img
El pequeño mundo independentista
img
elmiradordeclio | 12-03-2017 | 10:05| 0

El pequeño mundo independentista

Pedro Carasa

La cultura política independentista sufre una doble enfermedad, aguda en la élite y crónica en la sociedad. La hinchazón morbosa de los soberanistas catalanes, embriagados por una religión política irracional, tapa hondas corrupciones, fragmenta su coalición, divide a la sociedad, y no encuentra eco en Europa. Las encuestas señalan una fatiga crónica del apoyo social a las esteladas y cierto sonrojo por la infantil democracia de cajas de cartón. Cataluña así se empequeñece.

Para un historiador, más que la euforia política y la debilidad social del independentismo, es alarmante el deterioro causado en los significados contemporáneos de soberanía y nación. Echemos una mirada histórica sobre el soberanismo desde 1789 a hoy (que pasará al blog El mirador de Clío). Aceptamos los conceptos de derecho constitucional, no debatimos la naturaleza jurídica de sus fundamentos, sólo comparamos las prácticas de su cultura política histórica y actual.

Soberanía y nación son dos referencias occidentales, acuñadas por la Revolución francesa y las Cortes de Cádiz, cuyo significado revolucionario fue borrado por la práctica política posterior. Los moderados del XIX las reducen a compartida y católica, los procesos de descolonización las conculcan, la revolución de 1917 las desecha, las dos guerras mundiales las enfrentan, y los fascismos las fulminan. Por todo ello, la cultura nacional ha sido triturada por secesiones, autodeterminaciones, fronteras, aduanas, proteccionismos, nacionalismos excluyentes, explotaciones coloniales, guerras de independencia y referéndums autoritarios. Superado el colonialismo y admitida la eliminación de la guerra como solución de conflictos, la Sociedad de Naciones de 1919 y la ONU de 1945 apenas ordenaron estos desastres descolonizadores, bélicos y fascistas. Hoy su planteamiento internacional ha fracasado y urge un nuevo gestor de armonía trasnacional.

Los nacionalismos español, vasco y catalán se basaron en fueros históricos, destinos religiosos, creencias racistas y dominios lingüísticos; ideas individualistas que anteponían identidad a igualdad y diferencia a solidaridad. Las vírgenes patrias y la Iglesia los bendijeron como pueblos elegidos. El debate político actual entre conservadores, socialistas y populistas vacía el concepto de nación y lo maneja como piedra arrojadiza en la pelea partidista. Los independentistas, en contra del valor de la originaria soberanía nacida para universalizar el poder, la reducen a una elite y territorio particulares. Hacen renacer las peores raíces nacionalistas de atávicos complejos de superioridad, pueriles victimismos y privilegios medievales (llamados conciertos). La izquierda española entró en crisis por su pacto antinatural y su silencio cómplice con los abusos nacionalistas, nidos de insolidaridad y desigualdad. El marxismo fue antinacionalista y hoy la sociedad española contempla atónita que la izquierda radical propone la autodeterminación y en el PSOE se abandera un Estado multinacional. Todo populismo acaba debilitando la soberanía, el radical con la democracia asamblearia y el conservador con el proteccionismo y las vallas.

Pero el soberanismo nacionalista tiene más pasado que futuro, en la geopolítica mundial es una raquítica manera de desviarse de la solución global, y en el diseño de una convivencia española en lugar de regenerar la democracia la debilita gravemente. Vivió su plenitud histórica entre 1789 y 1945, en 1978 se prolongó a destiempo, y en el siglo XXI su bandera es tan anacrónica como las viruelas a la vejez. Podría decirse que los secesionistas han caído rendidos inoportunamente ante la moza menos atractiva, más desposeída y envejecida de la actualidad.

El mayor límite de la soberanía es la economía, porque mercado, interés, trabajo, oferta/demanda y finanzas globales saltan las fronteras nacionales. La telecomunicación del 5G, el internet de las cosas y la nueva Industria 4.0 globalizan el espacio económico más allá de las multinacionales o la deslocalización. Los expertos económicos creen ya obsoleto el concepto de internacional y manejan el de trasnacional para rebasar el marco de la nación y abrir un espacio universal. Europa ya creó un poder supranacional en economía y sociedad y hoy lo pretende en política. Apostemos por que no sea sólo la economía la que globalice la soberanía, sino el pacto social, el reconocimiento cultural, la religión tolerante y la inclusión social.

Hay que superar los límites territoriales nacionales y orientar la universalización del espacio hacia la comunicación y el conocimiento en beneficio del hombre. Las aduanas nacionalistas se adueñaron del territorio como escenario arancelario y militar, lo que significó poner puertas al campo. La globalización no admite hoy más cierres separatistas del espacio.

También el movimiento multicultural y multirracial rompe nuestros cotos territoriales. La identidad cultural enriquece a una región, pero su soberanía política empobrece al conjunto. Las migraciones intercontinentales y los refugiados por guerra y pobreza no sólo ablandarán, sino que borrarán las barreras políticas nacionales. Superamos la vieja división este/oeste, hoy queremos acabar la actual fractura norte/sur. ¿Los independentistas pretenden frenar la movilidad humana con líneas nacionales y concertinas? Históricamente es un mundo pequeño y descaminado.

Publicado en la edición de papel de “El Norte de Castilla” del 11 de marzo de 2017

Ver Post >
El espectáculo de un Carnaval vacío
img
elmiradordeclio | 26-02-2017 | 19:18| 0

El espectáculo de un Carnaval vacío

Pedro Carasa

Carnaval, carnal, carnestolendas significan que la carne debe ser eliminada (símbolo del pecado), mientras el entierro de la sardina propone acabar con el pecado y volver al pescado (símbolo de la abstinencia). Es el ritual más viejo, hondo y universal de occidente que trasciende religiones, espacios, poderes y culturas, porque visualiza los impulsos humanos más hondos. Hoy está reducido a un rentable espectáculo.

Nace en ritos celtas agrarios, de fertilidad y primavera. Entran aquí hacia el 900 a.C. para purificar a los muertos de espíritus malignos con calabazas anteriores al Halloween. Celebran el fin del invierno (muerte) y el inicio de la primavera (vida), etapa básica del tiempo vegetal, animal, humano y religioso. Contienen leyendas del guía sagrado en caballo blanco (cristianizado en Santiago), la luz que alumbra y purifica (las Candelas), la quema de víctimas expiatorias (Judas,Peropalo, Colacho, Fallas), el canto a la fertilidad de la tierra, el ganado y los hombres (Pascua).

Se incorporan danzas egipcias de igualdad social. Los griegos aportan el barco con ruedas (carrus navalis). Para Caro Baroja son decisivas las fiestas romanas, saturnales (dios de la sementera), bacanales (dios del vino), lupercales (dios de la fecundidad) y matronales. En las saturnales se libera a esclavos, servidos por sus dueños, que sacrifican un rey bufo y se exceden en placeres, sin tribunales, escuelas, guerra, ni trabajo. De los lupercos, jóvenes embriagados tras las mujeres deseosas de descendencia, arrancan muchas tradiciones castellanas. En el siglo V se cristianizan estas lupercales con la fiesta de San Valentín.

La Iglesia incorpora a su liturgia las celebraciones paganas, abre la Cuaresma el Carnaval como un contrasentido religioso que confirma la regla de la virtud con la excepción del vicio; la infracción ritual es válvula de escape que refuerza el orden y no lo quiebra. Sin la Cuaresma, dice Caro Baroja, no tendría sentido el Carnaval, lo ha conservado.

Las medievales fiestas de locos del Carnaval impulsan a monaguillos a elegir un obispillo, suben a asnos rebuznando al coro de las iglesias, coreados por campesinos, locos y pobres cantando burdas coplas para humillar a los poderosos. A estas fiestas recuerdan los mozos castellanos en pasacalles de Santa Águeda con coplas y alimentos para celebrar grasientas comilonas y copiosas bebidas en el Jueves de todos. Los leoneses del Jueves lardero comen hasta reventar porque luego ayunarán. Celebran el Antruejo o introito de la Cuaresma con máscaras de guirrios, jarrios, zafarrones y jurrus.  Proliferan animales domésticos, como el toro (Ciudad Rodrigo), el burro o el gallo. En el Escarrete de Prádanos las mozas matan al gallo. Los locos eligen autoridades burlescas, reyes de animales (San Antón) y alcaldes cómicos, como las Águedas de Zamarramala hacen alcaldesas a las mujeres. Son parecidos el Zangarrón en Sanzoles, los Cucurrumachos en Gredos, la Boda de Carnaval en Toro, el Carnaval del Toro en Ciudad Rodrigo, la Noche Bruja en la Bañeza.

La nobleza del Imperio español lo usa para reforzar sus linajes. Los ilustrados generalizan bailes de pelucas y sátiras, hasta que los frena la revolución francesa que prohíbe los disfraces y la mezcla de pueblo y nobleza en la calle.

Larra escribe que en el XIX todo el año es Carnaval. La burguesía urbana liberal exalta sus valores con fiestas ostentosas, crea una imagen alegre y autocomplaciente de la ciudad para darse prestigio. Mientras los radicales lo animan, los conservadores lo limitan. La revolución de 1868 retira las caretas y sólo difunde el irreverente baile del cancán. La I República, proclamada el martes 11 de febrero de 1873, sustituye los Carnavales por estudiantinas de tunantes.

El poder siempre utiliza o persigue el Carnaval. Se condena en el s.XVII, vuelve a prohibirlo Carlos III, lo hacen también los moderados y las dictaduras. En febrero de 1929 se impide salir a la calle con disfraz. En febrero de 1937, antes del miércoles de Ceniza, Franco suspende el Carnaval. El nacionalcatolicismo condena las carnestolendas por irreverentes y sacrílegas. La fórmula más sutil y efectiva para controlar el Carnaval es la cristianización católica que neutraliza sus efectos mentales.

En el primer tercio del s.XX se estimulan comparsas, coros y cuartetos, particularmente las murgas y chirigotas gaditanas, que transmiten bien el viejo espíritu carnavalero de ironía y crítica política. La II República abre la crítica en coplas sobre la reforma agraria que cantan comparsistas anarquistas y anticlericales en el bajo Guadalquivir.

La sociedad actual, movida por el mercado, el espectáculo fácil y el regionalismo, abandona estas raíces y reduce el Carnaval a un vacío folclore de cultura dulzona que pierde la hondura humana de sus raíces. Populistas, antisistema y animalistas no se fijan en su ecológica defensa de la naturaleza, su aspiración de igualdad, su denuncia de corrupción o su aprecio de los animales. Hoy los Carnavales sirven, como otras procesiones, para exhibir vitalidad y prestigio de políticos y ciudades. Los ayuntamientos lo pagan y difunden por televisión como diversión edulcorada para conseguir apoyo electoral. Valladolid rendirá homenaje a Zorrilla, al romanticismo y al Tenorio. El Carnaval hoy no sirve para que el pueblo critique, sino para que el poder ensalce a un egregio lugareño y alimente la autocomplacencia de la ciudad.

Publicado en la edición de papel del 11 de febrero de 2017

Ver Post >
El Estado de bienestar y los políticos
img
elmiradordeclio | 15-01-2017 | 10:23| 0

El Estado de bienestar y los políticos

Pedro Carasa

La crisis del Estado de bienestar les preocupa a los políticos más por el posible castigo electoral que por los recortes sociales de los ciudadanos. No es una ocurrencia tópica sobre la insensibilidad social de la casta, es una lección de historia, basada en lo que los expertos en ciencias sociales y económicas llaman “efecto Mateo”. Reflexionemos sobre ello.

El nombre nace de la frase de San Mateo (13:12): “A cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado”. Sociológicamente se llama así al fenómeno de acumulación de riqueza o fama. Es la expresión vulgar de que siempre el rico se hace más rico y el pobre más pobre. El nombre técnico es proceso estocástico o conexión preferencial. El efecto, que se aplica en sociología, historia social, economía, psicología y educación, se refiere a bienes materiales y a valores de confianza y prestigio social.

En política social, el efecto Mateo afirma que en todo sistema asistencial resultan más beneficiados los asistentes que los asistidos. Los expertos en servicios sociales creen que este retorno de beneficio a los asistentes es necesario para que subsista el sistema, que sin esa retroalimentación no sería sostenible.

Tal efecto se produjo en todas las etapas históricas, benefició a los limosneros de la caridad particular sacralizada en los siglos VII-XVII, a los ilustrados que encerraron a los mendigos en el XVIII, a los liberales que crearon la beneficencia municipal del XIX, y a los demócratas que gestionan el Estado de bienestar del siglo XXI.

La vieja caridad particular facilitó a nobles, eclesiásticos y comerciantes la salvación del alma, la mayor aspiración de entonces. Las fundaciones caritativas eran inversiones en capital sobrenatural que redimían la riqueza material y aseguraban un rédito salvador al rico y al pobre. Los hombres de las luces recluyeron y pusieron a trabajar a los pobres para que fueran útiles y no vagos. La beneficencia liberal fue un instrumento de clase para construir un comportamiento sumiso, sano y trabajador en las ciudades burguesas.

En la Alemania de fines del XIX se produjo una profunda revolución social que sentó el principio de que el Estado debía sufragar con recursos públicos los servicios sociales porque la educación, sanidad y seguridad social eran derechos del ciudadano y obligaciones estatales. Se llamó Estado de bienestar porque era la autoridad política la que debía financiar los servicios sociales con recursos fiscales, repartir socialmente la riqueza y ejercer la justicia redistributiva. En España se intentó en 1967, pero no se implantó hasta 1978; desgraciadamente era tarde y pronto el sistema comenzó a entrar en crisis.

En 2015 el Estado de bienestar (educación, sanidad, seguridad social, dependencia, familia y servicios sociales) representa el 60% del presupuesto central y autonómico español. Esta obra social, irrenunciable en toda democracia, es hoy la más importante acción política que gestionan los Estados desarrollados. Decidir y dispensar eficazmente los servicios de docencia, sanidad y seguridad social consigue el apoyo electoral a los gobiernos que los organizan y da prestigio a los profesionales que los aplican.

Por eso los políticos están doblemente obligados a solucionar la crisis del Estado de bienestar y reinventar alternativas para hacerlo sostenible. Su preocupación es más política que social porque surge del temor a perder el poder y no ser reelegidos más que del miedo a los recortes sociales de los ciudadanos. También al profesional del Estado de bienestar (profesor, médico, enfermero, empleado) le interesa no perder su profesión, poder académico y prestigio social, más que los servicios que presta.

Para superar esta retroalimentación entre gestores/asistentes del Estado de bienestar, los expertos buscan hoy una tercera vía que evite estas contaminaciones de la iniciativa privada y pública. Proponen el llamado tercer sector, iniciativa social, o voluntariado, organizados en ONGs, que minimicen el efecto Mateo.  La hipertrofia del primer sector público significa la atrofia de la sociedad civil como gestora autónoma de servicios sociales y el freno de la colaboración desde abajo. La sociedad civil se acomoda pasivamente a dejarse querer por las protecciones sociales del papá-Estado. Los servicios de bienestar dejados exclusivamente en manos del segundo sector, el privado, vinculado a la religión o a los agentes económicos particulares, acabarían contaminados por los intereses del gestor. La solución debe darla la sociedad civil, autónoma y madura, apelando a la ciudadanía, al voluntariado y a la familia, para complementar la prestación de servicios. Pero falta en España una adecuada política de apoyo a la familia para que cumpla esta misión.

La crisis exige corregir muchas contradicciones del Estado de bienestar y aliviar algunas de sus contaminaciones. Son necesarios un pacto social civil y solidario, nuevas formas ciudadanas de socialización de servicios, prestaciones sociales nacidas de la economía social, estímulo a la solidaridad voluntaria en las organizaciones del tercer sector. Hay que vigilar que las acciones voluntarias y solidarias sean complementarias de lo público, que no sustituyan al Estado de bienestar como eje de la protección social, y que no privaticen los servicios sociales.

Editado en El Norte de Castilla del 14 de enero de 2017

Ver Post >
El impuesto de los tontos
img
elmiradordeclio | 11-12-2016 | 11:24| 0

El impuesto de los tontos

Pedro Carasa

Los romanos pacificaban al pueblo con pan y circo, los regeneracionistas lo tradujeron en España por pan y toros, hoy encandila más pan y fútbol. Esa combinación económica y cultural late en la Lotería Nacional. Propongo unas consideraciones  sobre este juego de azar gestionado por el Estado, que sigue entre nosotros tras superar guerras, crisis económicas, repúblicas, monarquías, dictaduras y democracias.

Lo intentó en vano Felipe II, pero fue Carlos III en 1763 quien creó la Lotería Real. Como toda reforma fiscal buscaba ingresos para la hacienda en crisis. Esquilache, inspirándose en la lotto napolitana, ideó el 10 de diciembre de 1763 (hoy hace 253 años) la lotería llamada Beneficiata o Primitiva, para congraciar la Corona con el pueblo. En 1769 se estableció en Nueva España otra Lotería de Billetes que inventó los décimos.

Entre 1808-12 en Cádiz se formó la Lotería Nacional para recuperar la hacienda exhausta por la Guerra de la Independencia. En 1811 el pueblo la llamó Lotería Moderna, distinta de la Primitiva, pero Cádiz la bautizó Nacional para subrayar la soberanía y borrar el apelativo absolutista Real. El marco era de otra crisis, España padecía hambrunas, epidemias, guerras y pérdida de 750000 habitantes.

En el siglo XIX la Lotería Nacional pasó a Madrid y se implantó en todas las cabezas de partido judicial. El Estado se quedó con el 30% de retención de lo jugado y el 10% de los premios. En la crisis de 1868 volvió a acentuarse su venta. En la crisis finisecular, el Estado cerró el monopolio suprimiendo todas las loterías particulares y extranjeras.

Las ventas durante la crisis de la guerra civil fueron el 3% de los ingresos del Estado. Coexistieron la lotería nacional de Sevilla y Burgos y la republicana de Madrid, Valencia y Barcelona. Los nacionales organizaron en 1936-37 Loterías Patrióticas pro combatientes en Zaragoza y Sevilla y restablecieron la Lotería Nacional en Burgos. Hubo algunos números con premios conciliadores agraciados en ambos sectores.

Como impuesto voluntario, la Lotería de Navidad recauda 3240 millones € vendiendo 160 millones de décimos, el Estado retiene 1500 millones € y reparte 2250 en premios. Lo llaman el impuesto de los tontos por conseguir ingresos a cambio de sueños. Su efecto sobre la sociedad es discutible, porque concentra riqueza; su práctica fiscal no es la mejor, porque contradice la justicia redistributiva. La sociedad del siglo XIX lo criticaba porque acentuaba el vicio del juego en los trabajadores. La lotería al final cultiva valores liberales y capitalistas.

Ha ascendido el volumen de ventas en una proporción parecida a la riqueza per cápita. Sin embargo, son menores los premios desde 1920, hasta caer al mínimo de 2016. Con el gordo de 1920 se compraban 50 casas, con el de 2016, es el más bajo de los 253 años, sólo una. Compran más lotería personas de perfil social medio-alto, con renta mensual de 1000/2000 €, en ciudades como Madrid, Murcia, Valencia, Barcelona y Bilbao; van a la zaga Andalucía, Galicia y Extremadura. Este comprador tipo tiene más estudios secundarios que universitarios. El ansia de incrementar fortuna empuja más a ricos que a pobres. No hay relación entre juego y religiosidad, pero sí crece con la edad, ya que los jóvenes se alejan de la lotería.

Los juegos de azar aparentan ser benéficos para hacerse atractivos con la dádiva; un disfraz de inocencia y seguridad. Este mensaje caritativo es el lanzado por el canto inocente de los niños huérfanos del Colegio de San Ildefonso, cantores de otros sorteos de bola o papeleta. Resulta extraño que hasta no hacerse mixto el colegio en 1984 no participaran niñas en el sorteo nacional.

Pero lo económico es lo menos importante de la lotería, laten en ella sentimientos y emociones que son más hondos. Contiene múltiples factores culturales que dibujan un buen caleidoscopio integral de nuestra sociedad: supersticiones, depresiones, euforias, sueños, encuentros familiares, experiencias de azar, excesos vacacionales, gestos benéficos, hasta estímulo de identidades nacionales.

Todos estos gestos intangibles importan al Estado. Está interesado en generar esperanzas en los compradores de lotería y prefiere que la fiesta y el juego estimulen una sociabilidad popular pacificadora de conflictos. El que manda busca sutilmente estrechar los lazos sociales con las participaciones de la lotería, porque refuerzan los lazos de familias, empresas, profesiones y clientes. Actúa de motor virtual de comunidad, la emotiva cantinela infantil anima a estos encuentros de convivencia.

Para el poder es bueno que la lotería alimente en la sociedad un afán de medrar y salir de la medianía. Porque es la clase media la mayor compradora de décimos para su mejora social. Soñar un premio incluye una esperanza de huida de la realidad, salir de pobre, hacer un corte de manga a tu jefe, alcanzar al grupo holgado que has envidiado, desahogarte de las hipotecas y abandonar la sensación de crisis. Los juegos abren estos puntos virtuales de fuga y aflojan tensiones en la sociedad, actúan de ficticias válvulas de escape muy eficaces a la hora de templar reacciones. Estos mensajes subyacen en sus campañas de propaganda.

El producto “cultural” que vende el Estado con este juego puede ser superior al premio económico. Hay miles de anhelos e ilusiones que sólo se venden y comparten con la lotería.

Editado en papel en El Norte de Castilla de 10 de diciembre de 2016

Ver Post >
Raíces del Populismo
img
elmiradordeclio | 15-11-2016 | 10:28| 0

Raíces del populismo

Pedro Carasa

Los populistas lucharon ayer y pelean hoy para que el pueblo llegue al poder en las crisis contemporáneas: Asamblearios frente a representativos, jacobinos frente a girondinos, anarquistas frente a socialistas, bolcheviques frente a mencheviques, fascistas frente a demócratas, hippies frente a burgueses, rupturistas frente a reformistas, agitadores frente a bipartidistas y Brexit frente a europeístas.

Optaron por república contra monarquía, protección contra librecambio, independencia contra unión, pueblo contra elite, emoción contra razón, contracultura contra cultura, movilización contra representación, conflicto contra consenso, gente contra casta, calle contra escaño, redes contra urnas, plebiscito contra parlamento, pancarta contra programa, antisistema contra instituciones, xenofobia contra integración, referéndum contra constitución.

Los populistas actualizan hoy esas opciones. Son los casos chavista, ecuatoriano, boliviano y peronista en el sur y el crudo ejemplo de Trump en el norte. Hay partidos populistas o ultras con más del 8% de los votos en 12 países europeos. La Teología de la Liberación agita a la Iglesia. El mundo sindical se contagia. Los reality show y las tertulias inoculan sus valores en la gente. Se apunta en el último premio Nobel.

El populismo español es viejo, agitó a muchos movimientos históricos para lanzar al pueblo tras el poder: Comuneros, guerrilleros, bandoleros, juntistas, carbonarios, septembrinos, cantonalistas, ácratas, republicanos radicales, juventudes socialistas, falangistas, frentepopulistas, colectivistas, trotskistas, fuerza nueva, mayo del 68, vecinos asociados, grupo GIL, o el 15M.

No es una plaga, es una reincidente protesta radical que nace y crece en las crisis y amainará tras ellas. Ésas son sus raíces y su vida histórica. Hoy vemos en ellas muchas contradicciones y ciertos logros.

No les mueve la ideología, ni la razón, actúan por miedo y odio hacia los enemigos del pueblo. Invocan el mantra popular como un dictado de creyentes, por encima de la ley. El pueblo es el súmmum de las virtudes, el antipueblo la causa de todos los males. Su inflamación popular y sobredosis de gente los aboca al conflicto. Por ser populares son maniqueos, explican la situación política como una simple oposición de buenos y malos para con el pueblo, de forma que han revivido las dos Españas.

No lo dicen, pero adoran el poder sin cortapisas y con actos antisistema. No tienen proyectos, la acción directa les lleva al clientelismo popular. Buscan captar votos agradecidos y usan recursos mediáticos y mensajes emocionales para gustar a la gente. Hablan un lenguaje político banal, callejero, demagógico, con slogans de televisión y redes sociales, hasta conquistar el cielo.

Se creen fruto de la sociedad civil, ajenos a la casta; pero cuando tocan poder se convierten en el político despreciado. Son personalistas, con líderes mesiánicos para redimir a la gente. Les interesa movilizar masas más que transformar la sociedad. Frenan las ayudas al desarrollo internacional. No son estables y duraderos, están diseñados para actuar contra las instituciones mientras duren las crisis.

Apoyan el soberanismo, las fronteras y el derecho a decidir, siguen el error de la izquierda española que sobrepuso la identidad nacionalista a la igualdad de los españoles. Los independentistas, anclados en los fueros medievales, son populistas porque subordinan las necesidades sociales al soberanismo e izan esteladas como paraíso popular, por encima del Estado de derecho.

Debemos reconocerles cierta eficacia. Regeneran la democracia y reaccionan a demandas sociales insatisfechas. Son exigentes con la representación, conectan la política con la sociedad y destapan la corrupción. Rompen el bipartidismo y el anquilosamiento de los partidos políticos como máquinas de poder que no nos representan.

Incitan a la sociedad civil a madurar desde abajo en la gestión de servicios y ejercicio de derechos. Superan la excesiva subordinación civil bajo la intervención estatal y denuncian la inmadurez del que lo espera todo de lo público. Critican el agobio de tres administraciones paralelas.

Movilizan a los ciudadanos, las manifestaciones diarias se triplican en España entre 2012-14. El 80% de los españoles aprobó el significado del 15-M. Despiertan políticamente a los jóvenes otrora apáticos y exhiben sus símbolos de calle en el Congreso. Las mareas inundan las ciudades con docentes y sanitarios coloreados.

Borran la memoria de la Transición española. Se apropian de la histórica ruptura democrática y la llaman populista. Anuncian una segunda Transición de ruptura popular, contra el engañoso pacto de las elites del régimen del 78. Elaboran una contramemoria de la Transición y eliminan el mito del consenso.

Aportan una vitalidad nueva para salir de la crisis. Un premio Nobel de 2008 propuso un contragolpe populista pera revertir la desigualdad social. Analizan con eficacia las contradicciones políticas y sociales del sistema en crisis. En España han absorbido el electorado de la baronía y la envejecida política social del PSOE; no han roto el bipartidismo, han arruinado un partido.

Los movimientos populistas denunciaron defectos y aportaron soluciones en las crisis históricas. Actualmente tienen profundas carencias, pero sus actitudes y valores han renovado la cultura política de muchos españoles.

 

Publicado en la edición en papel el día 12 de noviembre de 2016.

Ver Post >
Una Fiesta Nacional tradicionalista
img
elmiradordeclio | 10-10-2016 | 08:25| 0

Una Fiesta Nacional tradicionalista

Pedro Carasa 

La fiesta nacional del día del Pilar es fruto de una cadena histórica de leyendas tradicionales que han ido formando el concepto conservador de España. Sus eslabones medievales fueron la llegada de Santiago apóstol a España como tierra elegida, la aparición de la Virgen del Pilar al apóstol para proteger a España, o la victoria de Ramiro I sobre los moros en Clavijo bajo la aparición del caballo blanco jacobeo. El descubrimiento de América fijó estos valores a la fecha del 12 de octubre.

Tales mitos medievales y la cultura del Imperio español contaminaron este imaginario nacional de España con valores tradicionalistas: tierra mesiánica y mariana, escenario de guerras santas y cruzadas de soldados y monjes, cantera de descubridores y conquistadores de raza, madre patria evangelizadora de hijas americanas, lengua castellana como arma universal de civilización, líder hispanoamericano universal, y adalid de la contrarreforma católica.

Desde fines del XIX, en América y España se vincularon a la fiesta nacional imágenes y argumentos hispánicos muy conservadores que han pervivido hasta 1981. Se alimentaron de la cultura política carlista basada en Dios, patria y rey. Crecieron con las celebraciones del IV centenario del Descubrimiento en 1892, cuando Cánovas celebró la fiesta nacional en el Día de Colón, y del I centenario gaditano en 1912, escenario en que surge en Iberoamérica el Día de la Raza, que a los dos años se trasladó a España. En 1913 se declaró la Virgen del Pilar como Patrona de la Guardia Civil. En 1918, coincidiendo con la debilidad demográfica de la gripe española, Maura dictó la celebración de la Fiesta Nacional de la Raza.

Primo de Rivera quiso denominarlo Día del Idioma, pero la RAE se opuso porque el Día de la Raza estaba ya implantado. Intelectuales conservadores como Vizcarra, Maeztu, Jiménez Caballero, asustados por el fascismo, sustituyeron la raza por la Hispanidad. Era la cultura propia de España y sus naciones hijas americanas, basada en la superioridad hispánica de la fe, la raza y la lengua de la madre patria. Quedó en minoría la visión de Unamuno, Fernández de los Ríos y Madariaga, centrada en la lengua.  Hasta 1936 se celebró el 12 de octubre con banderas hermanadas, exposiciones, actos académicos y desfiles de señoritas simbolizando las 20 repúblicas americanas hijas de España.

El fascismo español acarició la idea de la hispanidad, Onésimo Redondo llamó a sus Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, Falange Española recogió el concepto en su programa de 1943. El autor franquista García Morente y el cardenal Gomá adaptaron el concepto al régimen. En 1940 se institucionalizó con el Consejo de la Hispanidad, sustituido en 1946 por el Instituto de Cultura Hispánica. Desde 1939 el Caudillo celebró la fiesta nacional con ostentosos desfiles militares y concentraciones religiosas masivas en la basílica de Zaragoza, convirtiéndola en un acto militarista y nacionalcatólico. En 1958 se proclamó oficialmente la Fiesta Nacional de la Hispanidad. La dictadura visualizó así que la esencia de España se identificaba con el ejército y la Iglesia, y los valores de la raza y la hispanidad se personificaban en el caudillo vencedor de la masonería y el comunismo.

La Transición debió cambiar este discurso, pero no consiguió un relato cívico nuevo. En 1981 declaró Fiesta Nacional y de la Hispanidad el día 12 de octubre, y en 1987 se estableció como Fiesta Nacional de España. Nada ha cambiado hasta hoy.

Los nacionalismos contaminaron el sentimiento de lo español en la cultura popular proyectando sobre él una identidad vergonzante. Algunos partidos políticos consideran facha la valoración de la nación española, la percepción positiva de un país con tan valioso legado histórico, y no ven políticamente correcto hacer pedagogía de la dignidad de ser español. Hoy gritamos ¡soy español!, ondeamos la bandera, escuchamos el himno nacional o aclamamos a “la roja” sólo en escenarios deportivos internacionales, porque falta un espacio político donde hacerlo.

Es bueno que la fiesta nacional contenga memoria histórica, pero no sólo la tradicionalista. La fiesta nacional no puede basarse en tópicos religiosos, etnocentristas, militares, coloniales y patrióticos en un país laico, civilista, democrático y europeo. La fiesta nacional no es el Día de las fuerzas armadas con desfiles y banderas de reactores. No es bueno festejar España exhibiendo motivos de raza, venerando fechas y devociones marianas, celebrando hábitos coloniales paternalistas, exaltando actitudes católicas y castrenses, ajenas a la mayoría de los ciudadanos.

Habrá que renovar un proyecto festivo común de convivencia plural que aglutine a todos los españoles. En este entorno de debilidad política que vivimos, sería buena una dosis de autoconfianza en España, hacer amables los símbolos de nuestra identidad, proponer iconos de concordia civil, crear valores de memoria no reaccionarios, e incluso redactar una letra consensuada para el himno nacional. Urge elegir una fecha civil para que todos festejemos nuestra identidad. Podrían reunirse en la cámara territorial del Senado los parlamentos y autoridades regionales, los partidos políticos, las instituciones y movimientos sociales, para incitar a toda la sociedad a celebrar España y mostrar sin vergüenza la dignidad de ser español.

Publicado en la edición impresa de El Norte el día 8 de octubre de 2016

Ver Post >
Uso del Quijote por el poder
img
elmiradordeclio | 20-09-2016 | 18:43| 0

Uso del Quijote por el poder

Pedro Carasa

El poder es interactivo, no existe si alguien no lo obedece. Necesita crear instituciones nuevas, elaborar una cultura política, una memoria histórica, un argumento cultural que lo legitimen. Esta justificación primero fue religiosa, los jefes actuaban en nombre de Dios. La revolución francesa secularizó el poder, que no viene de Dios, sino de los ciudadanos.

Para hacerse obedecer el poder busca ahora legitimidades de tejas para abajo. Lo que antes encontraba en la religión ahora lo halla en la historia. Cada nuevo sujeto del poder necesita presentar orígenes, héroes, hazañas, identidades para ser obedecido. La historia nacional, escuela nacional, archivos nacionales, nacieron para educar ciudadanos nacionales. El poder siempre necesita una historia propia, porque, junto con la lengua, gana más batallas que los ejércitos. Los poderes políticos llegan a crear héroes e inventar meta-relatos que desfiguran el pasado para legitimarse. Las conmemoraciones históricas y culturales sirven para divulgar estos mitos.

Los expertos dicen que solo la interpretación literal del Quijote es válida, la de la comicidad y la parodia como elementos esenciales de la novela. Luego se añadieron otras interpretaciones históricas o románticas: el mito más importante fue el socio-político relacionado con la identidad de España. De este mensaje histórico cada presente hace una lectura propia, que los poderes políticos, turísticos o de comunicación usan para conseguir votos y mercados.

Los literatos rechazan estas interpretaciones simbólicas, porque sobrepasan el texto y construyen hipótesis ajenas al libro. El Quijote no es héroe histórico, ni belicista, ni revolucionario, ni paladín de los pobres, ni una alegoría de España. Nunca existió ese propósito inconsciente en la mente de Cervantes. Los poderes al usarlo deterioran el idealismo de don Quijote, eliminan su comicidad esencial y minimizan su significado al aplicarlo a una coyuntura política. Lo malo es que una décima parte de la población ha leído el Quijote, y el 90 % solo conoce estos mitos fabricados por el poder.

Los autores prestigiosos que han construido los mitos históricos del Quijote han sido Valera, Galdós, Pereda, Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, Ramón y Cajal, Unamuno, Isidoro Lapuente, José de Armas y Cárdenas, Navarro Ledesma, Alfredo Vicenti, Costa, Almirall, Ganivet, Américo Castro, Maeztu. Intelectuales del poder del conocimiento, periódicos del poder de la comunicación y políticos del gobierno los han transmitido a la sociedad.

La primera interpretación del poder cultural y político comenzó en el s. XVIII, con la biografía de Cervantes de Mayans. Primer reconocedor del siglo de oro español y defensor de la obra cervantina, presentó a los ilustrados como sucesores de humanistas y erasmistas. Los hombres de las luces legitimaban así que los orígenes de su cultura política reformista eran cervantinos y neoclásicos, no afrancesados.

Repasemos cómo se usaron estos mitos en el III y IV centenario de la edición del Quijote en 1905 y 2005. El contexto del III Centenario era el desastre del 98, el caciquismo, una profunda tensión social y el conflicto regionalista. Con los mensajes querían apoyar la cohesión social y la identidad de España. En 2005, Rodríguez Zapatero propuso celebrar el IV Centenario para mostrar que la cultura primaría en su gobierno. No había en su mente mitos históricos, calificó la novela de constitución de la humanidad y dijo que el Quijote era republicano.

En 1905 fue Mariano de Cavia quien propuso a Maura celebrar la efeméride. Los autores de la edad de plata de la cultura española dieron al centenario un alto nivel académico. La meta era exaltar la raza, la lengua y el alma nacional, la bandera era el Quijote, referente social, símbolo del país, orgullo nacional, héroe español y universal. Elitista empeño, dado el 65% de españoles alfabetos. Para la plebe hicieron festejos populares y así evitaron los motines de 1892 contra Cánovas en el IV Centenario de América.

El programa de 2005 era de espectáculos y sin nivel científico. El único lema fue el Quijote como símbolo feminista. Abundaron películas y conciertos propios de la sociedad de mass media; seguro que los juegos florales de 1905 tuvieron menos audiencia que los videojuegos y la música pop de 2005. El Quijote sirvió de percha populista para criticar al político de turno y hacer marketing de diversión. Sólo las universidades y el Centro de Estudios Cervantinos lograron un Banco de Imágenes del Quijote y la Gran Enciclopedia Cervantina.

La polémica catalana estuvo presente en ambas celebraciones. En 1905 Cataluña protestó porque la novela se utilizaba en Madrid como un símbolo nacionalista español. En 2005 Pujol dijo que Cervantes podría serle tan próximo o lejano como Goethe. Alguien escribió que el loco manchego no vino a deshacer entuertos nacionalistas. Felipe VI, hablando de Cervantes, acaba de insistir en que representa lo que nos une.

La conmemoración de 2005 se empaquetó como producto de marketing para el consumo y el espectáculo. Los poderes políticos y culturales trataron de dar gusto al pueblo y satisfacer su afán de pasarlo bien. Esto es exactamente el populismo, contentar a la gente para alcanzar fácilmente el poder.

Ver Post >
El otoño del PSOE histórico
img
elmiradordeclio | 18-09-2016 | 09:49| 0

El otoño del PSOE histórico

Pedro Carasa

Vemos al PSOE como un árbol histórico de cuatro ramas que forman sus iniciales: partido político, ideología socialista, composición obrera y naturaleza española. Su tronco federal fue alimentado por unas raíces de 137 años y pensado para producir frutos de justicia, solidaridad e igualdad. Participó en gobiernos republicanos, ha ganado 17 elecciones, ha gobernado 21 años en la Transición, ha recibido más de un tercio de los votos, ha modernizado los movimientos sociales, la cultura política y el mundo laboral. Ha sido un pilar básico de la democracia en España.

Siguiendo el símil del árbol en las estaciones de la historia, parece que el partido culminó su otoño y comenzó a invernar. Como en la naturaleza, las instituciones deben adecuar sus ramas y hojas a cada etapa histórica, pero no deben perder la fortaleza de su tronco para seguir dando frutos. Al PSOE se le cayeron sus ramas y hojas originales, pero también perdió cohesión en su tronco federal, y dejó de dar sus frutos de justicia, solidaridad e igualdad.

Cuando nació todas sus iniciales eran imprescindibles. La “P” de partido político de masas, el primero de participación popular. La “S” por adherirse al socialismo y marxismo, la teoría social, política y económica más avanzada de entonces, defensora de la igualdad, la solidaridad y la justicia social. Comenzó con un programa ortodoxo y radical de lucha proletaria, de propiedad social y de poder político de clase. La “O” fue la letra más específica y la preferida por Pablo Iglesias, porque pretendió emancipar al movimiento obrero de la tutela de la burguesía demócrata y republicana, y quiso formar un partido político obrero y no burgués. La “E” aseguraba representar a toda la nación española, como otros partidos socialistas europeos que incluían en sus siglas el nombre del país. Se distinguía así de los emergentes partidos nacionalistas vasco y catalán, burgueses, conservadores, no internacionalistas y ajenos a la clase obrera.

Su tronco era federal, estaba internamente articulado de esa forma y proponía organizar España en Estados federales, simétricos y articulados. Pretendía romper con el centralismo españolista y evitar la ruptura estatal de los nacionalismos. Aunque el PSOE no consiguió introducir el federalismo en los debates constitucionales.

El otoño le llegó al árbol histórico del PSOE cuando se hizo socialdemócrata y burgués, apoyó al nacionalismo y amputó sus primeras ramas y hojas. Cayó la “O” de obrero, arrancada por varios vientos: conjunción republicano-socialista, alianza con la burguesía radical-intelectual, fracturas de sus comités y pugnas con comunistas y anarquistas. En la Transición la “O” sobraba en sus siglas y desapareció en los partidos autonómicos. Hoy es un partido de clases medias, aliado débilmente con el proletariado solo por el sindicato UGT.

También voló la hoja socialista. El congreso extraordinario de 1979 abandonó el marxismo, borró las raíces originarias del socialismo científico, olvidó la ascética de Pablo Iglesias, y diluyó su ideología en el sincretismo socialdemócrata. En la democracia el partido antepuso la modernidad a la igualdad, el crecimiento económico a la justicia social, y prefirió la identidad a la solidaridad entre las regiones. Un proceso propio del contexto del fin del socialismo real, del descrédito marxista y la caída del muro, que afectó a otros partidos socialistas europeos.

Perdió significado su letra “E”, eliminada en algunos partidos regionales. Dentro del partido se sugirió recientemente que esta letra significara europeo y no español. Padeció cierta sensación vergonzante de llamarse español, mostró ambigüedad ante el derecho a decidir y propuso un indefinido federalismo asimétrico, opuesto a su legado histórico de igualdad. Abandonó también el republicanismo, predominante en su historia, y apoyó la monarquía en la Transición.

Esta adaptación de ramas y hojas a las condiciones climáticas de la sociedad española le fortaleció y otorgó el poder. En la década de los ochenta modernizó y europeizó España, pero después, al perder el poder, el árbol histórico del PSOE abandonó sus viejos ideales, dejó su tronco resquebrajado y no produjo los viejos valores de igualdad y solidaridad. Su organización federal quebró al segregarse partidos autonómicos.

Se añadieron a este otoño institucional graves circunstancias que empeoraron sus efectos: la crisis de valores en las clases medias, la ruptura de la izquierda y la honda fractura territorial española.

El partido ha perdido una oportunidad de oro en la última crisis social para recuperar sus necesarios valores históricos. En ella ha cedido a la corrupción, se ha limitado a llorar por los recortes, ha debilitado su liderazgo y ha perdido el poder y el electorado. El PSOE no ha podido con la crisis y la crisis ha podido con el PSOE. Ha abjurado de su internacionalismo histórico, ha pactado con los nacionalismos y antepuesto lo particular a lo general y lo identitario a lo solidario. Ha postergado así el papel común del Estado que debía defender y lo ha dejado como un enemigo residual al que las Autonomías debían arrancar recursos.

España necesita hoy un partido socialista con sentido de Estado, descentralizado y federal, que cultive los frutos históricos de justicia, igualdad y solidaridad. Los electores comprometidos socialmente carecen de este instrumento para solucionar la grave deriva del problema territorial y la hondura de las desigualdades sociales.

Ver Post >
¿Hemos cambiado la cultura electoral?
img
elmiradordeclio | 12-07-2016 | 07:29| 0

¿Hemos cambiado la cultura electoral?

Pedro Carasa

           Toda crisis histórica supera viejas prácticas políticas y descubre nuevos valores. Sucedió en España en 1812 al crear el Estado liberal, en 1868 y 1931 al aparecer el Estado republicano, y en 1978 al implantarse la democracia. La crisis actual puede iniciar otra revolución para regenerar la democracia. Con perspectiva histórica, vamos a rastrear los resultados de las elecciones del 26-J y atisbar qué novedades sugieren. Los cambios no serán instantáneos, pero pueden sembrar semillas para regenerar la representación.

Se ha dicho que los electores han votado con miedo. Es un sujeto histórico muy influyente y poco conocido, fruto de las desconfianzas de un sistema político, que se agudiza en las crisis. Nos preguntamos si el miedo de los electores ha delatado más inseguridad en los votados que incultura en los votantes. Desgranemos algunas razones de estos miedos.

El Brexit ha influido al descubrir contradicciones de los radicales y sembrar dudas sobre su ambigua idea europea. Como en todas las crisis, los votantes se han sentido más solidarios de la Europa mediterránea de lo que lo han expresado los políticos.

El populismo no ha conseguido en las elecciones el efecto positivo que buscaba el guiño de la sonrisa. El electorado, ante la ambición de poder disfrazada de amor al pueblo, se pregunta si era igualdad, justicia y solidaridad lo que se promovía bajo la pancarta inocente de gobernar para la gente. En la historia conocemos la demagogia de partidos radicales, aduladores del pueblo, en las crisis sociales del siglo XX.

El 26-J indica un hartazgo de soberanismo. ¿Es compatible su complejo de superioridad con la solidaridad, igualdad y tolerancia propias de la izquierda? ¿Ha perdido el socialismo la cultura internacionalista que calificaba a las naciones como medios de explotación burguesa? ¿Cómo el PSC se degrada hasta proponer el referéndum? ¿Por qué los radicales Podemitas justifican un derecho a decidir unilateral? ¿Acabó ya el papel de bisagra depredadora del presupuesto estatal que jugaron las minorías nacionalistas durante la Transición? ¿El mapa azul con dos lunares morados del 26-J señala que la mayoría rechaza la corrupción tapada del independentismo? Quedan pendientes agravios históricos del nacionalismo que deberán aflorar en la memoria colectiva.

Ha escandalizado el descarado e infantil personalismo de líderes inmaduros. ¿Están saturados los españoles del ruido de sillones que ha dejado la descarnada lucha de poder en el debate de investidura? Tres partidos propusieron el objetivo de derrocar al cuarto y apear a su líder, aunque las urnas lo han contradicho, siguen obstinados sin captar el mensaje. Personalismos y familias dominantes limitaron la eficacia de los partidos españoles, con gamacismos, albismos y cuñadismos que debilitaron el sistema político.

El 15-M discutió la representación, sustituyó el parlamentarismo por el asamblearismo con las pancartas “no nos representan”, “la soberanía está en Sol”, “la legislación es asamblearia”. Despreciaron las elites representativas como castas corruptas de poder para luego reproducirlas. La utopía de la democracia directa ya fue planteada en el pasado, dando el poder a una asamblea popular que aprobaba leyes y elegía funcionarios. Pero el modelo apenas funcionó en ciudades clásicas, se rechazó por inviable y se sustituyó por la democracia representativa. Restos de aquella utopía quedan hoy en la iniciativa legislativa popular y el referéndum vinculante. ¿Será mañana posible la democracia directa con las redes sociales?

Ante la negación de partidos y bipartidismo, los electores se preguntan si es mejor la confluencia de mareas, asambleas y en común. Hay que abandonar la práctica de los partidos políticos como corruptas máquinas de poder, ¿pero ello supone rechazar el legado histórico de estos necesarios instrumentos de participación política? ¿Son suficientes las redes sociales, acampadas en las plazas y teleadictos profesores? ¿La transversalidad vertical del pueblo sobre las elites sustituirá la oposición horizontal ideológica de liberalismo y socialismo? ¿Es éste el problema del partido socialista, en honda deconstrucción al no ubicarse en la crisis? El fascismo mostró que sin los partidos es inviable la democracia.

Rechazaron la ideología política, llamaron anticuada la división entre izquierdas y derechas, se proclamaron socialdemócratas y pactaron con comunistas. ¿Hay que abandonar el legado de los modelos políticos (tradicionalismo, liberalismo, socialismo, fascismo, federalismo, república, monarquía) que ha construido nuestra cultura política? ¿Hubo el 26-J votantes con ideología que se sintieron huérfanos para votar a grupos populistas o al partido socialista? ¿Tiene que ver con esta orfandad ideológica la abstención? ¿Está relacionada la banalidad ideológica con el fiasco de las encuestas? ¿La transversalidad borra la riqueza ideológica de la cultura política? ¿La enseñanza histórica no cuenta?

¿Se ha exculpado la inmoralidad de partidos, sindicatos y ayuntamientos? ¿Se olvida el cinismo independentista tapando sus dramáticas tramas? Las crisis históricas han sido implacables con la corrupción. ¿Lo será ésta también?

Los españoles no confirmaron el 26-J los cambios de cultura electoral propuestos. Preocupa que muchos rompan el legado histórico.

 

(Publicado en la edición impresa el 9 de julio de 2016)

Ver Post >
La crisis como motor en la historia
img
elmiradordeclio | 23-06-2016 | 08:12| 0

La crisis como motor en la historia

Pedro Carasa

El cambio en la historia es más necesario que la permanencia. Las crisis son los escalones de desarrollo y avance que lo permiten, por eso son necesarias. A la sociedad le sucede como a los humanos, padece crisis de crecimiento, de abandono de caducos hábitos y de inquietante exploración de valores. Es el imperativo de la ley inexorable de la evolución. Las crisis históricas y presentes ofrecen enseñanzas imprescindibles. Interesan los sujetos que las protagonizan, el contenido destructor y constructor que comportan, los ritmos y las causas que las provocan, las oportunidades que ofrecen a las elites y colectivos.

Los sujetos plantean una disyuntiva: La modernización es causada por los movimientos sociales, o es promovida por las élites. Para superar el tópico superficial del elitismo, hay que plantear este dilema en términos de poder. No se alcanza poder porque se es elite, sólo se es elite cuando se tiene poder. Lo que caracteriza a la elite no es la raza o la fortuna, sino el poder; quien no participa del poder económico, político, social, cultural, académico, periodístico, artístico, militar, judicial, etc. no es elite. Siempre ha habido elites y seguirán existiendo mientras subsista el poder. Despachar a la élite como casta corrupta obstructora de la modernización sin analizar la causa profunda del poder que les mueve es no entender el problema.

Los sujetos colectivos sindical, pacifista, feminista, ecologista, ONG´s han planteado los problemas de representación política, articulación social, han agitado los conflictos de clericalismo, patriarcado o militarismo. Pero han sido las elites de poder las que han tomado las decisiones, han legislado, han conseguido hacer avanzar la ciencia, el conocimiento, el arte, la técnica, la sanidad, la administración y la gestión económica.

Los escalones de las crisis han creado oportunidades y reproducido nuevas elites. La historia española registra, justamente en los momentos críticos, una larga serie de generaciones que crearon soluciones de gran trascendencia: La gaditana de 1810 levantó el Estado constitucional, la de 1836 implantó el capitalismo, la de 1868 avanzó hacia la democracia, la de 1898 redefinió el ser de España, la regeneracionista de principios del siglo XX y la de 1914 promovieron la edad de plata de la cultura española, la de 1917 generó el boom sindicalista tras la Gran Guerra, y la generación universitaria republicana modernizó la política. Fueron elites artísticas, culturales, pedagógicas, científicas, económicas o políticas que engarzaron lo español con la vanguardia europea más influyente. Después de la guerra civil y la imposición vencedora franquista, en los sesenta y setenta volvieron a aparecer generaciones de sindicatos, estudiantes, curas obreros, grupos políticos de la oposición que enseñaron la democracia, estimularon los cambios sociales, abrieron al exterior la cultura y la sociedad. Así se sentaron las bases de la mitificada generación protagonista de la Transición.

Como las revoluciones con las que pueden asimilarse, las crisis incluyen un apartado negativo, de destrucción de viejos defectos y lastres, y otro lado positivo, creativo y renovador que causa avance. Es habitual que la sociedad se resista a la crítica y se desoriente ante valores diferentes, culturas rompedoras, economías o políticas inéditas, pero son imprescindibles.

Los historiadores y economistas conocen la secuencia y causas de las crisis. Las pautaron en ciclos regulares de crecimiento, crisis y declive; las ritmaron en trend secular, duración mediosecular, frecuencia decenal, quinquenal, estacional, mensual, semanal y diaria. Porque las crisis no son casuales, son causadas por periodos previos de coyuntura positiva y crecimiento. En el siglo XIX, el boom de los años sesenta desembocó en las crisis del 68, el equipamiento agrario e industrial acabó en la crisis del 98; en el XX, la prosperity de los años veinte generó la crisis del 29, el desarrollismo de los sesenta engendró la crisis del petróleo de los setenta, la “España va bien” de la burbuja inmobiliaria y el descontrol financiero originaron la crisis de 2008. Toda crisis comporta una penitencia contra los excesos de la opulencia.

La crisis actual originó un movimiento social (15M), pero sólo se articuló en una solución operativa cuando la lideró una elite de poder (Podemos y sus confluencias). Esta nueva elite se legitimó con el discurso radical de la casta corrupta, del populismo, de las redes sociales, de los platós, del uso de las plazas públicas, de la regeneración democrática, del “no nos representan”, de los desahucios. A veces este mensaje les ha hecho creerse mesías salvadores con excluyentes pretensiones. Con ellos se da la paradoja de que los detractores del elitismo se convierten en elites tan pronto como buscan el poder.

Hoy las elites radicales tienen el mérito de haber sido las únicas que han actuado en la crisis, porque las demás han estado ausentes. Los científicos sociales (particularmente los historiadores), los filósofos, los literatos, los artistas, los economistas, los eclesiásticos, los militares, los periodistas han vivido esta crisis en un silencio culpable. Los políticos utilizan la crisis como arma arrojadiza, pero no hacen pedagogía social con sus enseñanzas.

(Editado en la edición impresa del 11/06/2016)

Ver Post >
Sobre el autor elmiradordeclio
El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.

Categorías