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Autor: AlfredoBarbero
España como nación
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Alfredo Barbero | 19-09-2017 | 8:03| 0

Según la 23.ª edición del Diccionario de la lengua española (DLE, 2014; el antiguo DRAE, Diccionario de la Real Academia Española, de anteriores ediciones), la palabra ‘nación’ significa:

 

Del lat. natio, -ōnis ‘lugar de nacimiento’, ‘pueblo, tribu’.   

1. f. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno.
2. f. Territorio de una nación.
3. f. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.
4. f. coloq. p. us. nacimiento (‖ acto de nacer). Ciego de nación.
5. m. despect. Arg. p. us. Hombre natural de una nación, contrapuesto al natural de otra.

de nación
1. loc. adj. U. para dar a entender el origen de alguien, o de dónde es natural.

 

Partiendo de esta definición y acepciones del Diccionario, en el contexto histórico del golpe catalán todavía en marcha contra la democracia, la nación y el Estado españoles, hace unos días mantuve con un amigo y colega, buen lector y conocedor de la Historia, un animado debate sobre la época en la que pudo haber surgido la ‘nación española’. O si se prefiere, España como nación.

 

Coincidimos de inmediato en el tiempo limitado que tienen los procesos históricos, no hay ninguno eterno ni tampoco los historiadores han comprobado que existan ‘unidades de destino en lo universal’, pero a diferencia de lo que ocurre con las personas, que nacemos un día concreto de un mes concreto en un año concreto, no resulta fácil establecer el momento en el que ‘nacen’ las construcciones culturales, políticas y sociales, en general, ni las relacionadas con la ‘identidad nacional’, en particular.

 

En el intercambio de datos e ideas llegamos a plantear seis hipótesis en nuestro intento —ya les adelanto que fallido— por resolver la duda sobre la época histórica a partir de la cuál a España se la puede considerar ‘una nación’:

 

1. Hipótesis prehistórica (basada fundamentalmente en el componente geográfico o territorial, en la vinculación a la madre tierra, en los grupos que vivieron antes que nosotros en el mismo lugar en el que ahora vivimos nosotros): adoptando esta perspectiva, España sería España desde los primeros poblamientos de seres humanos. Por tanto, los geniales pintores de la cueva de Altamira de hace unos 17.000 años BP (Before Present), de los que se dice que Picasso afirmó que después de ellos en el Arte todo ha sido decadencia, ¡en cierto modo eran ya… ‘españoles’!

 

2. Hipótesis romana: Roma aportó al territorio que llamó Hispania uno de los componentes culturales que definen la civilización occidental, el componente greco-latino, unidad en toda la península, una red de obras de ingeniería y comunicaciones, organización política, un importantísimo corpus de leyes y nuestra lengua madre, el latín. Todas estas características supusieron un salto cualitativo respecto de la etapa prehistórica y la posterior etapa de tribus celtíberas, vacceas, vettonas, lusitanas, cántabras, etc. dispersas por la península que los griegos llamaron antes Iberia. Tras dos siglos de resistencia y encarnizadas luchas de las tribus contra el civilizatorio invasor, el territorio se convirtió en una notable provincia del Imperio Romano. Se podría tomar como referencia temporal simbólica del sometimiento y consiguiente asimilación de la cultura, por ejemplo, la de la construcción del acueducto de Segovia a principios del siglo II d. C., según la última datación. ¡La Hispania Romana sería así, por vez primera hace unos 2.000 años, la ‘civilizada nación’ España!

 

3. Hipótesis renacentista: la reunificación del territorio bajo signo identitario y cultural cristiano realizada durante los siglos medievales de ‘reconquista’ por gentes de los Reinos autóctonos (conscientes de esta identidad frente a la de la nueva ‘cultura invasora’ musulmana, y a diferencia también de la falta de conciencia de identidad propia de aquellos a quienes los romanos llamaban hispanos), que fue culminada por Fernando II de Aragón en 1512 al anexionar el Reino de Navarra, último Reino independiente, a la Corona de Castilla (la titular legítima de esta Corona era su hija, Juana I, confinada en Tordesillas), con el posterior nombramiento testamentario al fallecer en 1516 de su nieto, Carlos I de España, como Rey de un territorio unitario que a partir de entonces será conocido en toda Europa con el nombre de Monarquía Católica o Monarquía Hispánica, supuso finalizar el larguísimo proceso de integración del segundo componente cultural que define a la civilización occidental, el cristiano. Los componentes culturales greco-latino y cristiano culminaron en este momento histórico su fusión. ¡España sería, pues, un territorio reunificado con conciencia de ‘nación occidental’ desde hace 5 siglos (501 ó 505 años)!

 

4. Hipótesis borbónica: hasta la aplicación tras la Guerra de Sucesión Española del último de los Decretos de Nueva Planta en 1716 por el Borbón vencedor, Felipe V (precisamente al Principado de Cataluña, que había apoyado a su rival, el Archiduque Carlos de Austria, y que tanto entonces como en la época de los antiguos Reinos medievales, siendo Condado o Condados, fue un territorio que estuvo siempre supeditado a la Corona de Aragón), no había existido durante los 2 siglos de Monarquía Hispánica unidad administrativa ni legal, sino múltiples fueros, leyes y privilegios. ¡España como ‘nación político-administrativa’ tendría por tanto 301 años de Historia!

 

5. Hipótesis constitucional decimonónica: aunque se entienda que ‘nación’ o ‘sentimiento’ y ‘conciencia nacional’ es una cosa, y ‘nacionalismo’ otra (este último tuvo su época de esplendor a lo largo del siglo XIX y principios del XX con la creación de los actuales ‘Estados-nación’), son las Revoluciones Americana y Francesa las que empiezan a poner fin al ‘viejo régimen’ monárquico activando los procesos nacionalistas e introduciendo el concepto de soberanía popular en los nuevos textos constitucionales. En España, la Constitución de las Cortes de Cádiz en 1812, la Pepa, recoge por primera vez (de manera parcial, pues el poder ejecutivo seguía en manos del Rey) este nuevo logro histórico. ¡La ‘nación española constituyente’ tendría 205 años!

 

6. Hipótesis democrática: hasta la Constitución republicana de 1931 no se reconoció en ninguno de la casi decena de intentos realizados a lo largo del siglo XIX entre proyectos, nuevas Constituciones y Constituciones no promulgadas, que la soberanía pertenece por completo a los ciudadanos, al pueblo (la Constitución norteamericana hizo este reconocimiento en… ¡1787! ratificado luego con rapidez en cada Estado en nombre de We the People, Nosotros el Pueblo, a diferencia de las enormes resistencias y dificultades durante nada menos que dos siglos, el XIX y el XX, que tuvimos en España para implantar las mismas ideas en nuestro sistema político de Poder). Tras cinco años de vida, se produjo la Guerra Civil y el lamentable paréntesis democrático a que dio lugar el general Franco. Hasta que varias décadas después vimos nacer la Constitución de 1978. ¡España como ‘nación democrática’ tiene tan sólo 44 años!

 

En fin, en el diálogo hicimos interpretaciones muy distintas, pero creo que no somos los únicos en reflejar la diversidad de puntos de vista sobre nuestro país. Entre los expertos, hispanistas e historiadores, y entre los ciudadanos, seguro que hay muchas otras opiniones y criterios.

 

Volvamos a lo que dice el Diccionario de la lengua española. Si tener un Gobierno propio (se entiende que autónomo —no confundir con autonómico—, soberano al 100%) es un criterio exigible para considerar a una ‘nación’ como tal, según la acepción 1, Cataluña ni es una nación ni lo ha sido nunca. Si nos guiamos por la etimología (lugar de nacimiento, pueblo, tribu) y por las acepciones 2, 3 y 4, entonces no sólo Cataluña sino centenares o miles de territorios en Europa y en todo el mundo podrían reclamarse como ‘naciones’.

 

El ‘nacimiento’ de una larga construcción cultural, histórica, social, política, legal, militar, lingüística, cognitiva y emocional es muy complejo, aunque ningún país pone en duda hoy día que España es una veterana nación histórica y una joven nación democrática. El sujeto de la soberanía popular somos todos los ciudadanos. Es natural, por tanto, que quienes nos reconocemos identitariamente como españoles —a partir de un momento u otro de la Historia no es lo más importante— no queramos que nadie rompa nuestra nación. Y menos aún de manera unilateral y antidemocrática, sin tener el mínimo respeto de contar con nosotros. La democracia es para todos, la veteranía un valioso grado. El paso del tiempo, la Historia, tiene la poderosa capacidad de conciliar e integrar pretéritos contrarios. Quienes en determinados momentos han sido dolorosos rivales, invasores o enemigos, pueden terminar siendo parte fundamental de nosotros mismos. La cultura suaviza y difumina los límites temporales precisos, los principios y los finales, incluyendo la temporalidad de dinámicas y procesos concretos en otras más amplias, de mayores dimensiones. Un grave conflicto capaz de absorber el total de nuestra energía provocando rechazo y odio, puede pasar sereno, sintónico, a nuestra memoria. La guerra deja paso a la adaptación, el choque de identidades al mosaico de identidades. Las aportaciones culturales que después de los romanos hicieron en España los visigodos y otros pueblos centro-europeos, así como el enorme y precioso bagaje cultural que trajo y nos dejó Al-Ándalus, forman ya, junto con las de los pobladores anteriores y posteriores, antepasados en la misma madre tierra, parte esencial de la identidad individual y colectiva que tenemos. La Alhambra de Granada no es menos nuestra que la catedral de León, las ciudades griega y romana de Ampurias, la Universidad de Salamanca, la Sinagoga del Tránsito de Toledo o el Guggenheim de Bilbao. No sólo en el relato del pasado, en el diálogo del presente también cabemos todos.     

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¡Viva el referéndum! (2)
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Alfredo Barbero | 05-09-2017 | 8:30| 0

A lo largo del verano, en algún breve descanso de la playa o tertulia con familiares y amigos, hemos seguido intentando entender por qué los independentistas catalanes se han empeñado en quitarnos a todos los españoles (“robarnos”, dirían ellos) el derecho democrático a decidir y autodeterminarnos sobre nuestra nación, España.

 

En sus declaraciones políticas han dejado claro que quieren hacer un referéndum sólo para ellos. No quieren que votemos juntos el día 1 de octubre, no hemos sido invitados. Que la mayoría de los ciudadanos españoles no podamos votar sobre el futuro de nuestra nación les da igual, no les importa nada. El complejo de superioridad que desde hace al menos dos años vienen demostrando en un poco educado tono burlón, muy alejado del clásico y elegante seny que tuvieron antaño, supone una grave falta de respeto hacia el conjunto de los ciudadanos —que hemos tenido hasta la fecha una paciencia infinita—, y es antidemocrático.

 

España es una nación, un territorio unificado con 500 años de complicada Historia común, pero aun así común, que a partir de la Constitución de 1978 está reconocida como legítima nación democrática por todos los países del mundo, los civilizados y los menos civilizados, y en todas las organizaciones y foros internacionales de los que formamos parte.

 

España puede ser un Estado autonómico, un Estado federal, un Estado centralizado, quizá un Estado plurinacional, multinacional o una ‘nación de naciones’ (si se nos explica en qué consiste este tipo de naciones y de Estados), incluso podría ser un Estado con nuevas fronteras, pero todo ello siempre y cuando así lo decidamos por mayoría en referéndum todos los españoles. ¡Esto es democracia!

 

El planteamiento político que de facto vienen haciendo los independentistas catalanes es justo lo contrario: referéndum para nosotros sí, pero para vosotros no; nosotros tenemos derecho a votar y autodeterminarnos, vosotros no lo tenéis, quedaos mirando. O dicho de otra forma: nos da exactamente igual lo que la mayoría de vosotros sienta u opine, nos da igual lo que diga la Constitución democrática y la legalidad españolas, y tampoco nos importa lo más mínimo el largo camino histórico que hemos recorrido: estamos decididos a romper el pasado, el presente y el futuro de este país para tener uno propio… ¡una actitud unilateral claramente antidemocrática de pretendida imposición de una minoría sobre la mayoría!

 

Un desafío tan frontal y descarado a la Ley, a los ciudadanos de una de las más veteranas naciones europeas, y a una legítima Constitución democrática, es un caso aislado de empecinada irracionalidad política en el entorno de los países occidentales del siglo XXI. Es decir, igual que ya lo hicimos con la Transición desde una dictadura militar a la democracia en 1978, el próximo día 1 de octubre de 2017 el Gobierno español y sus aliados de la oposición tienen una oportunidad única para hacer de nuevo Historia en positivo: con una respuesta legal, tranquila, madura, proporcionada, clara, firme y constitucional, a la altura de la circunstancia que nos está tocando vivir. La feliz etapa del consenso entre ‘las tres Españas’ (la de izquierdas, la de derechas y la nacionalista o independentista) que trajo la democracia, la paz y la prosperidad que hemos tenido durante los últimos 40 años está muy claro que ha pasado ya definitivamente a la Historia, pero un acuerdo básico mayoritario entre partidos de derecha, centro e izquierda actuales para que no se rompa ilegalmente la nación todavía es posible.   

 

No sabemos si tras firmar la ‘ley de convocatoria del Referéndum’ y la ‘ley fundacional de la República’ se producirán inhabilitaciones o detenciones múltiples además de sustanciosas multas, no sabemos si los servicios de inteligencia, la Guardia Civil o la Policía han localizado el lugar en el que supuestamente están escondidas las urnas (lo que permitiría su embargo público antes del día 1), pero en un proceder democrático eficaz por parte de los políticos y de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en defensa de nuestra democracia y de nuestra nación creo que confiamos, a día de hoy, la gran mayoría de los españoles.

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Todos fuimos Miguel Ángel
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Alfredo Barbero | 13-07-2017 | 2:21| 0

Entre el 10 y el 12 de julio de 1997, hace tan solo 20 años, la organización criminal ETA sometió a todos los españoles a su régimen de terror y tortura como nunca antes lo había hecho. Secuestró a un jovencísimo concejal de un pueblo del País Vasco, Ermua, un pueblo que pudo haber sido cualquier otro de España, nos dio un ultimátum de 48 horas para que el Gobierno aceptase el chantaje de aproximar sus presos, y advirtió de una ejecución sumaria en caso de no ser atendida esta petición “político-militar”. Los españoles vivimos con extrema tensión la secuencia de acontecimientos durante aquellas horas de vigilia, sufriendo en primera persona la terrible incertidumbre, como si el concejal de 29 años fuese miembro de nuestra propia familia. Un bienintencionado e ingenuo pensamiento nos hizo albergar la esperanza de que, ante el clamor popular para que fuese liberado, la ejecución finalmente no tendría lugar. Con el corazón en vilo quisimos creer que la barbarie no sería real, que no ocurriría, que si quedaba el más mínimo resquicio de humanidad en la banda terrorista ellos mismos desistirían de su amenaza. La ejecución, fría, desalmada, cobarde, implacable, se produjo pocos minutos después de la hora anunciada, las cuatro de la tarde, ante la silenciosa mirada de los árboles del bosque de Lasarte. Una cruel muerte entre las flores. Se sabe que fue el pistolero Txapote el que apretó por dos veces el gatillo de su Beretta: la primera, para darle un tiro detrás de la oreja; la segunda, mortal, para asestarle otro en la nuca. Miguel Ángel cayó con las manos atadas a la espalda, las rodillas juntas, flexionadas, y la cabeza contra el suelo, desangrándose. Unos vecinos y sus perros encontraron el cuerpo de la víctima aún con respiración, entrecortada, agónica, buscando la vida. A las cinco de la madrugada le desconectaron del respirador artificial en el hospital una vez certificada la muerte cerebral irreversible. Toda España quedó conmocionada al conocer este desenlace, estallando en un grito espontáneo de dolor y rabia. Un grito de millones de personas fundido en una única voz. Ciudadanos de todas las edades, estratos sociales e ideologías políticas salieron a las calles y plazas del país gritando sin miedo: ¡a-se-sinos, a-se-sinos, a-se-sinos! ¡ETA, escucha, aquí tienes mi nuca! Enseñaban miles, millones, de manos blancas, manos sin sangre, elevadas al cielo, apoyadas en la nuca. Las conciencias y las emociones se movilizaron de forma rápida y muy potente, de abajo arriba, de las personas al Poder. Las ideologías políticas desaparecieron, se volatilizaron ante la fuerza de la solidaridad natural. Volver a ver los vídeos de las manifestaciones que se produjeron aquellos días emociona hasta el escalofrío. ¡A-se-sinos, a-se-sinos, aquí está mi nuca! Jóvenes, mayores, ancianos, todos a una. Los políticos no tardaron en ponerse los primeros en la fila, como hacen siempre, pero sabían muy bien que estaban a la cola de la iniciativa tomada por los ciudadanos. Esos días fuimos los ciudadanos quienes decidimos, quienes dictamos la agenda. Los políticos fueron simples y auténticos servidores públicos, a su pesar. Miguel Ángel Blanco había muerto, el Espíritu de Ermua acababa de nacer. Un sentimiento, un espíritu, compartido por millones de personas de derechas y de izquierdas, por creyentes y no creyentes, un espíritu real, de dignidad humana, cívico. Miguel Ángel se convirtió a la vez en una víctima más de las 829 asesinadas por ETA y en símbolo colectivo de todas estas víctimas. Un símbolo de la masacre, de la democracia y la razón frente a la violencia y la barbarie fanática. Un símbolo de los sentimientos humanos que están muy por encima de la política. Un símbolo de lo mejor de todos nosotros.

 

Esto ocurrió hace tan solo 20 años… ¡qué frágil es la memoria! En esta nueva etapa posconsenso de la historia de España que estamos viviendo ahora se ha empezado a no entender, a olvidar, incluso a romper, lo más digno y valioso de nuestros 40 años de democracia constitucional. Y lo que es peor: el no entendimiento, la ruptura, el olvido, en algunos son claramente voluntarios.

 

Así pues, in memoriam.

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¡Viva el referéndum!
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Alfredo Barbero | 05-07-2017 | 11:31| 0

Naturalmente, me refiero a un referéndum en el que participemos todos los ciudadanos españoles, pues todos tenemos el mismo derecho democrático a decidir sobre el presente y el futuro del actual territorio de la nación. Un territorio con una Historia común desde que fue unificado hace 500 años, y que durante los últimos casi 40 se dotó por amplio consenso, después de una cruenta Guerra Civil y de una larga dictadura militar, de una Constitución (ratificada en referéndum el miércoles 6 de diciembre de 1978 y aprobada por el 87,78 % de los ciudadanos que participaron, un 58,97% del censo electoral) y de una legalidad reconocida internacionalmente por todos los países democráticos.

 

¿Por qué los ciudadanos independentistas catalanes se han empeñado en robar al conjunto de los españoles nuestro derecho democrático a decidir y autodeterminarnos sobre el futuro de nuestro país? ¿Por qué ellos sí pueden tener sentimiento nacionalista, votar y autodeterminarse y los demás no? No lo sabemos, no es fácil conocer con certeza los motivos profundos, aunque quizá se deba a que después del fanatismo teocrático y religioso, el nacionalismo ensimismado, unilateral y excluyente sea el más ciego de todos. Fuera de su círculo, ni ven, ni quieren ver. El otro, los españoles, no somos sujeto de su interés, no les importamos. El complejo de superioridad les rebosa de modo ostensible. Esta actitud de los independentistas catalanes supone una grave falta de respeto hacia los derechos democráticos de todos los ciudadanos españoles.

 

Con el argumento de que la legalidad internacional les respalda, el independentismo catalán ha decidido saltarse la Constitución de 1978 y la legalidad democrática vigentes en España, y parecen decididos por lo dicho en el Teatro Nacional de Cataluña a hacer un referéndum ilegal de autodeterminación el próximo 1 de octubre. Pronto, cuando interpongan los recursos legales pertinentes ante los tribunales internacionales después de que el Tribunal Constitucional y el Gobierno españoles se lo impidan y les apliquen nuestra legalidad democrática (con o sin el apoyo de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado español, esto depende de ellos), poco dudo que su argumentario quedará en evidencia, demostrándose la manipulación jurídica que han hecho de la Carta de Derechos Humanos de la ONU al utilizarla como excusa de su propósito, incurriendo en fraude de ley.

 

Reformar la Constitución de 1978 mediante negociaciones políticas, es una cosa. Incumplirla abiertamente y romper la unidad territorial de un país, otra muy distinta. El acto conjunto de los tres expresidentes vivos de la etapa democrática, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, en contra del anunciado referéndum catalán aporta cierta luz de racionalidad y sentido común. Esperemos que los líderes políticos de los cuatro principales partidos que en este momento tiene la democracia española, PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos, estén a la altura de esta circunstancia histórica. El joven Rey Felipe VI seguro que lo estará. El día 2 de octubre la mayoría de los españoles tenemos derecho a seguir viviendo democráticamente en nuestro país.

 

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¿Estaba loco Hamlet?
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Alfredo Barbero | 21-06-2017 | 6:05| 0

Harold Bloom no duda en considerar a Shakespeare, claramente por encima de todos los demás, como el mejor escritor de la historia de la Literatura de Occidente, y también “el centro” de su canon. El criterio de este profesor norteamericano que ha trabajado en las universidades de Yale y New York es muy discutible, pues: 1) entiende el universo de la Literatura formado por miles de estrellas, con sólo algunas pocas rutilantes, y una que sobresale en tamaño y luminosidad consiguiendo que otras giren a su alrededor; su enfoque crítico es muy competitivo; 2) sin embargo, para poder situar a Shakespeare en la cima del Olimpo literario en su famoso ensayo, El canon occidental (Anagrama, 1995), decidió no incluir en el selecto club de 26 autores que selecciona a ninguno de los grandes clásicos greco-latinos, Homero, Sófocles o Virgilio, por ejemplo, evitándole así tener que medirse con ellos; y 3) elige un elevado porcentaje de escritores ingleses. Este punto de vista resulta a la vez, por tanto, en exceso heliocéntrico-anglosajón y desconsiderado con la primigenia cultura mediterránea, origen y fundamento de nuestras Artes y Ciencias. En cambio, se porta bien en la evaluación de Cervantes (que hace en un capítulo de sugestivo título, ‘Cervantes: el juego del mundo’), al que ve como uno de los tres principales escritores occidentales junto al propio Shakespeare y Dante. Respecto al bardo de Stratford-upon-Avon, 400 años después sigue siendo representado con éxito cada año en países y escenarios de todo el mundo. ¿Cómo consigue William estar en la zona céntrica del canon y de moda…? Por muchas razones. En parte, por haber logrado expresar del modo más bello, intenso, profundo y complejo la relación entre la quizá idéntica materia de nuestro mundo imaginario y la realidad.

 

Con el nombre de duelo se conoce la reacción psíquica normal que una persona experimenta ante la muerte de un ser querido. Decimos que es normal porque es el tipo de reacción que suele darse en personas muy diferentes y en distintos contextos sociales y culturales ante un mismo hecho de gran impacto emocional. Es una reacción difícil de adaptación a pérdidas vitales de grado máximo de significación. La persona afectada se siente triste, tiene poco apetito o una hiperfagia compensatoria de la ansiedad. Puede tener insomnio, ensoñaciones agitadas o hipersomnia. Se encuentra más pensativa de lo habitual, cavilando sobre la fragilidad o el sinsentido de la vida humana, recordando las experiencias compartidas con la persona fallecida y cómo todo esto, en un instante, desaparece. En la mente se agolpan muchas imágenes. Los sentimientos se mezclan: pena, rabia, vacío, añoranza, inapetencia, soledad. La identificación con la persona muerta lleva en ocasiones a desear morir con ella o haber muerto en su lugar. La idea de que no se hizo todo lo que se debió —o pudo— antes y en el momento de la muerte genera punzantes sentimientos de culpa. La felicidad se considera inconveniente, fuera de alcance. Un dolor moral insoportable puede producir la sensación de íntimo rompimiento o implosión del yo. Normalmente las personas consiguen llorar para desahogarse verbalizando poco a poco sus emociones. Otras muestran signos de inquietud, falta de concentración y disminución del interés y de la capacidad para experimentar placer con sus actividades cotidianas, profesionales o lúdicas.

 

Un cierto ánimo deprimido es normal durante un tiempo, aproximadamente de seis a doce meses, pero no cualquier estado de ánimo deprimido. El sufrimiento de la persona puede adquirir un carácter persistente, profundo y totalizador, con ideación de muerte y / o suicidio. En el último Manual Diagnóstico de la Asociación Psiquiátrica Americana, el DSM-5 (Editorial Médica Panamericana, 2014), no se excluye que en cualquier momento del proceso de duelo, incluso en su comienzo, pueda producirse una Depresión Mayor. Alguna de estas depresiones se complica además con la aparición de síntomas psicóticos. Bien en forma de alteraciones en la percepción sensorial que se llaman alucinaciones (imágenes del familiar muerto, sombras, presencias, su voz, etc.); bien como ideas delirantes (de perjuicio, de culpa u otra temática no congruente); o un conjunto de ambas (alucinaciones y delirio). En estos casos estamos ante un trastorno grave del juicio de realidad cuyas manifestaciones mentales y de conducta la gente conoce coloquialmente con el término de locura (la acepción 1. del Diccionario de la lengua española [rae.es, 2015]: ‘privación del juicio o del uso de la razón’ recoge el significado).

 

Son las personas reales de carne, hueso y cerebro, no los personajes de las obras de ficción, quienes padecen trastornos mentales. Cuando hablamos de “la locura”, del “psiquismo” o de “la mente” de algún personaje literario sabemos, o deberíamos saber para no confundirnos, que lo hacemos por analogía, como juego de aproximación, semejanzas o similitudes con lo real (podemos ayudarnos gráficamente para hacer la distinción poniendo los términos entre comillas). Los autores de Literatura, incluso los dotados de una gran genialidad creativa, pueden padecer —y suelen hacerlo con cierta frecuencia— un amplio abanico de trastornos mentales: de personalidad, de ánimo, neuróticos, psicóticos, adicción a alcohol o sustancias, etc. Sus “locos” personajes de ficción, en cambio, tienen lo que les es propio: trastornos ficcionados con mayor o menor conocimiento y habilidad (en definitiva, arte) por el escritor. En ocasiones los personajes están construidos con tanto realismo que nos parecen reales, y su “locura” también. Parece que respiran.

 

Dicho esto de lo que no conviene olvidarse en ningún momento, “la personalidad” de Hamlet se puede interpretar de varias maneras (no necesariamente excluyentes). Veamos alguna. a) Como la de un hijo único mimado con una identidad inmadura e insegura, casi pusilánime; un joven intelectualmente engreído y muy dependiente a nivel emocional de sus padres, a quienes tiene idealizados; ¡un niñato demasiado apegado todavía a las faldas de mamá! b) Desde la especulativa teoría psicoanalítica se ha interpretado que su aturdimiento, rabia y bloqueo se deben a que el tío lleva a la práctica con cínico descaro, literalmente, el deseo de matar al padre, acostarse con la madre y ocupar el trono; el tío le somete así a una castración definitiva al robarle sus derechos simbólicos; es decir, “la personalidad” del joven Hamlet estaría inmersa en un laberinto edípico. c) Fuera de éste u otros laberintos teóricos, son muchos los lectores y espectadores que ven en la actitud dubitativa del Príncipe y en su búsqueda de la verdad la esencia de la naturaleza racional, pensante, filosófica, del ser humano. De un modo u otro, nadie duda que Hamlet es un personaje de ficción de una extraordinaria sutileza, muy ágil mentalmente, con una portentosa capacidad conceptualizadora y metafórica, una riqueza verbal deslumbrante, quizá el más “inteligente” de todos los personajes de la historia de la Literatura. Pero además de su enorme capacidad cognitiva, ¿cuál es el “estado de ánimo” que refleja el personaje tras la muerte de su padre? ¿Llega a estar “psicótico”…?

 

Recordemos algunos de sus pensamientos y emociones. Dice Hamlet: “Qué aburridas, caducas, vacías y estériles me resultan las cosas de este mundo. (…) Siento tal pesadumbre que esta estructura sublime, la tierra, me parece un peñasco estéril, y este grandioso dosel, el aire, este espléndido firmamento colgante, este techo majestuoso con su filigrana de oro en llamas, pues los veo sólo como una asquerosa y pestilente acumulación de vapores (…). Qué obra más lograda, el hombre, cuando actúa, igual que un ángel, cuando piensa, igual que un Dios, ¿y qué es para mí esta quintaesencia del polvo? (…). Ser o no ser, esa es la pregunta [‘la cuestión’, ‘la opción’, ‘de eso se trata’, según entienden los diferentes traductores del texto, a los que Shakespeare suele volver un poco locos con la polisemia de sus juegos de palabras y de sus palabras en juego]. ¿Es más noble sufrir mentalmente el golpe de las flechas de la fortuna, o alzarse en armas contra el mar de las dudas y, en el ataque, terminar con ellas? Morir, dormir, no más. Y si al dormir es cierto que acaban los dolores del alma y las heridas mil que nuestra carne hereda, es una apetecible consumación (…) Morir para dormir. Dormir… tal vez soñar. Sí, ahí está el tropiezo: que en ese sueño de la muerte qué sueños puedan visitarnos (…) Este es el pensamiento que hace que la calamidad tenga tan larga vida (…) la conciencia nos vuelve a todos cobardes (…)”.

 

La suerte del joven Hamlet queda marcada desde el principio de la tragedia por el encuentro que tiene en el Acto Primero con El Espectro de su padre, el difunto rey Hamlet, a quién ve y con quién habla. Esta anómala visión le revela un terrible secreto, el asesinato fratricida de su tío Claudio (traslación mítica del relato de Caín y Abel), al tiempo que le encomienda una misión de venganza abrumadora que exige matar y, tal vez, morir. Desde ese mismo momento, para que nadie descubra lo que sabe, o cree saber, decide “hacerse el loco”, fingirse trastornado. Y por tal le toman: “¡Una mente tan superior desmoronada! (…) ahora veo esa inteligencia clara y suprema chirriando como campana rota”, dice la desafortunada Ofelia. “Que está loco es verdad; y de verdad que es lástima; lástima de verdad; vana retórica”, balbucea el corto lord Chambelán, Polonio, padre de Ofelia. “Se ha de vigilar la locura de los grandes hombres (…) Hay algo dentro de su alma que su melancolía está rumiando, y temo que el momento en que lo expulse sea peligroso (…) Ya no es de mi agrado ni estamos seguros dejando fluctuar su locura”, piensa suspicaz su tío Claudio, hermano de su padre, amante de su madre, el nuevo Rey.

 

La construcción de “la locura” de Hamlet por Shakespeare se hace más compleja cuando el personaje “piensa” que El Espectro puede ser una visión maléfica, y decide obtener alguna prueba de realidad. Observa entonces y comenta con su amigo Horacio la reacción del rey Claudio ante una obra de teatro que representan los cómicos en palacio con una trama amañada idéntica a los sucesos relatados por El Espectro del padre. “El espíritu que he visto quizá sea el demonio, cuyo poder le permite adoptar una forma atrayente; sí, y tal vez por mi debilidad y melancolía, pues es poderoso con tales estados, me engaña para condenarme. Quiero pruebas concluyentes: el teatro es la red que atrapará la conciencia de este rey” (Acto Segundo, Escena II, según la división del tiempo escénico que hace el traductor anónimo de la versión gratuita de Kindle en amazon.es, y también el poeta y ensayista Tomás Segovia en su reputada traducción de la edición bilingüe de Penguin Clásicos).

 

Conseguida la prueba de manera satisfactoria para ambos amigos al contemplar la gran perturbación que la obrita de teatro le produce al rey Claudio, prueba que hace pensar que Hamlet tiene sólo una “locura fingida”, Shakespeare hace entonces un giro sorprendente en uno de los momentos más intensos de la tragedia (Acto Tercero, Escena XXVII, según la división del tiempo escénico en las versiones de Wikipedia-Wikisource y de la Biblioteca Virtual ‘Miguel de Cervantes’, que recogen en el dominio público de internet la traducción que hizo Leandro Fernández de Moratín en 1798, hace más de dos siglos). En esta crucial Escena se produce un diálogo simultáneo con su madre y con El Espectro del padre que pone en evidencia una “locura no fingida”: —“¡Ay, está loco! (…) ¿clavas la mirada en el vacío y sostienes diálogo con el aire incorpóreo? (…) ¿Qué miras?”, le pregunta la madre. —“¡A él, a él! (…) ¿No ves nada ahí? responde Hamlet. —Nada veo, aunque veo todo lo que hay. —¿Ni has oído nada?, insiste después de intercambiar varias palabras con la visión. —No, sólo nuestras voces. —¡Mira! ¡Mi padre, vestido igual que en vida! ¡Mira cómo sale por la puerta!“Eso es pura creación de tu mente; el delirio es muy hábil inventando fantasmagorías”, le contesta la aterrada madre.

 

Antes de esta decisiva escena, en el transcurso del diálogo que mantiene con sus amigos Rosencrantz y Guildenstern (Acto Segundo, Escena II, según la división hecha por el escritor Vicente Molina Foix en su traducción para el Centro Dramático Nacional), Hamlet se “autodiagnostica”: “Sólo estoy loco al norte-noroeste. Cuando hay viento sur, sé distinguir un halcón de una garza”. Con esta críptica ironía (el sentido del humor irónico es una característica esencial del personaje) les manifiesta que no está “loco” sino que finge estarlo. ¿Tiene razón…? No. Poder fingirse loco no es garantía de cordura: ¡los locos también saben fingir y simular! Y lo hacen —salvo en los trastornos psicóticos más graves y desorganizados— cuando por alguna razón, igual que ocurre con los cuerdos, les interesa. El personaje Hamlet cree que su “locura” es enteramente fingida, pero la genialidad de Shakespeare añade en la crucial Escena XXVII del Acto Tercero el dato de la “alucinación visual y auditiva” del padre muerto (en traje palaciego ahora) que Hamlet tiene mientras habla con su madre, y que ella no puede ver ni oír. Esta situación escénica es distinta por completo de lo que ocurre en el Acto Primero con los soldados Bernardo, Francisco, Marcelo y su amigo Horacio, que igual que Hamlet también ven y oyen al Espectro del padre vestido con armadura. Mediante estos testigos de la aparición, Shakespeare arranca la tragedia dejando en duda, en suspense, en el aire, la posible “cordura” o “locura” de Hamlet. Es una licencia literaria, un truco escénico que genera el enigma que atrapa nuestra atención. Sin embargo, en el diálogo simultáneo del Acto Tercero en el que pone crudamente a su madre, la reina Gertrudis, ante el espejo, sus miradas y palabras dirigidas a la visión del Espectro también le ponen ante el espejo a él. El lector o espectador puede entonces identificarse con el punto de vista de la Reina, y como ella exclamar con razón: ¡Ay, “está loco”!

 

A lo largo de todo el desarrollo de la tragedia Shakespeare va construyendo ante los lectores y espectadores un personaje con “una mente” muy compleja: dotado de gran “inteligencia”, una “personalidad” peculiar, un muy afilado “sentido del humor”, un “estado emocional” alterado por la pérdida, y una “doble locura” (fingida y no fingida). La “locura no fingida” de Hamlet que progresivamente pone en evidencia el texto se asemeja bastante al cuadro clínico que tienen algunas personas llamado: Duelo complicado con depresión y síntomas psicóticos. A esta “locura” descrita por el dramaturgo con exuberante realismo, y de la que el personaje no se muestra “consciente”, se suma el deliberado fingimiento por medio de comentarios en apariencia absurdos que hace ante los Reyes, Polonio, Ofelia, etc. Hamlet es “un loco” que por conveniencia “se hace el loco”. Su “locura fingida” es técnicamente muy artificiosa, una mezcla de indirectas irónicas y de salidas por la tangente, pero le sirve para engañar a otros personajes y que no descubran su secreto. Ya en el desenlace de la tragedia, Shakespeare realiza un último giro genial reconciliando en cierta forma a Hamlet con “la cordura” al hacer coincidir el contenido de su “alucinado delirio” con la realidad de la trama literaria: ¡el tío, en efecto, es el asesino del padre! La dramatis persona que como el mítico Edipo de Sófocles busca tan denodadamente la verdad, la encuentra al fin libre de todo fingimiento y “locura”. Una verdad que poco tarda en conducir a la muerte, a la cruda verdad de la muerte.

 

Al ver o leer esta intensísima obra algunas personas pueden creer que El Espectro del padre muerto es posible que se aparezca y hable con Hamlet… ¡enigmas aún mayores se han visto en los mundos de ficción de la mente humana! En tal caso no podríamos decir que tiene “alucinaciones” ni “delirio”, sino sólo que es un “loco fingido”, un excelente simulador, un gran actor que consigue engañar a todos y encontrar su verdad. Teatro dentro del teatro, locura y cordura en intercambio, juego entre ficción y realidad, entre consciencia y sueño, palabras, palabras, palabras, no más que la efímera sombra de otra sombra. Así siente, entiende y transforma la realidad en sus versos el poeta William Shakespeare, felizmente canonizado (y de moda) desde hace varios siglos.

 

 

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia