallas), el canto a la fertilidad de la tierra, el ganado y los hombres (Pascua).

Se incorporan danzas egipcias de igualdad social. Los griegos aportan el barco con ruedas (carrus navalis). Para Caro Baroja son decisivas las fiestas romanas, saturnales (dios de la sementera), bacanales (dios del vino), lupercales (dios de la fecundidad) y matronales. En las saturnales se libera a esclavos, servidos por sus dueños, que sacrifican un rey bufo y se exceden en placeres, sin tribunales, escuelas, guerra, ni trabajo. De los lupercos, jóvenes embriagados tras las mujeres deseosas de descendencia, arrancan muchas tradiciones castellanas. En el siglo V se cristianizan estas lupercales con la fiesta de San Valentín.

La Iglesia incorpora a su liturgia las celebraciones paganas, abre la Cuaresma el Carnaval como un contrasentido religioso que confirma la regla de la virtud con la excepción del vicio; la infracción ritual es válvula de escape que refuerza el orden y no lo quiebra. Sin la Cuaresma, dice Caro Baroja, no tendría sentido el Carnaval, lo ha conservado.

Las medievales fiestas de locos del Carnaval impulsan a monaguillos a elegir un obispillo, suben a asnos rebuznando al coro de las iglesias, coreados por campesinos, locos y pobres cantando burdas coplas para humillar a los poderosos. A estas fiestas recuerdan los mozos castellanos en pasacalles de Santa Águeda con coplas y alimentos para celebrar grasientas comilonas y copiosas bebidas en el Jueves de todos. Los leoneses del Jueves lardero comen hasta reventar porque luego ayunarán. Celebran el Antruejo o introito de la Cuaresma con máscaras de guirrios, jarrios, zafarrones y jurrus.  Proliferan animales domésticos, como el toro (Ciudad Rodrigo), el burro o el gallo. En el Escarrete de Prádanos las mozas matan al gallo. Los locos eligen autoridades burlescas, reyes de animales (San Antón) y alcaldes cómicos, como las Águedas de Zamarramala hacen alcaldesas a las mujeres. Son parecidos el Zangarrón en Sanzoles, los Cucurrumachos en Gredos, la Boda de Carnaval en Toro, el Carnaval del Toro en Ciudad Rodrigo, la Noche Bruja en la Bañeza.

La nobleza del Imperio español lo usa para reforzar sus linajes. Los ilustrados generalizan bailes de pelucas y sátiras, hasta que los frena la revolución francesa que prohíbe los disfraces y la mezcla de pueblo y nobleza en la calle.

Larra escribe que en el XIX todo el año es Carnaval. La burguesía urbana liberal exalta sus valores con fiestas ostentosas, crea una imagen alegre y autocomplaciente de la ciudad para darse prestigio. Mientras los radicales lo animan, los conservadores lo limitan. La revolución de 1868 retira las caretas y sólo difunde el irreverente baile del cancán. La I República, proclamada el martes 11 de febrero de 1873, sustituye los Carnavales por estudiantinas de tunantes.

El poder siempre utiliza o persigue el Carnaval. Se condena en el s.XVII, vuelve a prohibirlo Carlos III, lo hacen también los moderados y las dictaduras. En febrero de 1929 se impide salir a la calle con disfraz. En febrero de 1937, antes del miércoles de Ceniza, Franco suspende el Carnaval. El nacionalcatolicismo condena las carnestolendas por irreverentes y sacrílegas. La fórmula más sutil y efectiva para controlar el Carnaval es la cristianización católica que neutraliza sus efectos mentales.

En el primer tercio del s.XX se estimulan comparsas, coros y cuartetos, particularmente las murgas y chirigotas gaditanas, que transmiten bien el viejo espíritu carnavalero de ironía y crítica política. La II República abre la crítica en coplas sobre la reforma agraria que cantan comparsistas anarquistas y anticlericales en el bajo Guadalquivir.

La sociedad actual, movida por el mercado, el espectáculo fácil y el regionalismo, abandona estas raíces y reduce el Carnaval a un vacío folclore de cultura dulzona que pierde la hondura humana de sus raíces. Populistas, antisistema y animalistas no se fijan en su ecológica defensa de la naturaleza, su aspiración de igualdad, su denuncia de corrupción o su aprecio de los animales. Hoy los Carnavales sirven, como otras procesiones, para exhibir vitalidad y prestigio de políticos y ciudades. Los ayuntamientos lo pagan y difunden por televisión como diversión edulcorada para conseguir apoyo electoral. Valladolid rendirá homenaje a Zorrilla, al romanticismo y al Tenorio. El Carnaval hoy no sirve para que el pueblo critique, sino para que el poder ensalce a un egregio lugareño y alimente la autocomplacencia de la ciudad.

Publicado en la edición de papel del 11 de febrero de 2017

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Sobre el autor elmiradordeclio
El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.